En este episodio, el filósofo Francisco de Borja Santamaría Egurrola nos acerca a la figura de Luis Adaro Ruiz-Falcó (1914-2006), un ingeniero, empresario e historiador que dejó una huella significativa en Asturias durante el siglo XX.
Adaro, primer miembro del Opus Dei en Gijón, vivió su fe en estrecha relación con su labor profesional y pública. A partir de su historia, exploramos cómo la espiritualidad secular del Opus Dei influyó en sus múltiples realizaciones.
Francisco Santamaría, doctor en Filosofía por la Universidad de Navarra. Forma parte del Grupo de Investigación Culturas, Religiones y Derechos Humanos de la Universidad Internacional de la Rioja. Es autor de un artículo, publicado en la revista Studia et Documenta, sobre la incidencia de la espiritualidad del Opus Dei en las diversas actividades que emprendió Luis Adaro.
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Las lágrimas de un padre viudo
Primavera de 1959. Un hombre de 44 años en plenitud de facultades. La tarde está ya avanzada y sus hijos, Luis, Fernando, Covadonga y Gonzalo (de 16, 15, 12 y 8 años respectivamente) van subiendo la escalera de la casa familiar. Entonces, este hombre, Luis Adaro Ruiz-Falcó, se retira a su dormitorio para llorar a lágrima viva.
Una punzada interior se le clava en lo más profundo de su corazón, y se dirige al Cielo: “Dios mío, ¿a dónde voy yo con estos cuatro chiquillos, a dónde voy yo, Madre del alma? Esto se acabó, esto ha sido una cosa brusca, una ruptura tremenda en mi vida; una vida enfocada, mejor o peor, pero enfocada; y, sin embargo, aquí ¡se ha roto todo!, ¡se ha roto todo!, sin mi mujer y con estos cuatro niños, y esto es complicado. Yo no puedo seguir así, así voy mal. Es clarísimo que me voy a pique, así no voy, tengo que hacer algo, y yo creo que esto es el Opus Dei”.
Y, ni corto ni perezoso (Luis no conocía la dilación en los asuntos), decidió peregrinar a Lourdes y, de vuelta, parar en Pamplona para entrevistarse con Carmelo de Diego Lora, Profesor de Derecho en la Universidad de Navarra.
El 24 de octubre de 1958, víctima de un lupus eritematoso que se le había declarado ocho años antes, había fallecido su esposa María Covadonga de Jove Ramírez-Cienfuegos con quien había contraído matrimonio en 1942. María Covadonga era una muchacha profundamente religiosa, y, aunque ya se conocían de antes, el joven Luis se enamoró de ella en un encuentro fortuito, al acabar la guerra, en el bulevar de San Sebastián, donde la familia de María Covadonga pasaba a veces el verano. El suyo «fue —así lo relataba— un amor tremendo, de locura, apasionado, que no tiene ni respiro. Y ella igual, fue un auténtico flechazo».
Artículo en El Comercio, periódico asturiano, sobre Luis Adaro.
Así que nuestra narración arranca de la situación de viudedad de Luis, que, como se ha dicho tiene 44 años y carga sobre él la tremenda responsabilidad de atender y educar a sus cuatro hijos. Pero, ¿quién es nuestro protagonista y por qué, ante el desgarro que le provoca su situación afectiva y vital, decide dirigirse al Opus Dei? ¿Qué recorrido tuvo en su vida ese acercamiento al Opus Dei?
A continuación, contaremos quién fue Luis Adaro y qué significó para él la Obra. Esbozaremos algunos rasgos biográficos y nos centraremos especialmente en la dimensión religiosa de esa biografía, insertando en ella su vocación al Opus Dei.
