Las palabras del venerable Văn Thuận sobre san Josemaría

Reproducimos el texto del discurso pronunciado por el cardenal vietnamita sobre san Josemaría Escrivá en enero de 2002, con ocasión del Congreso internacional «La grandeza de la vida cotidiana».

François-Xavier Nguyễn Văn Thuận fue un arzobispo y cardenal vietnamita. Pasó 13 años en las cárceles comunistas de su país.

Nació en Huế, Vietnam, el 17 de abril de 1928, y murió el 16 de septiembre de 2002, a los 74 años, a causa de un cáncer. En 2017 fue declarado venerable por el papa Francisco.

En enero de 2002, siendo presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz, el cardenal Văn Thuận participó en el Congreso internacional «La grandeza de la vida cotidiana», celebrado con motivo del centenario del nacimiento de san Josemaría Escrivá.

A continuación recogemos las palabras pronunciadas por el cardenal vietnamita en aquella ocasión:

El mundo contemporáneo, tan lleno de esperanzas, presenta al mismo tiempo desafíos y problemas urgentes que exigen una respuesta convincente de los cristianos. Porque —no podemos olvidarlo— Cristo es nuestra paz.

El cristiano, con la mirada puesta en la patria celestial, no se desentiende del destino de la patria terrena, porque es precisamente aquí donde nos preparamos, con nuestra fe vivida y encarnada en la búsqueda de la paz y la justicia, para gozar de la Paz eterna y la Justicia divina, identificada con la Misericordia y el Amor.

La presencia activa de los cristianos en la sociedad debe transformar las esperanzas del mundo actual en hermosas realidades de amor y servicio, y ofrecer respuestas firmes y auténticas a los problemas y desafíos de nuestro tiempo. El cristiano está llamado a ser artífice de paz y de justicia, o lo que es lo mismo, en palabras del fundador del Opus Dei, sembrador de paz y de alegría. A lo largo de su vida, y mediante su ejemplo y enseñanzas, Josemaría Escrivá sembró eficazmente justicia, paz y amor. Una siembra fecunda que continúa hoy viva y operante en el espíritu apostólico de sus hijos espirituales y en las numerosas iniciativas sociales que promovió directamente o al menos inspiró.

El núcleo de su mensaje gira en torno a la santificación de la vida ordinaria a través del trabajo de cada día. ¿Y dónde, si no en la vida ordinaria, en la de cada día, se construye un mundo de paz y de justicia? Es en el hogar familiar, en la escuela, en las oficinas públicas, en las empresas, en los campos, donde el cristiano debe dar testimonio de su fe y convertirse en auténtico sembrador de paz y de alegría, como —repito— gustaba decir al fundador del Opus Dei. Es precisamente allí donde hay que configurar cristianamente el mundo: en la vida diaria, en las relaciones sociales, con la libertad de los hijos de Dios.

«El mundo nos espera. ¡Sí!, amamos apasionadamente este mundo porque Dios así nos lo ha enseñado: sic Deus dilexit mundum… —así Dios amó al mundo; y porque es el lugar de nuestro campo de batalla —una hermosísima guerra de caridad—, para que todos alcancemos la paz que Cristo ha venido a instaurar» (Surco, n. 290).

Sé que Josemaría Escrivá deseaba que en el catecismo de la doctrina cristiana hubiera referencias a los deberes sociales y políticos de los cristianos en la comunidad civil, para poder formar desde la infancia a los católicos en la unidad de vida: un buen cristiano debe ser también un buen ciudadano. Su deseo fue cumplido, y el actual Catecismo de la Iglesia Católica dedica el segundo capítulo de la tercera parte a este tema. Allí se lee:

«La participación es el compromiso voluntario y generoso de la persona en los intercambios sociales. Es necesario que todos participen, cada uno según el lugar que ocupa y el papel que desempeña, en promover el bien común. Este deber es inherente a la dignidad de la persona humana» (n. 1913).

«La participación se realiza ante todo con la dedicación a las tareas cuya responsabilidad personal se asume: por la atención prestada a la educación de su familia, por la responsabilidad en su trabajo, el hombre participa en el bien de los demás y de la sociedad» (n. 1914).

La misión apostólica del cristiano, según las enseñanzas de Josemaría Escrivá, implica participación social y responsabilidad personal. Que el Señor, por intercesión de la Santísima Virgen y de Josemaría Escrivá, haga que los cristianos nos convirtamos verdaderamente en artesanos de una paz y una justicia fundadas en el perdón, o, con palabras del fundador del Opus Dei, en sembradores de paz y de alegría.

Y deseo que estos sembradores de paz y de alegría, con el soplo del Espíritu Santo, lleguen también a nuestro Extremo Oriente, a Vietnam.