¿Qué es lo que se puede ver cuando Dios actúa en nuestro interior o en el alma de las personas que nos rodean? ¿Qué es lo que por fuera se puede percibir? Aunque la acción de Dios suele ser discreta y silenciosa, muchas veces podemos intuirla al observar lo que sucede exteriormente, empezando por el lenguaje corporal, a veces involuntario, hasta llegar a las acciones. Cuando dejamos obrar a Dios de manera invisible en nuestro corazón, ¿qué es lo que sí se puede ver?
En las páginas del Evangelio tenemos algunos relatos de lo que ocurre exteriormente cuando alguien se encuentra con Jesús y le abre su corazón. Está aquella mujer samaritana que, después de una larga conversación con el Señor, olvidó lo que estaba haciendo –«dejó su cántaro» (Jn 4,28)– y corrió hacia su pueblo diciendo a todo el que se le cruzase en el camino: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será él el Cristo?» (Jn 4,29). Está también aquel hombre que, tras haber estado poseído durante muchos años por un espíritu impuro y violento, se postró ante el Señor, fue curado e, inmediatamente, «se fue y comenzó a proclamar en la Decápolis lo que Jesús había hecho con él. Y todos se admiraban» (Mc 5,20). O, finalmente, encontramos a aquel rico que reacciona de manera distinta, pero igual de resuelta: apenas Jesús entró en su casa y en su vida, decidió dar la mitad de sus bienes a los pobres y restituir cuatro veces cualquier injusticia que hubiese cometido en el pasado (cfr. Lc 19,8). Todos «corren a decir», «se apresuran en proclamar», sienten la urgencia de reparar, para ser ese mismo amor de Cristo para los demás.
Eso que se puede ver, eso en lo que se materializa la alegría de abrirse al amor de Jesús, es lo que san Josemaría llamaba una «gran catequesis»: la necesidad que quien descubre el amor de Cristo tiene de contary de amar con obras. «La Obra entera –escribía el fundador del Opus Dei– equivale a una gran catequesis, hecha de forma viva, sencilla y directa en las entrañas de la sociedad civil»[1].
Una amistad que ofrece formación
El prelado del Opus Dei nos ha recordado que una de las luces importantes que san Josemaría recibió de Dios era redescubrir que la auténtica amistad es evangelización, que «la amistad misma es apostolado; la amistad misma es un diálogo, en el que damos y recibimos luz»[2]. Y esa amistad normalmente busca ofrecer lo que la otra persona necesita en cada situación particular y única: un consejo, descansar juntos, una ayuda material, acompañar en alguna tarea, una conversación profunda… También, cuando es oportuno, para quienes encuentran en el mensaje de san Josemaría inspiración para su propia vida cristiana, se puede ofrecer un plan de formación humana y espiritual en el que se concrete esa «gran catequesis». «Somos para la muchedumbre –decía san Josemaría–, pero cerca de nosotros hay tantos amigos y compañeros que reciben más inmediatamente el influjo del espíritu del Opus Dei»[3].
Esta manera concreta de compartir la amistad se estructura en lo que el fundador del Opus Dei denominaba «obra de San Rafael», cuando se dirige a gente joven, y «obra de San Gabriel», cuando se dirige a personas adultas o con un proyecto de vida más avanzado. Se trata de actividades, individuales o en grupo, tomadas de la tradición de la Iglesia: sobre todo, charlas sobre cómo vivir la fe en la vida cotidiana, pero también retiros espirituales, clases sobre el catecismo, visitas a personas especialmente necesitadas, acompañamiento espiritual, etc. No consiste en cursos o actividades como los que puede ofrecer una institución académica o civil, donde el foco recae principalmente en la información que se transmite, sino que la formación se vive como una reunión de amigos o amigas, donde adquiere gran importancia el aspecto relacional, el conocimiento mutuo y la confianza compartida.
«Chicos y chicas de san Rafael»
El apostolado que el Opus Dei ofrece a los jóvenes está puesto bajo el patrocinio de san Rafael y de san Juan; del primero porque es el arcángel que ayudó a Tobías a descubrir y prepararse para su vocación en el matrimonio, y del segundo porque es el más joven de los apóstoles, que siguió a Jesús habiendo recibido el don del celibato. Se trata de una preparación humana y espiritual que procura llegar a la cabeza, al corazón y a las manos: «El lenguaje de la cabeza, para pensar claramente lo que sentimos y lo que hacemos. El lenguaje del corazón para sentir bien, profundamente lo que pensamos y lo que hacemos. Y el lenguaje de las manos, para hacer con eficacia lo que sentimos y lo que pensamos»[4]. Su objetivo es formar una personalidad madura, un «alma de oración», capaz de santificar el estudio o el trabajo viviendo las virtudes humanas y, así, sentando la base para construir una relación personal sólida con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo por la gracia recibida en los sacramentos.
