El profeta Elías se encontraba al borde de la desesperación. La demostración del poder de Dios en el monte Carmelo había sido espectacular, pero su vida corría peligro: la reina Jezabel, con la complicidad de la mayoría del pueblo judío, lo buscaba para acabar con él. «He quedado yo solo y me buscan para matarme», dice, desahogándose en su oración, mientras huye hasta una cueva en la montaña (1R 19,10). «Entonces el Señor pasó y un viento fortísimo conmovió la montaña y partió las rocas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Detrás del viento, un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Detrás del terremoto, un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Detrás del fuego, un susurro de brisa suave» (1R 19,11-12). Allí, en esa brisa suave, Elías reconoce nuevamente la presencia del Señor, y puede retomar su diálogo.
También nuestra vida cotidiana se ve sacudida a veces por vientos a los que debemos hacer frente, terremotos en los que hemos de mantenernos firmes, o fuegos que apagar. En esos momentos se nos puede hacer difícil encontrar la calma y la intimidad con Dios, la brisa suave. Porque la voz de Dios «no se impone, es discreta, respetuosa; la voz de Dios es humilde y, precisamente por esto, es pacificadora. Y solo en la paz podemos entrar en lo profundo de nosotros mismos hasta reconocer los auténticos deseos que el Señor ha puesto en nuestro corazón»[1]. La música puede ser uno de los caminos hacia esa paz: no porque sea ella misma la voz de Dios, sino porque tiene el poder de guiarnos hacia ese espacio de nuestro interior en donde podemos, como Elías, encontrarnos con la brisa de lo divino.
Una puerta a lo más profundo
Hay melodías que nos acompañan desde el inicio de nuestra existencia. Ya en el vientre materno percibimos el ritmo de las pulsaciones del corazón de nuestra madre, sentimos su canto que arrulla y calma, e incluso quizá oímos la música que nuestros padres ponen para estimular los sentidos. Desde esos primeros meses, el sonido formará parte de ese vínculo maternofilial y de la identidad que vamos adquiriendo. Cuando nace un niño, lo primero que hace es cantar con un lloro intenso que persiste en una nota, y que es decisivo para que empiece a respirar. Música y sentimientos están naturalmente conectados. La música despierta emociones, las acompaña, las intensifica, e incluso nos ayuda a interpretarlas. «La música, la gran música, relaja el espíritu, despierta sentimientos profundos e invita casi de forma natural a elevar la mente y el corazón hacia Dios en cualquier situación, ya sea alegre o triste, de la existencia humana. La música puede convertirse en oración»[2].
No es extraño que, en la historia de Israel la fe del pueblo se exprese a través del canto. En la liberación de Egipto, el pueblo judío había respondido a la acción de Dios con música, y en ese canto comenzó a forjar su memoria y su identidad: «Israel vio la mano poderosa con la que el Señor trató a Egipto (…). Entonces Moisés y los hijos de Israel entonaron este cántico al Señor. Y decían: —Quiero cantar al Señor, vencedor excelso» (Ex 14,31-15,1). Más adelante, será el rey David quien condense sus alegrías y llantos, sus lamentos y amores, en los salmos que se han cantado durante siglos hasta nuestros días, como también lo hace el nuevo Pueblo de Dios durante la santa Misa.
Cualquier forma de arte es una puerta para conocer, comprender y amar el mundo, pero la música, quizá por ese contacto tan temprano que tenemos con ella, por la sencillez con que la percibimos a través del oído, y por la forma en que estimula nuestro cerebro, interpela de forma directa nuestra interioridad, la impulsa hacia la búsqueda de una verdad que se intuye a través del sonido. La música expresa «el dinamismo interior del yo existencial del hombre»[3], abre una puerta a lo más profundo de nosotros mismos. Así le ocurría a san Agustín, como cuenta en sus Confesiones: «Cuando recuerdo las lágrimas que derramé con los cánticos de la Iglesia en los comienzos de mi conversión, y lo que ahora me conmuevo, no con el canto, sino con las cosas que se cantan, cuando se cantan con voz clara y una modulación muy adecuada, reconozco de nuevo la gran utilidad de esta costumbre»[4].
