¿En qué dispositivo estás leyendo estas palabras? Probablemente en tu teléfono. Y eso, que hoy nos parece tan normal, es en realidad asombroso: energía, ciencia, códigos, materiales, leyes físicas exactas, todo funcionando con una precisión impresionante.
El ser humano y la naturaleza son así: inteligentes, bellos, coherentes. Podemos hacer ciencia, construir herramientas, crear música, navegar los mares. Todo parece indicar que el mundo tiene un orden profundo y bueno.
Pero, entonces ¿por qué aparecen también en escena cosas tristes? ¿De dónde proviene ese brote tan desagradable de envidia que noto a veces en mi interior? ¿Por qué existen los gritos de enfado entre hermanos o la falta de respeto entre unos novios, que por lo general se quieren tanto?
La propuesta cristiana recoge el relato de los orígenes que atesoraba desde muy antiguo el Pueblo de Israel. Todo en la naturaleza proviene de la inteligencia, del corazón y de las manos infinitamente poderosas de Dios. Por eso todo en la creación es así de bello, exacto y lógico. Por eso podemos hacer ciencia y tener un teléfono y papeles impresos en las manos. Sí, pero ¿y de dónde proviene lo que desentona? ¿Cuándo y por qué apareció todo eso?
¿Qué pistas tenemos para hacernos una idea de los orígenes de la humanidad? Algunas pinturas rupestres, puntas de flechas y piedras señalando lugares especiales. Hacemos genealogías de los idiomas y rastreamos la evolución de las primeras agrupaciones y civilizaciones. Queremos saber. Cada ciencia aporta desde su propio ángulo, con un enfoque preciso y lenguaje técnico. Desde las Sagradas Escrituras también recibimos algunos indicios.
Por el relato del primer libro de la Biblia sabemos con cuánto cariño y atención fue modelando Dios al hombre. Junto a sus elementos físicos, puso el espíritu con el que lo llenó de vida. Un alma dotada de la inteligencia y el querer libre. Pero incluso más: hubo en el inicio una elevación sobrenatural, como verdadero regalo. Dios constituyó al hombre en un estado de santidad y justicia, ofreciéndole la gracia de una participación en su vida divina. Era un don gratuito, inalcanzable con las solas fuerzas naturales, orientado a que viviéramos en comunión con Él. Adán y Eva recibieron tres tipos de dones: la naturaleza humana, los sobrenaturales y los preternaturales (como la inmortalidad, la exención del dolor y el dominio de la concupiscencia). Así fue el regalo original de Dios, elevando al hombre por encima de su propio modo de ser, naturalmente libre y creativo.
Sin embargo, el relato bíblico también nos narra que intervino un ser odioso, mentiroso y traicionero. Eva y Adán le prestaron atención y permitieron que la desconfianza hacia Dios anidara en su interior. Le dieron cabida por primera vez al orgullo, al desagradecimiento y a la avidez. Seguramente conoces el texto. Nos relata su traición a Dios y las consecuencias que tuvo en sus corazones. Es un hecho histórico, si bien transmitido con un lenguaje bastante simbólico. Nos permite entender un poco más sobre esas disonancias que notamos cada dos por tres en nuestro interior y en la convivencia de las familias y países. El pecado no pertenece a la naturaleza humana original, sino que es consecuencia de un triste episodio de la historia del hombre; fruto de la desconfianza, del orgullo, de la traición, del mal uso de la libertad.
Como consecuencia, el hombre perdió los dones sobrenaturales y preternaturales y sufrió un daño en su naturaleza. A veces deseamos tonterías. Experimentamos también frecuentes malentendidos. La traición original provocó la pérdida de la gracia, de la armonía con la creación y del hombre consigo mismo, y la entrada del sufrimiento y la muerte en la historia. Un daño grave, pero no un completo desastre: nuestra naturaleza no fue destruida ni quedó esencialmente corrompida.
Ese pecado cometido por Adán y Eva dejó en ellos una huella de fragilidad y tristeza. Y así como transmitieron a sus descendientes sus características físicas, psicológicas y culturales, transmitieron también una cierta debilidad espiritual, un corazón herido por el orgullo, con la tonta tendencia a recelar de Dios y servir desordenadamente a las pasiones. Por eso vemos coexistir en nosotros tantas cosas asombrosas y tantas bajezas.
Sin embargo, el relato de esos orígenes aporta también la promesa que muy pronto les hizo Dios a los primeros padres. Los corrigió con franqueza y justicia, pero no sin abrir camino a la esperanza. Les habló de una futura liberación, de una salvación. A ese par de líneas se le suele llamar “protoevangelio”, es decir, “el primer buen anuncio”. No obstante las graves consecuencias del pecado, la promesa divina apunta a un redentor: Jesús.
Todo esto ilumina la magnitud de la caída, pero también muestra la maravilla del amor de Dios, que jamás nos abandona y que permite ciertos males para sacar de ellos un mayor bien. De hecho, “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Romanos 5, 20).
De aquí podemos obtener realismo del bueno para nuestra vida. Un realismo que nos previene tanto de un optimismo ingenuo como de un pesimismo desesperanzado. Enciende en nosotros una confianza serena en Dios, una profunda humildad para reconocer los propios pecados y nos ayuda a comprender que la vida humana es un combate continuo contra las malas inclinaciones. A propósito de todo esto, si tienes ganas de leer un par de buenos textos te recomiendo “San Francisco de Asís” de Gilbert K. Chesterton y “El arte de recomenzar” de Fabio Rossini.






