Un viaje apostólico con sabor agustiniano
El 13 de abril, el Papa visitará cuatro países Africanos en su tercer viaje apostólico. La primera etapa es Argelia: una ocasión para reunirse con la pequeña comunidad católica allí presente y para reafirmar el diálogo interreligioso con el mundo islámico. Pero no solo eso. León XIV es religioso de la Orden de San Agustín y el segundo día del viaje lo llevará a Annaba —la antigua Hipona— para visitar las ruinas de la ciudad donde Agustín vivió, predicó y murió. Un hijo que peregrina a las raíces de su padre espiritual.
El 14 de abril, el Santo Padre se desplazará a Annaba, donde san Agustín vivió desde el año 391 hasta su muerte, acaecida en el 430, primero como presbítero y luego como obispo. La sintonía de León XIV con su espiritualidad agustiniana se refleja en su lema pontificio —in illo Uno unum («en Él —Cristo—, que es Uno, somos una sola cosa»)—, palabras tomadas directamente de los comentarios de Agustín al Evangelio de Juan.
De Tagaste a Cartago: los años de búsqueda
Antes de llegar a Hipona, Agustín ya había recorrido un buen trecho de su vida, que incluía también el itinerario de la conversión. Había nacido en el año 354 en Tagaste —hoy Souk Ahras, también en Argelia— en el seno de una familia marcada por dos figuras complementarias: su padre Patricio, pagano, y su madre Mónica, ferviente católica, cuya fe persistente influiría decisivamente en el retorno de Agustín a la Iglesia.
Aunque su madre era devota, Agustín no recibió el bautismo en la infancia, según una costumbre extendida en aquella época que prefería esperar a la edad adulta. Tras los estudios de gramática en la cercana Madaura, marchó a los diecisiete años a Cartago para estudiar retórica. Allí abrió una escuela y permaneció cerca de nueve años, pero también comenzó a experimentar el pecado en su propia vida: entabló una relación estable con una mujer con quien tuvo un hijo, Adeodato.
Fue en Cartago donde nació su inquietud más profunda. Una lectura fortuita —el Hortensius de Cicerón— encendió en su corazón un intenso deseo de sabiduría, de verdad y de felicidad auténtica. Agustín se dio cuenta de que nada de lo que poseía ni de lo que perseguía llenaba ese anhelo. Buscó respuestas en las Escrituras católicas, pero se acercó a ellas solo y con soberbia, y salió decepcionado.
El maniqueísmo y el callejón sin salida
En su búsqueda, Agustín se adhirió a la religión maniquea, que le prometía encontrar la verdad sin el yugo de la fe y le ofrecía, con su dualismo materialista, una solución sencilla al problema del mal que tanto le angustiaba.
Sin embargo, con el paso de los años fue descubriendo las incoherencias de ese sistema y acabó distanciándose de él. Atravesó entonces una fase de escepticismo, llegando por momentos a desesperar de la posibilidad de alcanzar la verdad.
Milán y la gracia de la conversión
Hacia el año 384, Agustín dejó África. Primero fue a Roma, donde abrió otra escuela de retórica, y luego, en el 385, a Milán, donde recibió el cargo de retórico oficial en la corte imperial. Allí conoció a San Ambrosio y a la floreciente comunidad cristiana milanesa.
Muchos factores —guiados sabiamente por la Providencia, como el propio Agustín reconocería más tarde— contribuyeron a su acercamiento a la fe: la predicación de San Ambrosio, la lectura de algunos textos filosóficos neoplatónicos que le abrieron el camino de la interioridad, y sobre todo el encuentro con las cartas de San Pablo, que le hicieron descubrir a Cristo humilde, único mediador de la salvación.
Agustín ya se sentía cristiano «con la cabeza». Pero para adherirse plenamente a Cristo y acercarse al Bautismo, necesitaba aún desprenderse de las cadenas del pecado. Eso sucedió por un don especial de gracia en la famosa «escena del jardín»: mientras estaba en el pequeño huerto de su casa milanesa, escuchó una voz infantil que cantaba tolle, lege («toma y lee»).
Abrió entonces las cartas de San Pablo y sus ojos se posaron en unas palabras de la carta a los Romanos (13,13) que concluyeron con la invitación: induimini Dominum nostrum Iesum Christum («revestíos del Señor Jesucristo»). Esas palabras le transmitieron la gracia de la conversión plena.
