Viaje apostólico del Papa Francisco a Budapest y Eslovaquia

Intervenciones del Papa Francisco en el viaje apostólico a Budapest y Eslovaquia (12-15 de septiembre de 2021).

De la Iglesia y del Papa

El Papa Francisco ha dedicado cuatro días a este viaje apostólico, entre Hungría y Eslovaquia, "marcados por la adoración y la oración en el corazón de Europa", según las intenciones del propio Pontífice, y encomendados a la intercesión de "tantos heroicos confesores de la Fe", que en Hungría y Eslovaquia dieron testimonio del Evangelio "en medio de la hostilidad y persecución".


Domingo, 12 de septiembre (Roma-Budapest-Bratislava)

- Encuentro con los obispos en el Museo de Bellas Artes de Budapest

- Encuentro con los representantes del Consejo Ecuménico de las Iglesias y algunas comunidades judías de Hungría en el Museo de Bellas Artes de Budapest

- Santa Misa en la Plaza de los Héroes de Budapest

- Ángelus

- Encuentro ecuménico en la Nunciatura apostólica de Bratislava

Lunes, 13 de septiembre (Bratislava)

- Encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el Cuerpo Diplomático en el jardín del Palacio Presidencial de Bratislava

- Encuentro con los obispos, sacerdotes, religiosos, seminaristas y catequistas en la Catedral de San Martín de Bratislava

- Visita al “Centro Belén” de Bratislava

- Encuentro con la comunidad judía en la Plaza Rybné námestie de Bratislava

Martes, 14 de septiembre (Bratislava - Košice - Prešov - Lošice)

- Divina liturgia de San Juan Crisóstomo presidida por el Santo Padre en la plaza del Mestská športová hala de Prešov

- Encuentro con la comunidad gitana en el barrio Luník IX de Košice

- Encuentro con los jóvenes en el Estadio Lokomotiva de Košice

Miércoles, 15 de septiembre (Bratislava - Šaštin)

- Momento de oración con los obispos

- Santa Misa en la explanada del Santuario nacional de Šaštin


Domingo, 12 de septiembre

Encuentro con los obispos (Budapest)

Queridos hermanos en el episcopado:

Me siento muy contento de estar aquí entre ustedes con motivo de la conclusión del 52º Congreso Eucarístico Internacional. Agradezco a Mons. András Veres las palabras de bienvenida que me ha dirigidoy también por el regalo que me hizo en nombre de todos ustedes: ¡muy bonito!, ¡muy bonito!, gracias. Y los saludo a todos, agradeciéndoles su acogida y la promoción de este evento, que nos recuerda la centralidad de la Eucaristía en la vida de la Iglesia.

Me gustaría compartir algunas reflexiones partiendo precisamente del gesto eucarístico: en el pan y el vino vemos a Cristo que ofrece su Cuerpo y su Sangre por nosotros. La Iglesia de Hungría, con su larga historia, marcada por una fe inquebrantable, por persecuciones y por la sangre de los mártires, está asociada de manera especial al sacrificio de Cristo. Muchos hermanos y hermanas, muchos obispos y sacerdotes vivieron lo que celebraban en el altar; fueron triturados como granos de trigo, para que todos pudieran nutrirse del amor de Dios; fueron prensados como las uvas, para que la sangre de Cristo se convirtiera en savia de vida nueva; fueron partidos como el pan, pero su ofrenda de amor fue una semilla evangélica de renacimiento plantada en la historia de este pueblo.

Mirando esa historia pasada, hecha de martirio y derramamiento de sangre, podemos encaminarnos hacia el futuro con el mismo deseo que los mártires: vivir la caridad y dar testimonio del Evangelio. Sin embargo, debemos mantener siempre juntas, en la vida de la Iglesia, estas dos realidades: custodiar el pasado y mirar al futuro. Custodiar nuestras raíces religiosas, custodiar la historia de la que procedemos, pero sin que nuestra mirada quede en el pasado, sino mirando al futuro, mirando hacia adelante y encontrando nuevas formas de proclamar el Evangelio.

Mantengo vivo en mi corazón el recuerdo de las Hermanas húngaras de la Sociedad de Jesús (Englische Fräulein), que tuvieron que abandonar su patria a causa de la persecución religiosa. Con la fuerza de su personalidad y la fidelidad a su vocación fundaron el Colegio “María Ward” en la ciudad de Plátanos, cerca de la capital Buenos Aires. De su fortaleza, de su valor, de su paciencia y de su amor a la patria aprendí mucho; para mí han sido un testimonio. Al recordarlas hoy aquí, rindo también homenaje a los numerosos hombres y mujeres que tuvieron que exiliarse, así como a los que dieron su vida por su país y por su fe.

Como pastores, ustedes sobre todo están llamados a recordar esto a vuestro pueblo: que la tradición cristiana —como afirmó Benedicto XVI— «no es una colección de cosas, de palabras, como una caja de cosas muertas. La Tradición es el río de la vida nueva, que viene desde los orígenes, desde Cristo, hasta nosotros, y nos inserta en la historia de Dios con la humanidad» (Audiencia general, 3 mayo 2006). Han elegido como tema del Congreso un versículo del Salmo 87: «Todas mis fuentes están en ti». Así es, la Iglesia surge del manantial que es Cristo y es enviada para que el Evangelio, como un río de agua viva ―infinitamente más ancho y acogedor que vuestro gran Danubio―, alcance la aridez del mundo y del corazón del hombre, purificándolo y saciando su sed. El ministerio episcopal, pues, no sirve para repetir una noticia del pasado, sino que es la voz profética de la perenne actualidad del Evangelio en la vida del Pueblo santo de Dios y en la historia de hoy.

Me gustaría sugerirles algunas indicaciones para llevar a cabo esta misión.

La primera es ser anunciadores del Evangelio. No olvidemos que en el centro de la vida de la Iglesia está el encuentro con Cristo. A veces, sobre todo cuando la sociedad que nos rodea no parece entusiasmada con nuestra propuesta cristiana, la tentación es encerrarse en la defensa de las instituciones y las estructuras. Vuestro país atraviesa hoy grandes cambios que afectan en general a toda Europa. Tras el largo tiempo en que se le impidió a la gente profesar su fe, con la llegada de la libertad hay nuevos retos que afrontar, en un contexto en el que crece el secularismo y disminuye la sed de Dios. Pero recordemos que la fuente de agua viva, que siempre corre y sacia nuestra sed, es Cristo. Las estructuras, las instituciones y la presencia de la Iglesia en la sociedad sólo sirven para despertar la sed de Dios que tienen las personas y llevarles el agua viva del Evangelio. Por eso, a ustedes obispos lo que se les pide, sobre todo, no es la administración burocrática de las estructuras, que esto lo hagan otros, ni la búsqueda de privilegios y ventajas. Por favor sean servidores, servidores y no príncipes. ¿Qué les estoy pidiendo? Una ardiente pasión por el Evangelio, tal como el Evangelio es. Fidelidad y pasión al Evangelio. Sean testigos y anunciadores de la Buena Noticia, propagadores de la alegría, cercanos a los sacerdotes, cercanos a los sacerdotes y religiosos con un corazón paternal, ejercitando el arte de la escucha.

Me permito salir del texto y recordarles las cuatro cercanías del obispo. La primera es la cercanía a Dios. Yo, como hermano, te pregunto: ¿tú rezas? ¿O sólo vas a recitar el breviario? ¿Tu corazón reza? ¿Te tomas tiempo para rezar? “Pero, es que estoy tan ocupado…”. Pero en medio de las ocupaciones de cada día, agrega también eso: rezar. Segundo: cercanía entre ustedes. La fraternidad episcopal, la conferencia episcopal, es una gracia. Ninguno de ustedes piensa igual al otro, esta es una riqueza. Pero también intenten poner en la unidad del episcopado las diferencias y no busquen el camino de los grupitos. Todos hermanos. Tú piensas distinto a mí, pero eres hermano. ¿Discutimos? Discutimos. ¿Gritamos? Gritamos. Pero como hermanos, esto no se toca: la unidad de la Conferencia episcopal. Es una gracia, tenemos que pedirla. Es conservar al pueblo de Dios en la unidad de los obispos. La tercera cercanía es la que he citado: cercanía a los sacerdotes. El “prójimo más prójimo” del obispo es el sacerdote. Yo les digo algo que me duele mucho. Encontré, en algunas diócesis, tanto en mi patria, cuando estaba allá, en la diócesis anterior, como ahora que estoy en Roma, sacerdotes que se lamentan, difíciles. Pero se lamentan porque quieren, porque necesitan hablar con el obispo. Así dicen. Y muchas veces escuché esto: “Llamé y la secretaria dijo que está muy ocupado, que miró y me dijo: ‘puede ser dentro de tres semanas, les dará una cita de un cuarto de hora’.” Y el sacerdote dice: “no, gracias, así no quiero”, o bien: “sí”. Pero no va. El sacerdote siente lejano al obispo, no lo siente padre. Les doy un consejo, de hermano: cuando ustedes vuelvan al obispado después de una misión, después de una visita a una parroquia, cansados, y vean la llamada de un sacerdote, llámenlo, el mismo día o al máximo al día siguiente, no después. La cercanía. Y ese sacerdote, si se le llama rápido, sabrá que tiene un padre. Esto es muy importante. Cercanía a los sacerdotes, y eso significa también a los religiosos. “Eh, pero sabe, este sacerdote es difícil…”. Pero, dime, ¿qué padre no tiene un hijo difícil? Todos. Los hijos se aman como son, no como yo querría que fuesen. Y después, la cuarta cercanía: cercanía al santo pueblo fiel de Dios. Por favor, no se olviden de vuestro pueblo, del lugar donde el Señor los ha puesto. “Yo te he tomado detrás del rebaño”, no se olviden del rebaño del que han sido sacados. ¿Qué recomendaba Pablo a Timoteo? “Recuerda a tu madre y a tu abuela, a tu pueblo”. El autor de la Carta a los Hebreos decía: “Acuérdate de aquellos que te han iniciado en la fe”. Cuántos humildes catequistas, cuántas abuelas hay detrás. Que el corazón esté cerca del pueblo. Es feo cuando el corazón de un obispo se aleja del pueblo. Las cuatro cercanías. Hagan un examen de conciencia sobre cómo van, creo que bien, pero me gusta repetirlas. Cercanía a Dios, cercanía entre ustedes –“veo algunos con una peculiaridad histórica, litúrgica especial, y otros así diferentes: cercanía a su liturgia, a su historia, sin querer acogerlos, latinizarlos, no, por favor, no. Cercanía entre ustedes, cercanía con los sacerdotes y cercanía al santo pueblo fiel de Dios. Para ser obispo hoy –siempre, pero subrayo, hoy- es necesario ejercitar el arte de la escucha. Y no es fácil.

No tengan miedo de dar espacio a la Palabra de Dios y de involucrar a los laicos, serán los canales por los que el río de la fe irrigará de nuevo a Hungría.

Una segunda indicación es la de ser testigos de la fraternidad. Su país es un lugar en el que han convivido durante mucho tiempo personas de otros pueblos. Diversas etnias, minorías, confesiones religiosas e inmigrantes también han transformado este país en un ambiente multicultural. Esta realidad es nueva y, al menos en un primer momento, puede asustar. La diversidad siempre da un poco de miedo porque socava las seguridades adquiridas y desafía la estabilidad conseguida. Sin embargo, es una gran oportunidad para abrir el corazón al mensaje del Evangelio: «Ámense los unos a los otros como yo los he amado» (Jn 15,12). Ante la diversidad cultural, étnica, política y religiosa, podemos tener dos actitudes: encerrarnos en una rígida defensa de nuestra supuesta identidad, o abrirnos al encuentro con el otro y cultivar juntos el sueño de una sociedad fraterna. Me gusta recordar aquí que fue en esta misma capital europea, en el año 2017, donde ustedes se reunieron con representantes de otras Conferencias Episcopales de Europa Central y Oriental, y reafirmaron que la pertenencia a la propia identidad nunca debe convertirse en un motivo de hostilidad y desprecio hacia los demás, sino en una ayuda para el diálogo con las diferentes culturas. Diálogo, sin negociar la propia pertenencia.

