Se les abrieron los ojos (V): Para ver la belleza cotidiana

Terminamos esta serie con una invitación a la belleza de lo cotidiano: a descubrir cómo los objetos que usamos en nuestro día a día resuenan con nuestra vida interior, a la utilización de «industrias humanas» que despierten al corazón si se distrae, y a descubrir la importancia de las formas para configurar nuestro mundo de una manera más cristiana y, por tanto, más bella.

Un cineasta, una cantante y una bailaora de flamenco. Así, tan variopinto, fue el trío de artistas que acompañó al Papa León XIV durante su encuentro con el mundo de la cultura en su visita a España. Con énfasis distintos, las intervenciones de los invitados reflejaban la convicción de que la historia está atravesada por un permanente diálogo entre la fe y el arte. El Papa repasó algunas aportaciones del país que visitaba: las saetas de Semana Santa, la poesía mística en santa Teresa y en san Juan de la Cruz, la maestría literaria de autores como Lope de Vega y Calderón de la Barca, o la maravillosa arquitectura de la Sagrada Familia de Antonio Gaudí.

A estas obras extraordinarias se podrían añadir tantos ejemplos de distintas partes del mundo. El Papa podría haber seguido en esa dirección, pero abrió en cambio otro frente cargado de sentido: invitó a los presentes a pensar «si la eternidad, que irrumpió en el tiempo y el espacio mediante la encarnación de Jesucristo, puede volver a reconciliarse con lo cotidiano»[1].

Efectivamente, el arte es un lugar privilegiado para expresar y comprender realidades que nos sobrepasan. Pero ¿no sería una lástima limitar nuestra atención estética a lo extraordinario, y perdernos por el camino la belleza que encierran las cosas pequeñas de cada día? «¡Que yo vea con tus ojos, Cristo mío, Jesús de mi alma!», repetía con frecuencia san Josemaría[2]. Estos ojos con los que mira el Hijo de Dios, esta mirada contemplativa, permite descubrir ese «algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes»[3]. Pero ¿cómo hacer ese descubrimiento? ¿Cómo reconocer la belleza, en cualquier lugar que nos rodea?

«Se les abrieron los ojos y lo reconocieron»

Entre los relatos de los encuentros con Jesús resucitado, hay uno que puede dar luz para este desafío. «Y cuando estaban juntos a la mesa —nos cuenta san Lucas— tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron» (Lc 24,30-31). Los discípulos han caminado varias horas con Jesús, lo han escuchado con atención durante todo ese tiempo y, sin embargo, no lo reconocen hasta el momento en que realiza un gesto con las manos: Jesús parte el pan. El texto no nos dice que el aspecto del Señor cambiara, como ocurrió en la transfiguración, sino que los ojos de los discípulos se abrieron. Ellos son testigos de que el encuentro con Jesús resucitado, como la vida del Espíritu Santo en nosotros, va a permitirnos reconocer a Dios en la realidad de nuestra vida, y de una forma completamente distinta.

Releamos, desde la experiencia de los discípulos de Emaús, el pasaje del Génesis en el que la serpiente seduce a Adán y Eva con los efectos del fruto del árbol del bien y del mal: «se os abrirán los ojos y seréis como Dios» (Gn 3,5). Era un truco, una mentira: apropiarse de la visión divina para determinar por sí mismos el bien y el mal, como si fuera posible saciar, fuera de Dios, nuestra sed infinita. Desde aquel engaño, la naturaleza humana —nuestros ojos, nuestra mirada, nuestra sensibilidad— quedó herida de tal forma que Dios mismo quiso encarnarse para que el hombre recuperara la profundidad de la mirada para la que Dios lo creó. Desde la resurrección de Jesús podemos hablar de una «redención de los sentidos». Emaús anuncia esa curación, y quizá por eso san Lucas retoma la misma expresión del Génesis: «se les abrieron los ojos». No es que ahora vean nuevos objetos: es que se ha transformado el corazón desde el que miran; se ha hecho posible una percepción reconciliada con la verdad, el bien y la belleza de lo real.

