En el año 1978, era un buen alumno del Colegio Refous en Bogotá. Tenía catorce años, y me daba pereza ir a Misa los domingos. Con Dios hay una relación un poco fría, y en mi arrogancia de adolescente me atrevía a criticar a la Iglesia y a los sacerdotes.
En el mes de noviembre mis papás toman la decisión de cambiar a sus cinco hijos de colegio, y así me encuentro, en el mes de febrero de 1979, en un ambiente completamente nuevo: El Gimnasio del los Cerros. Con el paso de los meses, poco a poco, voy teniendo más y mejores amigos en el Gimnasio de Los Cerros. Me llamaba la atención poderosamente la intensa piedad de mis compañeros. Algunos de ellos se confiesan con frecuencia con el Padre Gustavo. Yo había abandonado la confesión, y en Los Cerros volví a acudir a este sacramento, y volví con verdadera pasión: quería este sacramento para mí y para mis amigos y compañeros.
En el mes de diciembre de 1979 –después de cumplir los quince años–, tomé la decisión de entrar al Opus Dei, respondiendo así a una invitación que yo notaba en el fondo del alma, invitación también misteriosa y divina, una invitación de Dios para que le entregara mi vida, mis planes, mis proyectos, y lo que más me costó: el cariño de una mujer –mi futura esposa– y de unos hijos –mis futuros hijos–.
Esta vocación se concretó en un ambiente sano, en un ambiente de libertad y en un ambiente de responsabilidad, ambientes típicos de mi círculo de amigos y de mi colegio, el Gimnasio de Los Cerros.
Siempre fuimos libres, y algunos seguimos una fuerte inclinación del corazón y nos lanzamos a la aventura, a una aventura divina, que llena de felicidad. Tengo cuarenta y tres años, soy notario en la ciudad de Manizales, y cada día, al levantarme, tomo la decisión de responder positivamente a la invitación que sentí en el alma en aquel lejano mes de diciembre del año 1979.