Las tres preguntas de Montse Grases

José Carlos Martín de la Hoz narra en este podcast algunos de los aspectos más destacados de la vida cristiana de Montse Grases, una joven que respondió a la llamada de Dios y procuró llevar una grave enfermedad con serenidad y espíritu cristiano.

Montse Grases fue una chica barcelonesa que percibió, en plena juventud, la llamada de Dios a servirle en la vida ordinaria. Un año después de pedir la admisión en el Opus Dei, empezó a sentir molestias en la pierna izquierda. Seis meses más tarde se descubrió que la causa era un cáncer (sarcoma de Ewing) en el fémur. 

Esta enfermedad le ocasionó dolores muy intensos, que aprendió a aceptar con serenidad, fortaleza y sentido cristiano. Poco antes de cumplir 18 años murió a causa de la enfermedad con fama de santidad entre quienes la conocieron, y desde entonces, muchas personas comenzaron a acudir a su intercesión. El Papa Francisco la declaró venerable en el año 2016, acercando un poco más su posible canonización. 


Página dedicada a la venerable Montse Grases, con su biografía, testimonios, vídeos e información sobre su causa de canonización.


Reproducimos a continuación el contenido de este podcast, en el que José Carlos Martín de la Hoz, Director de la Oficina para las Causas de los Santos del Opus Dei y Postulador diocesano de la Causa de beatificación de Montse Grases, resume su biografía, los rasgos más destacados de su personalidad y la enfermedad. 

Montse Grases García (1941-1959) era una joven catalana muy normal que había nacido en el seno de una familia cristiana y era la segunda de nueve hermanos, que habían crecido en el seno de una familia cristiana de Barcelona. Según cuentan las personas que la trataron y conocieron, era muy vitalista, tenía muchas amigas, era ocurrente, divertida y con mucho sentido del humor.

Muchas veces, desde mi propia juventud, he pensado en la vida de Montse y, cuando me sugirieron editar este podcats me vino enseguida a la cabeza las preguntas de Montse como hilo conductor. Es cierto que tenemos en la postulación de su Causa de canonización muchos testimonios sobre ella, pero tenemos pocos escritos y reflexiones de ella. Por eso propongo recordar en estos próximos minutos la vida de esta venerable Sierva de Dios haciendo referencia a las tres preguntas que se hizo, primero a sí misma y luego a Dios.

1ª pregunta: ¿Qué querrá Dios de mí?

La primera pregunta podría consistir en la que toda persona joven que ha conocido a Jesucristo en su infancia y ha oído hablar de Él desde siempre, suele hacerse desde muy niño: ¿Qué querrá Dios de mí?

Sabemos que esa pregunta se la comenzó a plantear Montse muy pronto como todas las jóvenes de su tiempo, En cuanto tuvo la suficiente madurez para distinguir lo importante de lo accesorio, lo esencial de lo accidental, empezó a interrogarse por la vocación, por el sentido de la vida que Dios ha previsto amorosamente para cada una de las personas que ha traído al mundo. Es decir, el camino para hacerles felices. Dios ha creado el mundo por amor y para amarnos.

En octubre de 1955 Montse acudió por primera vez a Llar, un centro del Opus Dei para gente joven en Barcelona. Enseguida hizo muchas amigas y, con toda naturalidad, participaba con ellas en diversas actividades, educativas, deportivas, clases de piano y sobre todo charlaba y se reía con todas.

Al cabo de un tiempo comenzó a asistir a unas charlas de formación humana y cristiana y aprendió a dirigirse a Dios con mucha confianza, con intimidad y complicidad, y, de hecho, empezó a frecuentar los sacramentos, a ofrecer a Dios el estudio, a preocuparse más por los demás, ayudar en casa sonriendo y la trascendencia de la amistad.

En otoño de 1956, con 15 años, decide asistir a su primer curso de retiro con algunas amigas del club Llar en una casa de retiros muy bonita del Opus Dei, en las afueras de Barcelona.

Hay que reconocer que no estuvieron muy acertadas en esos días, seguramente por tener una edad muy parecida y muchas ganas de divertirse, incluso rompieron una cama a base de saltar encima, esconderse, etc.