Las actividades que contribuyen a madurar la cabeza, el corazón y las acciones son participar en los círculos de san Rafael –charlas de doctrina cristiana–, acompañar a personas necesitadas, dar catequesis, aprender a hacer oración personal a través de meditaciones guiadas y participar en otras iniciativas que se organizan en un ambiente de familia. San Josemaría llamaba «chicos de San Rafael» a los jóvenes que participan asiduamente en estas actividades: no son miembros del Opus Dei, pero, explicaba, «hay indudablemente una unión muy estrecha de los chicos de San Rafael con la Obra»[5], ya que son amigos cercanos de esta familia, sienten el Opus Dei como suyo, y procuran también transmitir a los demás lo que han recibido.
«Hace siglos –contaba el Papa León en un encuentro con jóvenes–, san Agustín captó el profundo deseo de nuestro corazón, es el deseo de todo corazón humano, aun sin conocer el desarrollo tecnológico de hoy. También él pasó por una juventud tempestuosa; pero no se conformó, no silenció el clamor de su corazón. Agustín buscaba la verdad, la verdad que no defrauda, la belleza que no pasa. Y ¿cómo la encontró? ¿Cómo encontró una amistad sincera, un amor capaz de dar esperanza? Encontrando a quien ya lo estaba buscando, encontrando a Jesucristo»[6]. Eso es lo que el Opus Dei ofrece a los chicos y chicas de san Rafael en cada actividad que organiza para ellos: un encuentro con Jesús en los sacramentos, en el prójimo necesitado, en la oración, en el estudio o trabajo, en la formación doctrinal, en la amistad y en la transmisión de la fe a quien no la conoce; en definitiva: en la santificación de su vida ordinaria.
Los cooperadores, ¿quiénes son?
Algo similar se puede decir de las personas adultas que, sin pertenecer a la Obra, asisten a las actividades de formación –actividades de san Gabriel– como retiros, círculos, clases doctrinales, etc. De entre estos, algunos, los que quieran, pueden ser nombrados cooperadores, precisamente porque están dispuestos a colaborar de muchas maneras distintas. Esa cooperación se da de acuerdo a la voluntad de cada persona: sobre todo con su oración, pero también, si quieren y pueden, materialmente, con su propio trabajo, su tiempo o su ayuda económica. Además, los cooperadores se benefician con bienes espirituales: la oración diaria de todas las personas del Opus Dei por ellos, indulgencias algunos días del año concedidas por la Santa Sede, sufragios, etc.
No es imprescindible que una persona que quiere ser cooperador asista a las reuniones de formación. En primer lugar, porque hay cooperadores católicos que, por cualquier razón, no desean acudir; después, existen también muchos cooperadores no católicos, e incluso no cristianos, que comparten con personas de la Obra y amigos el deseo de realizar un bien –espiritual, educativo, cultural, asistencial, etc.– y ofrecen su ayuda. Y, finalmente, porque son cooperadoras del Opus Dei también numerosas instituciones de la Iglesia que han decidido colaborar de alguna manera, muchas veces espiritualmente, con las tareas que lleva a cabo la Obra. Con razón podía afirmar san Josemaría: «Entre nosotros, noblemente trabajando unidos, codo con codo en las tareas apostólicas o ayudando, para que podamos trabajar, hay tantos amigos y cooperadores»[7].
Viven el espíritu del Opus Dei como algo propio
Como no somos átomos aislados, sino que existimos y vivimos en relación, muchas veces el calor de la Obra llegará a la familia o amigos de quien participa en estos apostolados, sea en la labor de san Gabriel o de san Rafael. Esa, además, es la manera natural para que esta «gran catequesis» pueda llegar a quien lo necesite. Por ejemplo, un estudiante universitario de san Rafael de los años treinta del siglo pasado nos ha dejado un ejemplo en las cartas que escribía a su familia mientras vivía en la Residencia DYA, en Madrid. Emiliano contaba a su familia, con sencillez y espontaneidad, lo que él mismo vivía en la residencia: les pedía oraciones, les comentaba los planes apostólicos en marcha –«dentro de un mes se empieza a preparar la gente que va a París y Valencia»– y compartía detalles divertidos de la vida cotidiana, como alegrías, amistades y su relación con san Josemaría[8]. Fue un verdadero modo de hacerles partícipes de su vida en aquella residencia que fue para él como un segundo hogar, porque no hace falta ser miembro del Opus Dei para considerar su espíritu como propio, ni para considerarse parte de la familia.
La Obra ofrece a miles de personas esta formación alrededor del mundo. Los chicos y chicas de san Rafael, los cooperadores y amigos, consideran que su modo de buscar la santidad –unirse a Jesucristo donde viven y trabajan– se hace realidad viviendo el espíritu del Opus Dei: con un plan de vida espiritual, fundamentado en una convicción profunda de ser hijos de Dios, para compartir con él el trabajo cotidiano en medio del mundo y mejorar la sociedad viviendo el mensaje del Evangelio. Por este motivo, algunos confían su acompañamiento espiritual a personas de la Obra, sacerdotes o laicos. Muchos la sienten como su familia espiritual en la Iglesia y se encuentran en casa cuando acuden a un centro del Opus Dei en cualquier parte del mundo. Tanto en los encuentros de formación como en las reuniones informales –tertulias o actividades de descanso– disfrutan de un ambiente que les fortalece. Con naturalidad pasan de la labor de san Rafael a la de san Gabriel cuando ya se incorporan a un trabajo o forman una familia.