Sobre el gran río que atraviesa esta ciudad se alza el imponente Puente de las Cadenas. Sustituyó a un frágil puente de madera y sirvió para unir Buda y Pest. Si queremos que el río del Evangelio llegue a la vida de las personas, haciendo germinar una sociedad más fraternal y solidaria también aquí en Hungría, necesitamos que la Iglesia construya nuevos puentes de diálogo. A ustedes, como obispos, les pido que muestren siempre, junto con sus sacerdotes y colaboradores pastorales, el verdadero rostro de la Iglesia que es madre. Es Madre. Un rostro que acoge a todos, también a los que vienen de fuera, un rostro fraterno, abierto al diálogo. Sean pastores que se interesan por la fraternidad. No dueños del rebaño, sino padres y hermanos. Que el estilo de la fraternidad, que les pido que cultiven con los sacerdotes y con todo el Pueblo de Dios, se convierta en un signo luminoso para Hungría. De este modo, se configurará una Iglesia en la que especialmente los laicos, en todos los ámbitos de su vida cotidiana, familiar, social y profesional, se convertirán en fermento de fraternidad evangélica. ¡Que la Iglesia húngara sea constructora de puentes y promotora de diálogo!

Lo tercero y último, ser constructores de esperanza. Si ponemos el Evangelio en el centro y lo testimoniamos con el amor fraterno, podemos mirar al futuro con esperanza, aunque hoy atravesemos pequeñas o grandes tormentas. Lo que la Iglesia está llamada a difundir en la vida de las personas es la certeza tranquilizadora de que Dios es misericordia, que nos ama en todo momento de la vida y que siempre está dispuesto a perdonarnos y a levantarnos.No olviden el estilo de Dios, que es un estilo de cercanía, compasión y ternura. Este es el estilo de Dios. Avancemos por este camino, con el mismo estilo. La tentación de derrumbarse y desanimarse nunca viene de Dios; viene del enemigo, pero se alimenta de muchas situaciones. Detrás de la fachada del bienestar, detrás de un ropaje de tradiciones religiosas, pueden esconderse muchos lados oscuros. La Iglesia en Hungría ha tenido ocasión de reflexionar recientemente sobre cómo la transición de la época de la dictadura a la de la libertad reencontrada sea una transición marcada por contradicciones tales como la degradación de la vida moral, el auge de la mafia, el tráfico de drogas, hasta incluso la lacra del tráfico de órganos y a tantos niños asesinados por eso. Hay problemas sociales, como las dificultades de las familias, la pobreza, las heridas que afectan al mundo de los jóvenes, en un contexto en el que la democracia aún debe consolidarse. La Iglesia tiene que ser cercana, dispensando atención y consuelo a las personas, para que no se dejen robar nunca la luz de la esperanza. El anuncio del Evangelio reaviva la esperanza porque nos recuerda que en todo lo que nos toca vivir Dios está presente, nos acompaña, nos da valentía y nos da creatividad para comenzar siempre una nueva historia. Es conmovedor recordar las palabras del venerable cardenal József Mindszenty, hijo y padre de esta Iglesia y de esta tierra, quien, al final de una vida llena de sufrimiento por la persecución, dejó estas palabras de esperanza: «Dios es joven. El futuro es suyo. Es Él quien evoca lo que es nuevo, lo joven y el mañana de las personas y de los pueblos. Por eso no podemos abandonarnos a la desesperación» (Mensaje al Presidente del Comité Organizador y a los húngaros en el exilio, en J. Közi Horváth, Mindszenty bíboros, 111). Dios es joven.

Que ante las crisis, sociales o eclesiales, ustedes sean siempre constructores de esperanza. Como obispos del país, tengan siempre palabras de aliento. Que no encuentren en vuestros labios expresiones que marquen distancia e impongan juicios, sino que ayuden al Pueblo de Dios a mirar el futuro con confianza, que ayuden a las personas a ser protagonistas libres y responsables de la vida, que es un don de gracia que hay que acoger, no un rompecabezas que hay que resolver. El cubo de vuestro magnífico y famoso arquitecto Rubik sigue siendo un juego ingenioso y no un modelo para la vida. Y recuerden: pastores del rebaño. El pastor debe estar dentro del rebaño: adelante del rebaño para mostrar el camino, en medio del rebaño para sentir el olor, detrás del rebaño para ayudar a los que se quedan rezagados y también para dejar que el rebaño avance un poco, porque tiene un don especial para indicar dónde están los campos buenos y nutritivos.

Queridos hermanos, también Hungría necesita un renovado anuncio del Evangelio, una nueva fraternidad social y religiosa, una esperanza que se construya día a día para mirar al futuro con alegría. Ustedes son los pastores protagonistas de este proceso histórico, de esta hermosa aventura. Hermanos ¡Que Dios los confirme en la alegría de la misión!, en la alegría de la misión. Les agradezco todo lo que hacen y los bendigo de corazón. Que la Virgen los proteja y que san José los guarde. Y si tienen un poco de tiempo recen por el Papa. Gracias.

Encuentro con los representantes del Consejo Ecuménico de las Iglesias y algunas comunidades judías de Hungría

Queridos hermanos:

Me siento contento de encontrarme con ustedes. Sus palabras, que agradezco, y su presencia, uno junto al otro, expresan un gran deseo de unidad. Dan cuenta de un camino, a veces cuesta arriba, y difícil en el pasado, pero que ustedes afrontan con valor y buena voluntad, sosteniéndose recíprocamente bajo la mirada del Altísimo, que bendice a los hermanos que viven unidos (cf. Sal 133,1).

Los veo a ustedes, hermanos en la fe de Cristo, y bendigo el camino de comunión que llevan adelante. Me tocaron las palabras del hermano calvinista [obispo József Steinbach, Presidente del Consejo Ecuménico de las Iglesias de Hungría], gracias. Con la mente me dirijo a la abadía de Pannonhalma, corazón espiritual palpitante de este país, donde hace tres meses se han encontrado para reflexionar y rezar juntos. Rezar juntos, unos por otros, y ponernos a trabajar juntos en la caridad, unos con otros, por este mundo que Dios ama tanto (cf. Jn 3,16), este es el camino más concreto hacia la unidad plena.

Los veo a ustedes, hermanos en la fe de Abrahán nuestro padre y gracias a Usted [rabino Zoltán Radnóti], por esas palabras tan profundas que me tocaron el corazón. Aprecio mucho el compromiso que han mostrado para derribar los muros de separación del pasado. Ustedes, judíos y cristianos, desean ver en el otro ya no un extraño, sino un amigo; ya no un adversario, sino un hermano. Este es el cambio de mirada bendecido por Dios, la conversión que hace posibles nuevos comienzos, la purificación que renueva la vida. Las fiestas solemnes de Rosh Hashanah y del Yom Kippur, que caen precisamente en estas fechas y para las que les formulo mis mejores votos, son ocasiones de gracia para renovar la adhesión a estos llamados espirituales. El Dios de los padres abre siempre caminos nuevos. Así como transformó el desierto en un camino hacia la Tierra Prometida, también quiere llevarnos desde los desiertos áridos del hastío y de la indiferencia a la ansiada patria de la comunión.

No es casualidad que todos los que en la Escritura están llamados a seguir de un modo especial al Señor siempre tengan que salir, caminar, llegar a tierras inexploradas y a espacios desconocidos. Pensemos en Abrahán, que dejó casa, parientes y patria. Quien sigue a Dios está llamado a dejar. A nosotros se nos pide que dejemos atrás las incomprensiones del pasado, las pretensiones de tener razón y de culpar a los demás, para ponernos en camino hacia su promesa de paz, porque Dios tiene siempre planes de paz, nunca de aflicción (cf. Jr 29,11).

Quisiera retomar con ustedes la evocadora imagen del Puente de las Cadenas, que une las dos partes de esta ciudad. No las funde en una, pero las mantiene unidas. Así deben ser los vínculos entre nosotros. Cada vez que se ha tenido la tentación de absorber al otro no se ha construido, sino que se ha destruido; lo mismo cuando se ha querido marginarlo en un gueto, en vez de integrarlo. ¡Cuántas veces ha ocurrido esto en la historia! Debemos estar atentos y debemos rezar para que no se repita. Y comprometernos a promover juntos una educación para la fraternidad, para que los brotes de odio que quieren destruirla no prevalezcan. Pienso en la amenaza del antisemitismo, que todavía serpentea en Europa y en otros lugares. Es una mecha que hay que apagar y la mejor forma de desactivarla es trabajar en positivo juntos, es promover la fraternidad. El Puente nos sigue sirviendo de ejemplo, está sostenido por grandes cadenas, formadas por muchos eslabones. Nosotros somos estos eslabones y cada eslabón es fundamental, por eso no podemos seguir viviendo en la sospecha y en la ignorancia, distantes y divididos.

Un puente une dos partes. En este sentido evoca el concepto, fundamental en la Escritura, de alianza. El Dios de la alianza nos pide que no cedamos a la lógica del aislamiento y de los intereses creados. No desea las alianzas con alguno en detrimento de otros, sino personas y comunidades que sean puentes de comunión con todos. En este país ustedes, que representan las religiones mayoritarias, tienen la tarea de favorecer las condiciones para que se respete y fomente la libertad religiosa de todos. Y tienen también la función de ser ejemplo para todos. Que nadie pueda decir que de los labios de los hombres de Dios salen palabras de división, sino sólo mensajes de apertura y de paz. En un mundo desgarrado por demasiados conflictos, este es el mejor testimonio que pueden ofrecer quienes han recibido la gracia de conocer al Dios de la alianza y de la paz.

El Puente de las Cadenas no sólo es el más conocido, sino también el más antiguo de esta ciudad. Muchas generaciones lo han atravesado. Esto también invita a recordar el pasado. Encontraremos sufrimientos y oscuridad, incomprensiones y persecuciones pero, yendo a las raíces, descubriremos un patrimonio espiritual común mucho más grande. Es este el tesoro que nos permite construir juntos un futuro distinto. Pienso con emoción en tantas figuras de amigos de Dios que han irradiado su luz en las noches del mundo. Menciono, entre muchos, a un gran poeta de este país, Miklós Radnóti, cuya brillante carrera fue truncada por el odio ciego de quienes, sólo porque era de origen judío, primero le impidieron ejercer la docencia y luego lo arrancaron de su familia.

Encerrado en un campo de concentración, en el abismo más oscuro y depravado de la humanidad, siguió escribiendo poesías hasta su muerte. El Cuaderno de Bor es el único poemario que ha sobrevivido a la Shoah. En él da testimonio de la fuerza de creer en el calor del amor en medio del hielo del lager y de iluminar la oscuridad del odio con la luz de la fe. El autor, sofocado por las cadenas que le oprimían el alma, encontró el valor para escribir en una libertad superior: «Prisionero, he tomado la medida a toda esperanza» (El Cuaderno de Bor, Carta a mi esposa). Y puso una pregunta, que hoy todavía resuena para nosotros: «Y tú, ¿cómo vives? ¿Encuentra eco tu voz en este tiempo?» (El Cuaderno de Bor, Égloga Primera). Nuestras voces, queridos hermanos, tienen que hacerse eco de esa Palabra que el cielo nos ha dado, eco de esperanza y de paz. Y aunque no nos escuchen o no nos entiendan, no neguemos nunca con nuestras acciones la Revelación de la que somos testigos.

Al final, en la triste soledad del campo de concentración, mientras se daba cuenta de que la vida se estaba marchitando, Radnóti escribió: «Soy también yo una raíz ahora… Fui una flor, me he convertido en una raíz» (El Cuaderno de Bor, Raíz). También nosotros estamos llamados a convertirnos en raíces. A menudo buscamos frutos, resultados, afirmación. Pero Aquel que hace fructificar su Palabra en la tierra con la misma dulzura de la lluvia que hace germinar el campo (cf. Is 55,10), nos recuerda que nuestros caminos de fe son semillas, semillas que se transforman en raíces subterráneas, raíces que alimentan la memoria y hacen germinar el futuro. Esto es lo que nos pide el Dios de nuestros padres, porque —como escribía otro poeta— «Dios espera en otra parte, espera precisamente al final de todo. Abajo. Donde están las raíces» (R.M. Rilke, Vladimir, El pintor de nubes). Sólo si estamos profundamente arraigados podremos alcanzar la cima. Enraizados en la escucha del Altísimo y de los demás, ayudaremos a nuestros contemporáneos a acogerse y amarse. Solamente si somos raíces de paz y brotes de unidad seremos creíbles a los ojos del mundo, que nos mira con la nostalgia de que florezca la esperanza. Gracias, y buen camino. Juntos, gracias.

Les pido disculpas porque hablé sentado, pero no tengo 15 años. Gracias.

Santa Misa en la Plaza de los Héroes de Budapest

Jesús preguntó a sus discípulos en Cesarea de Filipo: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» (Mc 8,29). Esta pregunta pone en dificultad a los discípulos y marca un cambio de rumbo en su camino en pos del Maestro. Ellos conocían bien a Jesús, ya no eran principiantes. Tenían familiaridad con Él, habían sido testigos de muchos de sus milagros, se maravillaban de su enseñanza, lo seguían adonde quiera que fuese. Y, sin embargo, aún no pensaban como Él. Faltaba el paso decisivo, ese que va de la admiración por Jesús a la imitación de Jesús. También hoy el Señor, fijando su mirada sobre cada uno de nosotros, nos interpela personalmente: “Pero yo, ¿quién soy de verdad para ti?”. ¿Quién soy para ti? Es una pregunta que, dirigida a cada uno de nosotros, no pide sólo una respuesta correcta, de catecismo, sino una respuesta personal, una respuesta de vida.