Montse sacó muy buenos propósitos de esos días y, sobre todo, un montón de nuevas amigas con las que coincidía en la sala de estudio de Llar, en los paseos por la ciudad, las excursiones a la montaña y, también en los torneos de baloncesto. Mientras, seguía rezando y buscando el querer de Dios para ella.

Al año siguiente, en noviembre de 1957, hizo su segundo curso de retiro. Dios que estaba al tanto y se reía con sus cosas, se quedó a solas con ella un momento en el oratorio de la casa. Montse estaba removida después de una de aquellas meditaciones y Él escuchó cómo aquella jovencita ilusionada le preguntaba por el futuro, por los planes de futuro.

Es interesante el giro que se opera cuando alguien pasa de reflexionar sobre el futuro de su vida a preguntarle directamente a Dios “¿qué quieres que hagamos?”. Montse siempre recordaba que se grabó en su corazón una inquietud a dárselo todo, para vivirlo todo. Son momentos de especial intimidad, muy difíciles de expresar pero que inundan el corazón de alegría y de inquietud. Algo así, como tirarse a la piscina o lanzarse por una pista de esquí, pero “para toda la vida”, no como en verano o en las excursiones a la nieve.

Aquello era un regalo de Dios en buen plan, es decir, el premio gordo de la lotería sobrenatural y ante esa generosidad de Dios no cabían más opciones que corresponder con la generosidad de darle la vida toda, entera y para siempre. Pero los hombres somos capaces de salir por la tangente de la manera más insospechada, así que Montse comenzó a “marear la perdiz” con un montón de preguntas que intentaron borrar la pregunta formulada y, sobre todo, respondida: Y si no valgo, y si no puedo, y si no he oído bien, y si soy muy joven, inexperta, inmadura, y si me equivoco, y si soy poco virtuosa...

A base de preguntas, a modo de perdigoneo, estuvo la cosa varias semanas, ella seguía rezando, hablando con Jesús, creciendo en su vida espiritual, sus estudios, queriendo a sus padres y hermanos, a sus amigas. La vocación se ve amando, por lo que mientras amara seguía disponiéndose para escucha la voz de Dios y seguirla.

Así transcurrió unas semanas en las que Montse se había ido centrado en sus estudios, en su vida de piedad, ayudaba en casa, tenía muchas amigas y hacía constantemente planes con ellas en Llar y con sus amigas del verano.

Dios fue haciendo que lo que había comenzado por ser una posibilidad terminara por ser la clave de la felicidad y el camino para ser feliz en la tierra y muy feliz en el cielo Para siempre.

En efecto, llegamos al 24 de diciembre de 1957, horas antes de la nochebuena, Montse fue a Llar para hacer un rato de oración para prepararse para vivir la navidad y luego regresar rápidamente para ayudar a su madre a preparar la cena. Durante la conversación con Jesús volvió a hacer la pregunta de siempre, esperando la respuesta de siempre y, por tanto, con sus evasivas de siempre, es decir, nada especial, pero esta vez se le grabaron en el alma unas palabras: “El que llama, da su gracia”. Ante eso, decidió no darle más vueltas y fiarse de lo que Él había pensado y, por tanto, decirle que sí y lanzarse a la piscina. La entrega, efectivamente, es decir que sí y la fidelidad es decir que sí a cada rato.

Cuando terminó de escribir una carta familiar a san Josemaría pidiendo la admisión en la Obra como numeraria del Opus Dei, salió a la calle muy contenta e ilusionada. Enseguida, descubrió que Barcelona estaba más bonita que nunca y que la Navidad que iba a celebrar ese día iba a ser la más hermosa de su vida, porque ahora todo era nuevo.


Enlace relacionado: reportaje multimedia sobre Montse Grases


2ª pregunta: ¿por qué me duele la pierna?

Un tiempo después, a Montse le plantearon la posibilidad de ir con otras jóvenes de su edad a irse a vivir a París y ayudar a poner en marcha la Residencia universitaria que se estaba instalando en esa ciudad. Podemos imaginar su alegría y entusiasmo. Verdaderamente se trataba de una aventura humana y sobrenatural: comenzar el trabajo apostólico de las mujeres del Opus Dei en Francia.