Un hombre al servicio de su tierra
Luis Adaro Ruiz-Falcó nació en Gijón el 11 de agosto de 1914 y falleció en su ciudad natal el 26 de septiembre de 2006. Procedía de una familia con importante arraigo en Asturias. En efecto, su abuelo, Luis Adaro Magro –proveniente del vizcaíno caserío Adaro- fue un destacado protagonista del desarrollo minero e industrial de Asturias, que, además, creó la empresa Adaro S. A, a la que daría continuidad el padre de nuestro protagonista, Luis Adaro Porcel, y de la que finalmente se hizo cargo quien nos ocupa en este episodio de 'Fragmentos de historia'.
Pero nuestro protagonista, además de continuar y mantener la empresa familiar, desplegó una ingente actividad añadida a su responsabilidad estrictamente empresarial. El resumen de dicha actividad resulta abrumador: en la década de los sesenta puso en marcha o impulsó multitud de proyectos que resultarían decisivos para Asturias en los ámbitos empresarial, financiero, cultural o social. A la vez publicó sus primeros libros sobre la historia de la minería y la industria asturiana. Ése fue el comienzo de una fructífera labor investigadora materializada en una cincuentena de publicaciones, algunas de ellas compuestas por varios gruesos volúmenes. Y, por si fuera poco, creó una sociedad editora de medios de comunicación.
Así, pues, Luis Adaro fue una destacada figura del mundo empresarial y social de Asturias en la segunda mitad del siglo XX, sin duda, gracias a sus notables cualidades profesionales y organizativas, al amor –quizás habría que decir más bien pasión- por su tierra, a su visión de futuro o sus dotes para crear y dirigir equipos. Toda esta actividad, que desarrollaba desinteresadamente, hizo que gozara de una peculiar autoridad moral, que hacía que la gente, al dirigirse o referirse a él, utilizara la expresión “Don Luis”. Y es que personas de todas las ideologías y estratos sociales de Asturias veían en él un referente con quien habían contraído cierta deuda moral.
Aunque no le movió el aplauso, fue objeto de muchos reconocimientos. Baste señalar –entre una larga lista- los, quizá, más prestigiosos: la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil, que otorga el Gobierno español; el Premio Asturias con Medalla de Plata, concedido por la Consejería de Cultura del Principado de Asturias, y el nombramiento como Hijo Predilecto de Gijón.
Infancia y juventud
Una vez presentada su figura, podemos centrarnos con más detenimiento en su perfil religioso, con objeto de enmarcar en ella su vocación al Opus Dei.
Su educación fue la propia de una familia acomodada de comienzos del siglo XX español, en la que la religión católica formaba parte de la concepción de la vida y de la moral social y personal. También es cierto que en su familia sucedía lo que en tantas otras: que la educación moral y religiosa corría por cuenta de la madre. Ella, María Josefa Ruiz Falcó, era la que conservaba y transmitía en el hogar la fe cristiana.
El joven Adaro estudió el bachillerato en el Instituto Jovellanos, un centro estatal en el que no faltaba la clase de Religión. Alguna inquietud religiosa prendía en él por entonces, pues frecuentó, por invitación de un compañero suyo del instituto los Luises una iniciativa apostólica de los padres Jesuitas dirigida a la juventud.
En el otoño de 1930, terminado el bachiller, Luis Adaro se trasladó a Madrid para preparar el examen de ingreso en la Escuela de Ingenieros de Minas. Por consejo de Gumersindo Junquera, marido de su tía María Adaro, se matriculó y residió en el Colegio Nuestra Señora de Las Maravillas, un centro regentado por los Hermanos de la Salle. Junto con la solvencia académica, el colegio daba a la familia una seguridad moral de cara al joven impetuoso que abandonaba por primera vez el hogar paterno.
Los resultados de su primer año en la capital de España fueron un fracaso académico. Tras las vacaciones de verano, volvió a Madrid en otoño de 1931 y la preparación para el examen de ingreso le llevó otros tres años que concluyeron en 1934; pero los resultados posteriores demostraron que no fue tiempo perdido, ya que en el primer curso acabó en el quinto puesto entre veinticuatro alumnos matriculados.
