Solemos imaginar a los santos como héroes capaces de gestas irrepetibles. La historia de Isidoro Zorzano apunta en otra dirección, más cercana: la de una santidad que se juega en el cuidado de los demás, un día tras otro, con gestos normales, hasta dar por ellos la vida.
Isidoro no era un héroe. Era un ingeniero amable y generoso, apasionado por su trabajo aunque no especialmente brillante, con una voluntad tenaz y un entusiasmo casi de niño por las excursiones a la montaña. Tenía desde pequeño una devoción sencilla y firme, que nunca abandonó[1]. Cuando la ruina del banco donde la familia había invertido su patrimonio se sumó a la muerte temprana de su padre y de su hermano mayor, tuvo que hacerse cargo de su madre y de su hermana[2]. Era, en el fondo, un hombre corriente, con los problemas de todos.
Había nacido en Buenos Aires en 1902, hijo de españoles emigrados, y había vuelto a España siendo casi un niño. Antiguo compañero de colegio de Josemaría Escrivá, el 24 de agosto de 1930 fue uno de los primeros en comprometerse a vivir su vocación cristiana en medio del mundo según el espíritu del Opus Dei, que su amigo acababa de empezar[3]. Trabajaba en los Ferrocarriles Andaluces, en Málaga, y solo de tanto en tanto subía a Madrid. Las amenazas de muerte que recibió allí, por ser un católico comprometido, precipitaron su traslado a la capital[4]: cuando el 18 de julio de 1936 estalla la guerra, Isidoro tiene 34 años y lleva poco más de un mes de regreso.
Podría haberse quedado a salvo. La casa donde vivía con su madre y su hermana estaba bajo la protección de la embajada argentina. Durante los dos primeros meses permaneció encerrado: desde Málaga habían comunicado su nombre y su descripción a las milicias de Madrid. Pero a finales de septiembre, con otro corte de pelo, gafas de sol y una documentación muy precaria, volvió a la calle para algo que le parecía más importante que su seguridad[5].
Josemaría Escrivá —a quien los suyos llamaban el Padre—, por ser sacerdote, corría peligro de muerte, y con él quien lo acogiera[6]. Tras cambiar varias veces de domicilio, logró refugiarse en la clínica psiquiátrica del doctor Suils[7]. Allí es donde el trabajo escondido de Isidoro alcanza su centro: consigue el pan y el vino para que el Padre pueda celebrar la Misa, y al terminar recibe las formas consagradas para llevar la Comunión a los demás de la Obra, a sus familiares y a otras personas conocidas[8]. La Eucaristía se convierte así en el hilo secreto de sus recorridos: lo que traslada por la ciudad, junto con las cartas y los víveres, es sobre todo a Cristo. Para algunos —presos o aislados en una embajada— esa Comunión podía ser, durante semanas, su principal vínculo con los sacramentos.
A aquellos jóvenes, dispersos y en situaciones muy distintas[9], había que hacerles llegar no solo noticias, sino, como él decía, «el corazón del Padre».
Un episodio lo retrata entero. Vicente Rodríguez Casado se había refugiado en la embajada de Noruega, aislado de todos. Acercarse era arriesgado: las milicias vigilaban los alrededores. Aunque Vicente le pedía que no fuera tan a menudo, Isidoro sonreía y respondía: «Dios no se deja ganar en generosidad». Le parecía lo más natural ir a llevarle el calor de la familia. Solo más tarde supo Vicente que aquellas visitas quedaban registradas y que a Isidoro lo registraban al entrar[10].
¿Huir o quedarse?
Hacia enero de 1937 se vio que la guerra sería larga y que sobrevivir escondidos en Madrid no bastaba. Escrivá, que no quería ponerse a salvo solo, sino con todos sus hijos espirituales —así llamaba a los primeros miembros de la Obra—, empezó a preparar la evacuación a la otra zona por vía diplomática[11]. Gracias a José María González Barredo, varios de ellos fueron encontrando refugio en el consulado de Honduras, a la espera de una salida que se creía inminente[12].
