Ordenación de presbíteros: hablan los nuevos sacerdotes guatemaltecos

Juan Luis y José Javier, ambos guatemaltecos, son dos de los 29 fieles de la Prelatura que el sábado recibirán la ordenación sacerdotal. En estas entrevistas reflexionan sobre el camino que les ha traído hasta hoy.

Juan Luis Castilla nació en Retalhuleu y se trasladó a Ciudad de Guatemala para estudiar la carrera de Ciencias Políticas.

Naciste en Retalhuleu, y luego estudiaste en Ciudad de Guatemala. ¿Cómo fue ese cambio?

Luego de terminar mis estudios de diversificado en Mazatenango, mis papás me preguntaron qué pensaba estudiar en la universidad. Al saber que me interesaba Ciencias Políticas, mi papá, quien estaba involucrado en la política de Reu, quiso saber si realmente estaba seguro. No deseaba que alguien pudiera pensar que me había obligado. Apliqué a una beca de estudios en la Universidad Rafael Landívar, me la concedieron y pude realizar la carrera en la capital.

¿Dónde vivías?

Los primeros años de la universidad viví con un tío y su familia, quienes me cuidaron, enseñaron y ayudaron mucho. Yo era un hijo más, un hermano de mis primos. Pero un día mi mamá se puso a hablar de los hijos con una vecina y esta le contó que los suyos vivían en el Centro Universitario Ciudad Vieja. Nos interesó el sitio, hice el proceso de admisión y en enero de 2001 me instalé allí.

¿Qué descubriste en el Centro Universitario Ciudad Vieja?

Se me vienen muchos recuerdos estupendos al pensar en aquellos años. Muchas veces nos fijamos en lo tangible, en lo material. Sin embargo, en Ciudad Vieja yo palpé el cariño auténtico, similar al de mi casa en Reu: nadie era extraño a nadie, a todos le interesaban tus cosas. Poco a poco fuimos descubriendo otras posibilidades y otros retos en lo humano, en cultural, y principalmente en lo espiritual. A base de confianza y de amistad, nos iban abriendo horizontes nuevos, nos daban las coordenadas para darnos cuenta de la trascendencia que tienen nuestras acciones.

Has mencionado el aspecto espiritual. ¿En qué consistía?

En mi caso ese aspecto fue decisivo. Mis papás nos inculcaron la fe católica desde pequeños: fuimos bautizados, hicimos la Primera Comunión, la Confirmación. Recuerdo ir de niño con mis papás y mi abuelita a Esquipulas, para visitar al Santo Cristo. Al llegar a la adolescencia dejé de practicar la fe católica y comencé en cambio a frecuentar la iglesia evangélica. En el Centro Universitario Ciudad Vieja redescubrí la autenticidad y la riqueza de la fe católica. Y comprobé que la semilla sembrada en mi alma desde años atrás, seguía ahí, solo que en stand by. El ejemplo de otros me animó a convertirme. Me di cuenta de cómo vive un católico que se toma en serio su fe. En Ciudad Vieja uno podía recibir formación, estudiar, buscar razones, pedir consejo…

¿Cómo fue ese proceso?, ¿qué “redescubriste”?

En primer lugar, a Jesucristo, presente en el Santísimo Sacramento. Me llamó la atención todo lo referente al Sagrario, siempre muy bien puesto, con flores naturales alrededor. Tantos cuidados me suscitaban preguntas: ¿por qué todo esto?, ¿para quién? Solo un amor grande a alguien explica esos detalles. El silencio y paz del oratorio no podían ser el resultado de unas técnicas de relajación: ahí estaba presente Jesús y se notaba. También redescubrí a la Virgen Santísima. Me aficioné a rezar el Santo Rosario, un instrumento idóneo para darme cuenta de la mediación de la Virgen entre Dios y todos los hombres.

¿Cómo aprendiste todo eso?

En muy buena medida, gracias a la formación paciente, clara y comprensiva que recibí por parte de los capellanes. Recuerdo con especial gratitud al padre Alberto Vega (Q.E.P.D.). Me llamó la atención que nunca me presionaron ni me impusieron qué debía hacer. Al contrario: me iban dando argumentos para que los pensara e interiorizara. No eran razones improvisadas, todo lo que me iban explicando tenía detrás una doctrina y una experiencia de muchos siglos.

Y acabaste incorporándote al Opus Dei...

