"Lee despacio estos consejos. Medita pausadamente estas consideraciones. Son cosas que te digo al oído, en confidencia de amigo, de hermano, de padre. Y estas confidencias las escucha Dios. No te contaré nada nuevo. Voy a remover en tus recuerdos, para que se alce algún pensamiento que te hiera: y así mejores tu vida y te metas por caminos de oración y de Amor. Y acabes por ser alma de criterio." san Josemaría, Prólogo de Camino.
¿Cómo voy a avanzar en mi vida interior? ¿De qué me sirve sentarme a leer lo que otro ha escrito sobre Dios, si encima no me va a decir nada nuevo? Tal vez no necesito oír nada nuevo, basta que alguien me recuerde que Dios me está esperando, que me quiere, y que si acudo a Él e intento ser mejor cristiano la vida tendrá cada vez más sentido, porque lo iré descubriendo. Pero realmente, lo que importa es que me deje hacer por Él. Que apague todos mis ruidos internos y externos, y que lo escuche… que Él me grita en el silencio, pero está esperando a que me acerque cada vez más.
No seáis almas de vía estrecha, hombres o mujeres menores de edad, cortos de vista, incapaces de abarcar nuestro horizonte sobrenatural cristiano de hijos de Dios. ¡Dios y audacia!
A veces reduzco la fe para que no me complique demasiado la vida. La ajusto a lo que controlo, a lo que no me descoloca. Pero sé que Dios no me creó para una vida pequeña - me has hecho hijo. Y eso lo cambia todo.
¿En qué rincones de mi vida estoy viviendo con una fe encogida? ¿Dónde me cuesta creer que puedes pedirme —y darme— algo grande?
He leído un proverbio muy popular en algunos países: “el mundo es de Dios, pero Dios lo alquila a los valientes”, y me ha hecho reflexionar. —¿A qué esperas?
Me encantaría ser de esos “valientes” en qué Tú confías. Creo que muchas veces no me falta claridad, sino decisión. Intuyo por dónde vas, pero aplazo la respuesta. Espero el momento perfecto, cuando quizá lo que falta es confiar más.
¿Qué estoy esperando realmente? ¿Qué excusa vuelve una y otra vez para no responder?
¿Miedo?: es propio de los que saben que obran mal. Tú, nunca.
El miedo aparece también cuando quiero hacer el bien. No significa que esté yendo mal, sino que algo importante está en juego.
Jesús, Tú curabas a los ciegos, hacías andar a los paralíticos y limpiabas a los leprosos. Cúrame de mi miedo: que en los rincones de mi alma donde ahora hay indecisión y vértigo, esté tu paz.
No lo olvidemos: en el cumplimiento de la Voluntad divina, las dificultades se pasan por encima…, o por debajo…, o de largo. Pero…, ¡se pasan!
En el fondo creo que lo sé… Y aún así, cuando algo me parece difícil ya me bloqueo, Señor. Un examen que no sale, una rutina que cansa, una oración seca, gente que se me hace pesada.
Señor, que estas cosas las sepa vivir contigo, transformarlas. Que el saberme acompañado cambie el modo como afronto las dificultades.
Convéncete: cuando se trabaja por Dios, no hay dificultades que no se puedan superar, ni desalientos que hagan abandonar la tarea, ni fracasos dignos de este nombre, por infructuosos que aparezcan los resultados.
Es verdad que tiendo a medir las cosas por los resultados que veo. Pero Dios trabaja en profundidad, incluso cuando yo no noto nada. Rezar me ayuda a soltar la obsesión por el resultado.
Señor, enséñame a confiar más en tu fidelidad que en mis propios éxitos.
Me aseguraste que querías luchar sin tregua. Y ahora me vienes alicaído. Mira, hasta humanamente, conviene que no te lo den todo resuelto, sin trabas. Algo —¡mucho!— te toca poner a ti. Si no, ¿cómo vas a “hacerte” santo?
Muchas veces espero la circunstancia ideal: más tiempo, más ganas, menos problemas. Y mientras tanto, la vida real sigue.
Quizá lo que hoy me pesa —una persona difícil, un defecto que se repite, una tarea que no entiendo — es justo el material con el que Dios quiere limarme por dentro.
Jesús, ¿Dónde quieres que sea más santo? ¿Dónde me puedo parecer más a Ti?
Sé atrevido en tu oración, y el Señor te transformará de pesimista en optimista; de tímido en audaz; de apocado de espíritu en hombre de fe, ¡en apóstol!
Tú conoces mi oración y sabes que a veces rezo en pequeño. No porque no quiera cambiar, sino porque no acabo de creer que Dios pueda hacerlo de verdad.
Y, sin embargo, Tú has cambiado historias tan o más torcidas que la mía: a Pedro, a Pablo, a Zaqueo.
Señor, confío en que también a mí me puedes transformar.
Te encuentras en una actitud que te parece bastante rara: por una parte, achicado, al mirar para adentro; y, por otra, seguro, animado, al mirar para arriba. —No te preocupes: es señal de que te vas conociendo mejor y, ¡esto sí que importa!, de que le vas conociendo mejor a Él.
Cuando me miro por dentro, descubro límites y fragilidad. Cuando te miro a Ti, aparece una seguridad nueva. Supongo que ambas miradas son necesarias.
Gracias, Señor, porque al conocerme mejor descubro cuánto te necesito, y al conocerte mejor aprendo a confiar.
¿Has visto? —¡Con Él, has podido! ¿De qué te asombras? —Convéncete: no tienes de qué maravillarte. Confiando en Dios —¡confiando de veras!—, las cosas resultan fáciles. Y, además, se sobrepasa siempre el límite de lo imaginado.
Hay momentos en mi vida que, si me lo contara hace años, no me lo creería. No todo ha sido fácil, pero tampoco he ido solo. Hay momentos concretos en los que algo salió adelante cuando, humanamente, no pintaba bien… y ahora entiendo un poco mejor por qué.
¿En qué etapas de mi vida he notado que no tiraba solo? ¿Qué decisiones, encuentros o pasos me superaban y aun así salieron?
Señor, ayúdame a reconocer tu paso por mi historia y a fiarme más la próxima vez, incluso antes de ver el resultado.
Quieres vivir la audacia santa, para conseguir que Dios actúe a través de ti? —Recurre a María, y Ella te acompañará por el camino de la humildad, de modo que, ante los imposibles para la mente humana, sepas responder con un «fiat!» —¡hágase!, que una la tierra al Cielo.
La audacia cristiana no nace de sentirme fuerte, sino de fiarme. María no lo entendió todo, pero dijo “hágase”.
Madre, acompáñame. Enséñame a decir “sí” también cuando no lo veo claro.