Entonces llega, para Isidoro, la prueba decisiva. A finales de marzo la embajada argentina le ofrece salir de Madrid junto a su familia. Dando ya por hecha la evacuación de los del consulado[13], podría haberse marchado y reunirse luego con el Padre, fuera de peligro. Lo consultó con Escrivá, que le dejó plena libertad, y decidió quedarse. ¿Por qué? Porque en Madrid seguían muchos: José María Hernández Garnica en la cárcel, Vicente en la embajada de Noruega, Miguel Bañón y Manuel Sainz de los Terreros por su cuenta, y también Dolores y Carmen, la madre y la hermana de Escrivá, y las familias de todos. Isidoro renunció a ponerse a salvo para no dejarlos solos, aceptando el hambre y el miedo de una ciudad sitiada, y arriesgando quizá la vida[14]. Además, la evacuación se retrasaría meses, y su cuidado alcanzó también a los refugiados en el consulado.
Crecer para dentro
A partir de entonces, Isidoro fue un eslabón importante que mantuvo unida a aquella familia dispersa. Cada mañana recogía el correo en la legación y hacía recados: conseguía ropa, comida, una medicina, un diccionario. Como no tenían reloj, les dio el suyo. Enviaba fuera de Madrid las cartas que le entregaban y recibía las que llegaban de Levante y de Daimiel: a Francisco Botella y a Lola Fisac les habían pedido que escribieran siempre a su dirección, para no comprometer a nadie[15].
Las tardes tenían otro color. Isidoro saludaba a unos y a otros, les distribuía la Comunión, rezaba con ellos y repasaba los planes pendientes. Desde finales de marzo empezó a reunirse en su casa con Manuel Sainz de los Terreros, con José María Albareda —que pediría la admisión en la Obra en septiembre de 1937— y con un amigo de este, Tomás Alvira; y en abril se propuso verlos cada día, porque —anotó— «sentimos cada vez más la necesidad de esta unión». Ponía especial empeño en un cuidado: cuando llegaban los apuntes de las meditaciones que el Padre predicaba en el consulado, los comentaba con Sainz de los Terreros y con Albareda, y a veces esos comentarios les servían para rezar; luego los llevaba a Bañón y se los explicaba de viva voz a Vicente, con quien no convenía llevar papeles encima. Mientras la guerra los separaba, la vida de oración pasaba de mano en mano.
En su diario dejó constancia de lo que le daban esos encuentros. Anotó que sus conversaciones giraban siempre en torno a la Obra, hasta el punto de apenas comentar las incidencias de la guerra; y que, casi sin darse cuenta, pasaban más de una hora meditando sobre los males que los rodeaban, «tal como habrían hecho los primeros discípulos cuando eran tan perseguidos». La Obra, concluía, les hacía «comprender la verdadera caridad y vivir la fraternidad cristiana»[16].
El fin de la guerra y el final de Isidoro
En diciembre de 1937, Escrivá consiguió al fin cruzar los Pirineos hacia la otra zona, acompañado de un pequeño grupo; no le resultó fácil aceptar marcharse sin todos sus hijos[17]. Isidoro se quedó, como había decidido nueve meses antes[18], y se volcó de manera especial con las familias. Cuidó de Santiago, el hermano pequeño del Padre —a quien Escrivá había pedido que volviera con su madre y su hermana en lugar de intentar el peligroso paso de la frontera[19]—, como si fuera suyo: lo matriculó en un instituto y le daba clases de idiomas. Acompañó hasta el final al padre de Álvaro del Portillo, que no podía salir del consulado sin peligro. Y cuando murió el padre de los Fernández Vallespín acudió enseguida; más tarde, al enfermar la hermana, vio que el tratamiento no era el adecuado y le buscó otro médico[20].
Todo aquello lo consumía. Para entonces pesaba 48 kilos[21]; no sabemos cuánto llegó a pesar al terminar la guerra, tras meses de nuevas privaciones, aunque cabe suponer que todavía menos[22]. El día en que Escrivá regresó a Madrid, el 1 de marzo de 1939, Isidoro fue a recibirlo y enseguida tuvo que guardar cama para reponerse. El 1 de mayo volvió a su trabajo en los ferrocarriles. A finales de 1940 aparecieron los primeros síntomas de la enfermedad que lo llevaría a la muerte en 1943: un linfoma de Hodgkin, hoy curable.
