«Descubrí que Dios no me pedía perfección, sino amistad»

Javier creció cerca del Opus Dei, pero fue con el paso de los años, entre las matemáticas, la oración y el acompañamiento espiritual, cuando comprendió que Dios lo llamaba a seguirlo como agregado. Este es el testimonio de una vocación que nació poco a poco, aprendiendo a confiar más en Dios que en sus propias fuerzas.

Desde muy pequeño, Dios fue sembrando en mi vida muchas semillas que entonces no era capaz de reconocer. Mis papás buscaban para mis hermanos y para mí una educación que, además de una buena formación académica, nos ayudara a crecer en la fe. Por eso estudié en instituciones atendidas espiritualmente por el Opus Dei en San José, Costa Rica. En aquel momento era simplemente mi ambiente de vida; no imaginaba que, años después, descubriría allí el camino al que Dios me llamaba.

Sin saberlo, el Señor ya iba preparando mi corazón.

Fue en la secundaria cuando empecé a conocer un poco más la Obra. Algunos amigos me invitaban al Club Kamuk. No participé mucho al principio, pero sí me impresionaba el interés sincero que tenían por mí y su amistad. Recuerdo especialmente las visitas al Santísimo que hacía con Andy en el colegio. También procuraba asistir a Misa alguna vez entre semana y confesarme con cierta frecuencia. Sin saberlo, el Señor ya iba preparando mi corazón.

Siempre he sido bastante perfeccionista. Me costaba aceptar que algo quedara "más o menos"; quería hacer todo de la mejor manera posible y me frustraba cuando no alcanzaba el resultado que esperaba. Esa forma de ser encontró un cauce natural en una de mis grandes pasiones: las matemáticas. Desde niño disfruté resolver problemas, participar en olimpiadas y descubrir la belleza que hay detrás de cada demostración. Con el tiempo comprendí que aquello también sería mi vocación profesional.

Pedí que las matemáticas fueran un camino para acercarme más a Él

Sin embargo, había una preocupación que me acompañaba desde pequeño. Temía que dedicarme tanto a las matemáticas pudiera alejarme de Dios. Recuerdo que, durante una olimpiada, hice una oración muy sencilla: le pedí que ocurriera exactamente lo contrario, que las matemáticas fueran un camino para acercarme más a Él. Hoy, mirando hacia atrás, veo que Dios respondió con mucha más generosidad de la que yo podía imaginar.

La pandemia marcó un antes y un después. Al no poder participar normalmente en los sacramentos, empecé a unirme a las actividades virtuales organizadas desde Kamuk: meditaciones, convivencias y clases por internet. Un día fui a confesarme y, mientras caminábamos por una cancha de fútbol, el padre Bernal me preguntó si hacía oración. Le respondí que rezaba lo habitual: antes de las comidas, al encomendar el día a la Virgen y antes de dormir.

Entonces me hizo una sugerencia muy sencilla: dedicar cada día un tiempo concreto a la oración mental.

Aquella recomendación cambió mi vida. Descubrí que la oración no era simplemente una práctica más, sino un encuentro personal con Jesús. Cada día iba conociéndolo un poco mejor y comprendiendo que, cuando uno le abre espacio a Dios, Él siempre ensancha el horizonte y muestra caminos nuevos.

Con mis amigos de la universidad

Poco a poco fui comprendiendo algo que para mí fue decisivo. Mi perfeccionismo también había contaminado mi vida espiritual. Pensaba que ser buen cristiano consistía sobre todo en cumplir, en hacer las cosas correctamente. Con la formación que recibía en la Obra fui descubriendo una realidad mucho más profunda: Dios no me pedía perfección, sino amistad. Aprendí que la santidad no consiste en confiar cada vez más en uno mismo, sino en dejarse querer por Dios, reconocer la propia fragilidad y levantarse una y otra vez apoyado en Él.

Las matemáticas dejaron entonces de ser una posible dificultad para convertirse en un auténtico camino de santificación.

Poco a poco notaba que el Señor me pedía algo más.

Cuando ingresé a estudiar Matemáticas en la Universidad de Costa Rica, empecé a participar con más regularidad en la formación que recibía en Miravalles y a tener acompañamiento espiritual de forma constante. Poco a poco notaba que el Señor me pedía algo más.

Durante bastante tiempo pensé que no sería una vocación al Opus Dei. Tenía un prejuicio: imaginaba que encontraría un ambiente demasiado rígido y pensaba que eso no me ayudaría, precisamente porque yo ya era muy exigente conmigo mismo. Pero la realidad era completamente distinta. Descubrí un ambiente donde se respiraban la libertad, la confianza y la alegría. Poco a poco ese prejuicio fue desapareciendo.

Aquella lectura me ayudó a escuchar con más claridad lo que el Señor me estaba diciendo.

Hubo incluso un tiempo en el que me enfrié y descuidé mi formación. Sin embargo, Dios volvió a salir a mi encuentro. Participé en una romería invitado por un amigo, retomé el acompañamiento espiritual y, durante un curso de retiro, leí La llamada de Dios, de Alfonso Aguiló. Aquella lectura me ayudó a escuchar con más claridad lo que el Señor me estaba diciendo.

Aun así, seguía sin plantearme seriamente la vocación, hasta que un día me hicieron una pregunta muy directa:

—¿Y no has pensado que quizá Dios te llama al Opus Dei?

Aquella pregunta permaneció durante meses en mi oración. Mirando mi vida con serenidad, descubrí que, casi sin proponérmelo, ya intentaba vivir muchos rasgos del espíritu de la Obra: la oración, la confesión frecuente, la santificación del estudio y la búsqueda de Dios en la vida ordinaria.

No tuve una certeza absoluta ni una experiencia extraordinaria. Simplemente llegó un momento en que comprendí que lo más razonable era responder a lo que Dios me iba mostrando. En 2023 pedí la admisión como agregado.

He experimentado la paciencia de quienes me acompañan, el apoyo de mis hermanos en la Obra y, sobre todo, la fidelidad de Dios

Desde entonces he comprobado que la vocación también se vive como un camino de crecimiento. Han existido dudas, momentos de inquietud y pequeñas crisis interiores. Pero también he experimentado la paciencia de quienes me acompañan, el apoyo de mis hermanos en la Obra y, sobre todo, la fidelidad de Dios, que nunca deja de sostener.

Hoy puedo decir que soy profundamente feliz. Al mirar hacia atrás descubro un hilo conductor en toda mi historia: Dios siempre me ha llevado de la mano, incluso cuando yo no era consciente. Me regaló una familia, amigos, oportunidades de estudio y una profesión que también puede ser camino de santidad. Ahora esa aventura me ha traído hasta México, donde continúo aprendiendo que la vocación no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en dejar que Dios haga extraordinaria la vida de cada día.

Y si algo he aprendido en este recorrido es que Dios no esperaba que fuera perfecto. Solo esperaba que me dejara querer por Él.