En el plano religioso, sin embargo, si nos atenemos a lo que él dirá más tarde de sí mismo, se daba un cierto abandono: sin dejar por completo las prácticas religiosas, y debido en cierta medida a las compañías, no siempre vivía de acuerdo a sus creencias. La guerra civil española interrumpió sus estudios y su fe se encontraba bajo mínimos. Pasados los años se asombraba de haber salido ileso, “sin un rasguño”, decía, lo que consideraba providencial por la lejanía de Dios en que, según él, se encontraba en aquellos años.
Conversión y apostolado en Acción Católica
Esta situación cambió durante su noviazgo. Como se ha dicho ya, María Covadonga era una persona profundamente religiosa. El caso es que, junto a ella, tuvo lugar lo que Luis dio en llamar el momento cumbre de su vida: una “conversión a lo san Pablo”, según su propia expresión. Ocurrió en la madrileña iglesia de las Calatravas, en la calle de Alcalá, cerca de la Puerta del Sol, probablemente el 12 de octubre de 1939, mientras acompañaba a su novia a Misa.
“De pronto –relataba–, se me venía el mundo encima, yo sentía como ese movimiento de aguas que a veces hablan en la Biblia: el ruido… el ruido del movimiento de las aguas. Y yo decía, «¿Qué es esto, Luis?, ¿qué me está pasando a mí? Esto es muy importante»; y alguien que me estaba diciendo: «Luis, no puede ser […], tienes que tomar una determinación». Yo me quedé acoquinado. Desde ese día no dejé nunca de comulgar ni un día más en mi vida”.
Una vez casado, recién instalado en Gijón e incorporado a la empresa de su padre, apareció en su vida Ignacio Soto Larroza, un señor bastante mayor que él y al que Luis Adaro se refería en ocasiones como “apóstol de la caridad”. Soto Larroza trabajaba intensamente en las Conferencias de San Vicente de Paúl y el joven ingeniero se sumó a esas actividades caritativas. Se unió también a ellos Ricardo Heredia y Guilhou, conde de Benahavis.
Los tres iban los domingos por la mañana a viviendas de los barrios más pobres de Gijón para ayudar. Las casas eran destartaladas y en ocasiones solo disponían de tres habitaciones para tres familias, con derecho a retrete y cocina. Y allí hacían Adaro y sus amigos lo que podían: dar una limosna, buscar empleo para alguno de los hombres, encontrar solución para los enfermos… Empezó también Adaro por entonces a participar en la Unión Comarcal de Hombres de Acción Católica de Gijón, de la que en 1949 se convirtió en presidente.
Por otro lado, Soto le animó a dar un impulso a la Cocina Económica, entidad que existía desde 1890 y que en 1909 fue absorbida por la Asociación Gijonesa de Caridad, fundada en 1905. Luis entró como consejero en 1948 y colaboraría activamente (vicepresidente o presidente), hasta 1994.
En la actualidad, esta institución despliega una amplia actividad social, que va desde el comedor social, que proporciona diariamente 600 menús entre comidas y cenas, hasta una clínica dental gratuita, pasando por módulos de alojamiento temporal para familias con menores, residencia de media estancia para personas sin hogar, una residencia para personas mayores con escasos recursos y otra para adultos con problemas de adicciones. Seguramente, Sporting de Gijón aparte, la Cocina Económica es la entidad más querida de la ciudad.
Pero, volvamos a los años cuarenta del siglo pasado. Adaro también se implicó en la construcción de viviendas para personas sin recursos, a través de la Constructora Benéfica Nuestra Señora de Covadonga, de la que pasaron a formar parte algunas empresas de la ciudad. Esta constructora levantó una barriada bastante grande en la que acabaron viviendo unos tres mil quinientos vecinos en 658 viviendas.
