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Este mandamiento no se refiere directamente a hechos exteriores sino a lo que sucede en nuestro mundo interior, en nuestra mente y corazón. Al leer el enunciado de este mandamiento te puede parecer algo invasivo o sonar a una prohibición incómoda. No es así, sino todo lo contrario, es una revolución en favor de la dignidad humana. A Dios no solo le interesa nuestra belleza externa, sino la de nuestras intenciones, pensamientos y deseos más escondidos. Jesús dijo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón (Mateo 5, 28). En realidad, en el interior del corazón empieza todo. Leemos en el evangelio de san Marcos: Lo que sale del hombre es lo que hace impuro al hombre. Porque del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, los deseos avariciosos, las maldades, el fraude, la deshonestidad, la envidia, la blasfemia, la soberbia y la insensatez. Todas estas cosas malas proceden del interior y hacen impuro al hombre (7, 20-23).

¿Por qué vale la pena tener un corazón libre y limpio?

Vivimos en un mundo dominado por la imagen y todo parece empujarnos a mirar, desear y comparar. Pero, ¿te has preguntado alguna vez qué pasa dentro de ti con todo eso? El noveno mandamiento no es una regla pasada de moda: es una invitación a vivir con un corazón libre y limpio, y por tanto, capaz de amar y ser amado. Lo que pensamos, lo que imaginamos, lo que deseamos, moldea lo que somos, y aunque eso no se vea, influye en el amor que somos capaces de dar y recibir.

Es algo importante, ya que si dejamos que los malos deseos nos dominen, acabamos viendo y usando a las personas como objetos, no como alguien a quien amar de verdad. Este mandamiento no nos pide “apagar” la imaginación o la memoria, ni tampoco “sepultar” los sentimientos, sino quiere enseñarnos a aprender a ordenar nuestros deseos. Busca que el amor que ofrezcamos sea real, no egoísta. Es justamente esa actitud de libertad interior la que nos permite conocer y amar a Dios, según leemos en las bienaventuranzas: Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios (Mateo 5, 8).

Entrenar la mirada, la imaginación y el corazón

Para conservar la pureza del corazón hay que estar vigilante frente a tres peligros que podrían apartarnos del camino y quitarnos la dignidad. Se trata de tres pecados internos: los malos pensamientos (la representación imaginaria de un acto pecaminoso sin ánimo de realizarlo), el mal deseo (interior y genérico de una acción pecaminosa con el cual la persona se complace); y el gozo pecaminoso (la complacencia deliberada en una acción mala ya realizada por sí o por otros).

Es necesario distinguir las simples “ocurrencias” del pecado. Las primeras con tentaciones que nos vienen a la cabeza a través de la pasión o de un sentimiento. Solo cuando se consiente esa ocurrencia o pensamiento pecaminoso, es decir, se le elige con la voluntad, se convierte en un pecado. Es necesario tener en cuenta que no merece quedarse en nuestra cabeza todo lo que pasa por ella. En todo caso, no debe sorprendernos tener tentaciones. La mayoría nacen de la “concupiscencia”, que es la tendencia de la sensibilidad contraria a la razón, consecuencia del pecado original, que nos inclina a cometer pecados. Esa realidad nos recuerda que hay que luchar. Ese combate vale oro, porque nos hace libres.

El noveno mandamiento incluye también el cuidado del pudor, que designa el rechazo a mostrar lo que debe permanecer velado, ordenando nuestras miradas y gestos en conformidad con la dignidad de las personas. Esta virtud protege nuestro misterio y nuestro amor, mientras que rechaza, por ejemplo, los exhibicionismos del cuerpo humano, las solicitaciones de la moda, la presión de las ideologías dominantes, las incitaciones de algunos medios de comunicación a hacer pública toda confidencia íntima.

Recordemos, finalmente, que la virtud de la pureza nos lleva a mirar el mundo y las personas con visión sobrenatural. Nos invita a una lucha positiva que nos permite descubrir la verdadera belleza de todo lo creado, y nos permite ver a Dios y tener una vida llena de sentido, paz y profunda alegría.