En la Pascua del año 387, Agustín recibió el bautismo de manos de san Ambrosio. Después emprendió el camino de regreso a África, pero tuvo que detenerse en Ostia, donde murió su madre Mónica. En el año 388 llegó finalmente a su tierra natal.
Una segunda conversión: el sacerdocio en Hipona
Tres años después de regresar a Tagaste, donde había iniciado una experiencia de vida fraterna entretejida de oración y estudio, Agustín viajó a Hipona para encontrarse con alguien interesado en unirse a ese proyecto. Lo que no esperaba era que el propio obispo de la ciudad —que buscaba un sucesor— lo haría ordenar sacerdote. Agustín aceptó a regañadientes porque reconoció en esta decisión la voluntad de Dios. Estamos en el año 391.
Muchos estudiosos hablan de una segunda conversión: si hasta entonces pensaba que el Señor le pedía una vida de recogimiento y estudio, ahora comprendió que debía dedicar todas sus energías a las necesidades de la Iglesia. Su mente, su corazón y su trabajo intelectual se orientaron por completo hacia las almas.
Obispo, pastor y doctor
Como obispo de Hipona —cargo que asumió poco después de su ordenación sacerdotal—, Agustín se entregó sin reservas a la predicación cotidiana, a la atención de los más pobres y marginados, y a la promoción del monacato y las vocaciones sacerdotales. Con frecuencia viajaba a otras ciudades africanas para participar en concilios o ayudar a sus hermanos en el episcopado.
Su principal preocupación fue la unidad de la Iglesia africana, desgarrada por el cisma de los donatistas, que sostenían que la Iglesia de Cristo era solo la Iglesia de los puros y rechazaban los sacramentos administrados por ministros a quienes consideraban pecadores.
Agustín trabajó y sufrió con empeño para restablecer esa unidad, y en buena parte lo logró. En esa lucha desarrolló su profunda eclesiología y su meditación sobre el Christus totus —Cristo que incluye inseparablemente la Cabeza y el Cuerpo—, presente en la historia de los hombres.
También combatió con ahínco herejías que ponían en peligro la autenticidad de la fe de la Iglesia, como el pelagianismo, que minimizaba la necesidad de la gracia divina. Esto le valió el título de Doctor gratiae —Doctor de la Gracia—. Desde Hipona mantuvo correspondencia con pastores y teólogos de toda la Iglesia, y escribió sus obras más célebres:Las Confesiones, La Trinidad y La Ciudad de Dios.
La Ciudad de Dios: una teología para tiempos de crisis
Tras el saqueo de Roma en el año 410, Agustín comenzó La Ciudad de Dios, aunque la idea central llevaba tiempo madurando en su mente. En esta obra amplía su mirada a toda la historia humana, vista a la luz de la Providencia y centrada en Cristo Mediador. Su visión gira en torno a dos ciudades: la terrenal, formada por quienes se aman a sí mismos hasta el desprecio de Dios, y la Ciudad de Dios, constituida por quienes aman a Dios hasta el «desprecio» de sí mismos.
La Ciudad de Dios atraviesa los siglos sin identificarse con ninguna realización política o cultural concreta, aunque no es indiferente a ellas. Con su presencia, hace de algún modo más humana la historia y contribuye a preparar esa paz verdadera que se cumplirá plenamente al final de los tiempos. San Agustín ofrecía así una teología de la historia precisamente cuando un mundo estaba a punto de desaparecer y aún no se vislumbraba qué forma tomaría el nuevo.
Muerte ante las puertas de Hipona
Pocos años después de concluir La Ciudad de Dios, los vándalos —famosos por su ferocidad y profundamente anticatólicos— sitiaron Hipona. Muchos aconsejaron a Agustín que huyera, pero él decidió quedarse, dispuesto a dar la vida, incluso en el martirio, para cuidar de su pueblo. Durante el asedio enfermó, y en el año 430 murió.
Dejó a la posteridad —y en particular a la Iglesia— su ejemplo de santidad y sus obras, en las que se conservan tesoros de sabiduría. Y quizá, sobre todo, nos dejó el testimonio de la verdad más profunda de aquellas palabras con las que comienzan las Confesiones —recordadas por León XIV el mismo día de su elección pontificia— y que pueden considerarse el lema de toda su vida: «Señor, nos has creado para Ti, y nuestro corazón no tiene descanso hasta que descansa en Ti» (San Agustín, Confesiones, I, 1).
Vito Reale, docente de Patrologia latina post-nicena, Pontificia Universidad de la Santa Cruz