De esta respuesta nace la renovación del discipulado. Es algo que tuvo lugar a través de tres pasos, que realizaron los discípulos y que podemos realizar también nosotros: el primero el anuncio de Jesús, el segundo el discernimiento con Jesús y el tercero el camino en pos de Jesús.

1. El anuncio de Jesús. A la pregunta: “Pero ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”, respondió Pedro como representante de todo el grupo: «¡Tú eres el Mesías!». Pedro dice todo en pocas palabras, la respuesta es exacta pero, sorprendentemente, después de este reconocimiento Jesús ordena «que no dijeran nada a nadie de Él» (v. 30). Nos preguntamos: ¿Por qué una prohibición tan categórica? Por una razón precisa, decir que Jesús es el Cristo, el Mesías, es exacto pero incompleto. Existe siempre el riesgo de anunciar un falso mesianismo, un mesianismo según los hombres y no según Dios. Por eso, a partir de aquel momento, Jesús comienza a revelar su identidad, su identidad pascual, la que encontramos en la Eucaristía. Explica que su misión se culminaría, ciertamente, en la gloria de la resurrección, pero pasando a través de la humillación de la cruz. Es decir, se realizaría según la sabiduría de Dios, «que —dice san Pablo— no es la de este mundo ni la de los dirigentes de este mundo» (1 Co 2,6). Jesús impone el silencio sobre su identidad mesiánica, pero no sobre la cruz que lo espera. Es más —anota el evangelista— Jesús comienza a enseñar «con absoluta claridad» (Mc 8,32) que «el Hijo del hombre debía padecer mucho, que sería rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los maestros de la Ley, que lo matarían, pero que resucitaría a los tres días» (v. 31).

Ante este anuncio de Jesús, anuncio desconcertante, también nosotros podemos quedar asombrados. También a nosotros nos gustaría un mesías potente en vez de un siervo crucificado. La Eucaristía está ante nosotros para recordarnos quién es Dios. No lo hace con palabras, sino de forma concreta, mostrándonos a Dios como Pan partido, como Amor crucificado y entregado. Podemos añadir mucha ceremonia, pero el Señor permanece allí, en la sencillez de un Pan que se deja partir, distribuir y comer. Está ahí para salvarnos. Para salvarnos, se hace siervo; para darnos vida, muere. Nos hace bien dejarnos desconcertar por el anuncio de Jesús. Y quien se abre a este anuncio de Jesús, se abre al segundo pasaje.

2. El discernimiento con Jesús. Frente al anuncio del Señor, la reacción de Pedro es típicamente humana. Cuando se perfila la cruz, la perspectiva del dolor, el hombre se rebela. Y Pedro, después de haber confesado el mesianismo de Jesús, se escandaliza de las palabras del Maestro e intenta disuadirlo de que continúe por su camino. La cruz no está nunca de moda. Queridos hermanos y hermanas, la cruz no está nunca de moda, ni hoy ni en el pasado. Pero sana por dentro. Es delante del Crucificado que experimentamos una benéfica lucha interior, un áspero conflicto entre el “pensar como piensa Dios” y el “pensar como piensan los hombres”. Por un lado, está la lógica de Dios, que es la del amor humilde. El camino de Dios rehúye cualquier imposición, ostentación y de todo triunfalismo, está siempre dirigido al bien del otro, hasta el sacrificio de sí mismo. Por otro lado, está el “pensar como piensan los hombres”, que es la lógica del mundo, de la mundanidad, apegada al honor y a los privilegios, encaminada al prestigio y al éxito. Aquí lo que cuenta es la consideración y la fuerza, lo que atrae la atención de la mayoría y sabe hacerse valer ante los demás.

Deslumbrado por esta perspectiva, Pedro llevó aparte a Jesús y comenzó a reprenderlo (cf. v. 32). Primero lo había confiesa y ahora lo reprende. Nos puede pasar también a nosotros que llevemos “aparte” al Señor, que lo pongamos en un rincón del corazón, que continuemos sintiéndonos religiosos y buenos y sigamos adelante por nuestro camino sin dejarnos conquistar por la lógica de Jesús. Pero hay una verdad. Él, sin embargo, nos acompaña en esta lucha interior, porque desea que, como los Apóstoles, elijamos estar de su parte. Está la parte de Dios y está la parte del mundo. La diferencia no está entre el que es religioso y el que no lo es. La diferencia crucial es entre el verdadero Dios y el dios de nuestro yo. ¡Qué lejos está Aquel que reina en silencio sobre la cruz, del falso dios que quisiéramos que reinase con la fuerza y redujese al silencio a nuestros enemigos! ¡Qué distinto es Cristo, que se propone sólo con amor, de los mesías potentes y triunfadores, adulados por el mundo! Jesús nos sacude, no se conforma con las declaraciones de fe, nos pide purificar nuestra religiosidad ante su cruz, ante la Eucaristía. Nos hace bien estar en adoración ante la Eucaristía para contemplar la fragilidad de Dios. Dediquémosle tiempo a la adoración. Es una forma de rezar que se olvida demasiado. Dediquémosle tiempo a la adoración. Dejemos que Jesús, Pan vivo, sane nuestras cerrazones y nos abra al compartir, nos cure de nuestras rigideces y del encerrarnos en nosotros mismos, nos libere de las esclavitudes paralizantes de defender nuestra imagen, nos inspire a seguirlo adonde Él quiera conducirnos. No donde yo deseo. De este modo llegamos al tercer paso.

3. El camino en pos de Jesús es también el camino con Jesús. «¡Ponte detrás de mí, Satanás!» (v. 33). De ese modo Jesús atrae de nuevo a Pedro hacia Él, con una orden dolorosa, dura. Pero el Señor, cuando manda algo, en realidad está ahí, preparado para concederlo. Y Pedro acoge la gracia de dar “un paso atrás” recuérdate que el camino cristiano inicia con un paso atrás. El camino cristiano no es una búsqueda del éxito, sino que comienza con un paso hacia atrás, con un descentramiento liberador, con el quitarse uno del centro de la vida. Es entonces cuando Pedro reconoce que el centro no es su Jesús, sino el verdadero Jesús. Caerá de nuevo, pero de perdón en perdón reconocerá cada vez mejor el rostro de Jesús. Y pasará de la admiración estéril por Cristo a la imitación concreta de Cristo.

¿Qué quiere decir caminar en pos de Jesús? Es ir adelante por la vida con su misma confianza, la de ser hijos amados de Dios. Es recorrer el mismo camino del Maestro, que vino a servir y no a ser servido (cf. Mc 10,45). Caminar detrás de Jesús es dirigir cada día nuestros pasos al encuentro del hermano. Hacia allí nos lleva la Eucaristía, a sentirnos un solo Cuerpo, a partirnos por los demás. Queridos hermanos y hermanas, dejemos que el encuentro con Jesús en la Eucaristía nos transforme, como transformó a los grandes y valientes santos que ustedes veneran, pienso en san Esteban y santa Isabel. Como ellos, no nos contentemos con poco, no nos resignemos a una fe que vive de ritos y de repeticiones, abrámonos a la novedad escandalosa de Dios crucificado y resucitado, Pan partido para dar vida al mundo. Entonces viviremos en la alegría; y llevaremos alegría.

Este Congreso Eucarístico Internacional es un punto de llegada de un camino, pero hagamos que sea sobre todo un punto de partida. Porque el camino en pos de Jesús invita a mirar hacia adelante, a acoger la novedad de la gracia, a hacer revivir cada día dentro de nosotros ese interrogante que, como en Cesarea de Filipo, el Señor dirige a cada uno de nosotros sus discípulos: Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?

Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Eucaristía significa “acción de gracias” y al finalizar esta Celebración, que cierra el Congreso Eucarístico y mi visita a Budapest, quisiera dar gracias de todo corazón. Gracias a la gran familia cristiana húngara, que deseo abrazar en sus ritos, en su historia, en las hermanas y hermanos católicos y de otras confesiones, todos en camino hacia la unidad plena. A este respecto, saludo de corazón al Patriarca Bartolomé, Hermano que nos honra con su presencia. Gracias, en particular, a mis amados hermanos obispos, a los sacerdotes, a los consagrados y consagradas, y a todos ustedes, queridos fieles. Un agradecimiento grande a quienes se han esforzado tanto por la realización del Congreso Eucarístico y de esta jornada.

Al renovar la gratitud a las autoridades civiles y religiosas que me han acogido quisiera decir köszönöm [gracias] a ti, pueblo de Hungría. El himno que ha acompañado el Congreso se dirige a ti de esta manera: «Durante mil años la cruz fue columna de tu salvación, que también ahora la señal de Cristo sea para ti la promesa de un futuro mejor». Esto es lo que les deseo, que la cruz sea vuestro puente entre el pasado y el futuro. El sentimiento religioso es la savia de esta nación, tan unida a sus raíces. Pero la cruz, plantada en la tierra, además de invitarnos a enraizarnos bien, eleva y extiende sus brazos hacia todos; exhorta a mantener firmes las raíces, pero sin encerrarse; a recurrir a las fuentes, abriéndose a los sedientos de nuestro tiempo. Mi deseo es que sean así: fundamentados y abiertos, arraigados y respetuosos. Isten éltessen! [¡Felicidades!] La “Cruz de la misión” es el símbolo de este Congreso. Que los lleve a anunciar con la vida el Evangelio liberador de la ternura sin límites que Dios tiene por cada uno. En la carestía de amor de hoy, es el alimento que el hombre espera.

Hoy, no muy lejos de aquí, en Varsovia, dos testigos del Evangelio son proclamados beatos: el Cardenal Esteban Wyszyński e Isabel Czacka, fundadora de las Hermanas Franciscanas Siervas de la Cruz. Dos figuras que conocieron de cerca la cruz: el Primado de Polonia, arrestado y segregado, fue siempre un pastor valiente según el corazón de Cristo, heraldo de la libertad y de la dignidad del hombre; sor Isabel, que perdió la vista muy joven, dedicó toda su vida a ayudar a los ciegos. Que el ejemplo de los nuevos beatos nos estimule a transformar las tinieblas en luz con la fuerza del amor.

Para finalizar rezamos el Ángelus, en este día en que veneramos el santísimo nombre de María. Antiguamente, por respeto, ustedes húngaros no pronunciaban el nombre de María, pero la llamaban con el mismo título honorífico utilizado para la reina. Que la “Beata Reina, vuestra antigua patrona” los acompañe y los bendiga. Mi bendición, desde esta gran ciudad, quiere llegar a todos, en particular a los niños y a los jóvenes, a los ancianos y a los enfermos, a los pobres y a los excluidos. Con ustedes y para ustedes digo: Isten, áldd meg a magyart! [¡Que Dios bendiga a los húngaros!].

Encuentro ecuménico en la Nunciatura apostólica de Bratislava

Queridos miembros del Consejo Ecuménico de las Iglesias en la República Eslovaca:

Los saludo cordialmente y les agradezco por haber aceptado la invitación y por haber venido a mi encuentro. Yo, peregrino en Eslovaquia, ustedes, distinguidos huéspedes en la Nunciatura. Estoy contento de que el primer encuentro sea con ustedes: es un signo de que la fe cristiana es —y quiere ser—semilla de unidad y levadura de fraternidad en este país. Gracias Beatitud, Hermano Rastislav, por su presencia; gracias, querido Obispo Ivan, Presidente del Consejo Ecuménico, por las palabras que me ha dirigido y que testimonian el esfuerzo de querer seguir caminando juntos para pasar del conflicto a la comunión.

El camino de sus comunidades ha vuelto a comenzar después de los años de la persecución ateísta, cuando no había libertad religiosa, o esta era duramente probada. Después, finalmente, llegó. Y ahora los une un tramo de camino en el que experimentan lo hermoso, aunque al mismo tiempo difícil, que es vivir la fe como personas libres. Existe en efecto la tentación de volver a ser esclavos, no ciertamente de un régimen, sino de una esclavitud todavía peor, la interior.

