Xavier de Ayala: el jurista que trazó el camino del Opus Dei en Portugal y Brasil

En este episodio, José Lino Currás Nieto —doctor en Ciencias de la Educación y en Derecho Canónico, y autor del libro Xavier de Ayala. Temple para servir a Dios. Los inicios del Opus Dei en Brasil— ofrece una mirada sintética y sugerente sobre la vida del sacerdote Xavier de Ayala, pionero en la expansión del Opus Dei en Brasil.

Hay vidas que parecen escritas para abrir caminos. Hombres que, sin buscar protagonismo, acaban siendo decisivos en la historia espiritual y cultural de un país. El protagonista de este episodio es uno de ellos.

Xavier de Ayala (1922-1994) —aragonés de carácter firme, intelectual precoz, jurista brillante y sacerdote incansable— fue una de las figuras clave en la expansión del Opus Dei en Portugal y en Brasil. Desde las calles de Zaragoza, donde conoció a san Josemaría, hasta su intensa labor formativa en Coímbra, Lisboa, São Paulo o Río de Janeiro, su vida es un recorrido por algunos de los capítulos más vibrantes de la historia de la Obra.


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Pionero, formador, pastor y maestro. Un hombre discreto, de enorme capacidad de trabajo y de una lealtad a prueba de crisis. En este episodio recorreremos su trayectoria: sus primeros años, su decisión vocacional, su papel en el crecimiento del Opus Dei en la península ibérica y su liderazgo en la consolidación de la labor en Brasil.

Una historia de servicio, audacia y fe vivida sin espectáculo, pero con una profundidad que dejó huella en miles de personas.

La llamada al Opus Dei

En febrero de 1940, san Josemaría estuvo en Zaragoza y habló con varios estudiantes, entre ellos Javier. A aquel joven esa conversación le impresionó fuertemente, tanto que muchos años después escribió: «El Señor me concedió la gracia de conocer al Padre en Zaragoza, el 25 de febrero de 1940, y desde el primer momento se me quedó grabada la convicción de encontrarme en la presencia de un santo y de la personalidad más extraordinaria que había conocido. Días después, con la gracia de Dios, tomé la decisión de pedir la admisión en la Obra». Tenía 17 años.

Su decisión fue fruto de una larga conversación por las calles de Zaragoza con Álvaro del Portillo. Se conservan dos relatos de gran valor histórico escritos por él, con fecha de 22 de junio de 1940. En el primero describe con profundidad el proceso de su decisión de entregarse a Dios en la Obra, y el segundo es su primera carta a san Josemaría, donde expresa su alegría y sus deseos de santidad y de apostolado, bien unido al fundador y a sus hermanos en el Opus Dei. En esos relatos aparece claramente su madurez intelectual.

Estudios en Sevilla

Javier terminó Derecho con Premio Extraordinario y consiguió una beca en la Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, para preparar la tesis doctoral y hacer carrera universitaria. Durante sus años en Sevilla vivió con otros investigadores en Casa Seras, un chalet amplio que dependía de la Escuela. Trabajó en el Archivo de Indias, dio clases de Filosofía del Derecho y de Derecho Canónico en la Universidad de Sevilla y, con otros miembros de la Obra que también estudiaban allí, promovió muchas actividades de formación en Sevilla y ciudades vecinas.

Aquellos intensos años maduraron la personalidad de Javier. Escribió un ensayo de casi 600 páginas publicado en 1946, llamado Ideas políticas de Juan de Solórzano, un alto funcionario de la Real Audiencia de Lima en el siglo XVIII que compiló las Leyes de Indias. Desde el punto de vista espiritual, su identificación con el mensaje de san Josemaría fue cada vez más intensa, y el fundador pasó a contar más con él para tareas de gobierno y de formación. Javier estuvo siempre disponible para quienes le rodeaban.

Esa generosidad quedó patente cuando fue objeto de una artimaña de un profesor de la Facultad de Derecho, que le mintió sobre los plazos para entregar la documentación que permitían inscribirse en el concurso para obtener la Cátedra de Filosofía del Derecho. Javier perdió esa oportunidad y, con corazón grande, nunca comentó ese episodio. Por otra parte, san Josemaría se indignó seriamente por esa injusticia, pero vio ese hecho como providencial para pensar en Javier como pionero para la labor de la Obra en Portugal.

