«Tantas cosas que han visto mis ojos… rompí con Él. Rompí con Dios». Ernesto lo dice sin rodeos. Fabiana, por su parte, lo resume así: «Dios era muy indiferente para mí».
Dos historias distintas. Dos rupturas distintas. Y, sin embargo, el mismo hilo invisible que los fue conduciendo hasta el mismo lugar.
Fabiana: «Dios no existe»
Desde pequeña se sentía distinta. No sabía bien por qué, pero dentro del colegio, dentro de su grupo de amigos, algo no encajaba. Se preguntaba “¿Quién soy? ¿Qué quiero? ¿Por qué estoy aquí?”. Intuía que estaba llamada a algo más, recuerda. Quería comprender, analizar, cuestionarlo todo.
Sin figura paterna, creció con su madre como único referente. Y fue también delante de ella donde comunicó, con total claridad, que no pensaba casarse. Que no tenía en mente una familia. Que el amor humano, sencillamente, no era para ella.
En la universidad encontró lo que buscaba: filosofía. En una clase de antropología, su profesora afirmó que solo Dios podía llenar el vacío del corazón humano. Fabiana levantó la mano: «Dios no existe».
Lo que no es que esa misma profesora la invitara, poco después, a un retiro espiritual. Fue casi sin expectativas. Y allí, en el silencio, ocurrió algo que no supo del todo explicar: «Sentí una paz interior grandísima». Por primera vez, la idea de un Dios personal —no una fuerza abstracta, sino alguien con quien hablar— dejó de parecerle absurda.
Antes de ese retiro, en casa de una amiga, había abierto casi por casualidad un libro de una biblioteca llena de títulos variados. El nombre le llamó la atención: Camino. Empezó a hojear. Sacó el teléfono. Comenzó a anotar frases enteras. «Pensaba: ¿de quién es esto? Esto es increíble». Su amiga le respondió que era de un señor llamado san Josemaría, sin más detalles. A Fabiana le bastó.
Ernesto: Descubrí el amor
Ernesto había roto con Dios por lo que habían visto sus ojos. Las injusticias del mundo le resultaban incompatibles con la existencia de un Dios bueno. También él había rechazado la idea de formar una familia.
Pero entonces conoció a Fabiana. Fue a través de una amiga en común, y desde el primer momento hubo, como él mismo describe, «un click». Cuando empezaron el noviazgo, ella fue directa: le explicó su fe, de su deseo de vivir una relación limpia, con Dios en el centro. «Fue un choque bonito», recuerda Ernesto. «Esto es grande. Así se prepara algo grande».
Una de las primeras Misas a las que fueron juntos fue por el fallecimiento de la abuela de Ernesto. Fabiana lo tenía agarrado de la mano cuando sintió que algo se movía. Lo miró. Él estaba llorando. «Se le caían las lágrimas», recuerda ella. Allí, en medio del dolor, ambos experimentaron una gracia especial: «Sentí el amor de Dios infinito. Sentía que finalmente estaba donde pertenecía». Para Ernesto, fue su propio encuentro. Fabiana tuvo la suerte, dice, de estar a su lado.
Un sendero cubierto de rosas
Poco a poco, los dos fueron acercándose a Dios juntos. San Josemaría se convirtió en una presencia constante, especialmente para Fabiana: «Siento que puedo identificarme con todo lo que ha dicho». El mensaje de la santificación de la vida ordinaria —encontrar a Dios en el trabajo, en los detalles, en lo cotidiano— dejó de ser una idea y se convirtió en programa de vida. «Intento santificar mi trabajo todos los días. Lo hago cuidando a la persona que está recibiendo lo que hago. Para mí, es apostolado. Es camino de santidad».
Cuando Ernesto decidió pedirle matrimonio en una playa cubierta de rosas, le fue contando, paso a paso, las etapas que habían vivido juntos. Ese día, Fabiana comprendió que Dios no le había quitado nada, sino que lo había transformado todo. El amor humano, vivido con Dios, no era un límite, sino una plenitud.
En un encuentro, un novio le preguntó a san Josemaría cómo amar más a su futura esposa: «Hijo mío, tú adelante con ese amor. Que no te dé nunca vergüenza cómo quieres mucho a esa criatura a la que has escogido para madre de tus hijos. Que nunca te avergüences de este amor. Respétala, no la querrás menos, la querrás más. Y el Señor, de esta manera, bendecirá ese matrimonio y lo hará luminoso, alegre, feliz. Y será un amor que irradiará hasta el cielo».
La historia de Fabiana no es la de una conversión espectacular, sino la de una búsqueda sincera que encontró respuesta. Ella, que durante años dijo en voz alta que Dios no existía, que no creía en el amor, que no pensaba casarse, hoy reconoce el hilo que lo atraviesa todo: «Siempre he sentido que buscaba a Dios sin saberlo».
Y Él, por lo visto, también la buscaba a ella.
