Todos tenemos la experiencia, a veces diaria, de sorprendernos al darnos cuenta del tiempo que hemos pasado frente a una pantalla. A lo mejor todo comienza con la inocente idea de aprovechar esos momentos entre una clase y otra, o un trayecto en el metro, para ponernos al día en Instagram o ver los resultados de la Champions. Y… pasaron ¡45 minutos! Llegamos atrasados a clase, se nos pasó la estación, y un largo etcétera que tú y yo conocemos muy bien. Una sutil —y a veces no tan sutil— sensación de culpa por el tiempo perdido se insinúa en nuestra mente. A veces la callamos diciéndonos que no volverá a pasar, o que volveremos a ponernos un límite de tiempo de navegación en el celular. O, en una decisión que nos parece digna de Rocky, decidimos desinstalar esa aplicación que nos hace caer una y otra vez.
Y es que es en el tiempo —y solo en él— donde tenemos que desarrollar nuestra vida: darle contenido, hacer grandes nuestros talentos, llenar esos ideales que, grandes o pequeños, todo ser humano tiene en el fondo de su corazón. El tiempo se pasa y no hay vuelta atrás. Acabo de ver un documental sobre la pornografía en el que un joven de 21 años daba su testimonio sobre esta tremenda adicción. Se quejaba de que nadie le devolvería esos años de su adolescencia que pasó viendo imágenes que perturbaron una etapa que debería haber estado llena de promesas, felicidad y amor. El tiempo pasa y es en él donde tenemos que hacer tantas cosas maravillosas.
Dios nos puso en la tierra para algo muy grande: ser felices en esta vida, haciendo mucho bien a muchas personas, y después gozar de Él en la felicidad eterna.
Es en esta perspectiva donde deberíamos situar el estudio y el plan que Dios tiene para ti como estudiante. Un plan grande que va mucho más allá de una nota, un título o una profesión. Un plan lleno de eternidad.
En su libro Surco, san Josemaría escribió: “Es necesario estudiar... Pero no es suficiente.
¿Qué se conseguirá de quien se mata por alimentar su egoísmo, o del que no persigue otro objetivo que el de asegurarse la tranquilidad, para dentro de unos años?
Hay que estudiar..., para ganar el mundo y conquistarlo para Dios. Entonces, elevaremos el plano de nuestro esfuerzo, procurando que la labor realizada se convierta en encuentro con el Señor, y sirva de base a los demás, a los que seguirán nuestro camino...
—De este modo, el estudio será oración. (Surco, 526).
El estudio, aunque se revista de responsabilidad, puede ser una manera de dar salida a nuestro más profundo egoísmo y a nuestras vanidad más refinada.
San Josemaría con sus palabras nos ayuda a purificar nuestras intención a la hora de estudiar y nos propone una meta ambiciosa: “ganar el mundo y conquistarlo para Dios”. Y es que este mundo no anda nada bien. Seguramente te ocurrirá que, al ver las noticias y saber de tantas guerras, muertes, abusos, hambre, desigualdad y pobreza inimaginables, te entren ganas de hacer algo. Gracias a Dios, son muchos los jóvenes implicados en iniciativas maravillosas que intentan paliar tanto mal en el mundo. Pero muchas veces esas actividades tienen algo de efímero y se muestran tan pequeñas frente a todo lo que hay que hacer.
El punto de Surco que hemos citado nos eleva muy alto y, a la vez, nos muestra algo completamente accesible: el estudio como la llave maravillosa que puede ayudarnos a realizar algo tan grande y que llevamos tan metido en el corazón: cambiar el mundo.
Todo esto es una llamada a dar al estudio un sentido muy grande. Ya no se trata de pasar los años dedicados al estudio como un trámite o, a veces, como un trago amargo que hay que superar para llegar a la meta —que sería un trabajo profesional que nos reporte los ingresos necesarios para vivir y la posibilidad de realizarnos como personas—. La vida del estudiante está llena de posibilidades.
Hace algunos días leí un pasaje del libro del Deuteronomio que dice: “Hoy pongo delante de ti la vida y la felicidad, la muerte y la desdicha. Si escuchas los mandamientos del Señor, tu Dios, que hoy te prescribo; si amas al Señor, tu Dios, y cumples sus mandamientos, sus leyes y sus preceptos, entonces vivirás, te multiplicarás y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde ahora vas a entrar para tomar posesión de ella”. Son palabras muy fuertes que nos hablan de la tremenda responsabilidad que tenemos frente a nuestra propia vida y que son perfectamente aplicables a los años de estudio. Pero también nos hablan de promesas, de grandes promesas: “ganar el mundo y conquistarlo para Dios”. El estudio —esa actividad a veces ordinaria— se eleva mucho más allá de lo que podemos soñar. Tú, cuando estás estudiando, no solo te estás preparando para hacer algo grande: ya lo estás haciendo.
Además de toda esta maravillosa realidad —“ganar el mundo y conquistarlo para Dios”—, san Josemaría y las enseñanzas del Opus Dei nos ayudan a hacer de cada rato de estudio un momento de encuentro con el Señor; es decir, un momento de oración. Sí, aunque nuestros labios no se muevan ni venga a nuestra mente ninguna fórmula concreta, un rato de estudio —con toda la urgencia, agobio y ansiedad que pueda tener— puede ser un instante de unión muy profunda e íntima con Dios.
Por último, fíjate en que las palabras de san Josemaría dicen que, si vivimos lo que nos señala, el estudio servirá “de base a los demás, a los que seguirán nuestro camino…”. Es muy bonito pensar que detrás de esas horas —a veces muchas horas— hay tantas personas: tu familia, tus amigos, tus conciudadanos, tus hijos. Una hora de estudio es como una bomba atómica espiritual. Si queremos, el estudio puede ser mucho más que una nota.
Ya lo sabes: la próxima vez que tomes apuntes o atiendas en clase, que abras tu computadora, que te conectes a una reunión virtual o te juntes con tus amigos para hacer un trabajo, puedes sentirte mirado por tu Padre Dios, que te bendice y recibe ese esfuerzo tuyo como recibió el sacrificio de Jesús en la cruz. El Espíritu Santo nos impulsa a hacer de nuestra sencilla vida algo muy grande.