Este episodio es poco conocido primero, porque fue una ilusión que duró poco tiempo y, sobre todo, porque enseguida dio paso a la época de mayor y más rápida maduración de la vida de Montse.

Todavía quedaban muchos meses para poner en marcha esta nueva aventura que se añadía a la aventura de ser santa en medio del mundo, así que había que poner los pies en la tierra y rezar mucho, sacar buenas notas en los estudios que estaba haciendo, aprender francés, ayudar en casa y, sobre todo, seguir haciendo muchos planes con sus amigas.

Uno de aquellos domingos serenos de Barcelona, con buen tiempo y suave brisa del mar, Montse y sus amigas se fueron a la montaña, pasaron un día de campo precioso después de haber escuchado misa y desayunar casi en ruta. El almuerzo lleno de risas y butifarra en las cumbres del Pirineo llenaron aquella jornada, donde rezaron, cantaron y caminaron.

Al regreso, notaba un dolor fuerte en la pierna, siempre a ratos pero que no se iba nunca. Podía ser más fuerte o más débil, pero, mañana tras mañana, al levantarse de la cama le dolía y dolía. Cuando le preguntaban salía por la tangente “comedianta que es una”. La broma venía a cuento, pues estaban preparando una obra de teatro, en la que finalmente haría de abuela, porque la cojera se había instalado en su vida.

Entonces, le preguntó a Jesús que porqué le dolía tanto la pierna. El Señor le hizo ver con toda naturalidad que había permitido esa enfermedad porque deseaba que sacara adelante su vocación con ese dolor de pierna, y que Él le ayudaría, es decir, entendió el sentido purificador de la penitencia y que con tanto amor agradaba mucho a Dios pues mostraba todo lo que le quería.

En aquellos meses también sucedió una anécdota muy expresiva. Montse llamó a la capitana de su equipo de baloncesto y quedó con ella para hablar un rato. En cuanto se saludaron le explicó sus dolores en la pierna y le comunicó que no podría volver a jugar al baloncesto y, por tanto, faltaría a los entrenamientos y a los partidos, aunque procuraría acudir de vez en cuando para animar al equipo.

Hasta entonces había tenido pocas conversaciones con ella más allá de la de ser compañeras del mismo equipo. Enseguida, ella entendió la situación y congeniaron. Dieron un corto paseo y Montse atrevidamente la invitó a ir con ella a Llar y participar en un rato de oración, una meditación, predicada por un sacerdote y luego asistir a la exposición y bendición con el Santísimo. Aquella chica estaba tan a gusto con Montse que aceptó a pesar de que no practicaba mucho la religión.

Efectivamente, la meditación y la bendición fueron muy bonitas y las dos disfrutaron mucho de ese rato de oración. Lo más impresionante fue que al terminar, el sacerdote salió de la sacristía y se metió en el confesonario. En ese momento Montse se lanzó y animó a su amiga a hablar con el sacerdote. La cara radiante de su amiga después de charlar un rato con el sacerdote expresaba la alegría de su alma. Fueron juntas a celebrarlo. Mientras le daba gracias a Dios, Montse entendió la importancia de avalar el trabajo apostólico con oración y penitencia y así querer mucho más a las personas que conocía.


Vídeo relacionado: Tras la historia de Montse Grases. El 26 de abril de 2016 el Papa Francisco declaraba a Montse Grases “venerable”, un primer paso en su camino hacia los altares. Con información, fotos y vídeos se están preparando materiales para explicar mejor quién fue Montse y por qué la vida de esta estudiante de 17 años puede ser un modelo para muchas personas.


3ª pregunta: ¿Y si me cortan la pierna?

En cualquier caso, los dolores en pierna de Montse no se arreglaban, sino que iban a más, sobre todo cuando la escayolaron. Tuvo que ofrecer a Dios el dolor de no viajar a París, mientras seguían haciéndole muchas pruebas, y los médicos buscaban donde estaba el origen del mal para atajarlo.