Por otra parte, entre las iniciativas religiosas promovidas por Luis Adaro, resaltan las actividades marianas. Por ejemplo, impulsó personalmente —antes que nada, con su insistencia a los correspondientes arzobispos— las peregrinaciones de la Virgen de Covadonga por todo el territorio asturiano en 1951 y en 2001. Estas peregrinaciones tuvieron su precedente en una serie de homenajes a la Virgen que promovió desde 1944, a través de Acción Católica.
Por último, debido a su iniciativa arrancó, en 1951, la campaña de petición de donativos para religiosas de clausura, que aquel año cosechó once mil pesetas. Adaro mantuvo hasta el final de su vida estas peticiones de ayuda para los conventos de clausura.
Un nuevo cauce para su apostolado
Al comienzo decíamos que fue en medio de la soledad que experimentó Luis tras el fallecimiento de su mujer cuando vio el Opus Dei como su tabla de salvación, pues necesitaba estabilidad interior para poder educar a sus hijos y para mantenerse centrado en medio de esa profunda pérdida. ¿Qué conocía Luis de esa joven institución de la Iglesia, qué relación guardaba con ella, si es que la guardaba? No mucha, la verdad. Pero sí había habido un contacto previo, que no deja de ser una historia curiosa. Al comenzar la década de los 40, su madre le había regalado un libro que le habían recomendado en la librería. Se trataba de un ejemplar de Camino, la obra que Josemaría Escrivá había publicado en Valencia en 1939.
Ni él ni su madre sabían nada del Opus Dei ni de su fundador. Pero leyó el libro con enorme interés. Pasados unos cuantos años, al comienzo de la década de los cincuenta, lo citó en una memoria anual de Acción Católica. En aquella época apenas había personas del Opus Dei en Asturias. Pero el escrito de Acción Católica con las citas de Camino cayó en manos de uno de ellos, Carmelo de Diego, que se presentó en la fábrica de Luis Adaro para conocer a aquel “francotirador” -así se lo dijo Carmelo humorísticamente- que, sin pertenecer al Opus Dei, difundía el libro de su fundador.
Al empresario e ingeniero le pareció muy bien aquella visita y también la explicación que De Diego le hizo del Opus Dei. Pocos años después le visitó también Alfonso Nieto, el futuro catedrático y rector de la Universidad de Navarra, pero no llegó a entablarse un contacto regular. Quizá porque el único centro del Opus Dei existente en Asturias se encontraba en Oviedo y no le resultaba fácil trasladarse hasta allí para acudir a los medios de formación espiritual. Y quizá también porque su mujer estaba ya enferma y debía cuidarla.
Pero la semilla del Opus Dei estaba echada y, como se ha mencionado antes, en los primeros meses de 1959, a la vuelta de Lourdes, Luis Adaro se presentó en Pamplona para manifestarle al juez Carmelo de Diego, profesor de la Universidad de Navarra en ese momento, su deseo de hacerse del Opus Dei. Por sugerencia de Carmelo de Diego, comenzó Adaro a frecuentar en Oviedo los medios de formación del Opus Dei. Fue de esta manera como comprendió mejor el alcance de la vocación de supernumerario del Opus Dei, de modo que, transcurrido unos meses, ese mismo año 1959 solicitó ser admitido. Fue la primera persona en incorporarse al Opus Dei en Gijón.
Primeros años en el Opus Dei
Ya en la Obra, el empuje característico de Luis Adaro se desbordó. Por un lado, hacia adentro, sugiriendo iniciativas organizativas de la institución; por otro, hacia fuera, promoviendo diversas actividades apostólicas. Un buen ejemplo lo constituye la carta que dirigió en enero de 1963 a los directores del Opus Dei en Oviedo, en la que explicaba por qué consideraba necesario abrir en Gijón un centro en el que residieran numerarios que se ocuparan de dar formación y de alentar el crecimiento de los apostolados del Opus Dei.
