¿Qué es el exitismo?
Con la palabra exitismo se nos viene a la cabeza la imagen del “tiburón de los negocios”: hombres de trajes caros y mujeres de taco alto que caminan con decisión por las calles del distrito financiero, viendo en sus colegas meros escalones u obstáculos en la escalera que conduce hacia el triunfo, y a quienes se mira con desprecio. Este estereotipo que a veces transmiten las redes sociales se encuentra lejos de las personas de talento normal, y quizás también del estudiante escolar o universitario, demasiado ocupado en pasar sus cursos. Pero hay formas de exitismo al alcance del talento medio y de la vida estudiantil, exitismos de apariencia más modesta pero no menos peligrosos. El exitismo “normal”, por así decir, es un bicho que puede incubarse durante los años de estudio y es más fácil atajarlo en su etapa embrionaria. Lo importante es diagnosticarlo rápido.
Hagamos un desglose: además del exitismo del exitoso, hay un exitismo del laborioso e incluso un exitismo de quienes sufren fracasos. El exitismo del laborioso derrocha empeño y renuncias, no siempre con acierto. Su defecto es que pone el logro delante de todo lo demás, incluso bajo alguna consigna supuestamente positiva: las cosas bien hechas, el deber ante todo. En el tercer caso, el de los que sufren reveses, tienen también su exitismo: el de valorarse (negativamente) solo por aquello que no han logrado. Estas personas son a su modo exitistas, aunque no cosechen éxitos, porque en lo más profundo están orientados a la obtención de resultados. Y esta es la esencia del exitismo: no tanto los resultados, sino la obsesión o prioridad desordenada en su búsqueda.
En otras palabras, somos exitistas cada vez que valoramos más el resultado que la actividad misma, cuando el logro es la motivación dominante y todo lo demás es solo un instrumento. Convertir un gol es una gran alegría, pero estaría muy desenfocado quien amara más el gol que el mismo fútbol, al punto de transformar su juego en mero instrumento para ese logro. Esto es tan cierto en el deporte como en cualquier otro ámbito, y también en el estudio. ¿Qué tal si pudiera sacarme la máxima nota sin meterle horas al estudio? Esa posibilidad existe: se llama trampa, y es la gran aliada del exitismo, porque hace su trabajo sucio.
El problema del exitismo
En sí mismo, el éxito no tiene nada de malo: es algo que conviene buscar, es parte de esas “ambiciones nobles” de las que hablaba san Josemaría. Más bien, el problema está en reducir todo el valor de la actividad al resultado, el fútbol a los goles, el estudio a las notas.
Esto no solo es equivocado, sino que además nos priva del gusto por lo que hacemos. Hay más placer en las ecuaciones diferenciales que en la nota de un control de cálculo. Ocurre solo que ese placer está más escondido: destilarlo requiere horas de trabajo, mientras que cuando te entregan la máxima nota la descarga de dopamina es instantánea (y pasajera). Además, el placer escondido de las ecuaciones diferenciales no depende de las circunstancias: mientras un ligero error de arrastre puede transformar la máxima calificación en un 1,0, nadie me puede arrebatar lo aprendido: lo comido y lo bailado no me lo quita nadie, y lo estudiado tampoco.
Otro enfoque es preguntarme qué resultado espero de mi estudio. Está bien estudiar para aprender, que es el efecto natural cuando está bien hecho; el problema es estudiar por la nota. Como cualquiera sabe, una buena nota no es el producto inmediato del estudio, sino una eventualidad que tiende a producirse en alguna medida incierta, no siempre en el corto plazo y solo si nada sale mal (a veces, solo si se alinean los astros). Si se busca no la nota, sino el aprendizaje, con el tiempo puede que consigamos ambas: es la cuota de éxito que Dios pensó para nosotros en esta vida. Pero “el éxito no es uno de los nombres de Dios”, dice Ratzinger, y no conviene poner las esperanzas en él. Poco importa: el gol es menos que el fútbol, la nota es menos que el estudio, el sueldo es menos que el trabajo.
Estudiar por amor
La clave que resuelve este nudo es el amor. Ante todo, el amor a la tarea. Un conocido escritor uruguayo decía: “ama a tu arte como a tu novia: dándole todo tu corazón”. Como todo amor, la pasión por la ciencia, por el arte y el estudio es gozosa y a la vez exigente: junto con momentos de gusto y facilidad en los que se avanza viento en popa, hay etapas áridas y dificultosas, pero tras ellas se esconden nuevos horizontes que ensanchan y profundizan el amor.
