Ángel Efraín Salas Andreu nació en octubre de 1935, fruto de la unión de Efraín Salas Vega y María Andreu Fuxá. Su herencia era un mosaico rico y diverso que entrelazaba raíces portuguesas, catalanas y cañetanas.
Siendo el menor de cinco hermanos —y el único varón rodeado de cuatro hermanas—, su infancia transcurrió entre las calles de La Victoria y San Isidro, pero sus recuerdos más entrañables se forjaron en el norte del Perú.
De niño, durante las décadas de 1940 e inicios de los 50, sus vacaciones eran sinónimo de la libertad y el orden que respiraba en la hacienda de su tío Carlos Piaget en Casma. Allí, el pequeño Efraín montaba a caballo y desafiaba el calor del norte bañándose en el río hasta tres veces al día, sembrando en su espíritu el amor por la naturaleza, el deporte y la disciplina.
El brillo académico y la travesía europea
Desde el colegio, en las aulas del antiguo American School in Lima (el actual Colegio Roosevelt), del cual formó parte de sus primeras promociones, Efraín destacó como un alumno brillante. Sus extraordinarias calificaciones y un inglés impecable le abrieron las puertas de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI). Su paso por la UNI fue breve pero fulminante: su talento no pasó desapercibido y se hizo acreedor a una prestigiosa beca para estudiar en el extranjero.
El destino fue Alemania. En 1954, con apenas 19 años, Efraín abordó un barco rumbo a Europa, desafiando la distancia y el idioma; aprendió el alemán sobre la marcha en alta mar, con la única ayuda de un diccionario. Llegó a una Alemania de posguerra que se levantaba con fuerza gracias al Plan Marshall y bajo el liderazgo de Konrad Adenauer. En ese entorno de reconstrucción y rigor, se graduó con honores como Ingeniero Mecánico en la célebre Universidad de Núremberg.

Durante sus años universitarios, las vacaciones de invierno eran el momento de reencontrarse con su tío Carlos Piaget en Neuchâtel, Suiza. El francés no era un obstáculo, pues lo hablaba con la fluidez heredada de su madre, María. En los Alpes suizos, Efraín no solo se convirtió en un experto esquiador, sino que trabajó como instructor para ganarse sus propios francos. Tras culminar estudios adicionales en economía, su perfil global e impecable manejo de cuatro idiomas le abrieron las puertas en Basilea de la gigante farmacéutica CIBA. Tras ocho años de enriquecimiento profesional y humano en el viejo continente, la corporación lo envió de regreso a Sudamérica para supervisar sus operaciones comerciales en Perú y Chile.
Amor, familia y retorno al Perú
Efraín regresó a un Perú distinto, pero fue en su tierra donde el destino le aguardaba el encuentro más importante de su vida: se enamoró de María Cristina "Pelusa" Vinatea, hija de un reconocido médico peruano y de madre alemana. Su labor como representante corporativo de la ya fusionada Ciba-Geigy lo obligaba a mantener un pie en Santiago de Chile, donde vivió de cerca el álgido clima político de inicios de los setenta. Tras la caída del gobierno de Salvador Allende en 1973, Efraín se retiró de Chile para asentarse definitivamente en Lima.

