En este artículo encontrarás el texto íntegro de la consagración al Espíritu Santo. Lo ponemos a disposición para que cualquier persona del Opus Dei pueda meditarla. San Josemaria dispuso que estas consagraciones fueran renovadas todos los años por ocasión de las fiestas correspondientes y que las personas de la Obra las renovaran con las demás de su centro. El artículo incluye el contexto histórico en que san Josemaría la realizó por primera vez, el texto completo y recursos para conocer mejor al Espíritu Santo.
Contexto histórico
El Opus Dei fue consagrado por su fundador en cuatro ocasiones: a la Sagrada Familia (1951), al Corazón Dulcísimo de María (1951), al Corazón Sacratísimo de Jesús (1952) y al Espíritu Santo (1971). En todos los casos, san Josemaría dio ese paso para pedir la ayuda divina ante necesidades concretas.
En este artículo se ofrece un breve contexto histórico de lo que fue la consagración del Opus Dei al Espíritu Santo. Era el 30 de mayo de 1971, día de Pentecostés, cuando san Josemaría hizo esta oración en el oratorio del Consejo General en Villa Tevere, cuyo retablo está constituido por una vidriera que representa la venida del Espíritu Santo en el día de Pentecostés.
El motivo de esta consagración fue múltiple. Ante todo, san Josemaría quería implorar la ayuda de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad para inspirar y guiar toda la acción de la Obra y su expansión «en almas de toda raza, lengua y nación» y acrecentar la santidad de sus miembros en medio de la crisis doctrinal y disciplinar que estaba abatiéndose sobre muchas instituciones católicas, en los años del posconcilio.
La fórmula —la más larga y elaborada de las cuatro— incluye, además, una especial petición por la Iglesia, por el Papa y por los pastores. Es muy posible que también tuviera presente en esa consagración el nuevo estatuto jurídico para el Opus Dei, de cuya consecución dependía, en definitiva, la defensa del genuino carisma de la Obra.
Por último, este acto es un reflejo de un nuevo reverdecer de la devoción al Paráclito en el alma del fundador —muy antigua en san Josemaría— pero que en esos años se presentó en su alma como un «nuevo descubrimiento», concretamente en referencia a la acción del Paráclito en la Misa (cfr. Andrés Vázquez de Prada, III, p. 609).
Con esta consagración, san Josemaría no estaba simplemente recomendando una devoción más a los miembros del Opus Dei. Era su propósito fomentar una vida espiritual más abierta a la acción del Espíritu Santo, acrecentar en quienes por vocación están llamados a buscar la santidad un mayor trato con el Santificador, a quien solía llamar «el Gran Desconocido», ya que así lo era al menos en la devoción popular y también en parte de la reflexión teológico-espiritual. De esos años data una homilía dedicada al Espíritu Santo, que tituló precisamente El Gran Desconocido (recogida posteriormente en Es Cristo que pasa), y en la que se subraya la constante acción del Paráclito en las almas y en la Iglesia.
Consagración al Espíritu Santo
Oh Espíritu Santo, tercera Persona de la Trinidad Beatísima, espiración amorosa del Padre y del Hijo, de quienes eternamente procedes como vínculo consubstancial y subsistente, en la unidad simplicísima de un único Dios verdadero; Espíritu Santo Paráclito, plenitud del Amor, Luz infinita, Don increado y principio de toda gracia: acoge benignamente la consagración del Opus Dei, que ahora te hacemos.
Dios Padre Celestial, que no has sido creado, ni hecho, ni engendrado; que con el Verbo y el Espíritu Santo, en un acto único de amor, quisiste la Encarnación del Unigénito; que en nombre de Jesucristo nos enviaste tu Espíritu Consolador para que, santificándonos, estuviese con nosotros eternamente: confirma y renueva en nosotros esa participación de la naturaleza divina que por la gracia nos has concedido.
Dios Hijo, que no has sido creado ni hecho, sino eternamente engendrado por el Padre; que por obra del Espíritu Santo tomaste nuestra naturaleza humana en el seno virginal de María, siendo así Dios y Hombre verdadero; que, en filial obediencia, consumaste en el Sacrificio de la Cruz la Redención de nuestros pecados; y que, después de resucitar de entre los muertos, al volver a tu gloria, lejos de dejarnos huérfanos, nos enviaste de parte del Padre otro Consolador, el Espíritu de Verdad, para que te glorificase, diera testimonio de ti e iluminase con su luz nuestras almas: aumenta y refuerza en nosotros esa misión de tu Espíritu, que conformándonos a ti, contigo nos identifica.
Dios Espíritu Santo, que no has sido creado, ni hecho, ni engendrado, sino que procedes eternamente del Padre y del Hijo; que, estando todos los Apóstoles juntos en el Cenáculo con María, Madre de Dios y Madre nuestra, al cumplirse los días de Pentecostés viniste sobre ellos y llenaste sus corazones, moviéndoles a confesar con fortaleza y en todas las lenguas que Jesús es el Hijo de Dios vivo; que has dado siempre a la Iglesia tu paz, tu gozo y tu consuelo, en medio de tantas contradicciones, confirmando nuestra fe, sosteniendo nuestra esperanza, encendiendo nuestro amor: concédenos tu don septiforme, para que en nuestra vida entera, en nuestras obras, en nuestro pensamiento y en nuestra palabra, halle también sus complacencias Nuestro Padre que está en los Cielos, Dios eterno, Uno y Trino.