El reconocimiento de Jesús se produce a través de un gesto de sus manos, de modo que la imagen dura solo unos instantes en la retina de los discípulos, para desaparecer inmediatamente. Sin embargo, con la ausencia del gesto, terminada aquella «fracción del pan», permanece la transformación interior. Rememorando lo que acaban de vivir, los discípulos no tienen ya ninguna duda: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,32-33). La experiencia los ha transformado por completo: ahora son capaces de entender lo que habían dicho los profetas, el sentido de las cosas que les habían ocurrido, e incluso aquello a lo que estaban llamados. Es esa nueva mirada, transformada por la gracia, lo que hace que inmediatamente se levanten y regresen a Jerusalén para comunicarlo a los demás.

Esta transformación cristiana de la mirada ha encontrado un despliegue extraordinario en la tradición religiosa del icono. Cuando alguien se sitúa ante un icono, no se limita a observar algo, sino que, de algún modo, se descubre mirado. Los ojos, grandes y abiertos, de quienes allí son representados, no reproducen un rasgo físico, sino que representan simbólicamente la sensibilidad redimida; una capacidad despierta, purificada, sencilla, capaz de acoger en lo sensible y material una profundidad insospechada.

Bellezas inesperadas

San Josemaría desarrolló una mirada que sabía darle la importancia a todo lo ordinario y no desaprovechaba la ocasión de que incluso lo más banal le pudiera llevar a Dios. «¿No os habéis fijado —se preguntaba en una ocasión— en las familias, cuando conservan una pieza decorativa de valor y frágil —un jarrón, por ejemplo—, cómo lo cuidan para que no se rompa? Hasta que un día el niño, jugando, lo tira al suelo, y aquel recuerdo precioso se quiebra en varios pedazos. El disgusto es grande, pero enseguida viene el arreglo; se recompone, se pega cuidadosamente y, restaurado, al final queda tan hermoso como antes. Pero, cuando el objeto es de loza o simplemente de barro cocido, de ordinario bastan unas lañas, esos alambres de hierro o de otro metal, que mantienen unidos los trozos. Y el cacharro, así reparado, adquiere un original encanto»[4].

Esta observación estética reconoce algo similar a lo que en el arte japonés se llama kintsugi: piezas que, en lugar de ocultar las grietas de una rotura, las resaltan con material visible, muchas veces incluso mezclado con polvo de oro. Pero mientras esta enseñanza nos anima a abrazar nuestras heridas en el plano más humano, san Josemaría va del jarrón reconstruido con grapas a la vida interior. Y de vuelta: de la vida interior al jarrón reconstruido. Contemplación divina en medio de los objetos cotidianos.

En otro momento, al referirse concretamente a una sopera reparada con lañas que le habían regalado en Portugal, decía también: «Hice oración con aquel cacharro viejo, porque también yo me veo así: como la sopera de barro, rota y con lañas, y me gusta repetirle al Señor: con mis lañas, ¡te quiero tanto! Podemos amar al Señor también estando rotos»[5]. Nos preguntaremos quizá entonces, ¿cómo puede un objeto aparentemente intrascendente despertar también en nosotros el amor a Dios? ¿Cómo vivir en oración, descubriendo la belleza de las cosas y de las personas que nos rodean?

Desde lo exterior hacia la hondura de lo real

Las creaciones artísticas tienen un carácter extraordinario del que no podemos estar gozando continuamente. Incluso entre personas que han desarrollado una especial sensibilidad artística, sucede que no todas consiguen apreciar cada una de las artes. Y, aunque es muy bueno ahondar en ese tipo de formación, quizás es incluso más importante desarrollar una sensibilidad capaz de atender a la dimensión estética de lo cotidiano. Pero esta es una disposición para la que pocas veces se nos ha preparado.