Con la carta adjuntaba un extenso informe sobre la realidad de la ciudad y los beneficios que se obtendrían de la presencia permanente de un centro del Opus Dei. Además, planteaba que los miembros del Opus Dei que fuesen a vivir a Gijón se hiciesen cargo de la dirección de un instituto masculino de segunda enseñanza en la barriada de Ntra. Sra. de Covadonga, y también que se organizaran retiros espirituales en la capilla de la Asociación Gijonesa de Caridad. Era un plan inspirado, en parte, en su experiencia en la Acción Católica. En los años sucesivos, como hemos visto al dar a conocer sus realizaciones más destacadas, Luis llevó con gran iniciativa la luz del Evangelio a su ambiente laboral, familiar y social.
Por otro lado, a comienzos de los años sesenta se había planteado también la necesidad de conseguir una casa, fuera de la ciudad, para realizar actividades de formación cristiana y espiritual, como pueden ser cursos de retiro o convivencias. Tras diversas búsquedas se apuntó a la finca de García Sol, en la gijonesa parroquia de Granda, propiedad entonces de la viuda de Manuel Vega Arango.
La mujer, al conocer la finalidad cristiana del proyecto de Adaro y sus amigos, eligió su oferta y se fijó la venta en seis millones de pesetas. Para hacer frente a ello, se suscribió un crédito con la Caja de Ahorros de Asturias pagadero en 16 años, en cuatro plazos de cuatro años, con un interés del 5%. Con el entusiasmo de Luis Adaro y de otros asturianos del Opus Dei y con la ayuda de cooperadores y amigos que entendieron el proyecto, la finca de García Sol pudo convertirse en lo que hoy es Solavieya.
Hemos visto más arriba cómo Adaro, antes de su incorporación al Opus Dei, realizaba ya una extensa labor caritativa que reclamaba conseguir recursos económicos. Con la puesta en marcha de Solavieya, añadió la búsqueda de fondos para diversas iniciativas apostólicas promovidas por otros miembros del Opus Dei.
La petición de donativos fue una tarea a la que Luis Adaro se dedicó a lo largo de toda su vida. Con los años pidió ayudas para la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra; para el Colegio Romano de la Santa Cruz, donde se forman los numerarios del Opus Dei que se preparan para recibir el sacerdocio; para el primer centro de varones del Opus Dei que se abrió en Gijón en 1970 y que en la actualidad se llama Club Juvenil Deva y para otro posterior que se abrió en 1980 en la zona del estadio de fútbol El Molinón; para la puesta en marcha del colegio femenino, Valmayor, que Fomento de Centros de Enseñanza abrió en Gijón en la década de los años setenta; para un centro de formación similar a Solavieya llamado El Llendón de la Peña, que se abrió en la década de los ochenta en el concejo de Villaviciosa; para la construcción del santuario de Torreciudad en Huesca, que se inauguró en 1975; para la Fundación Centro Académico Romano, dirigida a la formación de seminaristas y sacerdotes, que impulsó a mediados de los años ochenta, el Beato Álvaro del Portillo, sucesor de San Josemaría al frente del Opus Dei, etcétera.
No hay datos disponibles de cómo materializó personalmente su generosidad económica, salvo el testimonio verbal de quienes le trataron, que afirman que era muy generoso en sus aportaciones. En este punto, no está de más reseñar que, si bien su posición económica era desahogada, no cabe decir que disponía de una gran fortuna. Por otra parte, su estilo de vida era sencillo y sobrio. Su forma de descanso consistía muchas veces en encerrarse durante unos días en algún parador nacional para avanzar en sus investigaciones históricas; algo muy alejado de lo que suelen llamarse viajes de placer.
Como decíamos, no hay datos de las cuantías de sus donativos a los apostolados del Opus Dei, pero sí consta en una de las entrevistas mantenidas en su momento con Luis Adaro por el autor de este episodio, de cara a una posible biografía, la estimación de haber conseguido a lo largo de 25 o 30 años, junto con un pequeño grupo de supernumerarios asturianos, más de 100 millones de pesetas en donativos para la Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra.
