El lunes 12 de octubre, Mons. Fernando Ocáriz, prelado del Opus Dei, celebró la misa funeral por el alma de Javier Cotelo en la iglesia prelaticia de Santa María de la Paz, con la participación de familiares y amigos.
Javier Cotelo nació en Madrid el 16 de agosto de 1932, junto con su mellizo José Ignacio. Eran los menores de los cinco hijos de Flora y Adolfo.
Mientras se preparaba para estudiar arquitectura conoció a varios estudiantes y profesores del Opus Dei. En febrero de 1952, pidió la admisión como numerario, y a los pocos días fue a dar gracias a Nuestra Señora de Valverde.
En 1953, con 21 años, conoció a san Josemaría en Roma. Desde entonces el trato con el fundador marcó su vida. En 1962 se trasladó a la Ciudad Eterna, donde vivió el resto de sus días. Allí trabajó como arquitecto en la construcción de Villa Tevere y Cavabianca, y acompañó a san Josemaría conduciendo el coche en el que el fundador realizó numerosos viajes apostólicos por Italia y varios países de Europa hasta el día de su fallecimiento. Luego continuaría con esta tarea automovilística por muchos años tanto con el beato Álvaro del Portillo como con mons. Javier Echevarría. Ha escrito la memoria de estos viajes en el libro "Al volante de un santo" (Rialp, 2021).
De mirada decidida y amable, metódico, puntual y casi siempre de camisa blanca. Su proverbial delgadez hizo que san Josemaría -en sus numerosos viajes juntos- intentara en vano de hacerle engordar un poco, hasta concluir en broma que darle de comer era como tirar el dinero. Sentía un aprecio especial por los jóvenes que llegaban a Cavabianca, un centro internacional y seminario del Opus Dei en Roma. Cada año se aprendía sus nombres, de qué país venían y el apodo cariñoso con que a cada uno le gustaba que lo llamaran. Los domingos por la mañana disfrutaba comentando con ellos los partidos de fútbol y contando muy buenos chistes malos.
Era un gran dibujante y pintor. En la Casa del Vicolo, su centro, preparaba cada Navidad pequeñas caricaturas de cada uno para decorar la sala de estar, y hacía lo mismo en algunos cumpleaños especiales. Durante muchos años pintó paisajes que hoy forman parte de la decoración de muchas casas y centros de la Obra. En los meses previos a cumplir noventa años pintó una serie de acuarelas de la Virgen. No era la primera vez que hacía algo semejante. En 1980, por deseo de san Juan Pablo II, realizó el proyecto para poner una imagen de la Virgen en la plaza de San Pedro: el actual mosaico Mater Ecclesiae, que se ve a la derecha de la fachada de la basílica.
En el barrio y entre sus amigos muchos lo conocían como l’architetto. En sus caminatas matutinas, charlaba con los porteros de los edificios, se interesaba por sus familias y sus preocupaciones, y les ayudaba a acercarse a Dios.
Cuando los padres de Javier conocieron a san Josemaría en Roma, su madre, Flora, le agradeció que quisiera tanto a su hijo. Según lo recordaba Javier, san Josemaría le respondió: «Vosotros le queréis porque es vuestro hijo; yo le quiero porque también soy su Padre». Así vivió Javier: como un hijo que se sabía querido y como un hermano mayor que se sentía responsable de dar a los demás todo lo que había recibido de Dios, en la vida diaria, en las cosas pequeñas y con mucho cariño.

