Ordenación de 27 diáconos: “Acoged, comprended, acompañad”

Mons. Juan Ignacio Arrieta ha conferido esta tarde la ordenación diaconal a 27 fieles del Opus Dei. "El reinado de Cristo es el servicio", ha dicho en su homilía.

Opus Dei - Ordenación de 27 diáconos: “Acoged, comprended, acompañad”

Mons. Juan Ignacio Arrieta ha conferido esta tarde la ordenación diaconal a 27 fieles del Opus Dei que proceden de Alemania, Rumanía, Brasil, Canadá, Inglaterra, Costa de Marfil, Eslovaquia, España, Japón, Kenia, México, Lituania, Nigeria y Perú. La ceremonia se ha celebrado en la iglesia del seminario internacional de la Prelatura en Roma, que lleva el título de Nuestra Señora de los Ángeles.

“Acoger, comprender, acompañar, querer… Estas son las actitudes que, de ahora en adelante, deben marcar aún más vuestra vida”, ha dicho Mons. Arrieta a los nuevos diáconos durante la homilía. “Todas ellas podrían resumirse en una: servir. Entregar a los demás lo más precioso que tenéis y que Dios mismo ha depositado en vuestras manos”.


El obispo consagrante ha recordado que “este es el núcleo de la fiesta que hoy celebramos. La solemnidad de Jesucristo Rey del Universo recuerda que el reinado del Hijo de Dios es el servicio” (la homilía completa puede leerse aquí).

El prelado del Opus Dei, Mons. Fernando Ocáriz, acompañaba a los diáconos desde el presbiterio y al terminar la ceremonia se ha dirigido a sus familias: “Deseo haceros llegar mi más calurosa felicitación y pediros que os mantengáis fuertes en la oración, acompañando a los nuevos diáconos en el periodo de formación que les llevará al sacerdocio. A los que podáis, espero veros en Roma el próximo mes de mayo. Finalmente, no puedo dejar de pensar en la alegría que en estos momentos tendrá san Josemaría en el Cielo. Acudamos a su intercesión para que los nuevos diáconos sean hombres que sepan acoger, comprender y querer a todas las almas. En este camino siempre contaréis con la mediación materna de la Santísima Virgen. Muchas felicidades”.

A causa de las medidas necesarias para contener la pandemia del coronavirus, la ceremonia se ha celebrado a puerta cerrada, aunque numerosas personas han podido seguirla por streaming.

Estos son los nombres de los nuevos diáconos: Francisco Javier Alfaro Gutiérrez, Mariano Almela Martínez, Pablo Álvarez Doreste, Juan Manuel Arbulú Saavedra, Francisco Javier Barrera Bernal, Alexsandro Bona, Branislav Borovský, Gaspar Ignacio Brahm Mir, Kevin de Souza, Borja Díaz de Bustamante de Ussia, Juan Diego Esquivias Padilla, Rafael Gil-Nogués, André Guerreiro, Alejandro Gutiérrez de Cabiedes Hidalgo de Caviedes, Casimir Kouassi N'gouan, Fernando López-Rivera Muñoz, Josemaría Mayora Padilla, José Ignacio Mir Montes, Jaime Moya Martín, Juan Prieto Álvarez, Héctor Razo Tena, Vytautas Jonas Saladis, Fadi Sarraf Chalhoub, Fumiaki Shinozaki, Marc Teixidor Viayna, Álvaro Tintoré Espuny y Obilor Bruno Ugwulali.


Homilía de Mons. Juan Ignacio Arrieta

Querido Padre, queridos ordenandos, queridos familiares y amigos:

La Solemnidad de Cristo Rey que empezamos a celebrar con esta Santa Eucaristía es ocasión para considerar brevemente –en medio de la situación que estamos viviendo– la misión de servicio y de caridad que la Iglesia os va a conferir con el diaconado.