Refiriéndose a esta incesante actividad de búsqueda de recursos económicos para tantos proyectos apostólicos, Adaro se desahogaba en un largo escrito que dirigió en 1994 al sacerdote Florencio Sánchez Bella, que había sido en España el equivalente a lo que a día de hoy es un vicario regional del Opus Dei. Le escribe Adaro en estos términos: “Además, este otro tema es importante: que tenemos que pasarnos en la Obra toda la vida, pidiendo donativos, ayudas, suscripciones, en una palabra: dinero; pues la Obra es una familia numerosa y pobre que siempre tendrá muchas necesidades y jamás las tendrá todas cubiertas”.
«Fue entonces cuando me realicé»
En el mencionado escrito a Sánchez Bella, Luis deja constancia de una convicción personal profunda, que ilumina lo que supuso para él su incorporación al Opus Dei. Tras hacer un resumen de tantas cosas que había realizado ya en aquel momento de su vida, que hemos mencionado al principio de este relato y que coinciden con el inicio de su vocación de entrega a Dios en el Opus Dei proseguía:
“Si pude hacer, participar, colaborar en tantísimas obras, instituciones y labores, todo ha sido, por ser miembro de la obra, pues en caso contrario no hubiera hecho nada de nada. ¡así de claro y así de sencillo! […] cuando me lancé de verdad, fue después de cumplir los 50 años […]. fue entonces cuando me realicé. como siempre en la Obra”.
Un pequeño detalle que puede interesar a quien escuche este audio es que el párrafo que acabo de leer de la carta Adaro lo escribió en letras capitulares, mostrando así la importancia que daba a esas afirmaciones.
Esta forma fogosa de expresarse en un contexto de confianza requiere una pequeña explicación. Especialmente, la afirmación «por ser miembro de la Obra», puede prestarse a una interpretación errónea. Lo que Luis quiere decir es que la formación específica que recibe en el Opus Dei le animaba a implicarse en el bien de su entorno.
Un ejemplo muy concreto es su aceptación de la presidencia de la Cámara de Comercio de Gijón. Narraba Adaro que, cuando Rogelio Martínez y José López de Haro, presidente y vicepresidente respectivamente de la Cámara de Comercio de Gijón, le plantearon en 1961 que se hiciera cargo de la Presidencia, la propuesta no le resultó nada apetecible y les pidió unos meses para pensarlo ya que tenía que sacar adelante su empresa y su familia.
El caso es que, al considerar lo que escuchaba en los medios de formación de la Obra sobre la responsabilidad de hacer presente a Jesucristo en la sociedad, decidió aceptar. Y fue precisamente la presidencia de la Cámara de Comercio la que parece haber actuado como espoleta de muchas otras realizaciones que llevó a cabo posteriormente y que hemos mencionado.
Pero la rotunda afirmación “fue entonces cuando me realicé, como siempre, en la Obra”, como digo, nos da, en mi opinión, la clave de una nueva forma de llevar a cabo un laico su apostolado. En su caso a través de las iniciativas que dinamizarían Asturias y Gijón. Su acción apostólica se tornó plenamente secular pues se insertó por completo en el progreso de la ciudad y la región en las que vivía; una tarea en la que el referente, lógicamente, no era ya la jerarquía eclesiástica, sino las autoridades civiles y ese conjunto de personas e instituciones en torno a los cuales giraba de modo especial el desarrollo económico, material y humano de su ciudad y su región.
Sin ocupar ningún cargo político ni ser un profesional de la política, tal como se suele entender este término, se convirtió en un actor político de primer orden en el sentido de que ponía generosa y desinteresadamente —no le movían intereses personales ni de brillo social— toda su energía y capacidad de ejecución en todo lo que entendía que podía traer mejoras para Gijón y para Asturias.
En el libro editado por varias personalidades asturianas con motivo del primer aniversario de su fallecimiento, hay un apartado titulado “Biobibliografía”, en el que se da cuenta cronológica de los hitos que marcan su vida. La cronología está ordenada por décadas, y al lector le salta a la vista cómo, a partir de la década de los sesenta las páginas van in crescendo. Si hasta 1960 su cronología se resume en media página, a partir de esa fecha, cada década ocupa no menos de una página; para ir decreciendo paulatinamente en la década de 1990 y 2000, cuando su edad era ya avanzada.