La accesibilidad inmediata a casi cualquier tipo de música es un fenómeno muy reciente que hace posible un uso emocional de la música. Podemos recurrir a ella para intensificar un estado de ánimo, para consolarnos o para evadirnos por un momento, y atendemos así una necesidad humana real. Sin embargo, en ese caso nos encontramos todavía ante una experiencia musical muy efímera, reducida a la producción de efectos pasajeros. En realidad, la música es capaz de mucho más: puede conmover de manera profunda, sin manipular nuestros sentimientos; puede emocionar sin simplificar; puede abrir un espacio de sentido que no se agota en la reacción inmediata. Pero esta experiencia requiere tiempo, atención, presencia: la disposición interior para aprender a dejar que la obra se tome su tiempo, y para escuchar también lo que no entendemos del todo, lo que no nos conmueve de inmediato.
Algo que sucede dentro
La música está presente de modos distintos en el día a día de nuestras vidas: nos motiva a hacer deporte, nos acompaña en trayectos, nos ayuda a concentrarnos en una tarea, o teje momentos de unión en los que cantamos con la familia o con amigos. También hay música que nos inspira cuando queremos rezar o que acompaña nuestras oraciones, en la liturgia o en otras ocasiones. En todos esos momentos, la música no es algo que sucede solamente fuera de nosotros mismos, sino que también acontece dentro.
Por eso, tiene sentido pensar qué es lo que escogemos que suceda musicalmente en nuestro interior. La música no es solo un acompañamiento de fondo: las letras que escuchamos y las melodías que nos envuelven tienen la capacidad de moldear nuestros afectos, nuestro modo de ver el mundo, nuestra manera de afrontar las relaciones con los demás e, incluso, de percibir a Dios. «La música es también un camino para encontrar a Dios, porque la belleza surge de la belleza de Dios y eleva el alma», decía el prelado del Opus Dei en Lima, hablando con un miembro de una banda de rock en un encuentro con familias. «Podemos ver en la belleza de la música un rasgo de la belleza infinita de Dios»[5].
La tradición de la Iglesia ha desarrollado a lo largo de los siglos una abundante riqueza musical que ayuda a los cristianos, y a tantas otras personas, a acercarse más a Dios. Es «un tesoro de valor inestimable, que sobresale entre las demás expresiones artísticas, principalmente porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la liturgia solemne»[6]. El canto ha sido un elemento fundamental en las celebraciones litúrgicas, desde la Antigua Alianza hasta las grandes obras que dejaron los compositores más afamados, pasando por la inmensa riqueza de la tradición gregoriana. La Iglesia continúa y sigue alentando esta manera de relacionarse con Dios[7].
Pero para encontrar a Dios en la música no es indispensable un contexto litúrgico o canciones que se refieran explícitamente a él, sino que el corazón enamorado oiga el susurro de Dios en las letras que hablan de amor, de desengaños, de dolor, de esperanza, o de la posibilidad de recomenzar. De hecho, san Josemaría muchas veces utilizaba la música popular que se escuchaba en los festivales de su época incluso para rezar, para ponerse en lugar del amante que dirige esas coplas a Dios: «Para mantener el trato con mi Señor (…) me han servido también –no me importa que se sepa– esas canciones populares, que se refieren casi siempre al amor: me gustan de veras»[8].
San Josemaría pone ante nosotros el ideal de una vida «hecha de coplas de amor humano a lo divino»[9]. Es un ideal que requiere no solo trascender el umbral de las emociones inmediatas sino también el de la frivolidad. Porque a veces, más allá de la exposición inevitable a una música superficial, podemos encontrarnos consumiendo producciones que distorsionan el valor de las personas y de las relaciones. Por eso, resulta importante discernir si la música que oímos anestesia nuestra capacidad de relacionarnos, si distorsiona nuestra dignidad de hijos e hijas de Dios, o si, por el contrario, favorece una comunión auténtica con los demás. Escuchar buena música es, en cierto modo, disponerse a escuchar la vida con más profundidad, a no encerrarnos en nosotros mismos, a dejar que la belleza nos toque el corazón y lo prepare para mantenerse encendido. De ahí que esa escucha sea un buen entrenamiento para la contemplación.
