Mi historia con Dios empezó mucho antes de que yo supiera quién era Él. Crecí en una familia donde la fe no formaba parte de la vida cotidiana. En mi casa no íbamos a misa, no rezábamos antes de comer y nadie me había hablado de la Santísima Trinidad. Sencillamente, Dios no era un tema.
En la universidad, esa intuición fue tomando forma hasta convertirse en una convicción: tenía que existir un único Creador de todo.
Sin embargo, desde niño sentía curiosidad por la naturaleza. Me maravillaba contemplar los seres vivos y, aunque no sabía explicarlo, intuía que detrás de todo aquello tenía que haber algo más grande. En la universidad, esa intuición fue tomando forma hasta convertirse en una convicción: tenía que existir un único Creador de todo.
Yo lo imaginaba como una luz de la que todos venimos y a la que todos regresamos. Mucho tiempo después, al leer el Catecismo de la Iglesia Católica, encontré una idea que expresaba muy bien lo que había sentido: «Pues de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor».
Quería entender quién era realmente Jesús y qué había detrás de su mensaje.
Siempre me ha gustado leer. A veces, en libros que no tenían nada que ver con la religión, encontraba ideas o pasajes que me hacían pensar en Jesús. Cuando tenía veintitantos años, empecé a buscarlo de una manera más consciente. Me llamaba mucho la atención que la vida y las enseñanzas de un hombre hubieran influido tanto en la humanidad durante dos mil años. Quería entender quién era realmente Jesús y qué había detrás de su mensaje.

Un paseo para contemplar la naturaleza
Mientras lo buscaba, empecé a decir espontáneamente algunas frases que, en aquel momento, consideraba pensamientos míos: «Yo soy amor», «Yo soy luz», «Yo soy vida», «Yo soy perdón». No les daba demasiada importancia, hasta que un día descubrí que Dios se había presentado a Moisés con estas palabras: «Yo soy el que soy», y que Jesús había dicho de sí mismo: «Yo soy la luz del mundo» y «Yo soy la resurrección y la vida».
Sentí una necesidad cada vez mayor de conocer la verdad y me puse a estudiar la Sagrada Escritura.
Aquello me impresionó muchísimo. Me pregunté cómo era posible que esas expresiones, que yo había sentido tan propias, tuvieran tanta relación con las palabras de Dios y de Jesús. Empecé a pensar que el Espíritu Santo podía estar actuando en mi interior, incluso antes de que yo supiera reconocerlo. Sentí una necesidad cada vez mayor de conocer la verdad y me puse a estudiar la Sagrada Escritura.
En ese camino conocí a una amiga, Beatrice. Ella venía de una familia católica muy cercana al Opus Dei y, poco a poco, me fue mostrando cómo vivía su fe. Lo hizo con mucha paciencia y cariño, sin presionarme. Me llamaban la atención su alegría, la manera en que organizaba su vida y la naturalidad con la que se relacionaba con Dios. Al conocerla mejor, empecé a desear vivir también esa cercanía con Él.
Cuanto más aprendía sobre la fe, más claro tenía que quería dar el paso y recibir los sacramentos.
Así comencé a ir a misa los domingos y a visitar al Santísimo. A través de mi amiga conocí centros del Opus Dei y tuve la oportunidad de conversar con sacerdotes que me ayudaron a resolver mis dudas. Después empecé a recibir formación en teología y catequesis. Cuanto más aprendía sobre la fe, más claro tenía que quería dar el paso y recibir los sacramentos.
El domingo 27 de septiembre de 2026, a mis 27 años, recibí el Bautismo y la Primera Comunión. Me bautizó uno de los primeros sacerdotes con los que había conversado durante este proceso.

El día de mi primera comunión
Recuerdo especialmente el momento de recibir por primera vez a Jesús en la Eucaristía. Sentí algo parecido a una corriente eléctrica que recorría todo mi cuerpo y una alegría inmensa. Para mí fue una experiencia muy intensa: era Jesús, realmente presente, quien entraba en mi vida. Pocos días después, el 3 de octubre, recibí la Confirmación de manos del nuncio apostólico en Guatemala.
Estoy muy agradecido a Dios por haberme llevado hasta la Iglesia y por haber puesto en mi camino a tantas personas que me ayudaron a conocerlo
Hoy estoy muy agradecido a Dios por haberme llevado hasta la Iglesia y por haber puesto en mi camino a tantas personas que me ayudaron a conocerlo. Quiero seguir aprendiendo a encontrarlo en las cosas de cada día, como enseñó san Josemaría, y procurar que mi trabajo como abogado y notario también sea una manera de acercarme a Él y de servir a los demás. También quiero vivir con generosidad mi vocación al matrimonio.
Cuando miro hacia atrás, me doy cuenta de que Dios siempre estuvo ahí, incluso cuando yo todavía no sabía cómo llamarlo. Aquella luz que intuía de niño al contemplar la naturaleza no era una idea abstracta: tenía un nombre y un rostro. Era Jesús. Ahora, por fin, lo conozco.
