Cuando conocí el mensaje del Opus Dei descubrí algo que me pareció apasionante: que se podía buscar la santidad siendo una persona normal, común y corriente. Sin dejar de ser uno mismo. Y eso me atrajo profundamente.
Con el tiempo entendí que Dios me llamaba a entregarle mi vida. Hoy veo el sacerdocio como algo muy grande: ser otro Cristo que llega a la gente, que acompaña, escucha y sirve.
“Ser alfombra para que los demás pisen blando”
Hay una frase de san Josemaría que siempre me ha impactado mucho: “ser alfombra para que los demás pisen blando”. Y eso creo que es precisamente un sacerdote. También hablaba de “exprimirse como un limón” por amor a los demás. Pienso mucho en eso.
Soy de Ciudad de Guatemala y crecí en una familia sencilla, educado en la fe por mis papás y mis abuelos. Quizá allí empezó todo.
De niño pasaba largas temporadas en la finca de mi abuelo materno, en Nueva Concepción, Escuintla. Allí aprendí muchas cosas: ordeñar vacas, madrugar, trabajar en el campo y convivir con gente sencilla. Mi abuelo era el catequista de la aldea Palo Blanco y yo lo acompañaba a veces a las celebraciones y a las posadas de diciembre. Viendo hacia atrás, creo que esas experiencias me dejaron una huella.

Con mi mamá y familiares
También aprendí mucho de mis otros abuelos. Mi abuelo paterno era sastre y trabajaba con enorme cuidado. Me enseñó el valor de los pequeños detalles bien hechos. Mi abuela, en cambio, me enseñó algo todavía más importante: que siempre se puede creer en las personas y que el cariño hace posible perseverar incluso en momentos difíciles.
Creo que mi vocación tiene mucho que ver con esa fe sencilla que vi en mi familia.
Mi comida favorita son los tamales y en mis cumpleaños nunca pedía nada sofisticado: me bastaba comida típica guatemalteca
Siempre he sido bastante “chapín”, como nos dicen a los guatemaltecos: alegre, bromista y sin mucha complicación. Me gusta conversar, salir con amigos y conocer lugares para comer. De hecho, muchas veces me ubico en la ciudad más por los restaurantes y la gastronomía que por las calles. Mi comida favorita son los tamales —uno de los platos más tradicionales de Guatemala, preparados con masa de maíz y distintos recados y carnes, envueltos en hojas de plátano— y en mis cumpleaños nunca pedía nada sofisticado: me bastaba comida típica guatemalteca.
También me gusta mucho el fútbol. Jugaba de portero y sigo siendo aficionado de Xelajú Mario Camposeco. Disfruto manejar, hacer excursiones y pasar tiempo con mis amigos. Quizá por eso siempre me ha gustado trabajar en actividades de formación y acompañamiento a otros que realiza el Opus Dei.
Estudié en el Liceo Javier vespertino y después Relaciones Internacionales en la Universidad de San Carlos de Guatemala. Durante esos años fui frecuentando más los sacramentos y empecé a preguntarme qué quería Dios de mí.
La vocación como numerario llegó de una manera bastante sencilla
La vocación como numerario llegó de una manera bastante sencilla. Un amigo me invitó a participar en un proyecto social para dar clases de matemáticas y catecismo a niños de una zona marginal de la ciudad. Lo que preparaba para enseñarles terminó ayudándome mucho a mí también.

Pedro y el resto de miembros de la Obra que recibieron la ordenación sacerdotal
Empecé a ir al Centro Cultural Norte, un centro de formación del Opus Dei en la zona 2 de la ciudad. Asistí a círculo y, tras un tiempo, en octubre de 2009 pedí la admisión en la Obra como numerario.
Con los años surgió también la inquietud del sacerdocio.
Ese camino me llevó tiempo después a Roma. Allí también viví uno de los momentos más duros de mi vida. Durante la pandemia mi papá enfermó gravemente de Covid y tuve que viajar de emergencia a Guatemala. Mi padre falleció, pero estoy seguro de que hoy está feliz desde el Cielo, igual que mi mamá, que pudo acompañarme en Roma para esta ordenación.
Fue un golpe fuerte, pero también una experiencia de mucha fe. Mi papá sigue siendo parte de este camino y estoy seguro de que me acompaña desde el Cielo.
Quiero ser un sacerdote cercano
Al mirar hacia atrás, no sé por qué Dios me llamó a mí. Hay muchas personas mejores y más capaces. Pero sí sé que quiero ser un sacerdote cercano, de esos que no le hacen el feo a nada, que pueden estar con cualquier persona y hacerla sentir querida por Dios.
Al final, creo que eso fue lo que vi siempre en mi familia y en tanta gente buena que Dios puso en mi camino.