Portada del libro
Portada de la biografía de Xavier de Ayala

Portugal, 1946-1958

El primer viaje de san Josemaría a Portugal se debió a la insistencia de Sor Lúcia, la vidente de Fátima, cuando habló con él en la ciudad de Tuy, en 1945. Los planes para empezar las actividades formativas en Portugal se fueron concretando en ese primer viaje por Coímbra, Oporto, Fátima y Lisboa, cuando el fundador habló de la Obra con los obispos respectivos. La respuesta entusiasta del obispo de Coímbra lo decidió a empezar en esa ciudad.

Javier había conocido a algunos portugueses estudiantes en Sevilla y, por otro lado, Laureano López-Rodó y Amadeo de Fuenmayor, catedráticos en Santiago de Compostela, mantenían contactos profesionales con miembros de la Facultad de Derecho de Coímbra y habían hecho ya buenas amistades.

En 1946, Javier llegó a Coímbra procedente de Santiago de Compostela. Con él estaban también Francisco Martínez, doctor en Farmacia, y Álvaro del Amo, doctor en Biología. Trabajaron intensamente en Coímbra, Lisboa y Oporto. D. José Luis Múzquiz, uno de los primeros sacerdotes de la Obra, viajaba a Portugal con frecuencia para dar asistencia sacerdotal. Javier publicó trabajos de investigación en revistas jurídicas portuguesas y dio conferencias en la Facultad de Derecho de Coímbra, al mismo tiempo que hacía amistad con profesores y alumnos. El trabajo apostólico en Portugal fue creciendo así, en medio de las lógicas dificultades de adaptación, conseguir trabajo, aprender el idioma, etc., y poco a poco fue llegando un buen número de vocaciones y la colaboración generosa de bastantes familias.

A principios de 1948, Javier dejó temporalmente sus tareas en Portugal y fue a Madrid, para terminar los estudios previos a la ordenación sacerdotal. Fue ordenado en Madrid, el 26 de diciembre de 1948, por el obispo auxiliar, D. Casimiro Morcillo, y después pasó unas semanas con su familia en Zaragoza. En enero de 1949 estaba de vuelta en Portugal, nombrado Consiliario por san Josemaría. A partir de entonces, siempre se le llamó Dr. Xavier conforme al tratamiento dado a los sacerdotes en Portugal, y también, en Brasil.

Hasta 1958, la actividad fue intensa y fecunda. Ya en ese año había Centros del Opus Dei en Coímbra, Lisboa y Oporto, además de atender actividades de formación en otras ciudades como Braga, Lamego y Viseu. Durante sus primeros años en Portugal, el Dr. Xavier era el único sacerdote con residencia estable en el país, aunque periódicamente fuesen otros allí por breves temporadas. El hecho es que él solo atendió toda la labor de atención espiritual de sacerdotes diocesanos viajando constantemente por todo el país, predicando retiros y cursos de retiro al clero a petición de muchos obispos, llevando la dirección espiritual de muchos, colaborando directamente con los obispos en cuestiones de Derecho Canónico, etc. Tuvo una gran capacidad de trabajo, pues compaginó esas actividades con el impulso del apostolado, la predicación personal abundante y su labor de formación de hombres y mujeres del Opus Dei como Consiliario.

Portugal-España, 1958-1961

En el año 1958, san Josemaría nombró al Dr. Xavier Delegado para España y Portugal. Un cargo con funciones de gobierno y asesoramiento a los directores de esos dos países. Tuvo ese encargo tres años, hasta 1961. La decisión respondía, en gran medida, a las crecientes necesidades de formación y gobierno en España, donde ya funcionaban varias obras corporativas —como el Colegio Gaztelueta, la Universidad de Navarra, el Colegio Tajamar o el Colegio Viaró— que requerían bases sólidas para su desarrollo, junto con diversos centros y residencias universitarias en distintas ciudades. San Josemaría valoró especialmente la experiencia que Dr. Xavier había acumulado en tareas de gobierno y su capacidad para superar situaciones difíciles en Portugal, cualidades que lo convertían en un apoyo firme para consolidar el trabajo en ambos países.

