“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1,28).
La liturgia nos lleva hoy al momento decisivo de la Anunciación. Dios entra en la historia de un modo completamente nuevo, y lo hace llamando a una joven de Nazaret. María escucha, pregunta con sencillez cómo podrá realizarse aquello, y finalmente responde: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38).
«El Señor concedió a María -explica el Papa León XIV- la gracia extraordinaria de un corazón totalmente puro, en vista de un milagro aún mayor, la venida al mundo como hombre de Cristo» (Angelus, 8-XII-2025). Ese sí de la Virgen sigue iluminando la vida de la Iglesia, y por tanto la vida de cada uno de nosotros, la vida de cada persona, porque Dios continúa llamando a cada uno y a cada una por su nombre, y nos invita a colaborar libremente en sus planes, que son siempre planes de amor.
La primera lectura de la misa nos anunciaba que «el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz» (Is 9, 2). Esa luz es Cristo. Él, Cristo, da sentido a la existencia nuestra y nos muestra el camino de la verdadera felicidad. En un mundo en el que vivimos, lleno de posibilidades, de avances extraordinarios y de tantos bienes, encontramos también incertidumbres, divisiones, modos de pensar que con frecuencia hacen difícil vivir con coherencia la fe.
Pero el Señor no nos pide aislarnos del mundo, quiere que le encontremos y le sigamos cada día, y seguir a Cristo supone un modo de vivir, y esa vida, ese estilo de vida, cuando nace del Evangelio, cuando nace de la fe, de la confianza en el amor de Dios por nosotros, puede resultar ante el mundo algo llamativo. La honradez, la fidelidad, el perdón, la pureza de corazón, la generosidad con los necesitados, el cuidado de la familia, la alegría en el sacrificio, la esperanza cuando llegan las dificultades, todo eso habla un lenguaje que muchas personas comprenden y agradecen, aunque muchas veces no sea algo muy común.
San Josemaría escribió: «Chocará, sin duda, la vida tuya con la de ellos, y ese contraste, por confirmar con tus obras tu fe, es precisamente la naturalidad que yo te pido» (Camino, 380). No se trata de hacer cosas raras, cosas extraordinarias, sino de procurar vivir cada uno en lo suyo, en su ambiente, con coherencia cristiana.
En la segunda lectura que acabamos de escuchar, San Pablo nos dice que «Sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios» (Rom 8, 28). Son palabras que no ignoran las dificultades, pero nos ayudan a mirarlas de otro modo, a mirar de otro modo las dificultades que encontramos a lo largo del día. Porque Dios nunca deja de acompañarnos, siempre puede sacar bienes también de aquello que nosotros no entendemos. Por eso la esperanza, la esperanza cristiana, tiene un fundamento muy sólido, que es la fe. La fe en toda su amplitud, pero muy especialmente la fe en el amor de Dios por nosotros; hemos de creer que Dios nos quiere personalmente a cada uno y a cada una, pase lo que pase, en cualquier circunstancia.
Pero hace falta la fe, porque tantas veces no lo entendemos, no lo comprendemos. Por eso es necesaria la oración «Señor, auméntanos la fe». Era la oración de los apóstoles «Señor, auméntanos la fe» (Lc 17, 5).
Aquí, en esta iglesia de Santa María Reina de la Familia, tenemos muy cercano el recuerdo del Venerable Ernesto de Cofiño. Hace pocas semanas sus restos fueron trasladados a este templo. Fue un gran médico, esposo y padre de cinco hijos, que buscó la santidad en medio de su trabajo profesional y de su vida familiar. Atendió con competencia y con cariño a miles de niños, especialmente a los más necesitados. Es la vida ordinaria, ese camino de santidad, de encuentro con Dios, de servicio a los demás.
A veces, con frecuencia, existe la tentación de dividir la vida. Por una parte, la fe, por otro el trabajo, por otro la familia. Cada uno de nosotros tiene una situación distinta. No todos nos encontramos en las mismas circunstancias, pero todos estamos llamados a la santidad, a la unión con Jesucristo.
San Josemaría repetía con mucha fuerza que esa es la voluntad de Dios para cada uno de nosotros. Es una llamada que nos debe llenar de alegría, porque significa que el Señor confía en nuestra libertad y quiere contar con nuestra vida corriente, ayudada por su gracia, para llevar su amor a muchas otras personas.
Dentro de poco celebraremos el centenario del Opus Dei. En 2028 recordaremos el inicio de esta pequeña parte de la Iglesia y en 2030 el comienzo de la Obra con las mujeres. No miramos esas fechas como un simple aniversario. Queremos que sea una ocasión para agradecer tantos dones recibidos y, sobre todo, para renovar el deseo de servir más y mejor a la Iglesia, allí donde el Señor nos quiera a cada uno.
San Josemaría soñaba con un mundo lleno de hombres y de mujeres que buscaran la santidad en medio de sus ocupaciones ordinarias. Ese sueño sigue siendo actual. También hoy la Iglesia necesita cristianos que, con sencillez, lleven el Evangelio a la vida familiar, a las profesiones, a las universidades, a los hospitales, al campo, a las empresas, a la cultura, al servicio de los más pobres, y todo eso con una vida coherente, llena de la caridad de Cristo y de alegría.
Vamos a pedirle al Señor que nos conceda esa gracia, que sepamos responder cada día con generosidad a las llamadas que Él nos dirige, porque la santidad a la que estamos todos, todos, llamados, esa santidad, esa llamada que viene de Dios, nos debe dar la seguridad de que contamos con su ayuda siempre, a pesar de nuestra debilidad, a pesar de nuestras miserias. Y esa santidad es algo grande, pero se construye con cosas pequeñas, con muchos pequeños síes que se dicen a Dios. El sí al deber bien cumplido, el sí al perdón, el sí al servicio, el sí a la oración, el sí a la paciencia. Tantos síes que acaban reduciéndose a un sí al amor, al cariño con quien tenemos más cerca y también con nuestra ilusión de ayudar en la medida posible a quien está más lejos.
La Virgen Santísima Madre de Dios y Madre Nuestra, -cómo le gustaba tanto a San Josemaría dirigirse a ella con este título: Madre de Dios y Madre Nuestra- ella, al principio, no conocía el camino, todo el camino que se abría ante ella cuando respondió al ángel ese «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). Pero le bastaba saber que Dios estaba con ella. Y también nosotros tenemos que tener esta seguridad y esta certeza, Dios está con nosotros, Dios está con nosotros.
Santa María, Reina de la familia, enséñanos a decir al Señor cada día, con confianza y con alegría, «hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). Amén.
