Buscando respuestas, encontré la fe

David, estudiante de Derecho, creció en un ambiente cristiano, no católico. Una búsqueda intelectual surgida en la universidad lo llevó a profundizar en la fe hasta descubrir, en un encuentro personal con Dios, el camino que culminó con su bautismo y el descubrimiento de que la santidad se vive en lo cotidiano.

Ahora que miro hacia atrás, me doy cuenta de que todo comenzó con una simple pregunta. Lo que parecía una inquietud académica terminó convirtiéndose en el inicio de un camino que transformó mi vida y mi relación con Dios.

Al comenzar mis estudios universitarios en la Universidad del Istmo, conocía la existencia de una capilla en el campus y sabía que la formación incluía cursos de filosofía y teología. Sin embargo, debido a la educación religiosa que había recibido desde niño, procuraba mantener cierta distancia. Incluso evitaba acercarme a la capilla porque tenía muchos prejuicios sobre la fe católica.

Encontré una visión de la persona humana, de la libertad y de Dios que me resultaba convincente

Con el paso del tiempo cursé asignaturas que despertaron profundamente mi interés. Descubrí respuestas a preguntas que llevaba años haciéndome y encontré una visión de la persona humana, de la libertad y de Dios que me resultaba convincente. Particularmente, al estudiar los sacramentos y su fundamento bíblico, empecé a comprender aspectos de la fe católica que antes rechazaba sin conocerlos realmente.

Aquellas clases me llevaron a buscar orientación personal. Conversé con el capellán y personas que me ayudaron a profundizar en mis dudas y a comprender mejor las enseñanzas de la Iglesia. En una de esas conversaciones expresé mi deseo de recibir los sacramentos, pero apareció un obstáculo inesperado: nunca había sido bautizado.

En la comunidad religiosa donde crecí, el bautismo suele recibirse a una edad en la que la persona puede tomar una decisión consciente. Cuando llegó mi momento, decidí no hacerlo porque sentía que no comprendía suficientemente la fe. Sin saberlo, aquella decisión me permitiría años después descubrir con mayor libertad el significado profundo del bautismo. 


David y unos amigos

Aunque ya recibía acompañamiento espiritual, todavía me costaba entrar en una iglesia. Sin embargo, un día me animé a hacerlo. Recuerdo haber experimentado una paz difícil de describir. Poco a poco empecé a asistir a Misa y sentí que Dios me estaba conduciendo hacia algo más grande de lo que podía entender.

Descubrí la riqueza de la doctrina católica y encontré un ambiente de amistad y apertura

Más adelante conocí a varios amigos que me ayudaron en ese proceso. Sus conversaciones, su ejemplo de vida cristiana y su interés sincero por mis inquietudes me animaron a seguir profundizando en la fe. También participé en actividades de formación en un centro universitario del Opus Dei, donde descubrí la riqueza de la doctrina católica y encontré un ambiente de amistad y apertura.

A través de lecturas, conversaciones y momentos de oración, fui comprendiendo que el bautismo no era simplemente una decisión privada, sino una respuesta libre al amor de Dios. Aun así, había algo que me detenía: el temor de que mi decisión pudiera interpretarse como un rechazo a la formación religiosa que había recibido en mi familia.

Con el tiempo entendí que Dios me pedía dar un paso adelante. Aquella certeza me dio la fortaleza para hablar con mi familia sobre mi deseo de bautizarme. Para mi alegría, encontré comprensión y respeto.

Nunca imaginé que haber pospuesto el bautismo durante mi infancia terminaría permitiéndome decirle sí a Dios

Poco después recibí el bautismo y los demás sacramentos de iniciación cristiana. Ha sido, sin duda, la mejor decisión de mi vida. Nunca imaginé que haber pospuesto el bautismo durante mi infancia terminaría permitiéndome decirle sí a Dios con plena libertad y conciencia.

Gracias a las personas que Dios puso en mi camino comprendí que la fe crece en la amistad, en la formación y en la vida ordinaria. También descubrí que decirle sí a Dios no significa ser perfecto, sino reconocer nuestras limitaciones y ponerlas en sus manos.

Hoy sigo aprendiendo cada día. He comprendido que la santidad no es algo reservado para unos pocos, sino una llamada para todos. Se vive en medio del mundo, santificando el estudio, el trabajo y las tareas de cada día. Por eso procuro responder a Dios con generosidad allí donde me encuentro, convencido de que la verdadera alegría está en seguirlo.