Vino a Guatemala a estudiar ingeniería… y Dios lo estaba esperando

Una beca para estudiar ingeniería llevó a Joshua desde Nicaragua hasta Guatemala, con una maleta llena de sueños y el deseo de empezar la universidad. Lo que no imaginaba era que, entre clases, nuevas amistades y la vida lejos de su familia, iría descubriendo poco a poco que Dios lo estaba esperando también allí, en medio de la vida universitaria y en lo más normal de cada día.

Al ver hoy las fotos de mi graduación recuerdo cómo empezó todo. Estaba todavía en el colegio cuando una profesora nos habló de una convocatoria para cinco becas completas para estudiar ingeniería en la Universidad del Istmo, en Guatemala. Mi mejor amigo, David, y yo decidimos aplicar. La noche antes del examen hice algo poco habitual para mí: recé con todo el corazón. Le pedí a Dios que, si era su voluntad, al menos uno de los dos lograra conseguir la beca. Al final pasamos los dos. Así comenzó este viaje.

En 2021 llegué por primera vez a una Residencia Universitaria del Opus Dei en Guatemala. Recuerdo que me enseñaron toda la casa y, cuando entramos al oratorio, miré el altar y pregunté con curiosidad qué era esa pequeña caja que estaba allí. Era el sagrario. En ese momento no imaginaba que, con el tiempo, ese lugar llegaría a ser tan importante para mí.

Con el tiempo fui entendiendo algo que antes no había pensado demasiado: que también el estudio y el trabajo bien hecho podían ofrecerse a Dios.

La vida en la residencia tenía algo especial. Había un ambiente sano, juvenil y alegre, y poco a poco se fue convirtiendo en un verdadero hogar. Me gustaba participar en actividades para universitarios, en proyectos solidarios y en los distintos planes que se organizaban. Con el tiempo fui entendiendo algo que antes no había pensado demasiado: que también el estudio y el trabajo bien hecho podían ofrecerse a Dios.

Los primeros años de universidad no fueron fáciles. Algunas clases me costaban bastante y tuve que esforzarme mucho para mejorar. Poco a poco fui encontrando mi ritmo y, al final de la carrera de Ingeniería Industrial, recibí un reconocimiento de Excelencia Académica. Ese mismo año también fui presidente del Consejo Estudiantil de la facultad. Mirándolo ahora, me doy cuenta de que en esos años aprendí algo más importante que aprobar exámenes: aprendí a santificar el esfuerzo de cada día.


Con mis amigos el día de la graduación

En 2024 viajé a Nicaragua con otros amigos para dirigir el Curso de Vacaciones de un Club Juvenil. Era la primera vez que colaboraba directamente con esta labor en mi país. Fue una experiencia muy significativa para mí, porque sentía que muchas personas en Nicaragua podían estar necesitando encontrarse con Dios.

Un año después llegué a otro centro del Opus Dei en Guatemala y tuve la oportunidad de participar en el UNIV. Aquellos días fueron muy especiales. Conocí a jóvenes de muchas partes del mundo y me impresionó algo muy concreto: estuviera donde estuviera, la Obra siempre se sentía como una familia.

Me sentía parte de esta familia incluso antes de dar el paso formal

De ese viaje regresé con una pregunta que quedó muy dentro del corazón. Con el paso de los meses me fui dando cuenta de algo curioso: en cierto modo ya estaba viviendo como un miembro de la Obra. Después de tantas actividades, amistades y momentos de formación desde que llegué a la universidad, ya me sentía parte de esta familia incluso antes de dar el paso formal.

Finalmente, en septiembre de 2025 pedí la admisión como supernumerario. Soy el primero de Chinandega. Y la historia sigue creciendo: en 2026 Eduardo, otro nicaragüense de nuestra promoción, también pidió la admisión.

Ahora somos dos supernumerarios de extremos distintos de la costa pacífica de Nicaragua.

Cuando miro hacia atrás, pienso que todo empezó con una beca para estudiar ingeniería. Pero con el tiempo descubrí que Dios también tenía preparada una aventura mucho más grande.