Durante aquellos años, el Dr. Xavier viajó mucho por España , atendiendo consultas y dudas de los directores de los Centros, fortaleciendo el espíritu de la Obra y ayudando a los Directores de España y Portugal con su madurez de criterio, su serenidad y su exigencia, unido a san Josemaría.

Brasil 1961-1974

El trabajo del Opus Dei en Brasil comenzó en 1957 en la ciudad de Marília, situada a unos 430 km de São Paulo y con una población cercana a los 100.000 habitantes. El inicio se produjo a petición de su arzobispo, D. Hugo Bressane de Araújo, quien había conversado previamente con Álvaro del Portillo en Roma. San Josemaría accedió, pues era una manera adecuada de iniciar un trabajo estable con el apoyo explícito de la jerarquía eclesiástica, mientras esperaba una ocasión propicia para extender la labor a una ciudad de mayor envergadura.

Un primer grupo de hombres y mujeres procedentes de Portugal y España —junto con dos sacerdotes, D. Jaime Espinosa y D. Alfonso Rey— se estableció en Marília en 1957. Al mismo tiempo, y en medio de las dificultades propias de todo inicio —buscar trabajo, afrontar los gastos, adaptarse a la mentalidad del país y entablar nuevas relaciones— comenzaron a viajar con frecuencia a São Paulo. En aquel entonces, la ciudad tenía algo más de tres millones de habitantes, pero duplicaba su población cada década debido a la inmigración masiva y a la acelerada industrialización. La vitalidad de São Paulo reforzó el deseo de iniciar allí un centro estable, y pronto se vio oportuno abrir una residencia universitaria siguiendo el modelo que conocían de España.

En 1959 se alquiló una casa de dos pisos en la calle Gabriel dos Santos, germen de una posible residencia, con la venia del Arzobispo de São Paulo, D. Carlos Carmelo de Vasconcelos Motta. Las mujeres alquilaron una casa amplia en la calle Gabriel Monteiro da Silva.

San Josemaría, consciente de la dimensión continental de Brasil —más de ocho millones de kilómetros cuadrados y una población en este momento de casi 71 millones de habitantes en rápido crecimiento— y de su mayoría católica, tomó una decisión sin precedentes. Con gran fe en la Providencia divina, quiso dar un impulso decisivo a la labor, preparando el envío de un grupo numeroso de hombres y mujeres, junto con varios sacerdotes, que estuvieran dispuestos a trabajar allí para arraigar y extender el espíritu del Opus Dei.

En 1961, san Josemaría preguntó al Dr. Xavier si estaba dispuesto a viajar a Brasil para evaluar sobre el terreno las necesidades más urgentes y determinar qué perfiles personales serían los más adecuados para quienes fueran a trabajar allí. En pocos meses, el Dr. Xavier tomó una serie de medidas: habló con D. Hugo para explicarle la conveniencia de dejar el centro de Marília y trasladarse a São Paulo; dispuso que la casa de la calle Gabriel dos Santos se adecuara para recibir a los futuros miembros que llegarían; y solicitó que quienes fueran viniendo trajeran materiales para los oratorios, objetos de decoración, cuadros, libros, algunos muebles y ayuda económica. Además, habló personalmente —en Portugal y en España— con todos los miembros del Opus Dei que manifestaban disposición para ir a Brasil.

Hasta 1962 llegaron a São Paulo cinco sacerdotes y un numeroso grupo de hombres y mujeres. Pronto se vio la necesidad de contar con casas más amplias para alojar a unos y a otras, organizar el trabajo, iniciar las actividades de formación y sostener una vida de familia con normalidad. Tras una búsqueda intensa, en 1961 se firmó el contrato de compra de dos inmuebles contiguos en el barrio de Sumaré, que permitirían consolidar aquella etapa de expansión.

