Buscar
Cerrar

¿Alguna vez has visto un pájaro, el típico gorrión, por ejemplo, que se ha hecho daño en un ala o le pasa algo, y no puede volar? Lo intenta insistentemente hasta que la fatiga le obliga a detenerse. Al poco vuelve a la carga, pero sin éxito… Está en el suelo, indefenso, aceleradísimo y lleno de miedo porque no tiene escapatoria. Arrinconado, trata al menos de buscar refugio donde sea, quizá en un arbusto cercano… Evoco esta escena, que causa cierta pena, porque puede servirte para entender mejor esas sorprendentes palabras de Dios recogidas en el libro de Job, que san Josemaría solía recordar para explicar algo tan necesario para el ser humano como lo es volar para un pájaro: «el hombre nace para trabajar, como las aves para volar» (Job 5,7; Es Cristo que pasa, n. 57).

Nos puede chocar pero, sin trabajar cada uno en lo suyo (los estudiantes estudiando), estaríamos en una situación parecida a la del maltrecho gorrión. Y sin embargo, muchas veces pensamos que seríamos más felices si no trabajáramos… Pero lo cierto es que si en esta tierra viviéramos habitualmente sin hacer nada de lo que consideramos trabajo, caeríamos en la tristeza del ave que ya no puede volar. Les pasa a las personas que están mucho tiempo en paro, o a aquellas otras que se aburren por pasar mucho tiempo sin hacer nada.


Dios trabaja

Misteriosamente, aun antes del pecado original, el libro del Génesis nos cuenta que «el Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén para que lo trabajara y lo guardara» (Gen 2,15). Para trabajar y cuidar el jardín. ¿Pero por qué? Porque hombre y mujer han sido creados a imagen de Dios –y aquí está la sorpresa– ¡el mismo Dios trabaja! Literal.

La primera vez que se habla de trabajo en la Biblia –usando la palabra hebrea “melakhá”, que se traduce por obra o trabajo– no es en referencia al hombre, sino a Dios mismo: la creación del mundo en siete días es presentada como un trabajo de Dios: «Terminó Dios en el día séptimo la obra (“melakhá”) que había hecho, y descansó en el día séptimo de toda la obra que había hecho» (Gen 2,2). Obviamente, el trabajo de Dios no es exactamente igual que el nuestro. Es parecido pero diverso a la vez. No obstante, el facto es que hemos sido creados, entre otras cosas, para trabajar y cuidar, y eso tiene que ver con que somos semejantes a Dios, que también trabaja. Es más, se podría decir que estamos llamados a… ¡trabajar como Dios! Sí. ¿Cómo es eso?


Trabajar como Dios

Dios mismo ha querido desvelar en qué consiste trabajar como Dios cuando ha decidido hacerse uno de los nuestros con la encarnación de su Hijo. Jesús nos muestra, entre otras cosas, que Dios trabaja, y también cómo trabaja. Dice Jesús: «mi Padre trabaja y yo también trabajo» (Juan 5,17). Querer ser cristianos, es decir, tomar como referencia de nuestra vida a Cristo, significa también aprender de su vida de trabajo en Nazaret, durante sus años de juventud y madurez; y después en los años de vida pública, cuando se esforzaba por llegar a todas las personas en aquellas jornadas llenas de intensidad y de gracia –y también de fatiga, sí–. Días en los que, junto con los apóstoles y discípulos, llevaba la alegría del evangelio a tantas personas. Y se cansaba; pero con alegría, porque ponía en esa tarea todo el Amor que llevaba dentro, hasta dar la vida por sus amigos. ¡Incluso su pasión fue trabajo! El esfuerzo por la redención de las almas.

San Josemaría explicaba la necesidad de trabajar precisamente en conexión con el trabajo del Hijo de Dios:

En el Evangelio encontraréis que Jesús era conocido como (…) el obrero, el hijo de María (Marcos 6, 3): pues también nosotros, con orgullo santo, tenemos que demostrar con los hechos que ¡somos trabajadores!, ¡hombres y mujeres de labor!” (Es Cristo que pasa, 62).

