Me llamo Fuad, tengo 59 años y soy el resultado de una interesante mezcla de razas y culturas. Mi abuelo paterno era palestino, hijo de madre iraní y padre sirio; mi abuela paterna era del oriente de Honduras. Por el lado materno, mi abuelo era de la provincia de Cantón, en China continental, y mi abuela de la zona central de Honduras.
Crecí conociendo algo de todas estas culturas y escuchando las diversas historias de la infancia de mis abuelos, muchos de ellos no cristianos. Al mismo tiempo tuve cierta aproximación a la fe cristiana gracias a una abuela protestante y a una abuela católica no practicante. Mis padres, nacidos en Honduras, eran católicos no practicantes, pero muy devotos de la Santísima Virgen María en su advocación de Virgen de Suyapa, patrona de Honduras.
De mi madre aprendí algo muy importante: el respeto a la mujer y el valor de la familia.
Mi educación también fue variada: asistí a una escuela adventista y luego a un colegio de religiosos católicos. De mi abuelo chino aprendí a meditar sobre la vida y a ser sereno. Pasé gran parte de mi infancia y adolescencia con él, ya que mi padre servía en el ejército. De mi padre aprendí la responsabilidad, la disciplina y la generosidad —aunque también reconozco que heredé de él un carácter a veces tosco y tozudo—. De mi madre aprendí algo muy importante: el respeto a la mujer y el valor de la familia.
Conocí el Opus Dei a raíz de la visita de San Juan Pablo II a Tegucigalpa en 1983. Un buen grupo de jóvenes nos apuntamos para colaborar como voluntarios y formar valla durante su visita a la hoy Basílica de Nuestra Señora de Suyapa. Al mismo tiempo recibíamos formación mientras ayudábamos en diversas actividades organizadas en la Residencia Universitaria Guaymura.
Lo que más me atrajo y me llevó a perseverar en los medios de formación fue la formalidad con la que se enseñaba la fe. También me impactó mucho la solemnidad en la celebración de la Eucaristía y la bendición con el Santísimo. Además, aprendí a vivir y valorar el sacramento de la reconciliación. Recuerdo haber pensado entonces: “aquí debo quedarme”. Y así sucedió.
Al terminar el bachillerato me trasladé a Monterrey, México, para estudiar Ingeniería en Sistemas Computacionales. Viví en la Residencia Universitaria Montesilla y, justo antes de terminar mis estudios universitarios, pedí la admisión en el Opus Dei como supernumerario.

En convivencia de ex residentes de Montesilla en Los Pinos en julio de 2011
De regreso en Honduras, la vida siguió su curso. Conocí a mi esposa, que también es fruto de una interesante mezcla cultural: su abuelo paterno era libanés, su abuelo materno francés y sus abuelas hondureñas. Como decimos en nuestra tierra: “Dios los hace y ellos se juntan”. Dios nos bendijo con dos hijas maravillosas. Ambas son profesionales universitarias y una de ellas ha pedido la admisión en la Obra.
Acompañar a los muchachos en sus procesos de discernimiento personal y profesional ha sido un reto.
Las actividades con jóvenes han sido una constante en mi vida, en paralelo al desempeño profesional. Esto se debe tanto a mi vinculación con la docencia universitaria y de bachillerato como a la colaboración con el Centro Universitario Guaymura. Acompañar a los muchachos en sus procesos de discernimiento personal y profesional ha sido un reto y, al mismo tiempo, una gran motivación.
Hay muchas realidades por las que dar gracias a Dios al ver cómo actúa en la vida de los jóvenes. Tal es el caso de Fuad Samir —que no es mi hijo—, quien vivió un proceso de conversión desde el adventismo hasta pedir la admisión como supernumerario y ejercer hoy su profesión de médico en España.
También está Cristóbal, un vecino del barrio que se formó como ingeniero industrial. Él pidió la admisión como supernumerario y ahora trabaja en el colegio Aldebarán, una labor educativa, además de colaborar en el Club Espavel.
Otro joven muy colaborador es Jezoar, quien se convirtió al catolicismo. Después de formarse como ingeniero químico se trasladó a vivir a San Pedro Sula, donde colabora muy de cerca con las labores apostólicas.
A ellos —como a tantos otros— les he brindado formación mediante clases de doctrina católica cristiana católica, el estudio del Catecismo y la iniciación en la vida sacramental. Acompañarlos con paciencia y rezar mucho por ellos ha sido esencial.

Con mi familia
Estoy convencido de que Dios nos va preparando para ser simplemente instrumentos. No tenemos nada especial que no tengan los demás; de hecho, muchas otras personas poseen competencias superiores. Sin embargo, es necesario que los supernumerarios sepamos escuchar y pongamos “manos a la obra” en aquello que se nos pide para colaborar con la labor con los jóvenes.
Durante más de 30 años he trabajado como gerente comercial de tecnología. En medio de ese trabajo profesional, la apertura cultural de mis orígenes, enriquecida por la formación recibida y por la cercanía con los jóvenes en los centros educativos, ha sido una gran oportunidad apostólica.
A esto se suma un recurso que incorporé a mi vida a partir de los 42 años: la fotografía. Es una maravilla. Un hobby puede convertirse en un gancho que atrae a los jóvenes —y también a muchos amigos “jóvenes” con más experiencia de vida— y abrir oportunidades para el trato apostólico.
He procurado llevar este hobby a un alto nivel, con trabajo bien hecho cara a Dios y cara a los hombres, de modo que motive y genere oportunidades de encuentro con los demás.
La fotografía incluso me ha llevado de nuevo a la cátedra universitaria. También la hemos integrado como academia en el plan de formación de bachilleres del Instituto Taular, otra labor educativa. Además, formamos un club fotográfico que me toca presidir.
Hoy participan alrededor de 50 jóvenes entre bachilleres y universitarios, además de unos 15 profesionales jóvenes y varios adultos. La fotografía nos mantiene en contacto frecuente y abre muchas oportunidades de trato apostólico.
Toca no dejarse vencer por el cansancio y mantener siempre la esperanza: Dios no se deja ganar en generosidad.
Y esto sigue… mientras Dios lo permita.
