De Chiclayo a Roma: Encuentros entrañables

El 16 de febrero, la Providencia me regaló una de esas experiencias que no se guardan en la memoria, sino en el corazón. Junto a mis padres, mis hermanos de “Integra Familia” y un grupo de peregrinos chiclayanos, tuvimos la oportunidad de saludar al Papa León XIV.

Desde el primer momento, la acogida del protocolo y la seguridad vaticana nos hizo sentir como en casa. Esa calidez nos ayudó a aquietar el nerviosismo propio de un encuentro de tal magnitud.

Recuerdo que mientras esperábamos en la sala, sentados en silencio, sentí una invitación a aprovechar el tiempo de espera para rezar por la Iglesia y por quien lleva sobre sus hombros el peso del mundo, pero que para nosotros seguía siendo aquel pastor que caminó por nuestras calles chiclayanas durante nueve años.

Junto al Santo Padre

El ingreso del Papa León XIV transformó la atmósfera. No entró un mandatario, entró un padre. Su gran sonrisa, mientras el salón aplaudía, borró cualquier distancia. Con una gran gentileza, se interesó por nuestra estancia en Europa y nuestros planes. Como muchos peregrinos venían de la localidad de Santa Cruz de Cajamarca, su memoria pastoral afloró de inmediato: recordó la devoción al Señor del Costado y nos regaló una breve pero profunda reflexión sobre la Cuaresma como tiempo necesario para la conversión.

Llegado el momento de saludarlo personalmente, la realidad se volvió un suspiro. Había preparado palabras precisas, frases meditadas para decirle al estrechar su mano, pero ante él me quedé en blanco.

Le entregué un ejemplar de mi libro, «Como Dios me mira». Al recibirlo, dibujó una cálida sonrisa; le comenté que aquellas páginas eran fruto de mi servicio en Integra Familia, —asociación a la que tengo la gracia de dirigir al servicio de familias vulnerables— A mi lado estaba mi madre, con quien iniciamos la asociación y supernumeraria del Opus Dei.

Ella le entregó una caja de dulces de Chiclayo, los cuales fueron recibidos con especial afecto. En ese instante, entre la fugacidad del momento y la paz de su gesto, entendí que el título de mi libro se hacía vida: en la mirada del Papa, Dios me estaba mirando.

La misión del Papa: un ministerio fundado por Jesucristo

Al salir, con la emoción aún a flor de piel, reflexioné sobre la figura del Santo Padre, y pude comprender mejor que trasciende toda dimensión humana. No es un cargo, no es un puesto de trabajo, ni una figura política elegida por consenso humano. Es un ministerio fundado por Jesucristo; quien, al entregarle las llaves del Cielo, nos abrió la puerta a la eternidad.

Rezar más por el «dulce Cristo en la Tierra»

Ver a nuestro querido Papa, me ha ayudado a redescubrir este misterio. Como cristianos, no estamos llamados a un servilismo de súbditos ante un rey, sino a un amor de hijos que saben servir a su padre. Santa Catalina de Siena lo llamaba el «dulce Cristo en la Tierra», y esa es la verdad más profunda: es el Vicario de Cristo entre nosotros.

Ser hijos del Papa implica preocuparnos por su salud, compartir sus alegrías y tristezas, sostener sus intenciones y, sobre todo, rezar por él con la intensidad de quien cuida a un ser amado.

Nuestra unión con nuestro Santo Padre no puede limitarse a la curiosidad por las noticias, o lo que aparece en redes sociales. Ser hijos del Papa implica preocuparnos por su salud, compartir sus alegrías y tristezas, sostener sus intenciones y, sobre todo, rezar por él con la intensidad de quien cuida a un ser amado. Y definitivamente, es el cargo más difícil del mundo. Sobre sus espaldas recae el peso de más de mil millones de católicos. Así que cualquier oración por el Papa siempre se quedará corta.

Una invitación a llevar el Evangelio a las decisiones del trabajo

Nuestro Papa busca la unidad de la Iglesia, pero esa unidad no se logra con decretos, sino con la coherencia de nuestras vidas. Nos toca a nosotros, como laicos desde Chiclayo y desde cada rincón del mundo, dejar de predicar solo de palabra para empezar a vivir una fe que sea testimonio. Solo así seremos un solo corazón en Cristo Jesús, una misma fe y esperanza que nace de sabernos, hoy más que nunca, profundamente amados y mirados por nuestro Señor.

En su reciente viaje a Mónaco, el 28 de marzo, el Papa León XIV hacía una invitación a los jóvenes: “Lleven el Evangelio a las decisiones de su trabajo, a su compromiso social y político, para dar voz a quienes no la tienen, difundiendo la cultura del cuidado. Hagan que todo sea un don de ustedes para Dios y vívanlo todo como una misión, que los quiere a los unos y a los otros como amigos en Cristo y fieles compañeros de camino”.

Con el Prelado en Santa María de la Paz

Al día siguiente de este maravilloso encuentro, la bendición continuó en Villa Tevere. Junto a mi madre y el padre Edwuar Tocto, rezamos ante la tumba de san Josemaría por nuestra labor pastoral y participamos de la Santa Misa en Santa María de la Paz, la iglesia Prelaticia.

Él nos pidió rezar mucho por el Papa, nos dio su bendición y me regaló una frase que no olvidaré: «Siempre alegres en la presencia del Señor».

Después, tuvimos la dicha de saludar al Prelado, quien nos acogió con afabilidad y sencillez. En medio de su apretada agenda, se detuvo con nosotros con auténtico interés de Padre, interesándose por nuestra labor en “Integra Familia” mientras le entregamos una copia de mi libro y unos dulces chiclayanos. Él nos pidió rezar mucho por el Papa, nos dio su bendición y me regaló una frase que no olvidaré: «Siempre alegres en la presencia del Señor».

foto 6

La labor en “Integra Familia”: «Amar sirviendo, servir amando»

Esa alegría es la que queremos contagiar cada sábado a más de 150 familias. Buscamos su formación integral: humana, psicológica y espiritual. Somos conscientes de que esa misión no se logra solo con el esfuerzo humano; necesitamos de la gracia del Señor, quien nos anima, sostiene e ilumina. Por eso, a pesar de las distancias y el reto logístico, llegamos felices; pues en “Integra Familia” siempre recibimos más de lo que damos.

Los 60 voluntarios procuramos vivir nuestro lema: «Amar sirviendo, servir amando» y, gracias a los consejos recibidos en la Obra, buscamos que los jóvenes cimienten una vida de oración y sacramental en lo cotidiano.

Porque, como recordaba con fuerza san Josemaría: «No hay otro camino, hijos míos: o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca». Bajo esa luz, cuidar los detalles en la atención a cada familia no es solo filantropía, es una exigencia de nuestro amor a Cristo.

Ambos encuentros han significado un nuevo envío para nuestra misión orientada a la santidad y al apostolado. Regresar a casa tras haber recibido la bendición del Papa y del Prelado de la Obra, es un impulso a mirar el mundo con profundidad renovada.

Si el Vicario de Cristo se detuvo a acoger con tal cercanía a cada uno de los setenta participantes; y si el Padre, en medio de su apretada agenda, se dio tiempo para recibirnos con tanta gentileza, ¿cómo no vamos a volcarnos nosotros con esa misma ternura hacia quien nos rodea?

Nos toca lograr que nuestra mirada sea un reflejo de lo que recibimos en Roma. Como diría santa Teresa de Calcuta: «Que nadie se acerque a ti sin que al irse se sienta mejor y más feliz».

Aldo Farro