Es esto lo que advertía Dostoyevski en un relato célebre, la Leyenda del Gran Inquisidor. Jesús vuelve a la tierra y es encarcelado. El inquisidor le dirige palabras hirientes, lo acusa precisamente de haber dado demasiada importancia a la libertad de los hombres. Le dice: «Quieres ir por el mundo con las manos vacías, predicando una libertad que los hombres, en su estupidez y su ignominia naturales, no pueden comprender; una libertad que los atemoriza, pues no hay ni ha habido jamás nada más intolerable para el hombre y para la sociedad que ser libres» (Los Hermanos Karamazov). Y sube el tono, agregando que los hombres están dispuestos a intercambiar gustosamente su libertad por una esclavitud más cómoda, la de someterse a alguien que decida por ellos, con tal de tener pan y seguridades. Y así llega a reprochar a Jesús el no haber querido convertirse en César, para doblegar la conciencia de los hombres y establecer la paz con la fuerza. En cambio, continuó prefiriendo para el hombre la libertad, mientras la humanidad reclama “pan y poco más”.

Queridos hermanos, que no nos pase esto; ayudémonos a no caer en la trampa de contentarnos con pan y poco más. Porque este riesgo sobreviene cuando la situación se normaliza, cuando nos estabilizamos y nos acostumbramos, aspirando a mantener una vida tranquila. Entonces, a lo que se apunta no es más a «la libertad que tenemos en Cristo Jesús» (Ga 2,4), a su verdad que nos hace libres (cf. Jn 8,32), sino a obtener espacios y privilegios. Que, según el Evangelio, es “pan y poco más”. Aquí, desde el corazón de Europa, nos preguntamos: nosotros cristianos, ¿hemos perdido un poco el ardor del anuncio y la profecía del testimonio? ¿Es la verdad del Evangelio lo que nos hace libres o nos sentimos libres cuando conseguimos zonas de confort que nos permitan organizarnos y seguir adelante tranquilos sin mayores consecuencias? E incluso, contentándonos con pan y seguridades, ¿no habremos perdido tal vez el impulso en la búsqueda de la unidad implorada por Jesús, unidad que ciertamente exige esa libertad madura de decisiones fuertes, de renuncias y sacrificios, pero que es la premisa para que el mundo crea? (cf. Jn 17,21). No nos interesemos solamente de lo que puede beneficiar a nuestras comunidades particulares. La libertad del hermano y de la hermana es también nuestra libertad, porque nuestra libertad no es plena sin él y sin ella.

Aquí la evangelización ha surgido de manera fraterna, llevando impreso el sello de los santos hermanos de Tesalónica Cirilo y Metodio. Que ellos, testigos de una cristiandad todavía unida e inflamada del ardor del anuncio, nos ayuden a proseguir en el camino cultivando la comunión fraterna entre nosotros en el nombre de Jesús. Por otra parte, ¿cómo podemos desear una Europa que vuelva a encontrar las propias raíces cristianas si somos nosotros los primeros desarraigados de la plena comunión? ¿Cómo podemos soñar una Europa libre de ideologías, si no somos libres para anteponer la valentía de Jesús a las necesidades de los distintos grupos de creyentes? Es difícil exigir una Europa más fecundada por el Evangelio sin advertir el hecho de que en el continente aún no estamos unidos plenamente entre nosotros, y sin preocuparnos unos de otros. Cálculos de conveniencia, razones históricas y vínculos políticos no pueden ser obstáculos inamovibles en nuestro camino. Que nos ayuden los santos Cirilo y Metodio, «precursores del ecumenismo» (S. JUAN PABLO II, Carta enc. Slavorum Apostoli, 14), a prodigarnos por una reconciliación de las diversidades en el Espíritu Santo; por una unidad que, sin ser uniformidad, sea signo y testimonio de la libertad de Cristo, el Señor que desata los nudos del pasado y cura del miedo y las inseguridades.

En su tiempo, Cirilo y Metodio hicieron posible que la Palabra divina se encarnara en estas tierras (cf. Jn 1,14). En esta perspectiva, quisiera compartir con ustedes dos sugerencias, consejos fraternos para difundir el Evangelio de la libertad y de la unidad hoy. El primero se refiere a la contemplación. Un carácter distintivo de los pueblos eslavos, que ustedes tienen que conservar juntos, es el rasgo contemplativo, que va más allá de las conceptualizaciones filosóficas e incluso teológicas, a partir de una fe experiencial, que sabe acoger el misterio. Ayúdense a cultivar esta tradición espiritual, que Europa tanto necesita; en particular tiene sed de ella el Occidente eclesial, para volver a encontrar la belleza de la adoración de Dios y la importancia de no concebir la comunidad de fe principalmente sobre la base de una eficiencia programática y funcional.

El segundo consejo concierne en cambio a la acción. La unidad no se obtiene tanto con los buenos propósitos y con la adhesión a algún valor común, sino haciendo algo juntos por los que nos acercan más al Señor. ¿Quiénes son? Son los pobres, porque en ellos Jesús está presente (cf. Mt 25,40). Compartir la caridad abre horizontes más amplios y ayuda a caminar más ligeros, superando prejuicios y malentendidos. Y también eso es una característica que encuentra una acogida genuina en este país, donde en la escuela se aprende de memoria una poesía que contiene, entre otros, un pasaje muy hermoso: «Cuando la mano forastera llame a nuestra puerta con sincera confianza, sea quien sea, venga de cerca o de lejos, de día o de noche, el don de Dios estará esperándolo en nuestra mesa» (SAMO CHALUPKA, Mor ho!, 1864). Que el don de Dios esté presente en las mesas de cada uno para que, mientras no compartamos la misma mesa eucarística, podamos al menos acoger juntos a Jesús sirviéndolo en los pobres. Será un signo más evocador que muchas palabras, que ayudará a la sociedad civil a comprender, especialmente en este período de sufrimiento, que sólo estando de parte de los más débiles todos saldremos en verdad de la pandemia.

Queridos hermanos, les agradezco su presencia y su camino. El carácter afable y acogedor, típico del pueblo eslovaco, la tradicional convivencia pacífica entre ustedes y su colaboración por el bien del país son importantes para el fermento del Evangelio. Los animo a seguir adelante en el camino ecuménico, tesoro valioso e irrenunciable. Les aseguro mi recuerdo y les pido, por favor, que recen por mí. Gracias.


Lunes, 13 de septiembre

Encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el Cuerpo Diplomático en el jardín del Palacio Presidencial de Bratislava

Señora Presidenta, miembros del Gobierno y del Cuerpo Diplomático,
distinguidas Autoridades civiles y religiosas,
señoras y señores:

Expreso mi gratitud a la Presidenta Zuzana Čaputová por las palabras de bienvenida que me ha dirigido, también en nombre de ustedes y de la población. Saludo a todos ustedes, manifestándoles mi alegría de estar en Eslovaquia. Vengo como peregrino en un país joven pero de historia antigua, en una tierra de raíces profundas situada en el corazón de Europa. Verdaderamente me encuentro en una “tierra media”, que ha visto muchas transiciones. Estos territorios han sido frontera del Imperio romano y lugar de interacción entre el cristianismo occidental y oriental. De la gran Moravia al Reino húngaro, de la República checoslovaca a hoy, han sabido, en medio de no pocas pruebas, integrarse y distinguirse de un modo esencialmente pacífico. Veintiocho años atrás el mundo admiró el nacimiento sin conflictos de dos países independientes.

Esta historia llama a Eslovaquia a ser un mensaje de paz en el corazón de Europa. Es lo que sugiere la gran franja azul de su bandera, que simboliza la fraternidad con los pueblos eslavos. Fraternidad es lo que necesitamos para promover una integración cada vez más necesaria. Esta urge ahora, en un momento en el que, después de durísimos meses de pandemia, se plantea, junto a muchas dificultades, una anhelada reactivación económica, favorecida por los planes de recuperación de la Unión Europea. Todavía se puede correr el riesgo de dejarse arrastrar por la prisa y la seducción de las ganancias, generando una euforia pasajera que, más que unir, divide. Además, la sola recuperación económica no es suficiente en un mundo donde todos estamos conectados, donde todos habitamos una tierra media. Que este país, mientras en varios frentes siguen luchas por la supremacía, reafirme su mensaje de integración y de paz, y Europa se distinga por una solidaridad que, atravesando las fronteras, pueda volver a llevarla al centro de la historia.

La historia eslovaca está marcada de manera indeleble por la fe. Deseo que ésta ayude a alimentar de modo connatural propósitos y sentimientos de fraternidad. Pueden inspirarse en las grandiosas vidas de los santos hermanos Cirilo y Metodio. Ellos difundieron el Evangelio cuando los cristianos del continente estaban unidos; y todavía hoy unen las confesiones de esta tierra. Eran reconocidos por todos y buscaban la comunión con todos: eslavos, griegos y latinos. La solidez de su fe se traducía así en una apertura espontánea. Es un legado que ustedes están llamados a recoger en este momento, para ser también en este tiempo un signo de unidad.

Queridos amigos, que esta vocación a la fraternidad no desaparezca nunca de sus corazones, sino que acompañe siempre la simpática autenticidad que los caracteriza. Ustedes saben reservar gran atención a la hospitalidad. Me sorprenden las expresiones típicas de la acogida eslava, que ofrece a los visitantes el pan y la sal. Y quisiera ahora inspirarme en estos dones sencillos y preciosos, impregnados de Evangelio.

El pan, elegido por Dios para hacerse presente entre nosotros, es esencial. La Escritura invita a no acumularlo, sino a compartirlo. El pan del que habla el Evangelio siempre se parte. Es un fuerte mensaje para nuestra vida cotidiana; nos dice que la riqueza verdadera no consiste tanto en multiplicar cuanto se tiene, sino en compartirlo equitativamente con quien tenemos a nuestro alrededor. El pan, que partiéndose evoca la fragilidad, invita en particular a hacerse cargo de los más débiles. Que nadie sea estigmatizado o discriminado. La mirada cristiana no ve en los más frágiles una carga o un problema, sino hermanos y hermanas a quienes acompañar y cuidar.

El pan partido y compartido equitativamente recuerda la importancia de la justicia, de dar a cada uno la oportunidad de realizarse. Es necesario esforzarse para construir un futuro en el que las leyes se apliquen a todos por igual, sobre la base de una justicia que no esté nunca en venta. Y para que la justicia no permanezca como una idea abstracta, sino que sea concreta como el pan, es necesario emprender una seria lucha contra la corrupción y que ante todo se fomente e imponga la legalidad.

Además, el pan se une inseparablemente a un adjetivo: cotidiano (cf. Mt 6,11), pan cotidiano. El pan de cada jornada es el trabajo, que ocupa gran parte de ella. Del mismo modo que sin pan no hay nutrición, sin trabajo no hay dignidad. En la base de una sociedad justa y fraterna rige el derecho de que a cada uno se le conceda el pan del trabajo, para que nadie se sienta marginado y se vea obligado a dejar la familia y la tierra de origen en busca de mejores oportunidades.

«Ustedes son la sal de la tierra» (Mt 5,13). La sal es el primer símbolo que Jesús emplea enseñando a sus discípulos. Esta, en primer lugar, da gusto a los alimentos, y lleva a pensar en ese sabor sin el cual la vida se vuelve insípida. No bastan ciertamente estructuras organizadas y eficientes para hacer buena la convivencia humana, se necesita sabor, se necesita el sabor de la solidaridad. Y como la sal sólo da sabor disolviéndose, así la sociedad encuentra gusto a través de la generosidad gratuita de quien se entrega por los demás. Es hermoso que a los jóvenes, en particular, se los motive en este sentido, para que se sientan protagonistas del futuro del país y lo tomen en serio, enriqueciendo con sus sueños y su creatividad la historia que los ha precedido. No hay renovación sin los jóvenes, que a menudo son engañados por un espíritu consumista que marchita la existencia. Muchos, demasiados en Europa se arrastran en el cansancio y la frustración, estresados por ritmos de vida frenéticos y sin saber cómo encontrar motivaciones y esperanza. El ingrediente que falta es el cuidado por los demás. Sentirse responsables de alguien da gusto a la vida y permite descubrir que lo que damos es en realidad un don que nos hacemos a nosotros mismos.

La sal, en los tiempos de Cristo, además de dar sabor, servía para conservar los alimentos, preservándolos del deterioro. Me gustaría que nunca dejen que los fragantes sabores de sus mejores tradiciones se estropeen por la superficialidad del consumo y las ganancias materiales. Y mucho menos de los colonialismos ideológicos. En esta tierra, hasta hace algunos decenios, un pensamiento único coartaba la libertad; hoy otro pensamiento único la vacía de sentido, reconduciendo el progreso al beneficio y los derechos sólo a las necesidades individualistas. Hoy, como entonces, la sal de la fe no es una respuesta según el mundo, no está en el ardor de llevar a cabo guerras culturales, sino en la siembra humilde y paciente del Reino de Dios, principalmente con el testimonio de la caridad, del amor. Vuestra Constitución menciona el deseo de edificar el país sobre la herencia de los santos Cirilo y Metodio, patronos de Europa. Ellos, sin imposiciones y sin coacciones, fecundaron la cultura con el Evangelio, generando procesos beneficiosos. Es esta la senda, no la lucha por la conquista de espacios y de relevancia, sino el camino que indican los santos, el camino de las Bienaventuranzas. De allí, de las Bienaventuranzas, surge la visión cristiana de la sociedad.

