Aurora Luisa Peiro Urriolagoitia, conocida cariñosamente como Auro, nació el 26 de diciembre de 1922 en Mazatlán, Sinaloa, México. Era la mayor de seis hermanos: Beatriz del Carmen (Tichy), Graciela, María Irene, Marta Emilia y José Inés. Pasó su infancia en Pericos, una hacienda familiar heredada de sus abuelos, donde disfrutaba de la vida al aire libre, los paseos a caballo y las aventuras con sus hermanos.

Desde joven destacó por su carácter decidido y su gran fe. En abril de 1953 pidió la admisión al Opus Dei, tres años después de la llegada de las primeras mujeres de la Obra a México. Poco tiempo más tarde se trasladó a la Ciudad de México, donde participó en los inicios y la expansión de la labor apostólica del Opus Dei en Centroamérica.
El 24 de octubre de 1955, Auro formó parte del primer grupo de mujeres del Opus Dei que llegó a Guatemala, junto con Manolita, Margarita, Amalia, Cefe y Josefina. Más tarde colaboró en los inicios de la labor en El Salvador, país al que viajó con frecuencia antes de establecerse definitivamente. Allí contribuyó decisivamente al crecimiento de la Obra y fue testigo del desarrollo de sus primeras iniciativas apostólicas.

A inicios de la década de 1970 se trasladó a Costa Rica, donde vivió cinco años antes de regresar a Guatemala y posteriormente a El Salvador en 1977. En San Salvador, Auro participó activamente en la formación cristiana de jóvenes y familias, y apoyó la creación de centros educativos con una visión integral. Fue una de las primeras profesoras del Colegio La Floresta, donde impartió el curso de Filosofía a alumnas de bachillerato. Su vocación docente y su entusiasmo marcaron profundamente a generaciones de alumnas, a quienes transmitió su amor por el conocimiento y los valores cristianos.

Un rasgo muy distintivo de la personalidad de Auro era su alegría por estar rodeada de personas. Siempre buscaba coincidir con sus amigas, sin importar la edad. En el club Alamar, esa característica se hizo especialmente visible: son incontables las niñas y adolescentes que disfrutaban conversar con ella, confiándole sus alegrías, tristezas y preocupaciones. Auro siempre estuvo allí, dispuesta a escuchar con atención y cariño.

Ese deseo de mantenerse cerca de los demás la impulsó, durante la pandemia, a superar cualquier obstáculo para seguir conectada: entonces comenzó a dar clases por Zoom y aprovechó también para reunirse virtualmente con familiares y amigos de otras ciudades, compartiendo con ellos su vida y su entusiasmo de siempre.

Hoy, tras su marcha al Cielo, Auro sigue siendo un testimonio vivo de sus inicios en la región. Su vida dedicada al servicio de los demás, a la educación y a la difusión del espíritu del Opus Dei continúa inspirando a quienes la conocieron y a quienes fueron testigos de su cercanía, su alegría y su entrega.
