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Jesús, esta noche estoy delante de Ti. No te veo, pero estás aquí. Escondido en el Sagrario, bajo la apariencia sencilla del pan. No dices nada y, sin embargo, tu silencio no está vacío. Es el silencio de quien espera, escucha y ama.

Tú me conoces. No solo sabes lo que he hecho hoy: sabes qué busco, qué temo, qué me cuesta entregar. Conoces mis deseos verdaderos, incluso aquellos que yo todavía no sé nombrar. Por eso quiero detenerme y preguntarte:

Jesús, ¿qué ves cuando me miras?
¿Qué quieres decirme esta noche?
¿Qué lugar ocupas realmente en mi vida?

En el Evangelio, un joven corrió hacia Ti y se arrodilló para preguntarte qué debía hacer para alcanzar la vida eterna. Era una buena persona. Cumplía los mandamientos, tenía inquietudes grandes y quería vivir bien. Pero Tú no te conformaste con una respuesta correcta. El Evangelio dice que lo miraste con cariño. Antes de pedirle nada, lo amaste. También ahora me miras así. No estás haciendo una lista de mis errores. No me comparas con nadie. No esperas que finja delante de Ti. Me miras conociendo toda mi historia y, aun así, me quieres cerca.

¿Me dejo mirar por Ti?
¿Creo de verdad que me amas como soy, también con mis límites y mis contradicciones?
¿O pienso que tengo que demostrarte algo para merecer tu amor?

Aquel joven poseía muchas cosas. Quizá no se trataba solo de dinero: había construido una vida que le costaba abandonar. Entonces le dijiste: «Una cosa te falta».

Jesús, ¿qué me falta a mí? Tal vez no necesito hacer más cosas, sino vivirlas Contigo. Tal vez rezo, trabajo, estudio y ayudo a otros, pero sigo reservándome una parte de mi vida. Hay decisiones que no termino de poner en tus manos, seguridades que no quiero perder, heridas a las que me aferro o preguntas que prefiero no hacerte porque temo tu respuesta.

¿A qué me estoy aferrando que ocupa el lugar que solo Tú puedes llenar?
¿Qué miedo me frena para soltarlo?
¿En qué momento del día percibo que elijo eso en vez de elegirte a Ti?

No quiero responder deprisa. Tú no buscas una frase bonita, sino un corazón abierto.

(Permanece unos momentos en silencio. Deja que Jesús ponga luz sobre aquello que te cuesta entregarle).

El joven rico se marchó triste. No porque Tú quisieras quitarle la alegría, sino porque no pudo confiar en que, siguiéndote, encontraría algo mucho más grande. Yo también puedo acercarme a Ti y marcharme igual que llegué. Puedo escucharte y aplazar tu llamada. Puedo llenar este rato de palabras para evitar una decisión.

San Agustín pasó años buscando fuera lo que solo podía encontrar dentro. Cuando por fin te descubrió, escribió: «Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti». Jesús, mi corazón también está inquieto. Busca aprobación, seguridad, afecto, éxito, respuestas. A veces espera de las personas y de las cosas algo que solo Tú puedes dar.

¿Qué fracaso, crítica o pérdida podría derrumbarme?
¿Descanso en Ti o vivo intentando que todo esté bajo mi control?

Tú permaneces escondido en el Sagrario. No impones tu presencia, no compites por llamar mi atención, no me obligas a quedarme. Te haces pequeño y esperas mi libertad. Carlo Acutis decía que la Eucaristía era su «autopista hacia el cielo». Había comprendido que aquí no hay solo un símbolo ni un recuerdo: estás Tú, vivo, entregándote por amor. Quizá la fe empieza esta noche con algo muy sencillo: mirarte y decirte con verdad:

Jesús, creo que estás aquí.
Creo que me miras.
Creo que me amas.
Quiero confiar en Ti.

Octubre nos recuerda también que la santidad sucede en la vida real. El 2 de octubre, san Josemaría comprendió que Tú llamas a muchas personas a ser santas en medio del mundo: en el estudio y el trabajo, en la familia y las amistades, en las tareas pequeñas y en las decisiones que nadie ve.

Decía que «hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes». Quizá mi vida no necesita volverse extraordinaria. Necesita abrirse a tu presencia.

¿Dónde me estás esperando mañana?
¿En una tarea que suelo hacer sin cariño?
¿En una persona a la que no escucho de verdad?
¿En una conversación que debo afrontar con sinceridad?

Buscarte en lo cotidiano también transforma mi manera de mirar a los demás. No puedo reconocerte escondido en el Sagrario y olvidar que también sales a mi encuentro en cada persona. Tú no reduces a nadie a su peor error. Corriges sin humillar, dices la verdad sin destruir y siempre dejas abierta una puerta para comenzar de nuevo.

¿Hay alguien a quien he encerrado en una etiqueta?
¿Hablo de alguien de una manera que no usaría si estuviera presente?
¿Tengo que pedir perdón, escuchar o dar el primer paso?

Santa Teresita descubrió que no necesitaba realizar grandes hazañas para amarte. Su camino estaba hecho de gestos pequeños ofrecidos con un amor grande. Enséñame a no despreciar lo pequeño. La santidad puede comenzar al salir de aquí: con un servicio que nadie agradece, unos minutos de atención verdadera o una conversación en la que renuncio a tener la última palabra.

No quiero salir con diez propósitos que mañana habré olvidado. Ayúdame a reconocer un paso concreto.

(Guarda silencio. No busques una respuesta complicada. Puede ser un nombre, una tarea, una conversación o una renuncia).

Jesús, no quiero marcharme triste como aquel joven. Quiero confiar en tu mirada y dejarme querer. Aunque me cueste responderte, aunque tenga que empezar de nuevo, no permitas que me aleje de Ti.

En este mes del rosario pongo en manos de María lo que Tú me has mostrado esta noche. Ella creyó sin tener todas las respuestas y te entregó su vida con una palabra: «Hágase».

Madre, ayúdame a decir mi propio «sí». Enséñame a guardar la palabra de Jesús, a descubrirlo en mi vida cotidiana y a permanecer junto a Él cuando no entienda el camino.

Jesús, estás aquí, escondido y vivo. Tú me miras con amor y me dices: «Ven y sígueme». Esta noche quiero responderte:

Aquí estoy.
Muéstrame qué me falta.
Y dame la valentía para entregártelo.


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