En el Evangelio de San Mateo que acabamos de escuchar Jesús anuncia cómo será el Juicio Final, “cuando venga el Hijo del hombre en toda su gloria, y todos los ángeles con él, y se siente en el trono de su gloria y reúna ante si todas las naciones”.

El Señor se presenta en este texto como Pastor y como Rey, al mismo tiempo. Como Pastor, que durante años cuidó de sus ovejas, y ahora tiene que separarlas unas a la derecha y otras a la izquierda. Como Rey, también, que juzga a las que ha puesto a un lado y a otro. El propio Jesús dice que él mismo será el Rey que habrá de juzgar. Y luego juzga efectivamente a todas ellas, motivando la sentencia que da a cada una: “Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber…”.

El relato evangélico parece hacer notar que todas las ovejas reaccionarán entonces sorprendidas: ¿Cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, cuando con sed…? Ni unas ni otras habían terminado de comprender aún hasta qué punto era el mismo Cristo quien estaba en todas esas personas que unos y otros vamos encontrando a nuestro lado a lo largo de la vida, y que en todas esas situaciones suplicaba escondidamente una respuesta generosa.

Pero, lo que resulta aún más sorprendente –humanamente hablando–, es ver hasta qué punto el Señor, que es siempre justo y ecuánime, ha llegado a personalizar todos esos gestos; cómo ha tomado de modo tan personal, podemos decir, nuestras acciones con el prójimo, como actos de amor o de desamor dirigidos hacia su propia persona: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.

Aquí declara el Señor hasta qué punto Él mismo se halla presente en cada uno de sus hijos, en quienes pone a nuestro lado, pero también en cuantos están físicamente lejos, porque, si estamos atentos, encontramos que también los lejanos están muy cerca de nosotros gracias a la Comunión de los Santos.

Una parte fundamental del progreso espiritual consiste precisamente en desentrañar ese misterio en la propia vida; como también, una parte central de la lucha del cristiano consiste en ponerlo por obra, cada día, en cada circunstancia, imitando el comportamiento de Jesús.

La señal cierta del amor que le tenemos a Él, en palabras de Santa Teresa, es guardar bien el amor al prójimo, pues, aunque no podamos medir cómo es nuestro amor a Dios, sí podemos ver cómo es nuestro amor a los demás.

Podéis imaginar la alegría que tengo de poder estar aquí para conferiros el diaconado en este contexto tan excepcional, en esta Iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles que con tanto cariño y tanta fe quiso construir aquí nuestro Padre [san Josemaría, fundador del Opus Dei], y que en medio de divertidas vicisitudes fueron coloreando los que entonces vivían aquí. Hemos pasado juntos un estupendo mes de agosto en Tor d’Aveia, y pudimos disfrutar juntos tantas ocasiones que nos ofrece la vida en la Obra y que agradecemos al Señor como parte del ciento por uno.

Mentiría si digo que me sorprendió la llamada del Padre [Mons. Fernando Ocáriz, prelado del Opus Dei] cuando el pasado martes por la noche me pidió que oficiara hoy aquí esta ceremonia. La verdad es que, vista la situación general, aunque solo fuera por exclusión, desde hacía tiempo me iba encontrando yo mismo, cada vez más, páseme la expresión castrense, en situación de “imaginaria”, sabiendo que las probabilidades de tener que intervenir eran altas e iban en aumento. Y estoy muy contento, por lo demás, de poder hacerlo, aunque lamentando lógicamente que no pudieran salir las cosas tal como estaban planeadas. Gracias Padre por haberme dado esta oportunidad.

Los días que han rodeado esta ceremonia han sido en verdad complejos. La crisis sanitaria ha trastocado muchos planes y provocado tanto sufrimiento. Tampoco vosotros habéis estado al margen, pues al hecho de que vuestros familiares y amigos no pudieran estar aquí presentes se ha unido, hasta el último momento, en cada uno de vosotros, la incertidumbre de si ibais a poder recibir efectivamente la sagrada ordenación diaconal en la fecha de hoy. Pero mirando hacia atrás, todo eso os ha ayudado si duda a rezar más, a abandonaros en la voluntad del Señor, a prepararos mejor para recibir este Sacramento.

