“El Opus Dei está en todo lugar”

Guillermina Yáñez vive en La Serena, capital de la Región de Coquimbo, la segunda ciudad fundada del país en 1544, y conoció el Opus Dei de manera fortuita. La séptima protagonista de la serie 9 mujeres en el 90 aniversario de las mujeres en el Opus Dei, relata cómo ha tenido la oportunidad de dar a conocer a Dios en los diferentes ambientes y grupos en los que le ha tocado vivir.

Opus Dei - “El Opus Dei está en todo lugar”Guillermina Yáñez, la séptima protagonista de la serie 9 mujeres en el 90 aniversario de las mujeres en el Opus Dei.

Guillermina nos cuenta:

Soy de La Serena y estudié Nutrición. Conocí el Opus Dei de manera totalmente inesperada: estaba recién casada, con Samuel mi marido, y llegó por correo a la casa un boletín con noticias sobre San Josemaría. Era el año 1979.

En esa época trabajaba en el Hospital San Juan de Dios donde conocí a una colega con la que hice amistad. Un día en que estábamos conversando le pregunté si asistía a alguna pastoral o lugar de formación y me contó que iba a unas charlas que daban unas numerarias del Opus Dei que viajaban desde Santiago los fines de semana. Decidí ir ese sábado con mi amiga y solo me preocupé de escuchar y observar atentamente.

Mis padres eran católicos y mi papá nos enseñó el amor a Jesús y a rezar, especialmente por mi mamá que estaba enferma. Pero nunca profundizamos mucho en la fe, por lo que tenía conocimientos muy básicos. Todo lo que hablaron en esa primera charla me pareció muy interesante, profundo, y me di cuenta de que necesitaba saber más.

Le conté a mi marido que quería seguir asistiendo porque veía que esas mujeres que venían a dar formación cristiana y el grupo que participaba eran personas muy amables y alegres. Y porque me gustó mucho la idea de conocer y aprender más sobre la vida de relación con Dios, y las virtudes.

Llevaba un tiempo yendo cuando conversamos sobre la posibilidad de hacer un retiro espiritual. Como no hay un centro del Opus Dei en La Serena, a mí se me ocurrió prestar mi casa. Fue muy divertido ver a mi marido ayudar a preparar el altar, correr muebles y armar todo para recibir a las personas que participarían. Mi casa se transformó completamente para poder hacer este retiro de tres días, que contó hasta con un oratorio improvisado. Hoy con cariño le decimos a mi marido el “cooperario”, porque siempre tiene la mejor disposición para ayudarnos en lo que necesitemos.

La fe en mi vida profesional

Me ayudó mucho para mi vida profesional recibir estas charlas de formación y buscar una unión con Dios en medio del trabajo, ya que trabajar en un hospital requiere de mucha fuerza y valentía, sobre todo cuando hay temas valóricos de por medio.

Trabajé 40 años en el hospital. Cuando estaba en Pediatría formé el Lactario para enseñar y motivar a las mamás a dar leche a sus hijos. Recuerdo que tenía una imagen de la Virgen embarazada en la que me apoyaba para poder hablarles de Dios a esas mujeres. Además, hice clases en la Facultad de Medicina de la Universidad Católica del Norte. Me preocupaba de tener un trato humano con los alumnos y que mis enseñanzas reflejaran la importancia del valor de la vida y de la persona desde su nacimiento hasta su muerte. Les explicaba sobre todo la dignidad de los adultos mayores, para que comprendieran la importancia del cuidado de aquellos que alguna vez nos cuidaron a nosotros.

En esa época aproveché de formar un club de universitarias, que venían a mi casa a recibir charlas de formación. Mi mayor alegría es haber sembrado en ellas esas enseñanzas del amor de Dios por cada una y de cómo podían descubrirlo en la vida corriente, algo que hasta el día de hoy agradecen cuando nos encontramos por ahí...

El rol de mujer en el Opus Dei

Me he dado cuenta a lo largo de estos años que las mujeres somos como un faro que va indicando el camino. Se pueden hacer grandes cosas en medio del mundo en el que cada una se mueve, si se tiene ese contacto con el cielo, manteniendo los pies bien puestos sobre la tierra.

Luego de tres años recibiendo la formación del Opus Dei, en un retiro espiritual me pregunté ‘¿qué es lo que el Señor me pide en este paso por la tierra?’. Porque estamos de paso y eso hay que tenerlo muy claro. Pedí la admisión como supernumeraria en 1993 y lo que más me gusta de mi vocación es que el Opus Dei está en todo lugar, en mi casa, en mi trabajo, en la calle, con mis amistades. La llamada es una responsabilidad muy grande, pero a la vez es una alegría tremenda saber que Dios está conmigo en todo momento y que yo puedo darlo a conocer a los demás no solo con mis palabras, sino sobre todo con mis obras.

Agradecida del favor de don Adolfo

En el verano de 2018 leí el libro “Te atreverías a ir a Chile” que cuenta la vida del primer sacerdote del Opus Dei que llegó a Chile, don Adolfo Rodríguez. En ese momento a mi hija mayor, Carolina, la operaron en Concepción de un cáncer de mama y sufrió un paro cardiorrespiratorio por 30 minutos. Nosotros estábamos en La Serena y con mi marido partimos con lo puesto, manejando a Concepción para ver a nuestra hija. En el camino -son al menos 17 horas de viaje- rezábamos sin parar la estampa de don Adolfo y mientras lo hacíamos nos avisaron que había movido las manos y que un scanner mostraba que estaba todo normal. Los doctores no podían creerlo, pero yo estoy segura que fue un milagro que, con gran cariño, nos hizo don Adolfo y de quien estaré eternamente agradecida. Hoy mi hija tiene 3 niños y está sana.

Guillermina, al centro, con algunas supernumerarias de su grupo.

Actualmente somos 17 supernumerarias en La Serena y si bien no tenemos un centro de la Obra, nos ingeniamos para poder reunirnos. Con el coronavirus hemos tenido que aprender a conectarnos por Zoom, pero también ha servido para valorar esos encuentros semanales que teníamos antes del covid y a buscar otras maneras para no perder el contacto. También esta pandemia me ha permitido conversar más con mis vecinos y como son mayores he podido ayudarlos con sus compras cuando yo salgo a hacer las mías. A algunos les enseñé a rezar el Rosario y me cuentan que lo hacen todos los días. Porque no tengo duda de que la pandemia es una ocasión de encuentro con Dios y de acercar a otros a su amor.