En el Centro Universitario Ciudad Vieja conocí a San Josemaría, fundador del Opus Dei, a través de sus escritos, y fui interesándome por su mensaje, que me descubrió un panorama estupendo: me di cuenta de que se puede ser santo siguiendo con las actividades que ya realizaba: hacer deporte, salir con los amigos... En el Opus Dei aprendí que un cristiano es alguien enamorado de Dios, que trata a Dios con seriedad, que dirige a Él sus acciones externas e internas, que intenta hacer todo por Él. Es como adquirir una nueva dimensión: ves más allá de lo que humanamente podés ver. Comprobé que para vivir de este modo es necesario tratar a Dios, hacer oración. Dios empieza a tomar posesión de tu vida, pero lo hace poco a poco, sin obligarte: al contrario, te va conduciendo por caminos de libertad. A mí Dios me llamó a amarle y a seguirle en medio del ritmo habitual de mi vida de entonces, en los pequeños sucesos de cada día, en mis estudios de investigación en temas sociopolíticos, en las relaciones con amigos y familiares, en el descanso...

Aquel camino te ha conducido hasta un horizonte que quizá entonces no sospechabas. ¿Que lleva a un politólogo e investigador a cambiar su trabajo y sus estudios por el sacerdocio?

Para el hombre, todo lo divino es una locura... Pero esa locura de dejar todo se comprende y afronta cuando se sabe amar, cuando se va creciendo en el amor. Sólo desde la óptica del amor, en este caso del amor a Dios, es posible comprender las grandes decisiones que marcan una vida. Cuando te enamoras de Dios, no puedes decirle que no.

Ser sacerdote es ahora mismo un desafío exigente…

Ser sacerdote es otra manera de servir a Dios, de evangelizar. Antes yo aspiraba a meter la cabeza en los problemas sociales y políticos, dialogaba con mis colegas sobre iniciativas y propuestas que podrían contribuir a impulsar el país. Ponía en ese trabajo el mayor esfuerzo humano posible, lo hacía por y para Él, procurando que esos proyectos de beneficio y de mejora salvaguardaran siempre la dignidad de las personas.

Ahora Dios me pide seguir ayudando a las personas a través de los sacramentos. Las propuestas de mejora de carácter social y político corresponden a los expertos en esas áreas. Lo mío es ayudar a que las almas descubran o redescubran a Jesucristo, que lo conozcan, que luchen por alcanzar el cielo. Mi trabajo consiste en dirigir la mirada de los hombres hacia Dios, en abrirles horizontes divinos, que son siempre estupendos e interminables.

¿Qué retos enfrenta un sacerdote recién ordenado en la cultura actual?

Pienso que el primero es muy elemental: cuidar su propia vida de oración. La precipitación o la prisa que impone la sociedad actual pueden hacer perder de vista la necesidad de rezar. Es crucial para mantener vivo el amor. Las palabras de un sacerdote tendrán la fuerza que tenga su oración.

En algún momento has hablado de los sacramentos.

Celebrar la Misa es lo más importante en la vida del sacerdote. Esto significa que es necesario evitar las prisas, preparar cada Misa con oración… Estoy convencido de que las almas que dirige un sacerdote perciben su nivel de amor a Dios viéndole celebrar la Misa. También es importante sentarse a confesar, aunque al principio no acudan muchas almas. Pienso que los fieles necesitan ver que al sacerdote disponible para atenderles con este sacramento.

¿Alguna otra meta que te hayas propuesto?

No perder la identidad sacerdotal. Es decir, no olvidar que somos sacerdotes de Jesucristo. Esto implica tener un corazón abierto a todos, ser sembradores de alegría y de esperanza. Las personas esperan de los sacerdotes que seamos hombres de Dios, que hablemos de Dios, que las llevemos a Dios.


José Javier Mérida nació en Ciudad de Guatemala y estudió el Bachillerato en la Escuela Técnica Kinal, y la carrera de Administración de Empresas en la Universidad Mariano Gálvez.

Estudiaste la Secundaria en la Escuela Técnica Superior Kinal, ¿cómo llegaste ahí?

Gracias a mi papá. Tenía dieciséis años y la ilusión de estudiar la carrera de Arquitectura─ siempre me gustó y me sigue gustando─, al menos eso era lo que pensaba porque ahora soy Administrador de Empresas. Pero volvamos a la pregunta, mi padre me dijo que conocía un Colegio con mucho prestigio en donde podría estudiar el bachillerato y la carrera técnica en Dibujo a la vez. Así fue mi encuentro con Kinal.

¿Qué te hizo descubrir la vocación al Opus Dei?

Esta pregunta está entrelazada con la anterior... En Kinal aprendí a estudiar de verdad, a profundidad, tanto las asignaturas del bachillerato como las de la carrera técnica, en mi caso el Dibujo en Construcción. Esto fue el aspecto humano que tanto me ayudo y me predispuso para conocer el espíritu de la Obra. Luego otro aspecto que es más personal: un amigo, yo diría ─un verdadero amigo─ a quien admiraba por ser eso, además era buen estudiante, alegre, y nos caía muy bien a todos, esto no es idealizado, era un tipo muy normal y a la vez, fuera de serie para tener diecisiete años.