Otórganos el don de entendimiento, que nos perfeccione en la inteligencia de los misterios de la fe; el don de sabiduría que, fruto de una perfecta caridad, mejore nuestro conocimiento gustoso de Dios y de todo cuanto a Dios se ordena y de Dios procede; el don de ciencia, que nos haga comprender rectamente lo que son y lo que han de ser las cosas creadas, según los designios divinos de la creación y de la elevación al orden sobrenatural; el don de consejo, para que, juzgando bien sobre lo que es la voluntad de Dios en cada momento y para cada uno, podamos también aconsejar a los demás; el don de temor, que haciéndonos aborrecer todo pecado, imprima en nuestro corazón el espíritu de adoración y una profunda y sincera humildad; el don de fortaleza, que nos haga firmes en la fe, constantes en la lucha y fielmente perseverantes en la Obra de Dios; el don de piedad, que nos dé el sentido de nuestra filiación divina, la conciencia gozosa y sobrenatural de ser hijos de Dios y, en Jesucristo, hermanos de todos los hombres.
Te pedimos también que derrames abundantemente, en nosotros y en todas las personas que se acercan a tu Obra, los frutos de tu acción soberana en las almas: la caridad, el gozo, la paz, la paciencia, la benignidad, la bondad, la longanimidad, la mansedumbre, la fe, la modestia, la continencia y la castidad.
Te rogamos que asistas siempre a tu Iglesia, y en particular al Romano Pontífice para que nos guíe con su palabra y con su ejemplo, y para que alcance la vida eterna junto con el rebaño que le ha sido confiado; que nunca falten los buenos pastores y que, sirviéndote todos los fieles con santidad de vida y entereza en la fe, lleguemos a la gloria del cielo.
Por nuestra parte, oh Dios Espíritu Santo, te consagramos el Opus Dei y nuestra vida entera. Te ofrecemos todo cuanto somos y podemos: nuestra inteligencia y nuestra voluntad, nuestro corazón, nuestros sentidos, nuestra alma y nuestro cuerpo. Queremos ser siempre templo santo de tu inhabitación con el Padre y con el Hijo, y que nada haya en nosotros contrario a esa morada.
Oración
Oh Dios Uno y Trino, principio y fin de nuestra vida, que te has dignado además llamarnos a participar en la intimidad de tu gloria, atiende las súplicas que con filial piedad te dirigimos:
Concede la paz a tu Iglesia para que todos los católicos, llenos del Espíritu Santo, den siempre a los hombres testimonio firme y verdadero de la fe, muestra efectiva de su amor y razón de su esperanza.
Conserva siempre en tu Obra los dones espirituales que le has otorgado, para que, según tu voluntad amabilísima, indisolublemente unidos a nuestro Padre, al Padre y a todos nuestros hermanos, cor unum et anima una, seamos santos y fermento eficaz de santidad entre todos los hombres. Haz que seamos siempre fieles al espíritu que has confiado a nuestro Fundador, y que sepamos conservarlo y transmitirlo en toda su divina integridad.
Ilumina nuestra inteligencia, purifica nuestro corazón, confirma nuestra voluntad. Haz que recibamos todas las cosas como venidas de tu mano, sabiendo que todo concurre al bien de los que aman a Dios. Concédenos un ánimo dócil a los suaves impulsos de tu gracia, oh Dios Espíritu Santo, y haz que correspondamos con generosidad; que con lealtad humana y fidelidad sobrenatural, demos siempre el fruto que Tú quieres de nosotros y que ese fruto permanezca; de modo que, viviendo siempre en tu amor, lleguemos con María nuestra Madre a gozar de tu gloria sempiterna, unidos ya para siempre al Padre que con el Hijo vive y reina contigo por todos los siglos de los siglos. Amén.
Se termina diciendo las siguientes jaculatorias, a las que responden todos:
V/. Pater de caelis, Deus
R/. Miserere nobis
V/. Fili, Redemptor mundi, Deus
R/. Miserere nobis
V/. Spíritus Sancte, Deus
R/. Miserere nobis
V/. Sancta Trínitas, unus Deus
R/. Miserere nobis!
Recursos para rezar y profundizar
- 📹Vídeo donde san Josemaría invita a descubrir la presencia del Espíritu Santo en nuestro interior y a experimentar la compañía constante de Dios.
- 🧏♂️ Nuevos Mediterráneos (IV): «No hable: óigale». San Josemaría «descubre» al Espíritu Santo a través de un sencillo consejo, que también puede iluminar nuestra vida espiritual.
- 🤔¿Quién es el Espíritu Santo? En la fiesta de Pentecostés la Iglesia celebra la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles. ¿Quién es el Espíritu Santo? ¿Cómo fue la venida del Espíritu Santo? ¿Cómo actúa en la vida del cristiano? ¿Cuáles son los dones de Espíritu Santo?
- 🔥10 días para preparar la fiesta del Espíritu Santo (Decenario especial para jóvenes).