Brasil hasta 1974

A finales de 1961, el Dr. Xavier regresó a Brasil ya nombrado Consiliario por san Josemaría, y se dio un fuerte impulso a todas las actividades de formación: con estudiantes en el centro Pacaembú; con profesionales en los locales adaptados de una de las casas de Sumaré; y con mujeres en la casa de la calle Gabriel Monteiro de Silva, conocida como Centro Universitário Jacamar, aunque había actividades de formación para todo tipo de mujeres.

Se consideró oportuno organizar el trabajo siguiendo algunos principios definidos: ofrecer formación a estudiantes universitarios; invitar a profesionales de prestigio humano y profesional y consolidar primero la labor en São Paulo, evitando la dispersión, de modo que la expansión a otras ciudades del país fuera liderada por los propios brasileños que se encarnaran al Opus Dei.

Desde el inicio y hasta 1974, el Dr. Xavier atendió personalmente la labor con profesionales en Sumaré: los retiros mensuales, los cursos de retiro y las conversaciones de dirección espiritual, todo ello compaginado con sus tareas de Consiliario, los viajes y la relación con las autoridades eclesiásticas. Además, en 1966 fue nombrado por san Pablo VI miembro de la Comisión para la Reforma del Código de Derecho Canónico, lo que le llevó a viajar a Roma dos veces al año para participar en reuniones y consultas, además de redactar votos y pareceres técnicos solicitados por la misma Comisión.

Fueron años de notable expansión de las actividades formativas en São Paulo. En el plazo de doce años se erigieron diez centros para hombres y mujeres —dos de ellos de gran tamaño, destinados a la formación de numerarios y numerarias—, así como dos casas espaciosas fuera de la ciudad para convivencias, encuentros formativos y cursos de retiro: el Sítio da Aroeira y la Casa do Moinho.

Brasil 1974-1994

La estancia del fundador del Opus Dei en São Paulo, entre el 26 de mayo y el 7 de junio de 1974, fue como una declaración de «mayoría de edad» para el trabajo en Brasil. Millares de personas pudieron escuchar al fundador de la Obra en reuniones multitudinarias (algunas con más de 2.000 asistentes) o en grupos menos numerosos, lo que supuso una gran extensión de la labor y la efectiva puesta en marcha de la anhelada expansión a otras ciudades. San Josemaría se entusiasmó cuando contempló la enorme variedad racial y la cordial convivencia de tanta gente de orígenes y culturas muy diversas, y se refirió varias veces a que Brasil era y sería «un gran pueblo misionero, y que las grandezas del Señor las sabréis proclamar vosotros por toda la tierra». Concretamente, animó a que los descendientes de japoneses que quisieran podrían ayudar al trabajo apostólico en Japón, y de hecho en los años sucesivos fue a ese país un buen grupo de hombres y mujeres, además de dos sacerdotes de ascendencia japonesa.

Viendo las posibilidades apostólicas y la receptividad de la gente, san Josemaría decidió enviar a Brasil, durante tres años sucesivos, a un sacerdote y cuatro miembros jóvenes, hombres y mujeres, para colaborar en la expansión.
De hecho, en 1975 se empezó establemente en Rio de Janeiro; en 1976, en Curitiba; en 1977, en Campinas; en 1979, en São José dos Campos; en 1981, en Brasília. En años sucesivos siguieron Belo Horizonte, Niterói y Londrina, además de viajes periódicos a Ribeirão Preto y a Sorocaba, siempre con la venia de la autoridad eclesiástica de cada lugar.

La expansión trajo consigo también la necesidad de tener centros en todas esas ciudades y de disponer, cuanto antes, de casas para convivencias y cursos de retiros. El Dr. Xavier : lideró la elaboración de los planes de estas iniciativas, contando con la generosa colaboración de cooperadores y amigos y rezando intensamente. Siempre quiso dejar claro que el esfuerzo, el sacrificio, la oración y el trabajo deberían proceder de los habitantes de cada ciudad, pues esas facilidades para la formación eran para ellos y para sus familias.

