Dos loterías, dos cruces: la historia de Laila Saab

Laila decía que Dios le había dado dos grandes regalos en la vida: su marido y el Opus Dei. Lo que no solía contar —porque no era de las que se quejaban— es que cada una vino acompañado de una cruz. Esta es la historia de una mujer que llegó a Colombia desde el Líbano siendo casi una niña y que, sin hacer ruido, cambió todo a su alrededor.

Le temblaban las manos y las piernas. Laila nunca había dado una clase de cocina en su vida. Pero alguien le había dicho que hacía falta dinero para mejorar una casa para hacer retiros espirituales, y ella había respondido, con esa franqueza que la caracterizaba: «Pídanme todo, menos que pida plata». Y sin embargo, ahí estaba: delante de un grupo de mujeres, con un delantal y una receta, dispuesta a dar una clase de cocina.

«En la primera clase me temblaban manos y piernas, pero logramos conseguir el dinero necesario».

La pregunta es cómo llegó a ese momento una inmigrante libanesa de dieciocho años que un día hizo las maletas sin saber bien adónde iba.

La primera lotería: …

Laila nació y creció en el norte del Líbano, en un entorno sencillo y profundamente arraigado a las tradiciones de su tierra. En la región montañosa de Batrún, tierra de cristianos maronitas con siglos de historia, donde la fe y la familia son casi la misma cosa.

Miguel Saab era un empresario de origen libanés enraizado en Colombia. Durante uno de sus viajes a su país natal visitó la casa de la familia de Laila y quedó cautivado por su serenidad, su carácter y la nobleza que irradiaba. De aquel encuentro surgió un afecto inmediato y, pocos meses después, contrajeron matrimonio.´

Laila era joven. No conocía el español. No conocía Colombia. Pero emprendió el viaje.

Su primer hogar fue la ciudad de Neiva, capital del Huila, una ciudad cálida y fluvial en el corazón del sur de Colombia, a orillas del río Magdalena, tan distinta del Mediterráneo libanés. Allí nacieron sus seis hijos: Nadia, Rose Marie, José Miguel, Munir Elías, Luis Roberto y Claudette. Con el tiempo, la familia se trasladó a Barranquilla —una ciudad caribeña del norte de Colombia— y finalmente, en 1982, se instalaron en Bogotá, donde Laila permanecería hasta el final de su vida.


El matrimonio, vocación cristiana

Homilía pronunciada por san Josemaría en la Navidad de 1970, y publicada en Es Cristo que pasa


Este fue su primer regalo. Un hogar, un marido, seis hijos, una vida construida con un futuro prometedor. Lo que nadie podía saber entonces es que detrás vendría una cruz.

La primera cruz: un atentado

Fue en Barranquilla donde conoció el Opus Dei y descubrió su vocación como supernumeraria, antes de que existiera un centro en esa ciudad. Algo en aquel mensaje —que Dios se encuentra en lo ordinario, en la familia, en el trabajo de cada día— resonó en ella.

Y entonces llegó 1994.

Viajaron nuevamente al Líbano para asistir al matrimonio de un familiar. El Líbano de los noventa era todavía un país que intentaba respirar después de quince años de guerra civil, una tierra donde la alegría y la fragilidad convivían con una proximidad incómoda. Durante la celebración hubo un atentado contra su esposo, quien quedó en estado crítico. En su país no pudieron darle la atención médica adecuada, por lo que fue trasladado a Colombia con la esperanza de que lograra recuperarse. Sin embargo, ya era demasiado tarde.




Laila lo cuidó durante los tres años en los que él permaneció cuadripléjico, sin apartarse ni un instante de su lado, sosteniéndolo con la entereza que solo puede nacer de una fe profunda. Sus hijos recuerdan que nunca habló con rencor sobre aquellos años ni sobre la muerte de su esposo. Laila no negó el sufrimiento. Lo atravesó.

En momentos como aquel, san Josemaría aconsejaba una oración llena de confianza en Dios: “«Hágase, cúmplase, sea alabada y eternamente ensalzada la justísima y amabilísima Voluntad de Dios, sobre todas las cosas. —Amén. —Amén.» Yo te aseguro que alcanzarás la paz”. (Camino, 691).

La segunda lotería: …

Tras la muerte de Miguel, Laila asumió la responsabilidad de sacar adelante a su familia. Sus hijos recuerdan que ella creció en un Líbano marcado por la escasez, y que esa realidad la formó en la austeridad, el ingenio y la capacidad de aprovecharlo todo. Incluso cuando ya vivían más desahogados económicamente, conservaba ese hábito de gratitud por las cosas pequeñas: después de exprimir las naranjas para hacer jugo, preparaba con la cáscara unos dulces deliciosos que todos disfrutaban y que, para la mayoría, habrían sido simplemente un desecho.

Ese mismo instinto lo puso al servicio del apostolado, y aquí es donde su vocación al Opus Dei empezó a dar frutos que ni ella misma hubiera podido calcular. Los cursos de cocina —que habían empezado con aquella clase temblorosa— terminaron ayudando a pagar arriendos y otras necesidades. Compraba pashminas, manteles y bandejas libanesas para venderlos en Colombia y destinar lo recaudado a las actividades apostólicas promovidas por la Obra.

Ahorró durante años un fondo para los inicios del Opus Dei en el Líbano, colaboró en la dotación del oratorio de la casa de retiros Al Tilal, y y consiguió que la Misa de san Josemaría se celebrara en Beirut dos años seguidos, antes de que hubiera siquiera un centro. Y esas son solo algunas de las cosas que conocemos.

Y cuando leyó un artículo crítico sobre la Obra escrito por un sacerdote, lo buscó para explicarle la realidad con serenidad, y de ese gesto nació una amistad profunda y la devoción del sacerdote por san Josemaría.

La segunda cruz: …

Dios se deleita en nuestra lucha interior gratuita, libre y alegre

Años después enfermó de cáncer. Puso todos los medios a su alcance para superarlo y, en un principio, los tratamientos dieron muy buen resultado. Sin embargo, con el tiempo la enfermedad regresó; de nuevo se sometió a la terapia con serenidad y determinación, impulsada por su deseo de seguir acompañando a sus hijos y sosteniendo la unidad familiar.

A medida que el cáncer avanzaba, su cuerpo se debilitaba, pero procuraba acudir a los sacramentos y a la formación espiritual siempre que le era posible. Cuando ya no tenía fuerzas para salir, un sacerdote del Opus Dei la asistía espiritualmente en su casa. Recibió la Unción de los enfermos en varias ocasiones, la última apenas dos días antes de su fallecimiento.

La segunda lotería la había acompañado también en la segunda cruz. Hasta el final.

En acción de gracias

El sacerdote de su parroquia comentó, visiblemente conmovido, que nunca había visto la iglesia tan llena como en sus exequias.

Laila lo había resumido ella misma, con la espontaneidad que tenía para decir las cosas importantes: «Mi Dios me ha regalado dos loterías: la primera, haberme casado con mi marido; la segunda, haber conocido la Obra».

Una emigrante, sin idioma, que construyó un hogar a orillas del Magdalena, cuidó a su marido hasta el último día y compartió su fe en dos continentes. San Josemaría solía decir que, a la vuelta de los años, uno no tiene más que agradecer: «Cuando pasen treinta años, echaréis la mirada atrás y os pasmaréis. Y no tendréis más que acabar la vida agradeciendo, agradeciendo…»[1].

Laila llegó a ese final. Y lo vivió exactamente así.

[1] San Josemaría, notas de una reunión familiar, 21-I-1955, citado en Crónica, VII-55, p. 28 (AGP, biblioteca, P01).