Lo que el basket nos enseñó fuera de la cancha

A veces, los proyectos más sencillos terminan transformándose en experiencias profundamente significativas. Lo que comenzó como un campeonato de basketball entre mamás en Caranday pronto se convirtió en mucho más que una actividad deportiva: un espacio de encuentro, crecimiento y amistad.

Mi nombre es Luisa de Cepeda y me dedico a la Gestión y Marketing deportivo. Como sé que les ocurre a muchas otras mamás, no siempre he encontrado el tiempo para mantenerme activa físicamente. Por eso, cuando hace un tiempo escuché sobre el campeonato de basketball en Caranday, algo hizo clic: era la oportunidad perfecta para poder involucrarme y poner a las mamás en movimiento, salir de la rutina y, sobre todo, compartir.

Según me han contado, el torneo tuvo su origen hace tres años, en una conversación espontánea durante una Primera Comunión. En ese encuentro, una de las asistentes recordó cómo, siendo niña, se había lesionado la rodilla jugando este deporte. A partir de ese comentario, otra de las mamás —quien constantemente pensaba en iniciativas para impulsar el Club Caranday— propuso organizar un torneo de basket dirigido a mamás, como una forma de dar a conocer el club.

Ese mismo día, de manera entusiasta, comenzaron a formarse equipos y a difundirse la idea entre amigas, incluso entre aquellas que no habían asistido al evento. Aunque en ese momento no existía una fecha definida ni una planificación formal, el simple hecho de compartir la propuesta generó el impulso necesario para convertirla en una realidad.

Con el tiempo, se creó un comité organizador llamado “Dream Team”, integrado por varias mamás del club que decidieron trabajar juntas para hacer crecer esta actividad. Yo me sumé más adelante, cuando el torneo ya estaba en marcha. Fui testigo de cómo lo que comenzó como una idea improvisada se transformó en una iniciativa consolidada que, años después, continúa vigente. El único requisito para participar ha sido siempre el mismo: ser mamá y tener el deseo de jugar.

Para mí fue una actividad completamente novedosa, pues nunca había participado en un torneo donde la mayoría fuéramos madres de familia. Desde el primer partido, supe que esto sería diferente. No se trataba solo de competir, sino de convivir. Cada partido se convirtió en un espacio para conocer nuevas personas, platicar, reír y vivir el deporte en familia.

Uno de los regalos más grandes que me ha dejado esta experiencia ha sido la amistad. Cuando empezó el torneo, hace cuatro años, solo conocía a dos integrantes de mi equipo. Hoy somos un grupo muy unido. Hemos construido una relación que va más allá de la cancha: convivimos con nuestras familias y compartimos momentos que han enriquecido nuestra vida diaria.

También ha tenido un impacto muy especial en mi relación con mis hijas. Ellas han estado conmigo partido tras partido, y eso nos ha unido más. He tenido la oportunidad de darles ejemplo de esfuerzo, compromiso y entrega. Han aprendido que no todo se trata de ganar o perder, sino de disfrutar, competir con respeto y valorar las amistades que nacen en el camino.

Aunque ya conocía Caranday, este campeonato me permitió acercarme un poco más al Opus Dei. He podido conocer mejor su labor, sus programas de formación y descubrir que es un lugar donde, en un ambiente familiar, también podemos acercarnos a Dios. Valoro mucho esa cercanía y cuidado de lo más normal del día a día.

Estoy convencida de que la formación que imparte la Obra es muy valiosa, porque nos recuerda que en lo ordinario está la oportunidad de hacer algo extraordinario: ser mejores, ser más generosos, aspirar a la santidad en lo cotidiano.

Además, actividades como este torneo fomentan valores fundamentales como la disciplina, la responsabilidad, la perseverancia y el autocontrol. Y, quizá lo más importante, nos enseñan a trabajar en equipo, a vivir en un clima de respeto y compañerismo.

Al final, este campeonato no solo se juega en la cancha. Se juega en la vida diaria, en la familia, en las amistades que construimos y en el esfuerzo por convertirnos en mejores personas.