Los santos Cirilo y Metodio también han mostrado que custodiar el bien no significa repetir el pasado, sino abrirse a la novedad sin desarraigarse. Vuestra historia cuenta con muchos escritores, poetas y hombres de cultura que han sido la sal del país. Y como la sal quema sobre las heridas, así sus vidas han pasado con frecuencia a través del crisol del sufrimiento. Cuántas personas ilustres fueron encerradas en la cárcel, permaneciendo libres interiormente y ofreciendo luminosos ejemplos de valentía, coherencia y resistencia a la injusticia. Y sobre todo de perdón. Esta es la sal de vuestra tierra.

La pandemia, en cambio, es el crisol de nuestro tiempo. Esta nos ha mostrado que es muy fácil, a pesar de estar todos en la misma situación, disgregarse y pensar solamente en uno mismo. Volvamos a comenzar reconociendo que todos somos frágiles y necesitados de los demás. Ninguno puede aislarse, ya sea como individuo o como nación. Acojamos esta crisis como un «llamado a repensar nuestros estilos de vida» (Carta enc. Fratelli tutti, 33). No sirve recriminar el pasado, es necesario ponerse manos a la obra para construir juntos el futuro. Me gustaría que lo hicieran con la mirada dirigida hacia lo alto, como cuando miran sus espléndidos montes Tatras. Allí, entre los bosques y las cumbres que señalan el cielo, Dios parece más cercano y la creación se revela como la casa intacta que durante siglos ha acogido tantas generaciones. Sus montes conectan cimas y paisajes variados en una cadena única, y trascienden los límites del país para unir en la belleza pueblos diversos. Cultiven esta belleza, la belleza del conjunto. Esto requiere paciencia, esto requiere esfuerzo, esto requiere valentía e intercambio, esto requiere entusiasmo y creatividad. Pero es la obra humana que el cielo bendice. Que Dios los bendiga, que bendiga esta tierra. Nech Boh žehná Slovensko! [¡Que Dios bendiga a Eslovaquia!] Gracias.

Encuentro con los obispos, sacerdotes, religiosos, seminaristas y catequistas en la Catedral de San Martín de Bratislava

Queridos hermanos obispos,

queridos sacerdotes, religiosas, religiosos y seminaristas,
queridos catequistas, hermanas y hermanos, ¡buenos días!

Los saludo con alegría y agradezco a Mons. Stanislav Zvolenský las palabras que me ha dirigido. Gracias por la invitación a sentirme en casa. Vengo como vuestro hermano y por eso me siento uno de ustedes. Estoy aquí para compartir su camino —esto debe hacer el obispo, el Papa—, sus preguntas, los anhelos y las esperanzas de esta Iglesia y de este país. Y, hablando del país, le acabo de decir a la señora Presidenta que Eslovaquia es una poesía. Compartir era el estilo de la primera comunidad cristiana: eran perseverantes y estaban unidos, caminaban juntos (cf. Hch 1,12-14). También discutían, pero caminaban juntos.

Es lo primero que necesitamos: una Iglesia que camina unida, que recorre los caminos de la vida con la llama del Evangelio encendida. La Iglesia no es una fortaleza, no es una potencia, un castillo situado en alto que mira el mundo con distancia y suficiencia. Aquí en Bratislava el castillo ya existe, ¡y es muy hermoso! Pero la Iglesia es la comunidad que desea atraer hacia Cristo con la alegría del Evangelio —¡no el castillo!—, es la levadura que hace fermentar el Reino del amor y de la paz en la masa del mundo. Por favor, no cedamos a la tentación de la magnificencia, de la grandeza mundana. La Iglesia debe ser humilde como era Jesús, que se despojó de todo, que se hizo pobre para enriquecernos (cf. 2 Co 8,9). Así vino a habitar entre nosotros y a curar nuestra humanidad herida.

Sí, es hermosa una Iglesia humilde que no se separa del mundo y no mira la vida con desapego, sino que la habita desde dentro. Habitar desde dentro, no lo olvidemos: compartir, caminar juntos, acoger las preguntas y las expectativas de la gente. Esto nos ayuda a salir de la autorreferencialidad. El centro de la Iglesia —¿quién es el centro de la Iglesia?— no es la Iglesia, y cuando la Iglesia se mira a sí misma acaba como la mujer del Evangelio: encorvada, mirándose el ombligo (cf. Lc 13,10-13). El centro de la Iglesia no es ella misma. Salgamos de la preocupación excesiva por nosotros mismos, por nuestras estructuras, por cómo nos mira la sociedad. Y esto al final nos llevará a una “teología del maquillaje”, de cómo nos maquillamos mejor. Adentrémonos en cambio en la vida real, la vida real de la gente, y preguntémonos: ¿cuáles son las necesidades y las expectativas espirituales de nuestro pueblo? ¿Qué se espera de la Iglesia? A mí me parece importante intentar responder a estas preguntas y me vienen a la mente tres palabras.

La primera es libertad. Sin libertad no hay verdadera humanidad, porque el ser humano ha sido creado libre y para ser libre. Los periodos dramáticos de la historia de su país son una gran enseñanza: cuando la libertad fue herida, violada y asesinada; la humanidad fue degradada y se abatieron sobre ella las tormentas de la violencia, de la coacción y de la privación de los derechos.

Pero, al mismo tiempo, la libertad no es una conquista automática, que permanece igual una vez para siempre. ¡No! La libertad siempre es un camino, a veces fatigoso, que hay que renovar continuamente, luchar por ella cada día. No basta ser libres exteriormente o en las estructuras de la sociedad para serlo de verdad. La libertad llama a ser responsables de las propias decisiones, a discernir, a llevar adelante los procesos de la vida en primera persona. Y esto es arduo, esto nos da miedo. A veces es más cómodo no dejarse provocar por las situaciones concretas y seguir adelante repitiendo el pasado, sin poner nuestro corazón, sin el riesgo de la decisión. Mejor arrastrar la vida haciendo lo que otros deciden por nosotros —quizá la masa o la opinión pública o lo que nos venden los medios de comunicación social—. Esto no puede ser. Y hoy, mucho de lo que hacemos lo deciden los medios por nosotros. Y se pierde la libertad. Recordemos la historia del pueblo de Israel: sufría bajo la tiranía del faraón, era esclavo; luego fue liberado por el Señor, pero para llegar a ser verdaderamente libre, no sólo liberado de los enemigos, debía atravesar el desierto, un camino difícil. Y les llevaba a pensar: “Casi, casi era mejor antes, al menos teníamos algunas cebollas para comer…”. Una gran tentación: mejor algunas cebollas que la fatiga y el riesgo de la libertad. Esta es una de las tentaciones. Ayer, hablando al grupo ecuménico, recordaba a Dostoyevski en “El Gran Inquisidor”. Cristo regresa de incógnito a la tierra y el inquisidor le reprocha que haya dado la libertad a los hombres. Basta algo de pan y poquito más; basta un poco de pan y cualquier otra cosa. Siempre está esa tentación, la tentación de las cebollas. Mejor un poco de cebolla y pan que la fatiga y el riesgo de la libertad. Les dejo a ustedes que piensen estas cosas.

A veces también en la Iglesia nos puede acechar esta idea: es mejor tener todo predefinido ­—las leyes que deben observarse, seguridad y uniformidad—, más que ser cristianos responsables y adultos que piensan, interrogan la propia conciencia y se dejan cuestionar. Es el comienzo de la casuística, todo controlado. En la vida espiritual y eclesial existe la tentación de buscar una falsa paz que nos deja tranquilos, en vez del fuego del Evangelio que nos inquieta, que nos transforma. Las seguras cebollas de Egipto son más cómodas que las incertidumbres del desierto. Pero una Iglesia que no deja espacio a la aventura de la libertad, incluso en la vida espiritual, corre el riesgo de convertirse en un lugar rígido y cerrado. Tal vez algunos están acostumbrados a esto; pero a muchos otros —sobre todo en las nuevas generaciones— no les atrae una propuesta de fe que no les deje su libertad interior, no les atrae una Iglesia en la que sea necesario que todos piensen del mismo modo y obedezcan ciegamente.

Queridos amigos, no tengan miedo de formar a las personas en una relación madura y libre con Dios. Esta relación es importante. Esto quizá nos dará la impresión de no poder controlarlo todo, de perder fuerza y autoridad; pero la Iglesia de Cristo no quiere dominar las conciencias y ocupar los espacios, quiere ser una “fuente” de esperanza en la vida de las personas. Es un riesgo. Es un desafío. Lo digo sobre todo a los Pastores: ustedes ejercitan el ministerio en un país en el que muchas cosas han cambiado rápidamente y muchos procesos democráticos se han iniciado, pero la libertad todavía es frágil. Lo es sobre todo en el corazón y en la mente de las personas. Por eso los animo a hacerlas crecer libres de una religiosidad rígida. Salir de esto, y que crezcan libres. Que ninguno se sienta presionado. Que cada uno pueda descubrir la libertad del Evangelio, entrando gradualmente en relación con Dios, con la confianza de quien sabe que, ante Él, puede llevar la propia historia y las propias heridas sin miedo y sin fingimientos, sin preocuparse de defender la propia imagen. Poder decir: “soy pecador”, pero decirlo con sinceridad, no golpearnos el pecho y después seguir creyéndonos justos. La libertad. Que el anuncio del Evangelio sea liberador, nunca opresor. ¡Y que la Iglesia sea signo de libertad y de acogida!

Estoy seguro de que nunca se sabrá de donde viene esto. Les digo algo que pasó hace tiempo. La carta de un obispo, hablando de un nuncio. Decía: “Bueno, nosotros estuvimos 400 años sometidos por los turcos y sufrimos. Después 50 sometidos por el comunismo y sufrimos. ¡Pero los siete años con este nuncio han sido peor que las otras dos veces!”. En ocasiones me pregunto, ¿cuánta gente puede decir lo mismo del obispo o del párroco que tiene? ¿Cuánta gente? No. Sin libertad, sin paternidad las cosas no funcionan.

La segunda palabra —la primera era libertad— es creatividad. Ustedes son hijos de una gran tradición. Su experiencia religiosa encuentra un manantial en la predicación y el ministerio de las figuras luminosas de los santos Cirilo y Metodio. Ellos nos enseñan que la evangelización no es nunca una simple repetición del pasado. La alegría del Evangelio siempre es Cristo, pero las sendas para que esta buena noticia pueda abrirse camino en el tiempo y en la historia son diversas. Las sendas son todas diversas. Cirilo y Metodio recorrieron juntos esta parte del continente europeo y, ardientes de pasión por el anuncio del Evangelio, llegaron a inventar un nuevo alfabeto para la traducción de la Biblia, de los textos litúrgicos y de la doctrina cristiana. Fue así que se convirtieron en apóstoles de la inculturación de la fe entre ustedes. Fueron inventores de nuevos lenguajes para transmitir el Evangelio, fueron creativos en la traducción del mensaje cristiano, estuvieron tan cerca de la historia de los pueblos que encontraban, que hasta llegaron a hablar su lengua y asimilar su cultura. ¿No necesita esto Eslovaquia también hoy? Me pregunto. ¿No es esta quizá la tarea más urgente de la Iglesia en los pueblos de Europa: encontrar nuevos “alfabetos” para anunciar la fe? Tenemos de trasfondo una rica tradición cristiana, pero hoy, en la vida de muchas personas, esta permanece en el recuerdo de un pasado que ya no habla ni orienta más las decisiones de la existencia. Ante la pérdida del sentido de Dios y de la alegría de la fe no sirve lamentarse, atrincherarse en un catolicismo defensivo, juzgar y acusar al mundo malo, no; es necesaria la creatividad del Evangelio. ¡Estemos atentos! El Evangelio aún no está cerrado, está abierto. Está vigente, está vigente, sigue adelante. Recordemos lo que hicieron esos hombres que querían llevar a un paralítico ante Jesús y no lograban atravesar la puerta de entrada. Hicieron una abertura en el techo y lo bajaron desde lo alto (cf. Mc 2,1-5). ¡Fueron creativos! Frente a las dificultades —“Pero, ¿cómo hacemos? Ah, hagamos así”—, frente, quizá, a una generación que no cree, que ha perdido el sentido de la fe, o que ha reducido la fe a una costumbre o a una cultura más o menos aceptable, tratemos de hacer una abertura y seamos creativos. Libertad, creatividad. ¡Qué hermoso cuando sabemos encontrar caminos, modos y lenguajes nuevos para anunciar el Evangelio! Y nosotros podemos ayudar con la creatividad humana, también cada uno de nosotros puede serlo, pero el gran creativo es el Espíritu Santo, es Él quien nos impulsa a ser creativos. Si con nuestra predicación y nuestra pastoral no logramos entrar más por la vía ordinaria, intentemos abrir espacios diferentes, experimentemos otros caminos.

