80 años de la llegada de san Josemaría a Roma

José Luis González Gullón delinea los contornos históricos de la llegada de san Josemaría a Italia en junio de 1946. El fundador del Opus Dei tenía en su agenda dos objetivos muy precisos. El primero era obtener de la Santa Sede el «Decretum laudis» (decreto de alabanza), que facilitaría la difusión del Opus Dei en el mundo. El segundo, encontrar un lugar donde establecer la sede central de la Obra.

El 21 de junio, el fundador de la Obra se encontraba en Barcelona. En un centro del Opus Dei predicó una meditación. Recordó que un eclesiástico había comentado que la Obra había llegado a Roma con un siglo de anticipación y, mientras miraba al sagrario, añadió: «¡Señor! ¿Tú has podido permitir que yo de buena fe engañe a tantas almas? ¡Lo he hecho todo por tu gloria y sabiendo que es tu Voluntad!»1. Y recordó las palabras de Pedro a Jesús: «He aquí que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mt 19, 27), continuando su oración: «¿Qué será de nosotros? ¡No puedes abandonar a los que se han fiado de Ti!»2.

Poco después, san Josemaría y José Orlandis, que lo acompañaría, rezaron ante la imagen de Nuestra Señora de la Merced y se embarcaron en el vapor J.J. Sister, que cubría la línea Barcelona-Génova. Durante la noche el mar estuvo muy agitado. El buque dio fuertes bandazos. Los viajeros oyeron gritos y el ruido de la vajilla que caía y se rompía. Atracaron en Génova al caer el día del 22. El beato Álvaro y Salvador Canals, que los esperaban en el puerto, los condujeron al hotel. A la mañana siguiente celebraron la Misa en la iglesia de San Sisto y, en un coche de alquiler, se dirigieron a Roma, a donde llegaron pasadas las 21:00 horas.

Una noche de vigilia

Nada más ver la cúpula de San Pedro, el fundador, conmovido, rezó en voz alta el Credo. Se alojaron en un ático en la Piazza della Città Leonina n.º 9, a pocos metros de la columnata de Bernini. Para sorpresa de todos, que se retiraron a descansar, don Josemaría pasó una noche de vigilia en oración en la terraza, con la mirada dirigida a los apartamentos pontificios.

El apartamento en el que el fundador se alojó con sus hijos en la pequeña plaza de Città Leonina era propiedad de la Santa Sede, alquilado a Luciana Frassati —hermana de Pier Giorgio, canonizado en 2025— y esposa de un diplomático polaco, Jas Gawroński. La señora Frassati les subarrendó una parte de la casa que incluía un vestíbulo, un pasillo pequeño, el comedor, un oratorio, la habitación de san Josemaría, una terraza cubierta y un baño.

Muchas visitas, muchas gestiones y la audiencia con Pío XII

El beato Álvaro, que llevaba algunos meses en Roma, organizó a san Josemaría una agenda de visitas para favorecer contactos útiles con el fin de obtener el decretum laudis. De hecho, en apenas dos semanas se entrevistó con numerosas personalidades eclesiásticas.3 Fueron jornadas de «muchas visitas, muchas gestiones y mucha providencia de Dios Padre»4, acompañadas por la oración y el trabajo sobre las nuevas formas del decreto —encomendado por la Santa Sede a Larraona— y sobre las Constituciones de la Obra: «Estamos metidos en la doctrina canónica»5, anotó san Josemaría en su calendario litúrgico.

El 16 de julio, el Papa Pío XII lo recibió en audiencia. De este encuentro no conocemos los detalles; completaba de alguna manera los primeros días romanos. El fundador estaba radiante: no se había imaginado una acogida tan cordial por parte de la Curia. Y, a pesar del gran calor, aceleró el trabajo en el estudio de las llamadas formas nuevas6, y del decretum laudis para el Opus Dei.

El fundador visitó también a otras personalidades eclesiásticas y civiles, como el jesuita Severiano Azcona, asistente para España, quien se comprometió a escribir una carta a los provinciales para que modificaran su actitud de desconfianza hacia el Opus Dei; José Antonio Sangróniz y Mario Ponce de León, respectivamente embajador y cónsul de España ante el Estado italiano; Juan Teixidor, ministro encargado de negocios ante la Santa Sede; Carlos Calaf, director espiritual del Colegio Español; y Martin Gillet, maestro de los dominicos.

En busca de una sede para el Opus Dei

San Josemaría también afrontó el segundo objetivo: establecerse en Roma. La Ciudad Eterna favorecería el contacto directo con la Santa Sede y la difusión universal del mensaje de la Obra. Por tanto, era necesario encontrar una casa que sirviera como sede central. Visitó algunos edificios en venta o en alquiler y compró muebles, lámparas y antigüedades para amueblar el apartamento en el que vivían.

