1914: Álvaro nace en Madrid

Se cumplen 100 años del nacimiento de Álvaro del Portillo. Fue el inicio de una vida ordinaria que dejó una huella extraordinaria. Recogemos anécdotas de su niñez narradas por uno de sus biógrafos.

(Extractos de "Alvaro del Portillo. Un hombre fiel", Javier Medina, 2013)

"Álvaro del Portillo y Diez de Sollano nació en Madrid, el miércoles 11 de marzo de 1914, en el hogar familiar, situado en el primer piso de la calle Alcalá nº 75 . Seis días después, fue bautizado en la cercana parroquia de San José, y recibió los nombres de Álvaro, José María y Eulogio. Este último, en honor a uno de los santos que se celebraba en esa fecha".

Una de las primeras fotos de Álvaro.

"A medida que fue creciendo en edad, aprendió de sus padres a vivir las costumbres cristianas como cuidar las oraciones de la mañana y de la noche, bendecir la mesa, rezar el Rosario y otras invocaciones marianas que Álvaro repitió piadosamente hasta su muerte. Por ejemplo, una que dice: «Dulce Madre, no te alejes / tu vista de mí no apartes / ven conmigo a todas partes / y solo nunca me dejes. / Ya que me proteges tanto / como verdadera Madre / haz que me bendiga el Padre, / el Hijo y el Espíritu Santo»".

"Cuando cumplió los 75 años, Mons. del Portillo, en una homilía, evocó el clima cristiano que reinaba en aquel hogar: « Eché una mirada rápida a mi vida, y me vinieron a la memoria y al corazón tantos beneficios del Señor: una familia cristiana, unos padres que me enseñaron a ser piadoso, una madre que me inculcó una devoción especial al Sagrado Corazón y al Espíritu Santo, y una particular veneración a la Santísima Virgen bajo la advocación de Nuestra Señora del Carmen, y... ¡tantos otros bienes! »".

"Los que le conocieron durante la infancia, lo describen como un niño alegre. Según su hermana Pilar, era « feliz, gracioso, algo gordito, con cara de bueno, con el gesto simpático y risueño. Un niño como todos los niños: deportista, juguetón, divertido y algo travieso » . Su prima Isabel Carles, añade que tenía « una gran capacidad de entusiasmo » , aunque quizá sería más exacto decir que manifestaba una clara tendencia a ser revoltoso".

Álvaro está apoyado en el burro.

"Mons. Echevarría recuerda una trastada, que escuchó de labios del protagonista. «En una fiesta fueron varias visitas a casa de sus padres; entre esas personas, había un señor que utilizaba –era corriente entonces– bigotes a lo Kaiser. Contaba que le había llamado la atención ese rostro, y se acercó a su padre para decirle que le venía el deseo de restregar con un poco de chile picante la boca de aquel amigo de la familia. Naturalmente su padre le comentó que no se le ocurriera hacer tal travesura. Pero el niño no resistió y actuó de esa forma poco correcta".

»Aquel hombre no solamente se molestó de modo manifiesto, como era lógico, sino que, al ver la sonrisa involuntaria de don Ramón, porque la situación era un poco cómica, aumentó su enfado y citó en duelo al padre de Álvaro. Don Ramón, hombre de criterio cristiano, aparte de pedir perdón, quitó hierro al asunto y manifestó de modo claro y terminante que no era ni procedente, ni de acuerdo con la fe llegar a esos términos del duelo, situación que jamás aceptaría, precisamente porque conocía que un cristiano no puede actuar así. El asunto terminó sin más consecuencias que el enfriamiento por parte de ese hombre de su amistad con la familia» .

"Otras manifestaciones de su fogosidad de carácter estuvieron ligadas al aprendizaje de lenguas extranjeras. Don Ramón y doña Clementina deseaban que sus hijos aprendiesen francés e inglés, y les pusieron, desde muy pequeños, profesoras particulares. Las dos maestras –Mademoiselle Anne y Miss Hoches– eran personas exigentes en su labor y Álvaro, que en aquel momento no compartía el interés por los idiomas, « en algunas ocasiones se enfadaba, se echaba al suelo, e intentaba morderles en las piernas » . Naturalmente, este comportamiento recibía siempre las correcciones oportunas por parte de don Ramón o de doña Clementina.

A la izquierda, con su familia.

El pequeño Álvaro quería mucho a sus padres y a sus hermanos. Sin embargo, cuando perdió la condición de “benjamín de la casa”, por el nacimiento de su hermana Pilar, parece que tuvo un poco de celos al ver que los mimos se dirigían hacia la hermanita. Sus padres le decían que “ la envidia pone la cara amarilla ”. Y un día le sorprendieron delante del espejo de un armario, comentando en voz alta: « Dicen que los niños que tienen envidia, se ponen amarillos; yo tengo una envidia grandísima y estoy bien blanco » .