Esto es parte de amar el mundo apasionadamente, una de esas ideas madre del espíritu del Opus Dei. Pero, para que tras la fascinación por las ecuaciones diferenciales no se esconda el egoísmo, para que el apasionado amor al mundo no quede en amor de sí mismo, debemos descubrir que tras las cosas hay personas. Las personas siempre son dignas de amor, y son interesantes y fascinantes y llenan el corazón humano.
¿Qué personas? ¿Es que acaso hay alguien detrás de una ecuación diferencial? ¿A quiénes puedo amar con mi trabajo? Un padre o una madre responderán de inmediato: a mi familia. La familia es una motivación muy potente para afrontar los sacrificios que la tarea universitaria siempre exige. El estudiante que está de novio quiere ofrecer al otro la mejor versión de sí mismo. Pero hay más gente a la que servir: las personas con quienes y para quienes se trabaja. Los compañeros, jefes, clientes, proveedores, colegas, usuarios, pacientes, y a la larga –o a la corta– el país: ese es el mundo que amamos apasionadamente.
Estudiar para servir
Si se quiere realmente estudiar por amor, es preciso vivirlo como un servicio. A un estudiante esta dimensión le puede parecer remota, porque estudiando se ayuda más a sí mismo que a los demás. Sin embargo, ya ahora puede pensar en formarse bien para poder servir mejor: estudiar bien anatomía es servir a los pacientes del futuro, porque poca ayuda es equivocarse de hueso en una operación. Hay mil ocasiones: enviar los apuntes a quien faltó a clases, explicar una materia al que le cuesta entenderla, acompañar al que está más solo o que pasa por una dificultad, y mil detalles que se descubren en la convivencia con los compañeros de clase. Los voluntariados de servicio profesional son una estupenda ocasión no solo de aprender, sino de ejercitarse en el hábito de pensar en la carrera como en un servicio al país.
Por el contrario, cada vez que veo a mis compañeros como competidores me inoculo una dosis de exitismo. Quien se niega a prestar los apuntes a un compañero “porque debió ser más diligente al tomar los suyos”, o rechaza una invitación a estudiar porque “me va a retrasar mi propio avance”, o se arrima con oportunismo a los mejores alumnos del curso en los trabajos grupales, es un exitista a escala estudiantil. No sería raro que, cuando se titule y ocupe una buena posición profesional, esa persona no quiera ni sepa colaborar, no se interese en conocer y comprender a los integrantes de su equipo, ni en sacar adelante un empeño colectivo.
Los rankings de notas del colegio o de la carrera presentan una dificultad. Quizás son necesarios para postular a universidades, empleos, becas o postgrados, pero también son ocasión de que se dañe la convivencia entre compañeros y se pierda de vista el amor a una actividad entendida como servicio. En el ranking no hay compañerismo: uno puede sacarse un la nota máxima con los demás, pero no puede ser el primero de la clase con los demás. Los rankings crean algunos incentivos perversos, como el de elegir ramos o profesores porque son fáciles y no por lo que espero aprender. Hay que estudiar como si no existieran rankings de notas y, si es posible prescindir de ellos, mejor.
En el fondo, no son las cosas, sino las personas las que pueden hacernos felices. El colegio y la universidad son espacios de intensa convivencia, caldo de cultivo de tantas amistades. Esos compañeros de ruta, con quienes se sufrió y disfrutó la vida universitaria, son más tarde el núcleo de proyectos profesionales, sociales o intelectuales que quizás le cambien la cara al país. Muchos encuentran durante los años de estudio a la persona con la que compartirán el resto de sus días formando una familia. El exitismo lesiona todas estas posibilidades; en cambio, cuando se estudia por amor y con sentido de servicio, el corazón se llena de personas.
Hay muchas razones humanas para huir del exitismo en el trabajo y en el estudio. Pero el cristiano tiene el motivo más profundo y definitivo para orientar su tarea al amor y transformarla en un servicio: su filiación divina, la certeza de ser un hijo querido de Dios. Al fondo de las cosas de que se ocupa hay siempre un Tú que le mira con cariño. Haga lo que haga, el cristiano trabaja en una empresa divina que es también su emprendimiento familiar: sacar adelante ese mundo que se dirige a Dios y al que ama apasionadamente.