Aquí está el punto: no podemos parecernos a Jesús al margen de la profesión que tengamos en cada momento, pues, para nosotros, gente que busca la santidad en medio del mundo, sería empeñarse en ir por un camino distinto del que ha recorrido Él. Si arrancáramos el tiempo de trabajo de la ecuación de nuestra vida cristiana, ¿qué quedaría? ¿Santificamos sólo el tiempo en que descansamos o cuando estamos rezando? Por expresarlo con una imagen, seríamos el “submarino católico”: navega oculto por las profundidades durante la semana haciendo lo que sea; se le ve sólo cuando emerge el domingo para ir a Misa… y vuelve a sumergirse acto seguido hasta el domingo siguiente. No deja rastro, nadie puede notar que esa persona es cristiana en su día a día, y mucho menos en su trabajo. Está sumergida. A lo más, alguna vez saca el periscopio porque necesita pedir a Dios algo relacionado con su trabajo (un examen difícil, por ejemplo).

Por contraste, san Josemaría nos ha enseñado que “sois todos hombres dedicados al trabajo en diversas profesiones humanas, formáis diversos hogares, pertenecéis a tan distintas naciones, razas y lenguas (…). Os recuerdo, una vez más, que todo eso no es ajeno a los planes divinos (…). Convenceos de que la vocación profesional es parte esencial, inseparable, de nuestra condición de cristianos. El Señor os quiere santos en el lugar donde estáis, en el oficio que habéis elegido por los motivos que sean: a mí, todos me parecen buenos y nobles –mientras no se opongan a la ley divina–, y capaces de ser elevados al plano sobrenatural, es decir, injertados en esa corriente de Amor que define la vida de un hijo de Dios. (Es Cristo que Pasa, 46 y 60).

La vida de un hijo de Dios. Aquí está la clave para trabajar como Jesús, el Hijo de Dios que hace todo en referencia a su Padre. Por eso tu profesión, la que sea, es el lugar donde has de procurar trabajar como Jesús. ¿Y qué espíritu animaba su trabajo? Podríamos resumirlo en tres expresiones suyas que conoces muy bien: «santificado sea Tu nombre»; «hágase Tu voluntad»; «no ha venido a ser servido, sino a servir». Dar gloria a Dios Padre, hacer su voluntad y servir son las tres actitudes de Jesús también en su trabajo. ¿Trabajas con esa orientación?


Warning! La Torre de Babel

Nuestro peligro es cambiar esas actitudes por otra bien diversa, que es la que ocasionó la confusión de la Torre de Babel: «¡Vamos a edificarnos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue al cielo! Así nos haremos famosos» (Génesis 11,4). Querían hacerse un nombre. En vez de glorificar a Dios, apuntan a glorificarse a sí mismos. El resultado fue la confusión de lenguas, es decir, la desunión, la separación de unos respecto a otros. «Trabajad cara a Dios, sin ambicionar gloria humana. Algunos ven en el trabajo un medio para conquistar honores, o para adquirir poder o riqueza que satisfaga su ambición personal, o para sentir el orgullo de la propia capacidad de obrar». Por contraste, los hijos de Dios están llamados a ver en el trabajo «una posibilidad de servir a todos los hombres por amor a Dios» (Carta 14, n. 18).


Anda, ¡vuela!

Si ves que tu trabajo no está bien hecho o bien enfocado, entonces es el momento de recomenzar. Ojalá tu trabajo sea como esas alas que te llevan cada día a elevarte y a elevar tu mundo hacia Dios. Con tu esfuerzo, subes quizá modestamente, pero con la ayuda de la gracia, terminas muy alto, contemplando la cercanía de Jesús en lo que haces, no solo en tu trabajo. Eres como aquel pajarito en el que se veía reflejado el propio san Josemaría:

Me veo como un pobre pajarillo que, acostumbrado a volar solamente de árbol a árbol o, a lo más, hasta el balcón de un tercer piso…, un día, en su vida, tuvo bríos para llegar hasta el tejado de cierta casa modesta, que no era precisamente un rascacielos…

Mas he aquí que a nuestro pájaro lo arrebata un águila —lo tomó equivocadamente por una cría de su raza— y, entre sus garras poderosas, el pajarillo sube, sube muy alto, por encima de las montañas de la tierra y de los picos de nieve, por encima de las nubes blancas y azules y rosas, más arriba aun, hasta mirar de frente al sol… Y entonces el águila, soltando al pajarillo, le dice: anda, ¡vuela!… (Forja, n. 39).