Y aquí hago un paréntesis. La predicación. Alguno me ha dicho que en “Evangelii gaudium” me detuve demasiado en el tema de la homilía, porque es uno de los problemas de este tiempo. Sí, la homilía no es un sacramento, como pretendían algunos protestantes, pero es un sacramental. No es una predicación de cuaresma, no, es otra cosa. Está en el corazón de la Eucaristía. Y pensemos en los fieles, que tienen que escuchar homilías de 40, de 50 minutos, sobre temas que no comprenden, que no les tocan. Por favor, sacerdotes y obispos, piensen bien cómo preparar la homilía, cómo hacerla para que contacte con la gente, e inspírense en el texto bíblico. Una homilía, normalmente, no tiene que durar más de diez minutos, porque la gente después de ocho minutos pierde la atención, a no ser que sea muy interesante. Pero el tiempo debería ser 10-15 minutos, no más. Un profesor de homilética que tuve decía que una homilía debe tener coherencia interna, debe tener una idea, una imagen y un afecto; que la gente se vaya con una idea, con una imagen y con algo que les haya movido el corazón. ¡Así de sencillo es el anuncio del Evangelio! Y así predicaba Jesús, que tomaba los pájaros, los campos, que tomaba esto o lo otro, las cosas concretas, lo que la gente podía entender. Disculpen si vuelvo sobre esto, pero a mí me preocupa… [aplauso] Me permito una maldad, ¡el aplauso lo empezaron las religiosas, que son víctimas de nuestras homilías!

Cirilo y Metodio desplegaron esta creatividad nueva, lo hicieron y nos dicen esto: el Evangelio no puede crecer si no está radicado en la cultura de un pueblo, es decir, en sus símbolos, en sus preguntas, en sus palabras, en su modo de ser. Los dos hermanos tuvieron muchos obstáculos y persecuciones, ustedes lo saben. Fueron acusados de herejía porque se habían atrevido a traducir la lengua de la fe. Así es la ideología que nace de la tentación de uniformar. Detrás de querer ser uniformes hay una ideología. Pero la evangelización es un proceso de inculturación, es semilla fecunda de novedad, es la novedad del Espíritu que renueva todas las cosas. El labrador siembra —dice Jesús—, después se va a su casa y duerme. No se levanta para ver si crece, si brota. Dios es el que hace crecer. En este sentido, no hay que controlar demasiado la vida, hay que dejar que la vida crezca, como hicieron Cirilo y Metodio. A nosotros nos corresponde sembrar bien y cuidar como padres, eso sí. El labrador cuida, pero no va allí a ver todos los días cómo crece. Si hace esto, mata la planta.

Libertad, creatividad y, finalmente, el diálogo. Una Iglesia que forma en la libertad interior y responsable, que sabe ser creativa adentrándose en la historia y en la cultura, es también una Iglesia que sabe dialogar con el mundo, con el que confiesa a Cristo sin que sea “de los nuestros”, con el que vive la fatiga de una búsqueda religiosa, también con el que no cree. No es selectiva de un grupito, no, dialoga con todos, con los creyentes, con los que progresan en la santidad, con los tibios y con los no creyentes. Habla con todos. Es una Iglesia que, siguiendo el ejemplo de Cirilo y Metodio, reúne y mantiene unido el Oriente y el Occidente, tradiciones y sensibilidades diversas. Una comunidad que, anunciando el Evangelio del amor, hace brotar la comunión, la amistad y el diálogo entre los creyentes, entre las diferentes confesiones cristianas y entre los pueblos.

La unidad, la comunión y el diálogo siempre son frágiles, especialmente cuando en el pasado hay una historia de dolor que ha dejado cicatrices. El recuerdo de las heridas puede hacer caer en el resentimiento, en la desconfianza, incluso en el desprecio, induciendo a levantar barreras ante el que es distinto de nosotros. Pero las heridas pueden ser accesos, aberturas que, imitando las llagas del Señor, dejan pasar la misericordia de Dios, su gracia que cambia la vida y nos transforma en agentes de paz y de reconciliación. Sé que ustedes tienen un proverbio: «A quien te tire una piedra, tú regálale un pan». Esto nos inspira. ¡Esto es muy evangélico! Es la invitación de Jesús a romper el círculo vicioso y destructivo de la violencia, poniendo la otra mejilla a quien nos golpea, para vencer el mal con el bien (cf. Rm 12,21). Me impresiona un detalle de la historia del cardenal Korec. Era un cardenal jesuita, perseguido por el régimen, encarcelado, obligado a trabajar duramente hasta que se enfermó. Cuando vino a Roma para el Jubileo del año 2000, fue a las catacumbas y encendió una vela por sus perseguidores, pidiendo misericordia para ellos. ¡Este es el Evangelio! ¡Este es el Evangelio! Crece en la vida y en la historia por medio del amor humilde, por medio del amor paciente.

Queridas amigas y queridos amigos, agradezco a Dios estar entre ustedes, y les agradezco de corazón todo lo que hacen y lo que son, y lo que harán inspirándose en esta homilía, que es también una semilla que yo estoy sembrando... ¡Veamos si crecen las plantas! Me gustaría que continúen su camino en la libertad del Evangelio, en la creatividad de la fe y en el diálogo que brota de la misericordia de Dios, que nos ha hecho hermanos y hermanas, y que nos llama a ser artesanos de paz y de concordia. Los bendigo de corazón. Y, por favor, recen por mí. ¡Gracias!

Visita al “Centro Belén” de Bratislava

Buenas tardes a todos.

Estoy contento de visitarlos, de estar entre ustedes, estoy muy contento. Gracias por recibirme.

Y agradezco mucho a las Hermanas por el trabajo que hacen, trabajo de acogida, de ayuda, de acompañamiento. Muchas gracias. Agradezco a las mamás, a los papás que están aquí con los jóvenes; y agradezco a todos los jóvenes por estar aquí en este momento. Y también el Señor está con nosotros. Cuando estamos juntos, tan felices, el Señor está con nosotros. Está con nosotros incluso cuando afrontamos momentos de prueba. El Señor nunca nos abandona, siempre está cerca de nosotros. Podemos verlo o no verlo, pero siempre nos acompaña en el camino de la vida. No se olviden de esto, sobre todo en los momentos feos. Y muchas gracias, muchas gracias.

Encuentro con la comunidad judía en la Plaza Rybné námestie de Bratislava

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenas tardes!

Les agradezco sus palabras de bienvenida y los testimonios que han dado. Estoy aquí como peregrino para tocar este lugar y ser tocado por él. La plaza donde nos encontramos es muy significativa para su comunidad. Mantiene vivo el recuerdo de un rico pasado: fue durante siglos parte del barrio judío; aquí trabajó el célebre rabino Chatam Sofer. Aquí había una sinagoga, justo al lado de la Catedral de la Coronación. La arquitectura, como se ha dicho, expresaba la convivencia pacífica de las dos comunidades, símbolo inusual y de gran alcance evocativo, admirable signo de unidad en el nombre del Dios de nuestros padres. Aquí yo también siento la necesidad, como muchos de ustedes, de “quitarme las sandalias”, porque me encuentro en un lugar bendecido por la fraternidad de los hombres en el nombre del Altísimo.

Pero, posteriormente, el nombre de Dios fue deshonrado. En la locura del odio, durante la segunda guerra mundial, más de cien mil judíos eslovacos fueron asesinados. Y después, cuando se quisieron borrar las huellas de la comunidad, aquí la sinagoga fue demolida. Está escrito: «No invocarás en vano el nombre del Señor» (Ex 20,7). El nombre divino, es decir, su misma realidad personal, se nombra en vano cuando se viola la dignidad única e irrepetible del hombre, creado a su imagen. Aquí el nombre de Dios fue deshonrado, porque la peor blasfemia que se le puede causar es la de usarlo para los propios fines, más que para respetar y amar a los demás. Aquí, ante la historia del pueblo judío, marcada por este agravio trágico e indescriptible, nos avergonzamos de admitirlo: ¡cuántas veces el nombre inefable del Altísimo ha sido usado para realizar acciones que por su falta de humanidad resultan inenarrables! Cuántos opresores han declarado: “Dios está con nosotros”, pero eran ellos los que no estaban con Dios.

Queridos hermanos y hermanas, la historia de ustedes es nuestra historia, sus dolores son nuestros dolores. Para algunos de ustedes, este Memorial de la Soah es el único lugar donde pueden honrar la memoria de sus seres queridos. También yo me uno a ustedes. Sobre el Memorial está escrito en hebreo “Zachor”: “Recuerda”. La memoria no puede y no debe dejar lugar al olvido, porque no habrá un amanecer en que perdure la fraternidad si antes no se han compartido y disipado las oscuridades de la noche. La pregunta del profeta resuena también para nosotros: «Centinela, ¿cuánto queda de la noche?» (Is 21,11). Esto significa que no es tiempo de seguir opacando la imagen de Dios que resplandece en el hombre. Ayudémonos en esto. Porque tampoco hoy faltan ídolos vanos y falsos que deshonran el nombre del Altísimo. Son los ídolos del poder y del dinero que se imponen sobre la dignidad del hombre, de la indiferencia que vuelve la mirada hacia otra parte, de las manipulaciones que instrumentalizan la religión, haciendo de ella una cuestión de supremacía o reduciéndola a la irrelevancia. Y también lo es el olvido del pasado, la ignorancia que justifica todo, la rabia y el odio. Estamos unidos —lo repito— en la condena de toda violencia, de toda forma de antisemitismo, y en el esfuerzo para que la imagen de Dios en la persona humana no sea profanada.

Pero esta plaza, queridos hermanos y hermanas, es también un lugar donde brilla la luz de la esperanza. Ustedes vienen aquí cada año a encender la primera luz en el candelabro de la Chanukiah. Así, en la oscuridad, surge el mensaje de que la destrucción y la muerte no son las que tienen la última palabra, sino la renovación y la vida. Y si la sinagoga fue demolida en este sitio, la comunidad todavía está presente. Está viva y abierta al diálogo. Aquí nuestras historias se encuentran de nuevo. Aquí juntos afirmamos ante Dios la voluntad de seguir en un camino de acercamiento y amistad.

A este respecto, conservo vivo en mí el recuerdo del encuentro en Roma en el año 2017 con los Representantes de vuestras comunidades judías y cristianas. Estoy contento de que posteriormente se haya instituido una Comisión para el diálogo con la Iglesia católica y que juntos hayan publicado importantes documentos. Es bueno compartir y comunicar lo que nos une. Y es bueno seguir, en la verdad y con sinceridad, en el camino fraterno de purificación de la memoria para sanar las heridas pasadas, así como en el recuerdo del bien recibido y ofrecido. Según el Talmud, el que destruye un solo hombre destruye el mundo entero, y el que salva un solo hombre salva el mundo entero. Cada uno vale, y vale mucho lo que ustedes hacen por medio de su precioso compartir. Les agradezco las puertas que han abierto de ambas partes.

El mundo necesita puertas abiertas. Son signos de bendición para la humanidad. Al padre Abrahán Dios le dijo: «En ti se bendecirán todas las familias de la tierra» (Gn 12,3). Es un estribillo que resuena en la vida de los padres (cf. Gn 18,18; 22,18; 26,4). A Jacob, o sea Israel, Dios le dijo: «Ellos serán numerosos como el polvo de la tierra, y se extenderán al oeste y al este, al norte y al sur. En ti y en tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra» (Gn 28,14). Que aquí, en esta tierra eslovaca, tierra de encuentro entre este y oeste, norte y sur, la familia de los hijos de Israel siga cultivando esta vocación, la llamada a ser signo de bendición para todas las familias de la tierra. La bendición del Altísimo se derrama sobre nosotros cuando ve una familia de hermanos que se respetan, se aman y colaboran. Que el Omnipotente los bendiga para que, en medio de tanta discordia que contamina nuestro mundo, puedan ser siempre, juntos, testigos de paz. Shalom!

Divina liturgia de San Juan Crisóstomo presidida por el Santo Padre

«Nosotros —declara san Pablo— proclamamos a un Mesías crucificado […], fuerza y sabiduría de Dios». Por otra parte, el Apóstol no esconde que la cruz, a los ojos de la sabiduría humana, representa todo lo contrario: es «escándalo», «locura» (1 Co 1,23-24). La cruz era instrumento de muerte, y sin embargo de allí ha venido la vida. Era lo que nadie quería mirar, y aun así nos ha revelado la belleza del amor de Dios. Por eso el santo Pueblo de Dios la venera y la liturgia la celebra en la fiesta de hoy. El Evangelio de san Juan nos toma de la mano y nos ayuda a entrar en este misterio. El evangelista, de hecho, estaba justo allí, al pie de la cruz. Contempla a Jesús, ya muerto, colgado del madero, y escribe: «El que lo vio da testimonio» (Jn 19,35). San Juan ve y da testimonio.

