Tengo 30 años, soy casado, internacionalista y trabajo como consultor en políticas públicas y profesor universitario. Durante mucho tiempo tuve la sensación de no pertenecer. Desde pequeño fui de una comunidad cristiana a otra con el mismo deseo: encajar, agradar, ser aceptado y, sobre todo, ser un buen cristiano. Creía en Dios, eso estaba claro. Pero pronto descubrí que una cosa era creer en Él y otra, muy distinta, sentir que sabía cómo vivir la fe.
La sensación era parecida a la de llegar a una fiesta a la que uno ha sido invitado y pasar toda la noche sin conseguir conversar realmente con nadie. Con el tiempo comencé a preguntarme si quizá había algo que me faltaba, algún requisito que los demás sí tenían y yo no. Tal vez, pensaba, simplemente no había nacido para vivir la fe.
Entonces decidí concentrarme en aquellas áreas de mi vida que sí podía medir. Quería ser el mejor estudiante, el mejor amigo, el mejor hermano, el mejor hijo. Pensaba que, si lograba hacerlo bien en todo eso, al menos demostraría que no era una mala persona por no tener con Dios la relación que veía en otros.
En el fondo seguía pensando que Dios me esperaba en algún lugar al que, por alguna razón, yo nunca conseguía llegar.
Pero también eso tenía un límite. Por muchas victorias y buenos resultados que consiguiera, permanecía una sensación de vacío. En el fondo seguía pensando que Dios me esperaba en algún lugar al que, por alguna razón, yo nunca conseguía llegar.
Entonces ocurrió algo que parecía, en principio, un asunto meramente práctico: recibí una beca universitaria. Dejé mi pueblo en la costa del Atlántico y me trasladé a la capital. La beca incluía algo que terminaría cambiando mi vida mucho más de lo que imaginaba: vivir en una residencia universitaria del Opus Dei.
Allí no encontré simplemente discursos sobre la fe, sino una manera de vivir. El estudio, las tertulias, el trabajo, la amistad y la oración formaban parte de una misma vida. Poco a poco comencé a comprender dónde estaba mi error.
La formación que recibí en el Opus Dei me ayudó a descubrir que no tenía que salir de mi vida para encontrarlo, sino aprender a vivirla con otros ojos.
Yo había buscado a Dios como quien busca una dirección, un lugar al que finalmente hay que llegar. La formación que recibí en el Opus Dei me ayudó a descubrir que no tenía que salir de mi vida para encontrarlo, sino aprender a vivirla con otros ojos.
San Josemaría lo explicaba así en 1967: «hay algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir». Y añadía: «o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca».
Lo que cambió, por tanto, no fue mi rutina, sino su sentido. Si el trabajo puede ser materia de santificación, entonces trabajar bien —con un salario modesto o en un ambiente difícil— deja de ser simplemente una transacción y puede convertirse en una ofrenda a Dios. San Pablo lo expresa de una manera muy concreta: «ya sea que coman, beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios» (1 Cor 10,31).
También las cosas más pequeñas entran en esta lógica. Comer, dormir, levantarse, estudiar, trabajar, conversar con un amigo. Nada de lo que hace una persona es indiferente a Dios.

El día que recibí los sacramentos
Pero esto no lo aprendí solamente leyendo. Lo aprendí, sobre todo, conviviendo. En el Opus Dei he recibido formación y he descubierto que la formación cristiana no se limita al domingo. He conocido a jóvenes de mi edad, estudiantes y profesionales que tenían una ambición que yo antes desconocía: ser santos precisamente allí donde estaban, haciendo aquello que les correspondía hacer.
Buscaban hacer las cosas bien, incluso con excelencia, pero no para recibir el aplauso de los demás. Querían ofrecer su trabajo y su vida a Dios.
Eso cambió también mi manera de entender aquella necesidad que durante tantos años había tenido de ser el mejor. Ya no necesitaba estudiar o trabajar bien para demostrar que valía algo o para compensar aquello que creía que me faltaba. Podía hacerlo por una razón mucho más grande: ofrecerlo a Dios.
Recibir los sacramentos no fue el punto final de una búsqueda, sino el comienzo de una vida nueva
Todo este camino me llevó también a dar un paso que durante muchos años habría considerado impensable: recientemente recibí el bautismo, la primera comunión y la confirmación. Me preparé para recibir estos sacramentos en un centro del Opus Dei, donde encontré personas que me acompañaron con paciencia y amistad durante este proceso. Para mí, recibir los sacramentos no fue el punto final de una búsqueda, sino el comienzo de una vida nueva en la que sigo aprendiendo a descubrir a Dios en lo cotidiano.
No diré que ahora tengo una vida perfecta. Sigo atravesando momentos difíciles y procesos que no siempre comprendo. Pero algo ha cambiado: la manera de enfrentarlos.
Pienso en Job. Durante mucho tiempo leí sus palabras con cierta resignación: después de perder sus bienes y a su familia, dijo: «Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allí. El Señor me lo dio y el Señor me lo quitó: ¡bendito sea el nombre del Señor!» (Job 1,21).
Hoy leo ese pasaje de otra manera. Si Dios está en lo ordinario, también está en aquello que duele. Si todo lo he recibido de Él, entonces tampoco las confusiones, las penas y los problemas quedan fuera de su alcance. No significa que todo sea fácil ni que deje de doler. Significa que incluso ahí puedo encontrar a Dios.
Todo el tiempo había estado ahí: en mi escritorio, en mi trabajo, en la mesa de mi casa, en las cosas pequeñas de cada día.
Por eso, a quien hoy cargue con esa misma sensación de no encontrar su lugar, le diría lo que considero mi mayor descubrimiento: durante años busqué a Dios en lugares a los que pensaba que tenía que llegar. Al final descubrí que todo el tiempo había estado ahí: en mi escritorio, en mi trabajo, en la mesa de mi casa, en las cosas pequeñas de cada día.
Solo me faltaba aprender a mirarlo bien.