Las décadas de 1970, 1980 y 1990 fueron años de crecimiento, pero sobre todo de un intenso refuerzo en la formación doctrinal de jóvenes y adultos. Como ocurrió en muchos otros países, en Brasil se percibió los cambios culturales, también la manera de vivir y la crisis en algunos ámbitos eclesiásticos. El Dr. Xavier, en estrecha sintonía con san Josemaría, se empeñó por fortalecer la fe e insistir en la enseñanza de la doctrina católica, en fidelidad al papa y a los obispos en comunión con él.

Así, además de promover nuevos centros de formación en São Paulo y otras ciudades, se organizaron cursos de doctrina católica básica, jornadas de orientación familiar, ciclos de conferencias con hondura teológica, sesiones para orientar hacia lecturas formativas y, en todos los centros, se impulsó de manera particular el culto y la adoración a la Eucaristía.

A pesar de aquel ingente volumen de trabajo, el Dr. Xavier nunca dejó de leer ni de estudiar Derecho Canónico, Historia o Filosofía. Sacaba tiempo de donde parecía no haberlo y redactaba finos ensayos canónicos que se publicaban en revistas especializadas. Su condición de gran lector queda demostrada, por ejemplo, en la lectura íntegra —a lo largo de los años— de los 39 volúmenes de la Historia de los Papas de Ludwig von Pastor.

En 1994, el Dr. Xavier cumplió 72 años. Aunque mantenía un estado de salud parecía normal, padecía cierta dificultad respiratoria y se recuperaba de un desprendimiento de retina. El 7 de octubre cenó con normalidad y, después, conversó brevemente en la reunión familiar, pese al cansancio. Más tarde fue al oratorio para hacer el examen de conciencia y, al retirarse a su habitación, pidió ayuda enseguida porque no conseguía respirar bien. Fue atendido de inmediato y los médicos diagnosticaron un grave accidente cardiorrespiratorio. Recibió los sacramentos mientras aún respiraba. No fue posible reanimarlo y falleció a las diez y media de la noche.

Quienes trabajaron con él durante muchos años prepararon una nota necrológica en la que dejaron constancia de su vida entregada, su estrecha unión con san Josemaría y su deseo de hacer el Opus Dei en el mundo, poniendo al servicio de la Iglesia sus excepcionales cualidades intelectuales y espirituales. Los párrafos finales de esa nota constituyen un resumen especialmente certero de su trayectoria.

«Bajo su impulso, la labor en Brasil, aún incipiente y con dificultades para arraigar, fue madurando, lanzando raíces firmes y desarrollándose sólidamente, con la gracia de Dios, a un ritmo ininterrumpido y creciente, en continua expansión hasta su muerte. De todo ese desarrollo, el Dr. Xavier fue la cabeza, el alma y, en muchos aspectos, el brazo (…).

Todos los pasos que, con la bendición de Dios, dio la labor de la Obra en Brasil –de manera segura, firme, orgánica y estable–, con la expansión por numerosas ciudades, fueron posibles, en gran medida, gracias a la entrega, a la responsabilidad, al buen criterio, a la prudencia de gobierno, a la fidelidad delicada a nuestro fundador, a la dedicación, a la fe, a la audacia y a las virtudes ejemplares del Dr. Xavier.

Los que convivieron largamente con él son unánimes en afirmar que era uno de los miembros de la Obra en los que, ya desde los primeros pasos de la vocación, mejor se observaba la sintonía con san Josemaría y la comprensión de su espíritu. Contribuía a eso, sin duda, su inteligencia excepcional, pero sería inexplicable si no se entendiese que la causa profunda y principal fue su fe inconmovible en nuestro fundador y en el carácter divino de la Obra, de su vida interior, vivida en correspondencia constante a la gracia y en la docilidad constante a la acción del Espíritu Santo.

(…) Era un hecho el completo olvido de sí mismo y de sus cosas personales. Vivía única y exclusivamente para Dios y para la llamada recibida de Dios: ser Opus Dei y hacer el Opus Dei en la tierra. No medía sacrificios, no daba importancia a cansancios ni a dolencias, aunque fuese muy obediente a las indicaciones médicas; no se quejaba de nada ni pedía nada para sí mismo: era como si no existiese. (…) Y todo eso sin darle importancia, como algo enteramente natural dentro de la lógica de la vocación y la entrega a Dios».