Había llevado su tarea hasta el extremo: casi novecientos días sosteniendo a los que se habían quedado en Madrid. No fue el único que se mantuvo fiel —otros resistieron como pudieron, en la cárcel o escondidos, todos sostenidos por Escrivá—, pero a Isidoro le tocó un papel singular. Inspirándose en la paternidad vigorosa que veía en el Padre, se gastó cada día por unos hombres a los que apenas conocía desde hacía cuatro años y por sus familias.
Aquella entrega tuvo su precio: él, que podría haberse puesto a salvo, se quedó y se gastó por entero. Pero, gracias a su presencia constante, aquellos hombres tocaron con la mano que eran de verdad una familia. Ese es el legado de Isidoro Zorzano: una fidelidad hecha de gestos pequeños en los que muchos reconocieron, sin grandes palabras, algo de la paternidad de Dios.
[1]Cfr. T. A. McDonough, Ordinary life, extraordinary living, Scepter Publishers, Nueva York 2024, págs. 10-11 (en adelante, OLEL).
[2]Cfr. OLEL, pág. 10.
[3]En junio de 1936 los fieles del Opus Dei eran veintiséis, e Isidoro era el más antiguo: cfr. J. L. González Gullón, Escondidos, Rialp, Madrid 2018, pág. 11s (en adelante, ESC). Eran 21 hombres y 5 mujeres. Le seguían en antigüedad cinco profesionales incorporados entre 1932 y 1934 (Juan Jiménez Vargas, José María González Barredo, Manuel Sainz de los Terreros, Ricardo Fernández Vallespín y Miguel Bañón) y quince universitarios..
[4]Cfr. OLEL, pág. 59.
[5]Cfr. OLEL, págs. 93-94.
[6]Durante la guerra fueron asesinados 6.806 sacerdotes y religiosos: cfr. A. Montero Moreno, Historia de la persecución religiosa en España. 1936-1939, BAC, Madrid 1999, págs. 760-763; cit. en ESC, pág. 38.
[7]El Padre ingresó en la clínica del doctor Suils el 7 de octubre de 1936: cfr. ESC, pág. 73.
[8]Cfr. OLEL, pág. 96.
[9]Cfr. ESC, págs. 102-113.
[10]Cfr. OLEL, pág. 99.
[11]Cfr. ESC, págs. 132-133.
[12]Entre el 13 de marzo y el 7 de abril de 1937 encontraron refugio en el consulado de Honduras Álvaro del Portillo, Josemaría Escrivá, su hermano Santiago, Eduardo Alastrué y Juan Jiménez Vargas: cfr. ESC, págs. 159ss. Se esperaba que la evacuación se produjera entre el 8 y el 10 de abril: cfr. ESC, pág. 235.
[13]El 29 de marzo Isidoro anotó en su diario: «Por lo que se refiere a la evacuación, está hecha» (ESC, pág. 235).
[14]Cfr. OLEL, pág. 130. Desde el verano de 1938, también los ciudadanos extranjeros tuvieron que justificar su presencia en Madrid.
[15]Cfr. ESC, págs. 245-246.
[16]Cfr. ESC, pág. 245s.
[17]Cruzaron con él los Pirineos Juan Jiménez Vargas, José María Albareda, Manuel Sainz de los Terreros, Miguel Fisac, Tomás Alvira, Francisco Botella y Pedro Casciaro: cfr. ESC, págs. 311-313.
[18]Cfr. OLEL, pág. 118.
[19]Aunque estaba refugiado con él en el consulado de Honduras, Escrivá había decidido que Santiago volviera a casa con su madre y su hermana y que no emprendiera el peligroso intento de cruzar la frontera.
[20]Cfr. OLEL, pág. 122.
[21]Cfr. OLEL, pág. 116.
[22]Cfr. OLEL, pág. 126.