Toda realidad posee una dimensión estética porque todo se nos presenta de un modo sensible: con una determinada forma, textura, volumen, color, etc. Esas características configuran los espacios, objetos o gestos… e influyen también en nuestra reacción frente a ellos. Reconocer esta dimensión estética de todo lo que nos rodea no significa afirmar que todo sea bello, sino que la dimensión estética de lo que nos rodea influye, muchas veces sin que nos demos cuenta, en nuestro juicio sobre la realidad.

«La gente tiene una visión plana, pegada a la tierra, de dos dimensiones. —Cuando vivas vida sobrenatural obtendrás de Dios la tercera dimensión: la altura, y, con ella, el relieve, el peso y el volumen»[6]. La gracia de Dios, la acción del Espíritu creador en nosotros, es el vector fundamental que dirige este proceso para llevarlo a su plenitud. Porque advertir la dimensión estética —y simbólica, y sacramental— de la realidad no nos convierte en unos estetas: desarrolla más bien un espíritu contemplativo que nos permite, poco a poco, descubrir ese mundo invisible que sostiene el mundo visible y que lo desborda en amplitud y en riqueza. Aprendemos a descifrar en todo la presencia de Dios que nos busca; acogemos la realidad y a las demás personas tal y como son. Ese espíritu contemplativo conduce, finalmente, como señalaba Joseph Ratzinger, a «adquirir una mirada más profunda, capaz de dar el paso desde lo exterior hacia la hondura de lo real, hasta percibir —en lo sensible mismo— el esplendor de la gloria de Dios, la “gloria de Dios sobre el rostro de Cristo” (2 Cor 4, 6)»[7].

Despertadores del alma

Para este desafío de transformación de la mirada, pueden resultar útiles esas pequeñas ayudas a las que san Josemaría, recogiendo un modo de decir clásico en la tradición espiritual, llamaba «industrias humanas». Estos recordatorios sencillos a lo largo del día son parte de la búsqueda y del hallazgo de la belleza en lo cotidiano: permiten no perder la presencia de Dios, o retomar el diálogo con quien no ha dejado en ningún momento de estar en nosotros y junto a nosotros, aunque nos hayamos distraído.

Las «industrias humanas» se llaman así porque son iniciativas personales que facilitan descubrir la hondura de lo que tenemos entre manos. San Josemaría las llamaba también «despertadores», porque nos despiertan al resplandor de lo real, a su «vibración de eternidad»[8]. Tener más presente alguna frase de la Sagrada Escritura durante el día, hacer con cariño y serenidad tantos gestos cotidianos como abrir una puerta o subir unas escaleras… «Esas prácticas te llevarán, casi sin darte cuenta, a la oración contemplativa. Brotarán de tu alma más actos de amor, jaculatorias, acciones de gracias, actos de desagravio, comuniones espirituales. Y esto, mientras atiendes tus obligaciones: al descolgar el teléfono, al subir a un medio de transporte, al cerrar o abrir una puerta, al pasar ante una iglesia, al comenzar una nueva tarea, al realizarla y al concluirla; todo lo referirás a tu Padre Dios».[9]

Además de señalar el valor divino que podía tener el gesto aparentemente más banal —el mismo Cristo nos habla del inmenso valor de «servir un vaso de agua» (Mc 9,41)— san Josemaría también veía en los objetos más intrascendentes, sin ningún tipo de contenido religioso, despertadores para el alma.

San Josemaría «jugaba» en este sentido con los objetos más variados: un mapamundi, un borrico, una fotografía… Durante muchos años, tuvo en su mesa de trabajo, como pisapapeles, un aislador de vidrio de los que se usaban en los postes de luz para impedir que la corriente eléctrica se escapara, y para evitar incendios o electrocuciones. Este objeto le recordaba a san Josemaría su «obligación de no ser aislante, de transmitir el espíritu de la Obra»[10].