Lo que cada persona quiere y necesita
Lógicamente, como fruto de una vida de oración más profunda, de una intensificación de la vida sacramental, de un mayor conocimiento de la fe católica y de una mayor identificación con el mensaje de san Josemaría, hay quienes se preguntan si la vocación a la Obra podría ser el camino que Dios quiere para ellos, e inician un proceso personal de discernimiento. La vocación al Opus Dei incluye algo más que una sintonía con la espiritualidad y la formación que ofrece; es una llamada de Dios a la persona, que otorga a quien la recibe un sentido de pertenencia y de misión que se asume de tal manera que da forma a la vida entera.
Por otro lado, a veces sucede que alguien frecuenta los medios de formación durante un tiempo, pero luego deja de hacerlo, por motivos que pueden ser muy variados: nuevos compromisos familiares o profesionales, un traslado, el descubrimiento de una espiritualidad más acorde con su persona… En cualquier caso, las personas del Opus Dei que acompañan en ese camino procuran cultivar la visión sobrenatural: una perspectiva que lleva a tener una mirada no solo de largo plazo, sino de eternidad. Su deseo solamente es que vivan abiertos a Dios y que se relacionen personalmente con Jesucristo. Por eso, lo más importante es acompañar a cada uno en su propio camino, sin marcar los tiempos a Dios.
Quienes han pertenecido al Opus Dei y, por una u otra razón, dejaron de hacerlo, también son parte de esta gran catequesis. Algunas de estas personas han vivido experiencias dolorosas, que se desea escuchar con respeto, comprender, tratar de mejorar; también pidiendo perdón sinceramente cuando corresponda. En este sentido, como ha señalado el prelado del Opus Dei, «a las personas que han formado parte de la Obra y que, por el motivo que sea, se desvincularon, las queremos con toda el alma, y les agradecemos sinceramente el bien que hicieron en ese tiempo y el que siguen sembrando en el presente. Tenemos un gran respeto por cada una, además, porque en esa decisión de ser del Opus Dei había un deseo de entregar su vida a Dios. En numerosas ocasiones he tenido la oportunidad de pedir perdón a quienes conservan alguna herida, por alguna falta de caridad o de justicia, o por el motivo que sea»[9]. Muchas otras personan expresan su agradecimiento por el tiempo vivido en la Obra, por la formación y acompañamiento recibidos, que continúan dando fruto en sus vidas. Ese vínculo se mantiene a lo largo del tiempo, e incluso algunos vuelven a incorporarse al Opus Dei en una nueva etapa de su camino.
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Chicos y chicas que participan en las actividades de san Rafael, personas más mayores que lo hacen en las de san Gabriel, cooperadores y amigos, sea cual fuere la situación de cada uno, muchos siguen recibiendo el acompañamiento de personas del Opus Dei a lo largo de su vida; están contentos cerca de la Obra, sintonizan con su espiritualidad secular y familiar, y desean enriquecerse con su formación, al mismo tiempo que también aportan a la Obra, para que pueda desarrollar sus apostolados, y a su propio entorno, donde quieren ser testigos del Evangelio, sembradores de paz y alegría. «Buscamos en primer lugar –decía san Josemaría– la mejora espiritual de todas las almas –sin excepción–, que con buena voluntad se acercan a nuestro apostolado»[10]. El fundador del Opus Dei hablaba así de los chicos de san Rafael, pero esas palabras se pueden extender a quienes participan también de la obra de san Gabriel, cooperadores y amigos. Esa es la «gran catequesis» que emprenden las personas de la Obra movidas siempre por la alegría de ese encuentro con Jesús, para que todos contribuyamos «a que el amor y la libertad de Cristo presidan todas las manifestaciones de la vida moderna: la cultura y la economía, el trabajo y el descanso, la vida de familia y la convivencia social»[11].
[1] San Josemaría, Carta 6, n. 47.
[2] Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 9-I-2018, n. 14.
[3] San Josemaría, En diálogo con el Señor, n. 21.
[4] Francisco, Videomensaje a los jóvenes en preparación de la Jornada mundial de la juventud de Lisboa, 22-VI-2023.
[5] San Josemaría, Carta 7, n. 7.
[6] León XIV, Vigilia de oración con los jóvenes en Roma, 2-VIII-2025.
[7] San Josemaría, Carta 29, n. 43.
[8] José Carlos Martín de la Hoz y Josemaría Revuela Somalo, «Un estudiante en la Residencia DYA. Cartas de Emiliano Amann a su familia (1935-1936)», en Studia et Documenta, v. 2, 2008, 299-358.
[9] Mons. Fernando Ocáriz, Entrevista a The Pillar, 2-XI-2024. Disponible en español en www.opusdei.org.
[10] San Josemaría, Carta 7, n. 10.
[11] San Josemaría, Surco, n. 302.

