Traducción propia del texto original y completo en italiano
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
En la Encíclica Mediator Dei, el Venerable Pío XII escribe que «la Iglesia es un organismo vivo y, por ello, también en lo que respecta a la sagrada liturgia, permaneciendo íntegra su doctrina, crece y se desarrolla, adaptándose y conformándose a las circunstancias y necesidades que surgen en el transcurso del tiempo» (I, V).
En plena continuidad con este principio, el Concilio Vaticano II reconoce en el Proemio de la Constitución Sacrosanctum Concilium (SC) como deber suyo «proveer a la reforma y al fomento de la Liturgia» (n. 1). La asamblea conciliar se había reunido, en efecto, con el propósito de «acrecentar de día en día entre los fieles la vida cristiana, adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo las instituciones que están sujetas a cambio, promover todo aquello que pueda contribuir a la unión de cuantos creen en Jesucristo y fortalecer lo que sirve para invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia» (ibid.).
En aquel momento histórico se sentía con fuerza la necesidad de una renovación de las formas rituales mediante las cuales la Iglesia había realizado durante siglos la glorificación de Dios y la santificación del pueblo cristiano. Gracias al Movimiento litúrgico maduró la convicción, expresada posteriormente por san Juan Pablo II, de que «existe un vínculo estrechísimo y orgánico entre la renovación de la liturgia y la renovación de toda la vida de la Iglesia. La Iglesia no sólo actúa, sino que se expresa también en la liturgia, vive de la liturgia y saca de la liturgia las fuerzas para la vida» (Carta Dominicae Cenae, 13).
Para favorecer el acceso de los fieles a la riqueza de los dones de gracia que dispensa la sagrada liturgia, la Constitución Sacrosanctum Concilium señala con una fórmula muy eficaz la dirección a seguir: «conservar la sana tradición y abrir, con todo, el camino a un progreso legítimo» (SC, 23).
El Papa Benedicto XVI vio en esta declaración de intenciones el «programa de reforma» de los Padres conciliares, «en equilibrio con la gran tradición litúrgica del pasado y el futuro», advirtiendo que «no pocas veces se contrapone torpemente tradición y progreso», cuando «en realidad, los dos conceptos se integran: la tradición incluye en sí misma de algún modo el progreso. Como si dijéramos que el río de la tradición lleva en sí también su fuente y tiende hacia su desembocadura» (Discurso a los participantes en el Congreso por el 50.º aniversario de la fundación del Pontificio Instituto Litúrgico Sant'Anselmo, 6 de mayo de 2011).
El Concilio afirma la legitimidad de ese progreso enraizado en la auténtica Tradición, distinguiendo dentro de la liturgia «una parte que es inmutable por ser la institución divina, y de otras partes sujetas a cambio, que en el decurso del tiempo pueden y aun deben variar, si es que en ellas se han introducido elementos que no responden bien a la naturaleza íntima de la misma Liturgia o han llegado a ser menos apropiados» (SC, 21). Cambios de este tipo se han producido constantemente a lo largo de los siglos para permitir a los fieles una participación fructífera, a través de las acciones rituales, en el misterio pascual de Cristo, fundamento de la fe cristiana. El culto de la Iglesia se ha «encarnado» así en las formas culturales de cada época y ha sido capaz de influir en ellas e incluso de transformarlas. La liturgia ha sido durante siglos un motor de evangelización. Hoy es necesario renovar esta energía en continuidad con la auténtica y viva tradición católica, es decir, según una dinámica orientada a introducir a los creyentes en la plenitud de la verdad.
Se comprende entonces por qué los Padres conciliares recomendaron que la revisión de los ritos, cuando responde a «una utilidad verdadera y cierta de la Iglesia», se lleve siempre a cabo con la precaución de que «las nuevas formas se desarrollen, por decirlo así, orgánicamente a partir de las ya existentes» (SC, 23). Para el bien de toda la Iglesia, toda reforma debe ir siempre precedida de «una concienzuda investigación teológica, histórica y pastoral» (ibid.). El Magisterio conciliar invita así a evitar la desorientación de los fieles, disuadiendo a cualquiera de añadir, quitar o cambiar algo en materia litúrgica por propia iniciativa (cf. SC, 22). El progreso que evoca la Constitución conciliar no compromete en modo alguno la comunión eclesial: pretende, más bien, confirmarla y favorecerla.
Exhorto, por tanto, a todos los llamados a preparar la celebración de los divinos misterios —en particular a los sacerdotes que ejercen el ministerio de la presidencia litúrgica— a custodiar siempre ese respeto a los textos y a las disposiciones de la liturgia que nace de la actitud interior de disponibilidad y de confianza en Dios, manifestando humildad ante su grandeza y sincera fidelidad a la comunión eclesial.
