El valor de la amistad en tiempos desafiantes

En el actual escenario que vive Chile, la reciente carta Pastoral del Prelado sobre la Amistad nos recuerda que la amistad cristiana no excluye a nadie. Seleccionamos 10 puntos que nos pueden iluminar sobre este valor humano fundamental, en el cual Jesucristo es siempre nuestro modelo.

Un amigo, un tesoro

La amistad es una realidad humana de gran riqueza: una forma de amor recíproco entre dos personas, que se edifica sobre el mutuo conocimiento y la comunicación. Es un tipo de amor que se da “en dos direcciones y que desea todo bien para la otra persona, amor que produce unión y felicidad”. Por eso la Sagrada Escritura afirma que un amigo fiel no tiene precio, es de incalculable valor (Eclo 6,15).

Sin excluir a nadie

La amistad cristiana no excluye a nadie, ha de estar intencionalmente abierta a toda persona, con corazón grande. Los fariseos criticaron a Jesucristo, como si ser amigo de publicanos y pecadores (Mt 11,19) fuera algo malo. Nosotros, procurando –dentro de nuestra poquedad– imitar al Señor, tampoco “excluimos a nadie, no apartamos a ningún alma de nuestro amor en Jesucristo. Por eso habréis de cultivar una amistad firme, leal, sincera –es decir, cristiana– con todos vuestros compañeros de profesión: más aún, con todos los hombres, cualesquiera que sean sus circunstancias personales”.


Esfuerzo por comprender

La amistad verdadera supone también un esfuerzo cordial por comprender las convicciones de nuestros amigos, aunque no lleguemos a compartirlas, ni a aceptarlas. De este modo, nuestros amigos nos ayudan a comprender maneras de ver la vida que son diferentes a la nuestra, enriquecen nuestro mundo interior y, cuando la amistad es profunda, nos permiten experimentar las cosas en un modo distinto al propio.

Mirar con afecto

… para construir una verdadera amistad, es preciso que desarrollemos la capacidad de mirar con afecto a las demás personas, hasta verlas con los ojos de Cristo. Necesitamos limpiar nuestra mirada de cualquier prejuicio, aprender a descubrir lo bueno en cada persona y renunciar al deseo de hacerlas a nuestra imagen. Para que un amigo reciba nuestro cariño no necesita cumplir con ciertas condiciones. Como cristianos, vemos cada persona, ante todo, como criatura amada por Dios. Cada persona es única, y es igualmente única cada relación de amistad.

Distinguir lo opinable

… ciertas maneras de expresarse pueden enturbiar o dificultar la creación de un ambiente de amistad. Por ejemplo, ser demasiado categórico al expresar la propia opinión, dar la apariencia de que pensamos que los propios planteamientos son los definitivos, o no interesarse activamente por lo que dicen los demás, son modos de actuar que encierran en uno mismo. En ocasiones, estos comportamientos manifiestan una incapacidad para distinguir lo opinable de lo que no lo es, o la dificultad para relativizar temas en los que las soluciones no son necesariamente únicas.

Valorar a quien es distinto

Esto da lugar, lógicamente, a un pluralismo que “debe ser querido y fomentado, aunque quizá a alguno la diversidad a veces se le pueda hacer costosa. Quien ama la libertad logra ver lo que tiene de positivo y amable lo que otros piensan”. Valorar a quien es distinto o piensa de modo diverso es una actitud que denota libertad interior y apertura de miras: dos aspectos de una amistad auténtica.


Disposición a hablar con todos

Que nazca una amistad tiene mucho de don inesperado, por lo que requiere también paciencia. A veces, ciertas malas experiencias o prejuicios pueden hacer que la relación personal con alguien que tenemos cerca tarde un tiempo en llegar a convertirse en amistad. Igualmente pueden hacerlo difícil el temor, los respetos humanos o una actitud de prevención. Es bueno tratar de ponerse en el lugar de los demás y tener paciencia. Hemos de ser como Jesucristo, que está dispuesto a hablar con todos, incluso con quien no quiere conocer la verdad, como Pilatos.

El ejemplo de Jesús

Cualquier circunstancia sirve a Jesús para entablar una relación de amistad: tantas veces lo vemos detenerse con cada uno. Pocos minutos de conversación bastaron para que la mujer samaritana se sintiera conocida y comprendida. Y precisamente por eso preguntó: ¿No será este el Cristo? (Jn 4,29).

Dedicar tiempo

Con frecuencia, el Señor dedica más tiempo a sus amigos. Es el caso de los hermanos de Betania. Allí, en largas jornadas de intimidad, Jesús sabe de delicadezas, de decir la palabra que anima, de corresponder a la amistad con la amistad: ¡qué conversaciones las de la casa de Betania, con Lázaro, con Marta, con María!”. En aquel hogar aprendemos también que la amistad de Cristo genera una profunda confianza (cfr. Jn 11,21) y está llena de empatía; en particular, de capacidad de acompañar en el sufrimiento.

Jesús, un Amigo que nunca se va

Sabernos en verdadera amistad con Jesucristo nos llena de seguridad, porque Él es fiel. “La amistad con Jesús es inquebrantable. Él nunca se va, aunque a veces parece que hace silencio. Cuando lo necesitamos se deja encontrar por nosotros (cfr. Jr 29,14) y está a nuestro lado por donde vayamos (cfr. Jos 1,9). Porque Él jamás rompe una alianza. A nosotros nos pide que no lo abandonemos: Permanezcan unidos a mí (Jn 15,4).

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