Nadie impulsa un proyecto social por casualidad: nace cuando alguien ve una necesidad y decide actuar. Para sostenerlo, resulta clave no avanzar a solas, sino contar con un espacio donde formarse con criterio profesional, cuidar el corazón con el que se sirve y crecer junto a quienes comparten la misma vocación. Eso es lo que BeDoCare quiso ofrecer en la Universidad Panamericana de Ciudad de México, donde del 22 al 24 de octubre se dieron cita líderes sociales de once países.
- Día 1 · 22 de octubre: ser, hacer, cuidar
- Día 2 · 23 de octubre: para qué servimos
- Día 3 · 24 de octubre: servir bien
Día 1 · 22 de octubre: ser, hacer, cuidar
El auditorio de la Universidad Panamericana (UP), en Ciudad de México, se llenó el jueves 22 de octubre para abrir las jornadas de BeDoCare México. Antonio Castro, director de Vida Universitaria, planteó la fórmula que ordenaría los tres días: ser, hacer, cuidar. Una iniciativa social necesita personas con solidez ética, método y mediciones, y atención real a quienes busca ayudar.
El rector de la UP, Santiago García, recordó que san Josemaría pedía saber hacer bien el bien, con profesionalidad, y deseó que el congreso termine en proyectos concretos. Ricardo Furber, vicario regional del Opus Dei en México, propuso empezar por uno mismo: «en la medida en que nos sentimos más hijos de Dios, nos sentimos también más hermanos de todos».
La primera conferencia, «Agrandar el corazón», arrancó con una escena que contó Yazmín Mendoza, directora de Compromiso Social de la UP. Durante una actividad de voluntariado, una alumna se vio desbordada en la zona donde trabajaba y rompió a llorar. Cuando le preguntaron qué le dolía, contestó que el corazón. «La acción es el fruto, pero la raíz es el corazón», resumió Mendoza. Javier Roca añadió que el corazón se ensancha «corriendo», es decir, sirviendo. Javier Fernández relató que un café entre amigos en 2022 dio origen a los thinkglaos de It’s Time to Think, encuentros de reflexión que hoy se celebran en más de sesenta ciudades.

A media mañana, el congreso se repartió en mesas de diálogo sobre cómo comunicar para transformar, qué hacer ante la incertidumbre laboral, cómo diseñar la experiencia de un voluntario, qué carácter exige servir y qué liderazgos traen las nuevas generaciones.
Por la tarde hubo tres talleres: «¿Cómo está tu organización?», sobre teoría del cambio e intervención social; «De la dependencia a la autonomía», un mapa para dejar de depender de otros; y uno de medición de impacto. En este último, las ponentes insistieron en que antes de medir hay que saber qué se quiere mejorar, sea la calidad de vida, la salud o el desarrollo económico local, y que la evaluación parte de las reglas operativas, el documento que fija qué se hará, cómo y con qué recursos. Definieron el impacto como el valor que una intervención añade a la sociedad.
Día 2 · 23 de octubre: para qué servimos
La segunda jornada giró en torno a una pregunta: para qué hacemos lo que hacemos.
Ricardo Furber abrió la conferencia magistral con la historia de un hombre sin hogar al que un médico acompañó hasta el bautismo, poco antes de morir. «Dios quiere contar contigo y conmigo para hacer llegar su amor a tantas personas», dijo. A quienes sostienen una iniciativa social les pidió comprobar que su motivo siga vigente y responda a una necesidad real, y defendió el orden en la caridad (Dios, familia, trabajo, sociedad) como garantía de que la ayuda dure.
En la mesa sobre comunicación con pocos recursos, Tomás Bobillo, de Igeneris LATAM, diagnosticó que «hay proyectos que no saben contar bien su historia y su misión». Propuso saber explicar en dos frases qué hace una organización y por qué existe, sentar a quien decide la comunicación junto a la dirección en vez de pedirle un folleto al final, y medir el éxito en confianza más que en «me gusta».
La mesa sobre discapacidad en la educación superior partió de tres ideas: presencia, participación y pertenencia. Liliana Bátiz, de la Universidad Iberoamericana, recordó que las barreras están en el entorno: cuando ella estudió en la UP, no había rampas. Mirna Córdoba, de la Universidad del Istmo (Guatemala), situó el trabajo de la universidad en las familias y la comunidad. Marcelle Jacobo, de EACH, pidió esperar más de estas personas pues «pueden dar mucho más de lo que creemos».
El día cerró con un diálogo sobre alianzas entre empresa, sociedad civil y gobierno. Fernando Diez, Rosa Marta Abascal y Ana Cristina Dahik coincidieron en que a menudo no falta inversión, sino comunicación entre los actores, y en que conviene institucionalizar el trabajo: diagnosticar, formar y evaluar.
Día 3 · 24 de octubre: servir bien
El sábado, Yazmín Mendoza presentó el balance. Acudieron unas 270 personas, cuando se esperaban entre 150 y 180. Hubo 52 ponentes, 13 mesas de diálogo y 7 talleres, tras siete meses de trabajo de varios comités, seis áreas de la UP y 28 estudiantes voluntarios.
Durante el congreso se pidió a los asistentes que dijeran qué les dejaba cada sesión. Las palabras más repetidas fueron esperanza, reflexión, compromiso, inspiración y aprendizaje. Apareció también, para sorpresa de los organizadores, amistad. Al pensar en sus propios proyectos, los participantes nombraron las alianzas, el voluntariado, la comunicación, la medición de impacto, los recursos y la tecnología. Mendoza notó que los tres últimos quizá no habrían salido hace cinco o diez años.

La rectora general de la UP, Fernanda Llergo, cerró el congreso con dos ideas. La primera: «ayudar no es una cuestión solamente de buenos sentimientos». Pidió formarse, formar equipos, tejer redes, dar continuidad y ser transparentes. La segunda: «Para servir hay que servir bien» y preguntarse por qué se quiere ayudar y trabajar en ser mejores personas, porque un servicio que trasciende nace de personas que buscan trascender.
¿Qué sigue? Los asistentes, procedentes de once países, se incorporarán al hub global de BeDoCare, la comunidad que enlaza las distintas ediciones del encuentro y que comparte herramientas y un boletín con lo que ocurre en otros lugares, como Nairobi o Filipinas. Lo que ha empezado a tejerse en Ciudad de México se suma así a una red que ya une continentes.

