¿Te has detenido alguna vez a pensar qué significa querer de verdad? No solo sentir cariño, no solo emocionarte o decir “te quiero” en un momento de emoción, sino querer de una manera que transforme tu vida y la de los demás, un querer que sea fiel, constante y generoso, incluso cuando el corazón se cansa o las circunstancias parecen difíciles.
San Josemaría lo explicaba de manera muy concreta: ves a tus padres todos los días, los cuidas, los quieres, los respetas; no es por rutina, sino porque tu corazón así lo siente. Pues con ese mismo corazón, con la misma naturalidad y profundidad con que amas a los tuyos, estás llamado a amar a Jesucristo. No se trata de inventar un amor extraño ni de separar la vida en compartimentos; se trata de poner tu corazón entero al servicio del amor, sin reservas, con sinceridad y coherencia.
Amar implica fidelidad. Dios ha sido fiel contigo siempre, incluso cuando tú no lo has sido. Por eso, cuando decides amar, no basta con buenas intenciones: el amor se responde con amor, y se concreta en gestos y en decisiones cotidianas. Hacerlo todo por amor, insistía San Josemaría, significa convertir cada acción, por pequeña que parezca, en un acto de entrega; porque cuando se ama, nada es insignificante, y la perseverancia silenciosa en lo pequeño es, a los ojos de Dios, un verdadero heroísmo.
El amor verdadero es atento y detallista, porque el que ama no pierde un detalle. Amar no es vivir a medias, distraído, con prisa, cumpliendo un mínimo; es observar, cuidar, anticipar, interesarse de verdad por la vida de quienes nos rodean, y ofrecerles nuestra presencia y nuestra entrega. Pero el amor no es cómodo ni siempre agradable: el amor que llena el alma requiere renuncia, esfuerzo y sacrificio. No hay felicidad sin entrega, no hay amor pleno sin desprendimiento. La vida cómoda no da plenitud; la plenitud nace de un corazón enamorado que sabe dar y dejarse transformar.
Tal vez tengas miedo. Miedo a sufrir, a equivocarte, a entregarte y ser rechazado. Pero el que tiene miedo no sabe querer. El amor auténtico no se paraliza ante el riesgo; se atreve a salir de sí mismo y a confiar, incluso cuando el camino es incierto. Si sabes amar, si quieres de verdad, no puedes permitir que el miedo gobierne tu vida, y cada pequeño acto de amor se convierte en un paso valiente hacia la libertad y la alegría profunda.
Aprender a querer también cambia nuestra manera de perdonar. Perdonar no es un gesto que hacemos por obligación o debilidad, sino una expresión de un corazón que ha sido amado y perdonado primero. San Josemaría decía: “No he necesitado aprender a perdonar, porque el Señor me ha enseñado a querer”. Quien ama de verdad aprende a perdonar desde el primer instante, porque entiende que Dios nos ha perdonado mucho más y que la vida se hace más ligera cuando el resentimiento no ocupa espacio en el corazón.
Querer querer
No pongas límites al amor: ama a todos por Él, ama profundamente a quienes tienes cerca, pero ama a Dios millones de veces más. Amar no resta, no divide ni agota; ensancha el corazón, lo hace más capaz, más fuerte y más alegre. Amar implica querer querer, incluso cuando no apetece, incluso cuando nos sentimos débiles o cansados, porque muchas veces la debilidad no es más que cobardía disfrazada, y San Josemaría nos invita a ser valientes, a tomar decisiones concretas que permitan al amor crecer y no quedarse en palabras vacías.
Y no olvides lo humano: a veces hace falta tener al lado caras sonrientes, personas que acompañen y compartan la vida, porque más que en dar cosas, el amor se reconoce en la comprensión, en el estar atento, en el acompañar y escuchar sin condiciones.
Aprender a querer no es un ideal lejano ni abstracto. Es un camino diario, hecho de pequeñas decisiones, silenciosos sacrificios, fidelidad constante y detalles de cariño que nadie ve pero que transforman todo. Pregúntate con sinceridad: ¿estoy aprendiendo a querer de verdad, o solo a sentir y esperar que los demás hagan el esfuerzo por mí? El amor no se improvisa: se aprende, se cultiva y, sobre todo, se vive.
10 preguntas que pueden ayudarte para la reflexión y la oración
- ¿Estoy aprendiendo a querer de verdad, o me conformo con sentir cariño superficialmente?
- ¿Pongo mi corazón entero en las cosas que hago por amor a Dios y a los demás, incluso en lo pequeño y cotidiano?
- ¿Cómo puedo mostrar más atención y cuidado hacia quienes tengo cerca, sin esperar nada a cambio?
- ¿Hay algún miedo que me impida entregarme y amar con valentía, y cómo puedo dejarlo en manos de Dios?
- ¿Qué puedo renunciar hoy, aunque sea pequeño, para amar mejor a alguien o para acercarme más a Dios?
- ¿A quién necesito perdonar desde ahora mismo, y cómo puedo pedir al Señor la gracia para hacerlo de corazón?
- ¿Estoy ordenando bien mi amor, queriendo primero a Dios y después a los demás, sin que mi cariño se diluya?
- ¿En qué gesto concreto puedo practicar la fidelidad y la constancia en mi amor durante esta semana?
- ¿Cómo puedo llevar alegría y comprensión a los que me rodean, incluso cuando estoy cansado o distraído?
- ¿Cuál es un propósito pequeño y concreto que puedo asumir hoy para crecer en el arte de querer como Cristo quiere?






