Meditaciones: Epifanía del Señor

Reflexión para meditar el 6 de enero. Los temas propuestos son: los Magos representan a todas las naciones; llevar la Redención a todas las almas; iluminar con nuestra propia vida.

Opus Dei - Meditaciones: Epifanía del Señor

Los Magos representan a todas las naciones

Llevar la Redención a todas las almas

Iluminar con nuestra propia vida


«NO HACE mucho –decía san Josemaría–, he admirado un relieve en mármol, que representa la escena de la adoración de los Magos al Niño Dios. Enmarcando ese relieve, había otros cuatro ángeles, cada uno con un símbolo: una diadema, el mundo coronado por la cruz, una espada, un cetro. De esta manera plástica, utilizando signos conocidos, se ha ilustrado el acontecimiento que conmemoramos hoy: unos hombres sabios –la tradición dice que eran reyes– se postran ante un Niño, después de preguntar en Jerusalén: “¿dónde está el nacido rey de los judíos?” (Mt 2, 2)»[1].

Epifanía quiere decir aparición o manifestación. Celebramos llenos de alegría la manifestación del Señor a todas las naciones, representadas en estos Magos que llegan de Oriente. Después de los pastores, el Señor se da a conocer a estos misteriosos personajes. En la Epifanía, Dios presenta a su Hijo «a los pueblos gentiles por medio de una estrella»[2]. Se descubre «la hermosa realidad de la venida de Dios para todos: cada nación, lengua y población es acogida y amada por Él. El símbolo de esto es la luz, que alcanza e ilumina todo»[3]. El Niño recién nacido es el Mesías prometido a los israelitas pero su misión redentora se extiende a todos los pueblos de la tierra. «Celebramos a Cristo, meta de la peregrinación de los pueblos en búsqueda de la salvación»[4].

El evangelio nos cuenta que los Magos «entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron» (Mt 2,11). En su adoración vemos representadas a millones de personas de todos los rincones de la tierra que se ponen en camino, llamadas por Dios, para adorar a Jesucristo. Este es el sentido pleno de la profecía de Isaías: «¡Levántate, Jerusalén, resplandece!, que ya se alza tu luz y se levanta sobre ti la gloria del Señor» (Is 60,1). El profeta dirige su voz a la ciudad santa, figura de la Iglesia, la nueva Jerusalén, luz de las naciones. De todas partes vendrán reyes y pueblos, atraídos por los destellos de su gloria. Madre y maestra de todos los pueblos, la Iglesia los acoge en su seno y los presenta como preciada dote a Cristo.


HAN PASADO más de veinte siglos desde la adoración de los Magos y ese largo desfile de personas de todo el mundo no ha hecho más que comenzar. «Se acordarán y se convertirán al Señor los enteros confines de la tierra, se postrarán en su presencia todas las familias de las naciones» (Sal 21,28). La labor evangelizadora de los primeros cristianos fue muy honda, llegaron a extender la fe por todo el mundo conocido, sembraron a voleo y los frutos no se hicieron esperar. Desde entonces, nuevas gentes se acercaron –y continúan haciéndolo– hasta Jesús y María. Del mismo modo, llegamos también nosotros, de todas las latitudes, de todas las razas y lenguas. «Levanta la vista en torno, mira: todos esos se han reunido, vienen hacia ti; llegan tus hijos desde lejos» (Is 60,4).

«Es necesario repetir una y otra vez –utilizando unas palabras de san Josemaría– que Jesús no se dirigió a un grupo de privilegiados, sino que vino a revelarnos el amor universal de Dios. Todos los hombres son amados de Dios, de todos ellos espera amor. De todos, cualesquiera que sean sus condiciones personales, su posición social, su profesión u oficio. La vida corriente y ordinaria no es cosa de poco valor: todos los caminos de la tierra pueden ser ocasión de un encuentro con Cristo, que nos llama a identificarnos con Él, para realizar –en el lugar donde estamos– su misión divina. Dios nos llama a través de las incidencias de la vida de cada día, en el sufrimiento y en la alegría de las personas con las que convivimos, en los afanes humanos de nuestros compañeros, en las menudencias de la vida de familia. Dios nos llama también a través de los grandes problemas, conflictos y tareas que definen cada época histórica, atrayendo esfuerzos e ilusiones de gran parte de la humanidad»[5].

Nuestra misión es la misma que la de aquellos primeros cristianos: «Somos para la masa, hijos míos, para la multitud. No hay alma a la que no queramos amar y ayudar, haciéndonos todo para todos: “omnibus omnia factus sum” (1Cor 9,22). No podemos vivir de espaldas a ninguna inquietud, a ninguna necesidad de los hombres»[6]. Nosotros también hemos visto la estrella y el Señor desea llegar a todas las almas, a través de cada uno, para ofrecer su consuelo y su salvación.


EN EL PREFACIO de la Misa de hoy, rezaremos: «En Cristo, luz de los pueblos, has revelado a los pueblos el misterio de nuestra salvación». Nosotros deseamos colaborar en la tarea de la Redención; san Juan Pablo II nos hacía notar que «una mirada global a la humanidad demuestra que esta misión se halla todavía en los comienzos»[7]. Vivimos seguros en la esperanza de que ese Niño es la verdadera luz del mundo, una luz que brilla en la humildad. Y, de cierta manera, queremos parecernos a la estrella de los Magos para así mostrar el camino que conduce hasta Dios.

«¿Dónde está el Rey? –se preguntaba san Josemaría en la Epifanía de 1956–. ¿No será que Jesús desea reinar, antes que nada en el corazón, en tu corazón? Por eso se hace Niño, porque ¿quién no ama a una criatura pequeña? ¿Dónde está el Rey? ¿Dónde está el Cristo, que el Espíritu Santo procura formar en nuestra alma? No puede estar en la soberbia que nos separa de Dios, no puede estar en la falta de caridad que nos aísla. Ahí no puede estar Cristo; ahí el hombre se queda solo. A los pies de Jesús Niño, en el día de la Epifanía, ante un Rey sin señales exteriores de realeza, podéis decirle: Señor, quita la soberbia de mi vida; quebranta mi amor propio, este querer afirmarme yo e imponerme a los demás. Haz que el fundamento de mi personalidad sea la identificación contigo»[8].

En este día grande miramos con cariño a Belén, para aprender de aquellos hombres de Oriente postrados ante el Niño. Tomando por modelo a los Magos, le decimos a Jesús que, con su ayuda, no pondremos obstáculos a su querer redentor. Le suplicamos a María que nos enseñe a ser luz para nuestros familiares y amigos. También le pedimos humildad para que Cristo viva en nuestros corazones e, identificados con Él, atraer a muchos hacia su amor redentor.


[1] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 31.

[2] Epifanía del Señor, Misa del día, Oración colecta.

[3] Francisco, Homilía, 6-I-2019.

[4] Benedicto XVI, Homilía, 6-I-2007.

[5] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 110.

[6] San Josemaría, Carta 6-V-1945, n. 42.

[7] San Juan Pablo II, enc. Redemptoris missio, n. 1.

[8] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 31.