Ante todo está el ver. Pero, ¿qué ha visto Juan al pie de la cruz? Ciertamente lo que han visto los demás: Jesús, inocente y bueno, muere brutalmente entre dos malhechores. Una de las tantas injusticias, uno de los tantos sacrificios cruentos que no cambian la historia, la enésima demostración de que el curso de los acontecimientos en el mundo no se modifica: a los buenos se los quita del medio y los malvados vencen y prosperan. A los ojos del mundo la cruz es un fracaso. Y también nosotros corremos el riesgo de detenernos ante esta primera mirada, superficial, de no aceptar la lógica de la cruz; de no aceptar que Dios nos salve dejando que se desate sobre sí el mal del mundo. No aceptar, sino sólo con palabras, al Dios débil y crucificado, es soñar con un Dios fuerte y triunfante. Es una gran tentación. Cuántas veces aspiramos a un cristianismo de vencedores, a un cristianismo triunfador que tenga relevancia e importancia, que reciba gloria y honor. Pero un cristianismo sin cruz es mundano y se vuelve estéril.

San Juan, en cambio, vio en la cruz la obra de Dios. Reconoció en Cristo crucificado la gloria de Dios. Vio que Él, a pesar de las apariencias, no era un fracasado, sino que era Dios que voluntariamente se ofrecía por todos los hombres. ¿Por qué lo hizo? Hubiera podido conservar la vida, hubiera podido mantenerse a distancia de nuestra historia más miserable y cruda. En cambio, quiso entrar dentro, ahondar en ella. Por eso eligió el camino más difícil: la cruz. Porque no debe haber en la tierra ninguna persona tan desesperada que no lo pueda encontrar, aun allí, en la angustia, en la oscuridad, en el abandono, en el escándalo de la propia miseria y de los propios errores. Precisamente allí, donde se piensa que Dios no pueda estar, Dios ha llegado. Para salvar a cualquier persona que esté desesperada quiso rozar la desesperación, para hacer suyo nuestro más amargo desaliento gritó en la cruz: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46; Sal 22,1). Un grito que salva. Salva porque Dios hizo suyo incluso nuestro abandono. Y nosotros, ahora, con Él, ya no estamos solos, nunca.

¿Cómo podemos aprender a ver la gloria en la cruz? Algunos santos han enseñado que la cruz es como un libro que, para conocerlo, es necesario abrir y leer. No basta adquirir un libro, darle un vistazo y colocarlo en un lugar visible de la casa. Lo mismo vale para la cruz: está pintada o esculpida en cada rincón de nuestras iglesias. Son incontables los crucifijos: en el cuello, en casa, en el auto, en el bolsillo. Pero no sirve de nada si no nos detenemos a mirar al Crucificado y no le abrimos el corazón, si no nos dejamos sorprender por sus llagas abiertas por nosotros, si el corazón no se llena de conmoción y no lloramos delante del Dios herido de amor por nosotros. Si no hacemos esto, la cruz se queda como un libro no leído, del que se conoce bien el título y el autor, pero que no repercute en la vida. No reduzcamos la cruz a un objeto de devoción, mucho menos a un símbolo político, a un signo de importancia religiosa y social.

De la contemplación del Crucificado brota el segundo paso: dar testimonio. Si se ahonda la mirada en Jesús, su rostro comienza a reflejarse en el nuestro, sus rasgos se vuelven los nuestros, el amor de Cristo nos conquista y nos transforma. Pienso en los mártires, que testimoniaron el amor de Cristo en tiempos muy difíciles de esta nación, cuando todo aconsejaba callar, resguardarse, no profesar la fe. Pero no podían, no podían dejar de dar testimonio. ¡Cuántas personas generosas aquí en Eslovaquia sufrieron y murieron a causa del nombre de Jesús! Un testimonio realizado por amor a Aquel que habían contemplado largamente. Tanto, hasta el punto de asemejarse a Él, incluso en la muerte.

Pero pienso también en nuestro tiempo, en el que no faltan ocasiones para dar testimonio. Aquí, gracias a Dios, no hay quien persiga a los cristianos como en tantas otras partes del mundo. Pero el testimonio puede ser socavado por la mundanidad o la mediocridad. La cruz en cambio exige un testimonio límpido. Porque la cruz no quiere ser una bandera que enarbolar, sino la fuente pura de un nuevo modo de vivir. ¿Cuál? El del Evangelio, el de las Bienaventuranzas. El testigo que tiene la cruz en el corazón y no solamente en el cuello no ve a nadie como enemigo, sino que ve a todos como hermanos y hermanas por los que Jesús ha dado la vida. El testigo de la cruz no recuerda los agravios del pasado y no se lamenta del presente. El testigo de la cruz no usa los caminos del engaño y del poder mundano, no quiere imponerse a sí mismo y a los suyos, sino dar la propia vida por los demás. No busca los propios beneficios para después mostrarse devoto, esta sería una religión del doblez, no el testimonio del Dios crucificado. El testigo de la cruz persigue una sola estrategia, la del Maestro, que es el amor humilde. No espera triunfos aquí abajo, porque sabe que el amor de Cristo es fecundo en lo cotidiano y hace nuevas todas las cosas desde dentro, como semilla caída en tierra, que muere y da fruto.

Queridos hermanos y hermanas, ustedes han visto testigos. Conserven el amado recuerdo de las personas que los han amamantado y criado en la fe. Personas humildes y sencillas, que han dado la vida amando hasta el extremo. Ellos son nuestros héroes, los héroes de la cotidianidad, y sus vidas son las que cambian la historia. Los testigos engendran otros testigos, porque son dadores de vida. Y así se difunde la fe. No con el poder del mundo, sino con la sabiduría de la cruz; no con las estructuras, sino con el testimonio. Y hoy el Señor, desde el silencio vibrante de la cruz, nos dice a todos nosotros, te dice también a ti, a ti, a ti, a mí: “¿Quieres ser mi testigo?”.

Con Juan, en el Calvario, estaba la Santa Madre de Dios. Nadie como ella vio abierto el libro de la cruz y lo testimonió por medio del amor humilde. Por su intercesión, pidamos la gracia de convertir la mirada del corazón al Crucificado. Entonces nuestra fe podrá florecer en plenitud, entonces los frutos de nuestro testimonio madurarán.

Encuentro con la comunidad gitana

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenas tardes!

Les agradezco la acogida y sus palabras afectuosas. Ján ha recordado lo que les dijo san Pablo VI: «Ustedes en la Iglesia no están al margen… Ustedes están en el corazón de la Iglesia» (Homilía, 26 septiembre 1965). Nadie en la Iglesia debe sentirse fuera de lugar o dejado de lado. No es sólo un modo de decir, es el modo de ser de la Iglesia. Porque ser Iglesia es vivir como convocados por Dios, es sentirse titulares en la vida, formar parte del mismo equipo. Sí, porque Dios nos desea así, cada uno diferente pero todos reunidos en torno a Él. El Señor nos ve juntos. A todos.

Y nos ve hijos. Tiene mirada de Padre, mirada de predilección por cada hijo. Si yo acojo esta mirada sobre mí, aprendo a ver bien a los demás, descubro que tengo a mi lado otros hijos de Dios y los reconozco como hermanos. Esta es la Iglesia, una familia de hermanos y hermanas con el mismo Padre, que nos ha dado a Jesús como hermano, para que comprendamos cuánto ama la fraternidad. Y anhela que toda la humanidad llegue a ser una familia universal. Ustedes albergan un gran amor por la familia, y miran a la Iglesia a partir de esta experiencia. Sí, la Iglesia es casa, es su casa. Por eso —quisiera decirles con el corazón— ustedes son bienvenidos, siéntanse siempre en casa en la Iglesia y nunca tengan miedo de estar aquí. ¡Que ninguno los deje, a ustedes o a cualquier otra persona, fuera de la Iglesia!

Ján, me has saludado con tu esposa Beáta. Juntos han antepuesto su sueño de familia a vuestras grandes diferencias de proveniencia, usos y costumbres. Su matrimonio es el que testimonia, más que muchas palabras, cómo lo concreto de la vida juntos puede derribar numerosos estereotipos, que de lo contrario parecieran insuperables. No es fácil ir más allá de los prejuicios, incluso entre los cristianos. No es sencillo valorar a los otros, a menudo se los ve como obstáculos o adversarios y se expresan juicios sin conocer sus rostros y sus historias.

Pero escuchemos lo que dice Jesús en el Evangelio: «No juzguen» (Mt 7,1). El Evangelio no debe ser endulzado, no debe ser diluido. No juzguen, nos dice Cristo. Cuántas veces, en cambio, no sólo hablamos sin tener elementos o de oídas, sino que nos consideramos en lo correcto cuando somos jueces implacables de los demás. Indulgentes con nosotros mismos, inflexibles con los otros. ¡Cuántas veces los juicios son en realidad prejuicios, cuántas veces adjetivamos! La belleza de los hijos de Dios, que son nuestros hermanos, se desfigura con palabras. No se puede reducir la realidad del otro a los propios modelos prefabricados, no se puede encasillar a las personas. Ante todo, para conocerlas verdaderamente, es necesario reconocerlas. Reconocer que cada uno lleva en sí la belleza imborrable de hijo de Dios, en la que se refleja el Creador.

Queridos hermanos y hermanas, demasiadas veces ustedes han sido objeto de preconceptos y de juicios despiadados, de estereotipos discriminatorios, de palabras y gestos difamatorios. De esta manera todos nos hemos vuelto más pobres, pobres de humanidad. Lo que necesitamos es recuperar dignidad y pasar de los prejuicios al diálogo, de las cerrazones a la integración. Pero, ¿cómo hacer? Nikola y René, ustedes nos han ayudado. Su historia de amor nació aquí y maduró gracias a la cercanía y al aliento que recibieron. Se sintieron responsables y aspiraron a un trabajo, se sintieron amados y crecieron con el deseo de dar algo más a sus hijos.

Así nos dieron un hermoso mensaje: donde se cuida a la persona, donde hay trabajo pastoral, donde hay paciencia y concreción llegan los frutos. No llegan inmediatamente, sino con el tiempo, pero llegan. Juicios y prejuicios sólo aumentan las distancias. Conflictos y palabras fuertes no ayudan. Marginar a las personas no resuelve nada. Cuando se alimenta la cerrazón, antes o después estalla la rabia. El camino para una convivencia pacífica es la integración. Es un proceso orgánico, un proceso lento y vital que se inicia con un conocimiento recíproco, va adelante con paciencia y mira al futuro. ¿Y a quién le pertenece el futuro? Podemos preguntarnos ¿a quién pertenece el futuro? A los niños. Ellos son los que nos orientan. Sus grandes sueños no pueden hacerse añicos contra nuestras barreras. Ellos quieren crecer junto a los demás, sin obstáculos, sin exclusiones. Merecen una vida integrada, una vida libre. Ellos son los que motivan decisiones con amplitud de miras que no buscan el consenso inmediato, sino que velan por el porvenir de todos. Por los hijos deben tomarse decisiones valientes; por su dignidad, por su educación, para que crezcan bien arraigados en sus orígenes y, al mismo tiempo, para que no vean coartada cualquier otra posibilidad.

Agradezco a quienes llevan adelante este trabajo de integración que, además de que comporta no poco esfuerzo, a veces recibe incomprensión e ingratitud, incluso dentro de la Iglesia. Queridos sacerdotes, religiosos y laicos, queridos amigos que dedican su tiempo para ofrecer un desarrollo integral a sus hermanos y hermanas, ¡gracias! Gracias por todo el trabajo con quienes están en los márgenes. Pienso también en los refugiados y en los detenidos. A ellos, en particular, y a todo el mundo penitenciario expreso mi cercanía. Gracias, don Peter, por habernos hablado de los centros pastorales, donde no hacen asistencialismo social, sino acompañamiento personal. Gracias a ustedes Salesianos. Sigan adelante en este camino, que no engaña de poder dar todo y rápidamente, sino que es profético, porque incluye a los últimos, construye fraternidad, siembra la paz. No tengan miedo de salir al encuentro de quien está marginado. Se darán cuenta de que salen al encuentro de Jesús. Él los espera allí donde hay fragilidad, no comodidad; donde hay servicio, no poder; donde es posible encarnarse, no buscar sentirse satisfechos. Allí está Él.