Con la ayuda de sus hijos, obtuvo de la Penitenciaría Apostólica las indulgencias para quienes realizaran su trabajo profesional como ofrenda a Dios y para quienes besaran con devoción o rezaran una breve oración ante la cruz de madera colocada en los oratorios de los centros del Opus Dei; rescriptos de la Congregación de Religiosos, como la autorización a los miembros de la Obra para encargarse del cuidado de los objetos de culto; y otro del Vicariato de Roma que autorizaba la institución de la procura general del Opus Dei en Roma y la presencia de un oratorio semipúblico. Con especial alegría recibió del obispo de Forlì las reliquias de san Sínfero y de santa Mercuriana, mártires romanos; así como una reliquia del lignum crucis y otras reliquias proporcionadas por Umberto Dionisi, rector de la Basílica de Santa Cecilia.

Algunos sueños realizados

El 3 de julio reservó la Eucaristía en el oratorio del apartamento de Città Leonina y, desde entonces, celebró allí habitualmente la Misa. Además, hizo realidad algunos de sus sueños cultivados durante décadas, como rezar en la Basílica de San Pedro —a donde acudió dos días después de su llegada— y celebrar la Misa en las catacumbas, en particular en las de San Calixto. También celebró en la celda de san José de Calasanz, en las habitaciones de san Ignacio de Loyola y en la iglesia del convento de los claretianos en via Giulia. Era feliz en la Ciudad Eterna, a pesar del intenso calor, que su organismo afectado por la diabetes sentía especialmente. Con el coche alquilado por Canals realizó algunas excursiones a Ostia, Castel Gandolfo y Tívoli, a veces acompañado por Larraona o por Goyeneche.

San Josemaría advertía que la vida en la Ciudad Eterna le ofrecía una nueva perspectiva: «Estoy muy contento. Hacía falta venir, para darse cuenta de las cosas»7 comentaba a sus hermanos. Por eso, además de recordar los asuntos pendientes en España, en las cartas a los miembros del Consejo General y a la Asesoría Central pedía que pensaran en personas que pudieran trasladarse a Roma y en la compra de los objetos necesarios para completar el oratorio de Città Leonina.

Una vez dados los primeros pasos romanos, era el momento de reforzar el gobierno y las actividades de la Obra. El 31 de agosto, san Josemaría y el beato Álvaro despegaban del aeropuerto de Ciampino para regresar temporalmente a España. Además del equipaje personal, llevaban consigo las reliquias de dos mártires, la valija diplomática8 de la embajada de España para el ministro de Asuntos Exteriores y la del Vaticano para el nuncio en España.


[1] Recuerdo de Francisco Ponz Piedrafita, Pamplona, 17-X-2005, Archivo General de la Prelatura del Opus Dei (AGP), A.5, 238-3-5.

[2] Recuerdo de Francisco Ponz Piedrafita, Pamplona, 17-X-2005, AGP, A.5, 238-3-5.

[3] Mons. Giovanni Battista Montini, prosecretario de Estado, que se entusiasmó con el trabajo del Opus Dei con los intelectuales y se comprometió a pedir para él una audiencia con el Papa; el cardenal Ernesto Ruffini, arzobispo de Palermo; el cardenal Federico Tedeschini, antiguo nuncio en España; mons. Manuel Fernández-Conde, oficial de la Secretaría de Estado; mons. Luca Ermenegildo Pasetto, secretario de la Congregación de Religiosos; los claretianos Siervo Goyeneche y Arcadio Larraona, oficiales de la misma Congregación; y Serafino De Angelis, oficial de la Penitenciaría Apostólica.

[4] Calendario litúrgico, 11 y 18-VII-1946, AGP, A.2, 180-1-5.

[5] Calendario litúrgico, 11 y 18-VII-1946, AGP, A.2, 180-1-5.

[6] Las asociaciones de vida cristiana y de apostolado que no se adecuaban al estricto concepto canónico de los estados de perfección, bien porque los asociados no emitían votos públicos o bien porque no hacían vida común. Por su novedad, se llamaban formas nuevas de vida cristiana, formas nuevas de perfección, o de apostolado, o de vida religiosa; o simplemente formas nuevas.

[7] Carta de Josemaría Escrivá de Balaguer a Carmen y Santiago, Roma, 30-VI-1946, en AGP, A.3.4, 259-1, 460630-3.

[8] El conjunto de la correspondencia que una misión diplomática en el extranjero envía a su propio gobierno, o recibe de él, para permitirle comunicarse con su Estado en plena libertad y seguridad.

José Luis González Gullón