Se empleó en Química Suiza, la empresa que su tío Carlos había fundado y consolidado, y selló su hogar al casarse a los 28 años con Pelusa. De ese amor nacieron sus tres hijos: Efraín, Tony y Mónica. Para ellos, Efraín no solo fue el proveedor de un hogar seguro, sino un padre cariñoso, presente, paciente, comprensivo y, por encima de todo, un amigo incondicional.
Un empresario con mentalidad de servicio a los demás
Hombre de acción y mente brillante, su espíritu inquieto lo llevó a dejar la seguridad de Química Suiza para emprender su propio camino. Efraín era un inventor innato. Fundó su propia fábrica en Ate, de resinas y aditivos para la minería y la construcción, un negocio que sacó adelante con ingenio y tenacidad. Su versatilidad empresarial no conoció límites: manejó talleres de carpintería, empresas de importación y exportación de diversos materiales, y la recordada tienda de deportes “Sports”.
Efraín vivía bajo la convicción de que el trabajo diario es el camino a la santidad. Creía firmemente que había que “sacarse la mugre” trabajando duro si se quería que Dios hiciera su parte.
Su éxito en los negocios le permitió darle una vida de primera calidad a su familia. Sin embargo, su filosofía de vida jamás se basó en la ostentación: hizo fortuna, pero nunca llevó una vida de lujos. Su brújula moral y espiritual estaba guiada por una profunda fe católica. Como cristiano practicante y fiel seguidor de san Josemaría, Efraín vivía bajo la convicción de que el trabajo diario es el camino a la santidad. Creía firmemente que había que “sacarse la mugre” trabajando duro si se quería que Dios hiciera su parte.
Esa fe se traducía en su trato con los demás. Tocó incontables vidas, especialmente las de sus empleados y personas menos favorecidas. Efraín no ayudaba con dádivas pasajeras; sabía escuchar, respetaba la dignidad del otro y apoyaba construyendo planes de vida y desarrollo para los suyos.

Las crisis, el golf y el saber estar con los nietos
Ser empresario en el Perú nunca fue fácil. Los últimos años del primer gobierno de Alan García y el shock de inicios de los años noventa hicieron de las suyas, haciendo trastabillar al aparato empresarial del país. Con sus hijos ya mayores, Efraín demostró una vez más su adaptabilidad estratégica: se enfocó con resiliencia en sacar adelante su fábrica, resistiendo los embates económicos con una entereza admirable.
Fue en esta etapa donde el deporte, que siempre formó parte de su vida —desde la caza submarina en su juventud hasta el tenis—, decantó en una pasión absoluta: el golf. A partir de los noventas encontró en el verde de los campos de golf, un santuario de paz. Caminando por los campos junto a buenos amigos, seguramente evocaba los días de su infancia en la hacienda de Casma.
Su madurez estuvo colmada de la alegría de sus siete nietos, a quienes acompañó en expediciones, viajes, veranos inolvidables de playa, tardes de películas, deportes y helados.
Su madurez estuvo colmada de la alegría de sus siete nietos, a quienes acompañó en expediciones, viajes, veranos inolvidables de playa, tardes de películas, deportes y helados. Junto a Pelusa, su compañera de vida y cuya destreza como pianista alimentó su amor por la música clásica, recorrió Europa, disfrutando del fruto de su esfuerzo.
El tramo final de vida: silencio y paz
Los últimos años trajeron desafíos difíciles para un hombre que había sido un titán de actividad. El Covid-19lo sacó de la rutina del golf y de las reuniones, obligándolo a refugiarse en casa, aislado de los abrazos cotidianos de sus hijos, nietos y amigos. Su salud comenzó a resentirse debido a isquemias cerebrales que lo mantenían sobresaltado, cuadro que se complicó severamente con una hidrocefalia post-covid.

En el año nuevo de 2023, una neumonía lo llevó a la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI). A pesar de los denodados esfuerzos médicos y del cuidado incondicional y lleno de amor que recibió en su hogar, Efraín perdió prácticamente el habla y la movilidad, santificándose en la enfermedad. El hombre que dominaba cuatro idiomas a la perfección pasó sus últimos tres años en un silencio digno, comunicándose con la mirada, apagándose lentamente como una luz tenue, hasta dejarnos definitivamente en junio de 2026, a los 90 años de edad.
Ángel Efraín Salas Andreu partió al encuentro del Señor con la tarea cumplida. Deja el legado de un profesional brillante, un empresario intachable, un amigo generoso y, sobre todo, un padre y esposo ejemplar que enseñó a los suyos que la verdadera riqueza no está en lo que se acumula, sino en las vidas que se logran transformar.