La solemnidad de Cristo Rey invita también a ver todos esos acontecimientos desde la perspectiva divina del Señor de la Historia, considerando que, como siempre a lo largo de todos los tiempos y de nuestra experiencia personal, Él saca fruto de cada situación, aunque a nosotros se nos escape entender bien cómo. Por eso, la confianza en Dios y en su amorosa Providencia en todo momento es refugio seguro: no solo ahora, en las circunstancias presentes llenas de desconcierto, sino como actitud permanente, para vivir siempre así: abandonados en los brazos de un Padre que nos ama con locura y que nos prepara un camino seguro. El fruto “seguro y sabroso” de ese abandono, como repetía san Josemaría, será el gaudium cum pace, esa alegría y esa paz que nada podrá quitar.

En la primera lectura hemos leído un resumen de lo que será vuestro ministerio como diáconos y, luego, como sacerdotes. «Buscaré las ovejas perdidas, haré volver las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas». Estáis llamados a salir al encuentro de la gente, a no regatear esfuerzo por las almas.

Con el Sacramento del Orden, el don de la vocación al Opus Dei que hace años recibisteis se va a “determinar” –como dice el Padre en su reciente Carta– de una manera nueva, que requerirá necesariamente en vosotros cierto esfuerzo de aprendizaje, en un ejercicio que os enriquecerá y que, con la gracia de Dios, ira desarrollando un nuevo modo de servir, esta vez como ministros de su gracia, a la Prelatura del Opus Dei, a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y a la Iglesia entera.

Acoger, comprender, acompañar, querer… Estas son las actitudes que de ahora en adelante deben marcar aún más vuestra vida. Todas ellas podrían resumirse en una: servir. Entregar a los demás lo más precioso que tenéis y que Dios mismo ha depositado en vuestras manos. A medida que vivimos pendientes de cuantos nos rodean, procurando mantener esa “juventud de alma” que el Padre nos pide, experimentamos hasta qué punto la felicidad depende de la entrega.

Este es el núcleo de la fiesta que hoy celebramos. La solemnidad de Jesucristo Rey del Universo recuerda que el reinado del Hijo de Dios es el servicio.

Queridos ordenandos, si alguien sabe lo que significa servir de forma abnegada son vuestros padres, que en algún caso habrán ya recibido su premio en el Cielo. Lo sabéis mejor que yo. Ellos se han desvivido por cada uno de vosotros. Supieron darse con gusto haciendo crecer en vosotros la semilla de la fe. Ahora, a la alegría que tendrán con vuestra ordenación, se une el dolor de no poder estar aquí junto a vosotros.

Quisiera por un momento dirigirme personalmente a ellos, a los padres, familiares y amigos de los que os ordenáis ahora que siguen la retransmisión de esta ceremonia. Como decía san Josemaría en ocasiones como esta, sabed que os siguen necesitando. No dejéis de apoyarles con vuestra oración, con vuestro cariño. Ofreced ahora por ellos y por el ministerio que inician hoy ese dolor de vuestra ausencia aquí, pero alegraos también mucho porque el Señor transforma eso en bienes y Él sabe tanto de generosidad.

Voy a terminar. El pasado miércoles, en sus catequesis sobre la oración, el Papa Francisco hablaba de la oración de la Virgen María, y de cómo surgía de allí su repuesta generosa. “María no dirige autónomamente su vida -decía el Papa-: espera a que Dios tome las riendas de su camino y le vaya guiando hacia donde quiere. Es dócil, y es con esta disponibilidad suya como prepara los grandes acontecimientos que envuelven a Dios en el mundo”.

En las manos de Nuestra Madre del Cielo –hoy que celebramos su Presentación en el Templo– ponemos ahora este mismo deseo de que Jesús tome las riendas de nuestra vida y, de modo particular, que El os guie siempre en los acontecimientos de vuestro ministerio.