Nunca me gustó responder cuando alguien me preguntaba qué religión practicaba. Desde pequeña cargaba con una historia que no terminaba de entender: por distintas circunstancias, mis papás no pudieron bautizarme y crecí con una formación religiosa muy particular. Siempre creí en Dios, siempre lo amé, pero lo hacía a mi manera.
Con el paso de los años aprendí a vivir así. Pensaba que era suficiente. Hasta que, en 2025, ocurrieron tres cosas que cambiaron por completo el rumbo de mi vida.
Despertó en mí el deseo de conocer mejor la fe católica
La primera fue una conversación con quien hoy es mi madrina de bautizo y confirmación. Me hizo preguntas que nunca antes me había planteado y despertó en mí el deseo de conocer mejor la fe católica.
La segunda fue una conversación muy profunda con quien hoy es mi esposo. Hablamos de Dios, de la familia y del futuro que queríamos construir. Aquella charla sembró en mí una inquietud que ya no pude ignorar.
La tercera fue un sueño. No sé cómo explicarlo de otra manera. Estoy convencida de que Dios quiso hablarme a través de él. Sentí una claridad tan grande que, incluso hoy, cada vez que lo recuerdo, se me llenan los ojos de lágrimas.
Comencé mi preparación para recibir los sacramentos
Entonces tomé una decisión que, al principio, me daba mucha vergüenza: comenzar mi preparación para recibir los sacramentos.
Tenía 36 años.
Comencé la catequesis en la Universidad del Istmo, donde trabajo como docente. Pensaba que sería la única adulta queriendo bautizarse. Imaginaba que llegaría a la iglesia rodeada únicamente de bebés o que asistiría a las sesiones con niños y adolescentes. Me preocupaba sentirme fuera de lugar.
Pero ocurrió exactamente lo contrario.

El día que recibí los sacramentos
Nunca me sentí juzgada. Nunca me hicieron sentir que llegaba tarde. Desde el primer momento encontré personas que me recibieron con una alegría que me sorprendió. Cada paso de mi camino estuvo acompañado por alguien dispuesto a escuchar, enseñar o simplemente compartir mi proceso.
Lo que yo imaginaba como un proceso incómodo terminó convirtiéndose en una experiencia profundamente acogedora. Cuando otras personas conocían mi historia, lejos de extrañarse, se alegraban sinceramente. Incluso personas que no conocía se acercaban después de la Misa para felicitarme y decirme que mi decisión les había conmovido.
Fue entonces cuando comprendí que nunca es tarde para acercarse a Dios.
Descubrí nuevas formas de rezar, de hablar con Dios y de vivir mi fe.
Recibir los sacramentos de la iniciación cristiana a los 36 años ha significado mucho más que cumplir un deseo pendiente. Ha sido un cambio de mirada. Muchas cosas que antes no entendía comenzaron a tener sentido. Descubrí nuevas formas de rezar, de hablar con Dios y de vivir mi fe. También empecé a mirar mi propia historia con otros ojos.
No sentía que mi vida estuviera vacía. Pero ahora entiendo que había espacios de mi corazón que todavía estaban incompletos y que solo Dios podía llenar.
Este año también me casé. Doy gracias a mi esposo, porque juntos estamos construyendo un hogar en el que Dios ocupa un lugar real. Y agradezco profundamente a las personas que me acompañaron en este camino y me ayudaron a descubrir la fe con cercanía y alegría.
Si algo he aprendido en este proceso es que Dios nunca llega tarde. A veces somos nosotros quienes necesitamos más tiempo para reconocer que Él nos estaba esperando desde siempre.