Un día Montse por el sufrimiento que manifestaba el rostro de sus padres, se dio cuenta de que le estaban ocultando algo y, un día, los acorraló por la noche en su habitación hasta que no tuvieron más remedio que avanzarle las malas noticias que estaba llegando: le comunicaron que se trataba de un sarcoma de Edwing y que el pronóstico era mortal y que, desgraciadamente, todo iría muy rápido.

Ese es el momento histórico en que Montse formuló la tercera y última pregunta: “¿Y si me cortan la pierna?”. La respuesta de su padre fue contundente: “estás invadida, la muerte ya es segura. Es cuestión de unos meses”. En ese momento, con toda naturalidad, ella aceptó la voluntad de Dios: “abandona su vida en manos de Dios”, les dio un abrazo y un beso a sus padres y se fue a su cuarto.

Cuando su madre, a los pocos minutos, acudió a la cabecera de su cama, pensando que estaría llorando, descubrió que Montse había hecho su examen de conciencia, había rezado como de costumbre tres avemarías y estaba durmiéndose. La madre estuvo un rato con ella hasta que se durmió aceptando serenamente el querer de Dios.

Efectivamente, Era el 10 de julio de 1958, Montse había madurado tanto en el amor de Dios y su respuesta a la vocación había sido tan generosa que Dios había aceptado los plazos y los tiempos de su santidad y la prepararía para irse al cielo para siempre.

Los padres decidieron que podían darle una alegría a Montse y le ofrecieron el regalo de viajar a Roma para conocer a san Josemaría y rezar ante la tumba de san Pedro en el Vaticano y así poder ofrecer en directo sus dolores por el Papa y la Iglesia y la Obra. Todo se organiza en poco tiempo y pudo estar en Roma del 11 al 17 de noviembre de 1958. Todo transcurría muy deprisa.

Aquellos días, a pesar de los dolores, fueron felicísimos pues pudo ir a rezar al Vaticano, pasear por Roma y, sobre todo, saludar a san Josemaría con quien estuvo un buen rato y deseó hacerse unas fotografías con ella a pesar de la emoción del momento.

Es conmovedor ver ahora esas fotografías pues a san Josemaría le acompañaba el beato Álvaro y la Secretaria Central, Encarnita Ortega que también está en proceso de beatificación. Fue, ciertamente, estar entre personas muy cercanas a Dios.

San Josemaría se conmovió ante la entereza y el sentido sobrenatural de Montse y le pidió a Encarnita Ortega que la preparara para la muerte que, efectivamente, acaecería, pocos meses más tarde. Cuando Encarnita habló con ella descubrió la riqueza interior de aquella joven y quedó también conmovida.

Mientras, ella iba de aquí para allá, discretamente, Montse se agachaba e iba recogiendo chapas de botellas que fue guardando en el bolsillo del abrigo. Como le había pedido un hermano suyo. Efectivamente, cuando regresó a Barcelona en el aeropuerto estaba toda la familia para abrazarla y su hermano sonrió cuando al meter la mano en el bolsillo del abrigo de su hermana sacó un montón de “chapas italianas”.

Montse fue apagándose como una vela, mientras recibía a personas, cumplía su plan de vida espiritual y procuraba sonreír y ofrecer sus dolores a Dios por las intenciones grandes y pequeñas que se iba marcando. La noche anterior a fallecer anotó en su agenda un propósito de amor en la lucha espiritual: “tengo que ser más ordenada”. Con esa sencillez de amor y de alegría entregó su vida a Dios, el 26 de marzo, precisamente un Jueves Santo, el de 1959.

El 16 de abril del 2016 el Santo Padre Francisco nombró a Montse Grases Venerable Sierva de Dios y la propuso al pueblo de Dios como modelo de santidad e intercesora delante de Dios. 

Pidamos muchas gracias al Señor por intercesión de Montse muchas gracias y favores, grandes y pequeñas de modo que pronto el Señor conceda un milagro con el que pueda ser beatificada y otro para ser canonizada y así poder extender su devoción al mundo entero y que Dios sea más alabado y glorificado.