Sereno, joven, sonriente, prudente, fiel, audaz, auténtico. Quizá estos podrían ser algunos de los adjetivos con los que describir a San José. Un padre que brilló de forma oculta, siendo y estando. Con su presencia, cuidó a Santa María en tantos momentos de incertidumbre y veló siempre para poder darle, tanto a ella como al Niño lo mejor que tenía. Darle no precisamente todo cosas materiales pero sí su tiempo, su cariño, su honra, su esfuerzo atento. Al fin y al cabo, su propia vida. Desde su discreta sabiduría descubrió que la mayor alegría reside en darse y por eso, aunque a veces pudiera costarle, halló una vida plena, feliz. Una vida lograda, poniendo cada uno de los dones que había recibido de Dios al servicio de su misión ¿no es acaso esto algo apasionante?
Se puede pasar por la vida de muchas maneras. Y quizá leyendo estas líneas, vengan a tu memoria rostros de personas que aparecen en tus días sin hacer ruido, sin colgarse medallas, sin querer ser protagonistas de ella, sin narrar sus méritos. Sin embargo, aún no buscándolo, dejan en tu memoria un rastro difícil de olvidar. Un ejemplo cuyo brillo reside sencillamente en haber sido y estado cuando más lo necesitabas y también cuando pensabas que no era necesario. ¿Podría ser San José una de ellas? Aunque no lo escuchemos hablar en los Evangelios, no se le atribuya ninguna frase directa o no protagonice ningún milagro visible, el brillo de su persona reside en haber sido y ser un fiel reflejo de Dios. En haber encontrado un gran tesoro: la alegría de anteponer las necesidades de los demás a sus propios gustos, caprichos o inclinaciones. En saberse buen hijo para poder ser así buen padre, hermano, amigo. En ser maestro de Jesús en tantas cosas, no desde la prepotencia, sino desde la admiración.
Hoy en día disponemos a nuestro alcance información de casi todo y además de forma inmediata, en tan solo un clic. Los jóvenes anhelamos certezas rápidas a nuestras preguntas. Normalmente nos gusta la inmediatez, la seguridad, la eficiencia, huir de una soledad en la que el yo que menos nos gusta pueda aparecer de forma más nítida… Quizá estas sean algunas de las razones por las que en este tiempo pueda resultar más difícil no inquietarse o frustrarse ante la incertidumbre. Ante esto, San José nos da ejemplo de que la mayor seguridad que podemos tener es seguir los planes que Dios tiene para cada uno de nosotros. Pues es ahí donde encontramos la serenidad que da la confianza en quien te ha creado y te conoce muy bien.
San José se embarcó en una aventura en la que dudaría alguna vez de sí mismo. Un camino donde sentiría angustia, pero en el que si de algo no se cuestionó nunca fue de la compañía, de que no estaría solo a lo largo del trayecto. Y precisamente en esa confianza elegida fue donde encontró su mayor fuerza. Descubrió la razón más profunda de su existencia: la conquista de la libertad en la entrega. Una entrega feliz en sentido amplio que incluía sus deseos y también cada una de sus decisiones ¿te pasa que sientes miedo cuando no tienes un manual de instrucciones o no sabes a dónde dirigir tus pasos? ¿Tiendes a huir de aquellas realidades que puedan ser más incómodas o que suponen salir de tu zona de confort?
San José soñó en grande. Su vida fue grande porque dejó que en sus sueños entrara Dios, entregando su manual de instrucciones para que fuese el de arriba quien guiara cada uno de sus pasos. Y bajando el volumen de sus sentidos, dejó espacio en su corazón para escucharle y encontrar respuestas a muchas de sus incógnitas. Emprendió la empresa más rentable de su vida: elegir amar con mayúsculas. Ser y estar con Jesús, en el taller, en sus primeros pasos, en sus primeras veces… No fue perfecto, pero su fragilidad no fue impedimento para soñar en grande descubriendo en la vulnerabilidad no un límite sino una oportunidad de ejercer aquello que más le caracterizó: la confianza. La obediencia ciega de quien se sabe en buenas manos. En las manos de un padre que nos cuida, que no concibe que pase nada sin que Él no lo permita, que esboza una sonrisa cada vez que rectificamos y que conoce que todo es bueno, aunque nuestros ojos en ocasiones no lo perciban.
San José fue y es ejemplo. Patrono de la Iglesia, silencioso, atractivo, valiente, trabajador. Bastarían apenas unos minutos a su lado para darse cuenta de estar con alguien con un corazón enorme. San Josemaría solía referirse a Él como “Nuestro Padre y Señor” y tenía costumbre de invocarlo antes y después de cada rato de oración. Podemos decir de San José que fue maestro y ejemplo de muchas cosas y entre ellas, de una muy importante: vida interior. Por ello, podemos pedirle ayuda para ser piadosos y encontrar cada día en nuestro trabajo y misión el sentido de nuestra existencia. Él lo encontró e intentó actualizar ese amor cada uno de sus días.
Seguro que viéndonos y escuchándonos ahora desde el cielo con su mirada atenta y comprensiva piensa que no es para tanto, que prefiere pasar desapercibido. Nosotros sabemos que no importa porque lo que sí que le gustará oír es que el mérito no estuvo en lo que hizo sino en lo que dejó hacer a Dios con su propia vida. Poniendo su vida al servicio de su misión fue feliz, hizo feliz y logró traslucir el brillo de Dios siendo y estando.