Esto lo supo ver con su agudeza característica el periodista Francisco Carantoña, director del Diario El Comercio durante casi 40 años. Con motivo de la concesión a Adaro de la Medalla de Plata del Principado en 1994, Carantoña cierra con cierta solemnidad su exposición sobre nuestro protagonista de la siguiente manera: “No es un secreto, por otra parte, que Adaro encuentra ejemplo y apoyo espiritual en la vida y en la obra de Josemaría Escrivá de Balaguer. Ingeniero, empresario, dominado por la curiosidad histórica, con fraternal preocupación por los otros y por el progreso de la colectividad, con el ideal de caballero cristiano como meta a alcanzar, Adaro es un hombre de ahora y también de otro tiempo. Lo que ha heredado y conserva, sin embargo, no es lo que perdió vigencia, sino lo que sigue siendo actual”.
«Dios me pide mucho a mí, tengo que hacer cosas en la vida»
A lo largo de este episodio hemos podido vislumbrar la evolución de aquel niño que recibió una primera instrucción cristiana de su madre, que en su juventud abandonó la práctica religiosa y que el 12 de octubre de 1939 experimentó una conversión “a lo san Pablo”. Por coherencia de vida cristiana, permaneció luego siempre fiel a la reflexión que en aquel momento se había hecho: «Dios me pide mucho a mí, tengo que hacer cosas en la vida».
Ciertamente, llevó a cabo multitud de realizaciones, casi hasta el último momento de su dilatada existencia, que concluyó en 2006, a los 92 años de edad. El recorrido cronológico, con el hilo conductor de su formación religiosa, muestra cómo entre 1942 y 1958 su acción apostólica se vehicula, sobre todo, a través de su participación en obras de caridad y en el fomento de la piedad popular y la propaganda de la fe cristiana.
Tras su contacto con el Opus Dei, sin olvidar la acción caritativa, sobre todo a través de la Cocina Económica y de la ayuda a los conventos de clausura, su apostolado se desplegó en una ingente actividad volcada en el desarrollo de su ciudad y de su región, a raíz principalmente de su responsabilidad como presidente de la Cámara de Comercio de Gijón, y en la investigación histórica.
Luis Adaro pasó entonces a ser protagonista destacado a escala local del mundo que le tocó vivir, en una acción libre y secular con la que deseaba, inspirado en las enseñanzas del fundador del Opus Dei, colaborar con Jesucristo en la divina tarea de reconciliar el mundo con Dios. Así mismo, la trayectoria de Adaro puede ilustrar el aspecto de caridad que, como ha recordado el Papa Francisco, conlleva la realización misma del trabajo.
Apenas hemos dedicado espacio en este episodio a su vida familiar, no podemos olvidar que fue, precisamente, la preocupación por la educación de sus hijos lo que le llevó a buscar la ayuda espiritual del Opus Dei, en cuyos medios de formación cristiana se subraya la idea de que, para una persona casada, el amor y la entrega al cónyuge y a los hijos, son la primera manifestación del seguimiento de Jesucristo. De todas formas, puede aportarse un pequeño apunte: durante el curso escolar, casi todos los domingos iba con sus hijos a la montaña. Esa parece ser una de las formas que encontró este hombre viudo, con una actividad tan ajetreada y absorbente, para, más allá de la rutina familiar diaria, dedicarles en exclusividad un precioso tiempo a sus cuatro hijos.
En definitiva, a través de un padre de familia, empresario y hombre de acción como Luis Adaro, vemos hecha vida de modo tangible cómo la espiritualidad secular del Opus Dei es capaz de iluminar la vida de personas que se sienten llamadas con vocación divina a llevar al mundo la luz del Evangelio.