El silencio permite la melodía
Imaginemos una sala de conciertos en la que, al entrar, se escucha gente conversando, toses por aquí y por allá, algunas carcajadas... De repente, suenan los timbres que anuncian que el concierto está a punto de comenzar. La audiencia se silencia, se crea una expectativa, se preparan nuestros sentidos para recibir la melodía que interpretará la orquesta. Se trata ya no solo de disponerse a oír, sino de abrir todas nuestras facultades para vivir una experiencia que involucrará nuestro ser en su totalidad, que tocará las fibras más profundas del corazón. Al final de un concierto de la Filarmónica de Berlín, Benedicto XVI consideraba cómo la música, «mediante sus sonidos, nos lleva en cierto sentido a otro mundo, y armoniza nuestro interior. Al encontrar así un momento de paz, podemos ver, como desde una altura, las misteriosas realidades que el hombre trata de descifrar y que la luz de la fe nos ayuda a comprender mejor»[10].
Nuestro corazón es también como una sala de conciertos, y necesitamos de silencios para poder escuchar los sonidos de nuestra vida. Cada nota, cada melodía es importante, pero tenemos que aprender a detenernos para poder descifrar el significado de lo que esos sonidos expresan; escucharlos en conexión con la obra en general. Así como la música necesita de los silencios, también nosotros necesitamos de ellos para experimentar, comprender y cuidar nuestra interioridad. Si el silencio es fundamental en la articulación de cualquier melodía, lo es también para el despliegue de nuestra vida interior[11]: solo a través de él podremos encontrar nuestra verdad más profunda y la verdad liberadora de Dios.
Además, cuando se descubre el valor del silencio, la música se convierte también en un camino de escucha. Afina nuestro corazón para percibir lo que muchas veces el ruido del mundo y de nuestro propio interior nos impide ver. «El Verbo habla, pero también calla y escucha: como un recién nacido –escribía el prelado del Opus Dei hace unos años–. Como en el templo, no son pocos los episodios en que Jesús también calla y escucha: cuando escribe en el suelo ante las preguntas de los que querían lapidar a la mujer pecadora; en el monte, cuando ora en silencio con su Padre; cuando es clavado en la cruz… Y también hoy, en la Eucaristía, Jesús sigue a la escucha»[12].
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«Estoy convencido —decía una vez Benedicto XVI— de que la música (…) es realmente el lenguaje universal de la belleza, capaz de unir entre sí a los hombres de buena voluntad en toda la tierra y de hacer que eleven su mirada hacia las alturas y se abran al Bien y a la Belleza absolutos, que tienen su manantial último en Dios mismo»[13]. En un mundo en el que lo conocido se vuelve rutinario y los algoritmos nos llevan siempre hacia la uniformidad disfrazada de novedad; en una época en la que lo desconocido causa temor, la música nos invita a detenernos, a escuchar con atención, a percibir aquello que normalmente no notamos: a recordar que siempre nos queda belleza por descubrir. Ante una nueva melodía, un silencio bien colocado entre las notas, algo en nosotros se despierta. La música rompe la coraza de la costumbre y de la uniformidad, nos invita a mirar el mundo con ojos nuevos. Y esa es precisamente la esencia del asombro, una disposición interior que nos permite maravillarnos con lo más cotidiano; un oído interior que nos permite distinguir la «suave brisa» de la voz de Dios.
[1] Francisco, Audiencia general, 21-XII-2022.
[2] Benedicto XVI, Palabras al final de un concierto, 17-X-2009.
[3] J. Pieper, Solo quien ama canta, Ediciones Encuentro, Madrid 2015, p. 70.
[4] San Agustín, Confesiones, X, 33.
[5] Mons. F. Ocáriz, Encuentro con familias en Lima-Perú, 4-VIII-2024.
[6] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosantum concilium, n. 112.
[7] Cfr. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1156.
[8] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 184.
[9] San Josemaría, Forja, n. 435.
[10] Benedicto XVI, Discurso al final de un concierto, 18-XI-2006.
[11] Cfr. san Josemaría, Camino, n. 281, sobre el silencio como «portero de la vida interior».
[12] Mons. F. Ocáriz, A la luz del Evangelio, «Escucha, silencio en acción», 20-II-2020.
[13] Benedicto XVI, palabras al final de un concierto en ocasión de su 80º cumpleaños, 16-IV-2007.
