Por: Freddy Llerena
A las 3:30 de la tarde, cuando el sol romano empezaba a dorar los techos del aeropuerto de Fiumicino, aterrizamos un grupo poco común: 51 sacerdotes, entre ecuatorianos y colombianos todos de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, cada uno con su maleta, su ilusión y el deseo profundo de encontrarse con el santo Padre León XIV. Llegábamos cansados tras largas horas de vuelo, pero con una emoción que no se apaga fácilmente: la de pisar Roma, la ciudad eterna, donde la Iglesia ha rezado, pensado, sufrido y cantado durante siglos. Era como llegar a casa, a la madre de todas las Iglesias.
Nuestro motivo era claro: participar en el Jubileo de la Esperanza, convocado por el papa Francisco y continuado por el papa León. El plan era sencillo y profundo a la vez: vivir el Jubileo, cruzar la Puerta Santa de San Pedro y de otras basílicas mayores, renovar el espíritu… y, por qué no, disfrutar algún “gelato”.
"Como la Iglesia quiere ser servida: la vocación al Opus Dei del sacerdote diocesano"
El grupo se dividió para el hospedaje entre jóvenes y experimentados. Llegamos a dos posadas pensadas para sacerdotes. En ambos lugares nos recibieron con una calidez que hacía sentir que no éramos huéspedes, sino familia. Habitaciones sencillas, cómodas que invitaban a rezar.

Muy pronto comenzamos un curso de actualización teológica en la Pontifica Universidad de la Santa Cruz. Profundizamos en temas como moral matrimonial, cristología, comunicación digital e historia del Opus Dei. Más de uno descubrió que hoy evangelizar también implica saber usar bien las redes sociales, sin perder el fondo ni la identidad sacerdotal. Una lección muy actual, sobre todo cuando se constata que muchos fieles reaccionan más rápido a un “reel” (formato de video vertical corto) que a un aviso luego de la misa.
Roma nos regaló un clima casi primaveral, ideal para caminar. Y caminamos mucho, como auténticos peregrinos. Entre los momentos más entrañables estaba ver al padre Luis Carlos, un sacerdote de más de ochenta años, avanzar firme con su bastón, al ritmo de los más jóvenes. Aquel bastón no lo frenaba: parecía ayudarlo a conquistar Roma paso a paso. Entre risas, explicaciones improvisadas y comentarios históricos, el grupo avanzaba con la alegría de saberse parte de algo grande.

Mientras el sacerdocio común de los fieles se realiza en el desarrollo de la gracia bautismal, el sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio común
Gracias al padre Xavier Torres, de la Diócesis de Ibarra, Roma dejó de ser solo un destino y se volvió una ciudad más cercana para todos. Con su genialidad y cercanía, visitamos basílicas, calles, tiendas y restaurantes, pero sobre todo se nos abrió el corazón de un sacerdote enamorado de su vocación. A muchos apenas nos conocía, y aun así se entregó como quien acompaña a los suyos.

Visitamos las grandes basílicas. San Pedro, que siempre deja sin palabras. San Pablo Extramuros, donde la fe se siente sólida y profunda. Santa María la Mayor, tan hermosa que cuesta no distraerse mirando su techo. Y San Juan de Letrán, la primera catedral del Papa y, desde entonces, la madre de todas las iglesias de Roma.
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Uno de los momentos que más me impactó fue la visita a las catacumbas de san Sebastián. Aquellos pasillos fueron lugares reales de sepultura donde los primeros cristianos enterraron a sus muertos con la esperanza firme en la resurrección. Cada tumba era la señal de una vida de fe valiente, sin miedo a la muerte. Saber que en ese lugar estuvo por un tiempo, la tumba del apóstol Pedro hizo que la experiencia fuera aún más profunda.

El viernes 7 de noviembre celebramos también los 40 años del padre Martín Calderón con una misa solemne en Santa María de la Paz, la iglesia prelaticia del Opus Dei. Fue un momento de gratitud y alegría compartida. Después, tuvimos la oportunidad de saludar al Prelado, monseñor Fernando Ocáriz, quien, en un diálogo cercano y sencillo, nos animó a vivir el sacerdocio como hombres de oración, profundamente apostólicos y, sobre todo, alegres. Una alegría auténtica, nacida del Evangelio y sostenida por la fraternidad sacerdotal, que da sentido y fecundidad al ministerio.
Mientras hablaban de la universalidad de la Iglesia, por los pasillos pasaban sacerdotes de África, Asia, Europa y América Latina. Era como ver a la Iglesia entera caminando junta, diversa y unida.
Las enseñanzas de San Josemaría para los sacerdotes https://t.co/eGK4TkCDMX
— Opus Dei Colombia (@OpusDeiColombia) March 28, 2018
El 28 de marzo de 1925 san Josemaría fue ordenado sacerdote. Con motivo del aniversario, reproducimos una conferencia de Mons. Javier Echevarría sobre el sacerdocio (2009).
Roma es un caos hermoso: sirenas de ambulancias, autos, motos, turistas por todas partes. Y, sin embargo, en medio de ese ruido, vivíamos un retiro espiritual inesperado. Los peregrinos de Santiago tienen su Camino; nosotros teníamos Roma, donde cada paso enseña y cada iglesia abraza.
Los ministros ordenados ejercen su servicio en el pueblo de Dios mediante la enseñanza, el culto divino y por el gobierno pastoral
Roma no solo se visita; Roma interpela. La ciudad Eterna parece que nos hacía la misma pregunta que Jesús a Pedro en la Vía Appia: “¿A dónde vas?”. Y uno comprende que el ministerio no es correr sin rumbo, sino caminar despacio, piano, piano, porque así —como dicen los italianos— se llega lejos.

Volvimos distintos: más unidos, más conscientes de nuestra misión, más convencidos de que un sacerdote no es solo un administrador de sacramentos, sino un pastor que mira rostros, escucha historias y acompaña vidas.
Y quedé con una certeza clara: toda iniciativa que reúna a los sacerdotes es ya una profunda forma de evangelización, porque donde hay un buen pastor, siempre habrá un buen pueblo.