San Josemaría animaba a cada uno a encontrar sus propios objetos, que le ayudaran a «ver a Dios en todas las cosas de la tierra: en las personas, en los sucesos, en lo que es grande y en lo que parece pequeño, en lo que nos agrada y en lo que se considera doloroso»[11]. José Esparza, supernumerario, le contaba por ejemplo en una carta cómo encontraba a Dios a través de su instrumento musical, el bombo: «Soy el que anima las fiestas, así que ese bombo que ve, a cada golpazo he hecho miles de jaculatorias, pues llevo 17 años tocándolo»[12].

Entonces, el mundo entero es Emaús

Como decía san Juan Pablo II en su Carta a los artistas, no todos estamos llamados a ser artistas en el sentido profesional de la palabra. Sin embargo, a cada persona «se le confía la tarea de ser artífice de la propia vida; en cierto modo, debe hacer de ella una obra de arte, una obra maestra»[13]. El horizonte de la estética se expande, entonces, mucho más allá del ámbito de las artes, hasta el corazón mismo de la existencia humana. Todos estamos llamados a continuar con la creación; por supuesto, a través de nuestro trabajo, pero también a través de cada una de nuestras decisiones, que dan forma al mundo. Cada acción humana toma forma de una determinada manera y genera modos de habitar la realidad que influyen, para bien o para mal, en los demás. La dimensión estética de nuestras acciones lleva a poner de manifiesto la importancia del modo en que hacemos las cosas, como recuerda Antonio Machado, citado por san Josemaría: «Despacito, y buena letra: / el hacer las cosas bien / importa más que el hacerlas»[14].

La acción cuidadosa, contemplativa, no busca la eficacia, ni se limita a realizar lo estrictamente necesario, o a cumplir de forma aséptica con nuestros deberes, sino que va cargada de la gratuidad que es propia del amor. Este cuidado de lo real adquiere una profundidad inmensa, nueva, cuando se vive desde la unión con Cristo. San Josemaría lo solía expresar aludiendo a una vieja historia: «¡He hablado tantas veces del mito del rey Midas, que convertía en oro cuanto tocaba! En oro de méritos sobrenaturales podemos convertir todo lo que tocamos, a pesar de nuestros personales errores»[15].

El oro de lo cotidiano no surge del esfuerzo por hacer cosas distintas, sino del cariño al hacerlas, desde una relación que las atraviesa y que las ilumina. Así se puede comprender en toda su profundidad lo que san Josemaría vislumbraba al decir que «Emaús es el mundo entero, porque el Señor ha abierto los caminos divinos de la tierra»[16]. Solo a través de la nueva mirada, de la nueva sensibilidad que nos regala el Resucitado, podemos «convertir la prosa diaria en endecasílabos, verso heroico»[17].


[1] León XIV, Discurso en el encuentro «Tejer redes con el mundo de la cultura, del arte, de la economía y del deporte», 7-VI-2026.

[2] San Josemaría, Apuntes de una meditación, 19-III-1975.

[3] San Josemaría, Conversaciones, n. 114.

[4] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 95.

[5] San Josemaría, citado en J. Gil y E. Muñiz, Que solo Jesús se luzca, p. 181, en opusdei.org.

[6] San Josemaría, Camino, n. 279.

[7] J. Ratzinger, «El sentimiento de las cosas, la contemplación de la belleza», Mensaje para el meeting de Rímini, VIII-2002, en vatican.va.

[8] San Josemaría, Forja, n. 917.

[9] Amigos de Dios, n. 148.

[10] A. Sastre, Tiempo de caminar, Rialp, 1989, p. 174.

[11] San Josemaría, En diálogo con el Señor, n. 108.

[12]«José Esparza, el supernumerario del Opus Dei que tocó el bombo durante 17 años en las fiestas de su pueblo», en www.alfayomega.es, 6-III-2026.

[13] San Juan Pablo II, Carta a los artistas, 4-IV-1999, n. 2.

[14] Conversaciones, n. 116.

[15] Amigos de Dios, n. 308.

[16] Ibíd., n. 314.

[17] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 50.

Raquel Cascales