Tenía que preguntarle ¿qué hacía para conseguirlo? y tuve la respuesta que me dejó “aterrado” … sí, he utilizado la palabra aterrado porque me dio “miedo”. Tenía la misma edad que yo, y se había entregado a Dios… Ahí salió por primera vez el tema que luego daría sentido también a mi vida: el Opus Dei.

Regresando a Kinal, porque le debo demasiado; ahí aprendí a estudiar con seriedad y aprendí a tratar a Dios en mi estudio. Con el paso del tiempo entendí aquellas palabras del fundador del Opus Dei y quien impulsó Kinal: «o sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca».

¿Y la vocación al sacerdocio?

Esta pregunta… no sé todavía cómo responderla con claridad, y a la vez es paradójico porque cada vez me doy cuenta con más claridad que el Señor me llama a ser sacerdote; aunque cuando decidí hacerme del Opus Dei no lo veía de esa manera. Ahora me doy un poco más de cuenta de que por virtud de la ordenación sacerdotal estoy llamado a ser Cristo para los demás: ofrecerlo a Él mismo en la Santa Misa, ofrecer su perdón y su misericordia en la Confesión, ofrecer su consuelo en la Unción de los Enfermos, su ayuda y su amor en el Matrimonio, etc.

Te ordenas sacerdote a una edad relativamente joven, 30 años. ¿Qué retos tiene un sacerdote para hacer llegar el mensaje cristiano a la juventud actual?

Hablando con amigos, sobre la edad, pensaba que no podemos engañarnos. Si eres demasiado joven o viejo para dar este paso, si eres millennial o no lo eres, si serás capaz de entregarte o no, si serás fiel a la vocación… etc, etc. Si nos detenemos a pensar, hay personajes que han aportado grandes cosas a la humanidad antes de cumplir 30 años, por poner un ejemplo: Alejandro Magno murió a los 32 años; Mozart murió a los 35 y escribió su primera sinfonía a los 8 años; Miguel Ángel Buonarroti esculpió la Pietà a los 24 años y, el mismo Jesús─ que debió ser el primer ejemplo que pusiera─ murió a los 33 años, y otros tantos, que a esa edad ya habían hecho cosas importantes. Yo diría que voy un poco tarde, aunque estoy convencido de que Dios sabe el momento oportuno para todo, porque a medida que va pasando el tiempo voy entendiendo algunas cosas que había meditado antes y que no había puesto tanta atención hasta entonces como una consideración de san Josemaría que dice: «¡Qué poco es una vida, para ofrecerla a Dios!...» (Camino, n.420), creo que ahora empiezo a entender un poco más a qué se refería al escribirla.

¿Retos? No sé si encaja aquí pero no quería dejar de decirlo. Las personas que se han entregado a Dios, ya sea en el matrimonio o en el celibato, en la vida religiosa o sacerdotes seculares como yo; somos personas que deberíamos estar “enamoradísimas” y esto, me consta que los millennials y la generación X, Y o Z… son capaces de percibirlo y les atrae. Ojalá Dios me permita ser un sacerdote enamorado, alegre, y que devuelva un poco de esperanza a este mundo cansado.

La Ordenación se retrasó de mayo a septiembre a consecuencia de la Pandemia, y con todo y ese retraso tus parientes y amigos no podrán estar presentes en la Ceremonia. ¿Qué quisieras decirles particularmente a ellos?

Siguiendo con el tema de los millenials, porque varios me lo han repetido y lo tengo en la cabeza a la hora de contestar esta pregunta: según mi edad soy parte de esta generación y entre las características que nos identifican son que nos afecta mucho el miedo al fracaso o a que las cosas nos salgan mal y tener poco «amarrado» un asunto: y si lo ves de este modo, es lo que nos ha pasado. Todo ha salido mal: cierre de fronteras, sin vacuna definitiva para el Covid, sin familia de sangre y amigos, etc. Aun así, muy acompañado y ─no miento─ felicísimo y lo pondría con mayúscula.

Y es así, como una vez más, a fuerza de la vida es que Dios nos demuestra que está siempre con nosotros en todas las circunstancias. Quisiera hacer una aclaración; al menos creo no ser una persona fría, los que me conocen incluso podrían pensar que peco de sentimental, y, por lo tanto, no es que me de igual que mis padres, hermanos y amigos no estén; simplemente hablo de que a pesar de no tenerlos físicamente cerca estoy muy feliz porque parece que la ordenación sacerdotal es algo que nos une más que tenerlos físicamente… aun recuerdo una frase de una madre a su hijo sacerdote que vivía lejos, «hijo mío, nos vemos en la Misa», pues creo que ahí nos veremos el día 5 y todos los días que Dios me permita celebrar la Santa Misa.