Y los invito a todos ustedes a ir más allá de los miedos, más allá de las heridas del pasado, con confianza, un paso tras otro: en el trabajo honesto, en la dignidad de ganarse el pan cotidiano, alimentando la confianza recíproca. Y en la oración los unos por los otros, porque esto es lo que nos orienta y nos da fuerza. Los animo, los bendigo y les traigo el abrazo de toda la Iglesia. Gracias. Palikerav.

Encuentro con los jóvenes en el Estadio Lokomotiva de Košice

Queridos jóvenes, queridos hermanos y hermanas, ¡ dobrý večer ! [¡Buenas noches!]

Me alegró escuchar las palabras de Mons. Bernard, sus testimonios y sus preguntas. Has hecho tres y me gustaría intentar encontrar respuestas contigo.

Empiezo por Peter y Zuzka, con tu pregunta sobre el amor en la pareja. El amor es el sueño más grande de la vida, pero no es un sueño barato. Es agradable, pero no es fácil, como todas las grandes cosas de la vida. Es el sueño, pero no es un sueño fácil de interpretar. Te robo una frase: "Hemos empezado a percibir este regalo con ojos totalmente nuevos". Realmente, como dijiste, se necesitan ojos nuevos, ojos que no se dejen engañar por las apariencias. Amigos, no trivialicemos el amor, porque el amor no es solo emoción y sentimiento, en todo caso, este es el comienzo. El amor no es tenerlo todo de inmediato, no responde a la lógica de lo desechable . El amor es fidelidad, don, responsabilidad.

La verdadera originalidad hoy, la verdadera revolución, es rebelarse contra la cultura de lo provisional, es ir más allá del instinto, más allá del instante, es amar a toda la vida y con todo el yo. No estamos aquí para salir adelante, sino para hacer de la vida un negocio. Todos ustedes tendrán en mente grandes historias, que han leído en novelas, visto en alguna película inolvidable, escuchado en algún cuento conmovedor. Si lo piensas bien, en las grandes historias siempre hay dos ingredientes: uno es el amor, el otro es la aventura, el heroísmo. Siempre van juntos. Para hacer la vida grandiosa se necesitan ambos: amor y heroísmo. Miramos a Jesús, miramos al Crucifijo, hay ambos: el amor sin límites y el valor de entregar la vida hasta el final, sin medias tintas. Aquí, ante nosotros, está la Beata Ana, una heroína del amor. Nos dice que apuntemos a metas altas. Por favor.

Por eso, cuando sueñas con el amor, no crees en los efectos especiales, sino que cada uno de ustedes es especial, cada uno de ustedes. Todo el mundo es un regalo y puede hacer de la vida, la suya propia, un regalo. Otros, la sociedad, los pobres te esperan. Sueñas con una belleza que va más allá de la apariencia, más allá del maquillaje, más allá de las tendencias de la moda. ¿Sueñas sin miedo a formar una familia, a engendrar y educar hijos, a pasar una vida compartiendo todo con otra persona, sin avergonzarte de tus flaquezas, porque hay él o ella que los acoge y los ama, que te ama como a ti? están. Esto es amor: amar al otro como es, ¡y esto es hermoso! Los sueños que tenemos nos dicen la vida que queremos. Los grandes sueños no son el coche potente, el vestido de moda o las vacaciones transgresoras. No escuches a quienes te hablan de sueños y en cambio te venden ilusiones. Una cosa es soñar, soñar y otra tener ilusiones. Estos que venden ilusiones hablando de sueños son manipuladores de la felicidad. Fuimos creados para una mayor alegría: cada uno de nosotros es único y está en el mundo para sentirse amado en su unicidad y amar a los demás como nadie puede hacerlo en su lugar. No vives sentado en el banco para hacer la reserva de otra persona. No, cada uno es único a los ojos de Dios, no se dejen “aprobar”; no estamos hechos en serie, somos únicos, somos libres y estamos en el mundo para vivir una historia de amor, de amor con Dios, para abrazar la audacia de las decisiones fuertes, para aventurarnos en el maravilloso riesgo de amar. Te pregunto: ¿crees esto? Te pregunto: ¿sueñas con esto? [ellos responden: “¡Sí!”] ¿Estás seguro? ["¡Sí] ¡Bien hecho!

Me gustaría darte otro consejo. Para que el amor dé fruto, no olvides las raíces . ¿Y cuáles son tus raíces? Padres y especialmente abuelos. Cuidado: los abuelos. Te han preparado el terreno. Riega las raíces, ve con tus abuelos, te hará bien: hazles preguntas, tómate el tiempo de escuchar sus historias. Hoy existe el peligro de crecer desarraigados, porque nos inclinamos a correr, a hacer todo con prisa: lo que vemos en Internet nos puede llegar de inmediato a casa; solo un clic y aparecen personas y cosas en la pantalla. Y luego sucede que se vuelven más familiares que los rostros que nos generaron. Llenos de mensajes virtuales, corremos el riesgo de perder nuestras verdaderas raíces. Desconectarse de la vida, fantasear en el vacío, no es bueno, es una tentación del maligno. Dios quiere que estemos firmemente plantados en la tierra, conectados a la vida ; ¡Nunca cerrado, pero siempre abierto a todos! Arraigado y abierto. ¿Lo has entendido? Arraigado y abierto.

Sí, es cierto, pero, me dirás, el mundo piensa de otra manera. Se habla mucho del amor, pero en realidad hay otro principio: cada uno piensa por sí mismo. Queridos jóvenes, no os dejéis influir por esto, por lo que está mal, por el mal que está haciendo estragos. No se dejen aprisionar por la tristeza, por el desánimo resignado de quienes dicen que nada cambiará jamás. Si cree esto, se enferma de pesimismo. ¿Y ha visto el rostro de un joven, un joven pesimista? ¿Has visto qué cara tiene? Un rostro amargo, un rostro amargo. El pesimismo nos enferma de amargura, nos envejece por dentro. Y envejeces joven. Hoy hay tantas fuerzas disruptivas, tantas que culpan a todos y a todo, amplificadores de la negatividad, profesionales de la denuncia. ¡No les escuches !, no, porque la queja y el pesimismo no son cristianos, el Señor odia la tristeza y el victimismo. No estamos hechos para mantener la cara en el suelo, sino para levantar la mirada al cielo, a los demás, a la sociedad.

Y cuando estamos deprimidos, porque todos en la vida están un poco deprimidos en ciertos momentos, todos conocemos esta experiencia, y cuando estamos deprimidos, ¿qué podemos hacer? Hay un remedio infalible para que nos levantemos. Eso es lo que nos dijiste, Petra: Confesión. ¿Has escuchado a Petra, tú? [“¡Sí!”] El remedio de la confesión. Me preguntaste: "¿Cómo puede un joven superar los obstáculos en el camino hacia la misericordia de Dios?" Aquí también se trata de mirar, de mirar lo que importa. Si te pregunto: "¿En qué estás pensando cuando te vas a confesar?" - No lo diga en voz alta -, estoy casi seguro de la respuesta: "A los pecados". Pero, les pregunto, ustedes responden, ¿son los pecados realmente el centro de la Confesión? [“¡No!”] No escucho ... [“¡No!”] ¡Bien hecho! Dios quiere que te acerques a Él pensando en ti, en tus pecados, ¿O a Él? ¿Qué quiere Dios? ¿Te acercas a él o a tus pecados? ¿Qué quiere el? Responde ["¡A él!"] Más fuerte, que soy sordo ... ["¡A él!"] ¿Cuál es el centro, los pecados o el Padre que perdona todos los pecados? El padre. No vamos a la confesión como personas castigadas que deben humillarse, sino como hijos que corren a recibir el abrazo del Padre. Y el Padre nos levanta en cada situación, nos perdona cada pecado. Escuche bien esto:¡Dios siempre perdona! ¿Lo has entendido? ¡Dios siempre perdona!

Te doy un pequeño consejo: después de cada Confesión, quédate unos momentos para recordar el perdón que has recibido. Mantén esa paz en tu corazón, esa libertad que sientes por dentro. No los pecados, que ya no existen, sino el perdón que Dios te ha dado, la caricia de Dios Padre. Quédate con ese, no dejes que te lo roben. Y cuando la próxima vez que te vayas a confesar, recuerda esto: voy a recibir de nuevo ese abrazo que tanto bien me ha hecho. No voy a un juez a ajustar cuentas, voy a Jesús que me ama y me sana. En este momento me apetece dar un consejo a los sacerdotes: les diría a los sacerdotes que se sientan en el lugar de Dios Padre que siempre perdona, abraza y acoge. Le damos a Dios el primer lugar en la Confesión. Si Dios, si Él es el protagonista, todo se vuelve bello y se convierte en confesión el sacramento de la alegría . Sí, de alegría: no de temor y juicio, sino de alegría. Y es importante que los sacerdotes sean misericordiosos. Nunca curiosos, nunca inquisidores, por favor, pero sean hermanos que den el perdón del Padre, sean hermanos que acompañen en este abrazo del Padre.

Pero alguien podría decir: “De todos modos me da vergüenza, no puedo superar la vergüenza de confesarme”. ¡No hay problema, es algo bueno! Sentirse avergonzado en la vida a veces es bueno para usted. Si estás avergonzado, significa que no aceptas lo que has hecho. La vergüenza es una buena señal, pero como cualquier señal pide ir más allá. No seas prisionero de la vergüenza, porque Dios nunca se avergüenza de ti. Él te ama allí mismo, donde te avergüenzas de ti mismo. Y siempre te ama. Te cuento algo que no está en la gran pantalla. En mi tierra, a esos descarados que hacen todo mal, los llamamos "descarados".

Y una última duda: "Pero, Padre, yo no puedo perdonarme a mí mismo, así que ni siquiera Dios podrá perdonarme, porque yo siempre caeré en los mismos pecados". Pero, escucha, Dios, ¿cuándo se ofende? ¿Cuándo vas a pedir perdón? Nunca. Dios sufre cuando pensamos que no puede perdonarnos, porque es como decirle: “¡Eres débil en el amor!”. ¡Le diría a Dios que esto es malo! Dile "eres débil en el amor". En cambio, Dios se regocija en perdonarnos, todo el tiempo. Cuando nos cría cree en nosotros como la primera vez, no se desanima. Somos nosotros los que estamos desanimados, él no. No ve pecadores a los que etiquetar, sino hijos a los que amar. No ve a personas malas, sino a hijos amados; tal vez herido, y luego tiene aún más compasión y ternura. Y cada vez que nos confesamos, nunca lo olvidemos, hay una celebración en el cielo. ¡Que así sea también en la tierra!

Finalmente, Peter y Lenka, habéis experimentado la cruz en la vida. Gracias por tu testimonio. Preguntó cómo "animar a los jóvenes a no tener miedo de abrazar la cruz". Abrazar: ¡es un verbo agradable! Abrazar ayuda a superar el miedo. Cuando nos abrazan recuperamos la confianza en nosotros mismos y también en la vida. Así que dejémonos abrazar por Jesús, porque cuando abrazamos a Jesús abrazamos de nuevo la esperanza. La cruz no se puede abrazar sola; el dolor no salva a nadie. Es el amor el que transforma el dolor. Por tanto, es con Jesús con quien se abraza la cruz, ¡nunca solo! Si abrazas a Jesús, renace la alegría . Y la alegría de Jesús, en el dolor, se transforma en paz. Queridos jóvenes, queridos jóvenes, les deseo esta alegría, más fuerte que cualquier otra cosa. Deseo que se lo lleves a tus amigos.No sermones , sino alegría. ¡Trae alegría! No palabras, sino sonrisas, cercanía fraterna. Gracias por escucharme y les pido una última cosa: no se olviden de rezar por mí. Ďakujem ! [¡Gracias!]

Levántense todos y oren a Dios que nos ama, recemos el Padre Nuestro: "Padre nuestro..." [en eslovaco]

[Bendición]


Miércoles, 15 de septiembre

Momento de oración con los obispos

El Santo Padre:
En el nombre de Padre, y del Hijo,
y del Espíritu Santo.
R/. Amén.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R/. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

El Santo Padre y los obispos recitan juntos la oración de consagración:
Nuestra Señora de los siete dolores,
nos hemos reunido aquí ante ti como hermanos,
dando gracias al Señor por su amor misericordioso.
Y tú estás aquí con nosotros,
como estuviste con los Apóstoles en el Cenáculo.

Madre de la Iglesia y Consuelo de los afligidos,
nos dirigimos a ti con confianza,
en las alegrías y en las fatigas de nuestro ministerio.
Míranos con ternura
y acógenos entre tus brazos.

Reina de los Apóstoles y Refugio de los pecadores,
que conoces nuestros límites humanos,
las faltas espirituales,
el dolor por la soledad y el abandono,
sana nuestras heridas con tu dulzura.

Madre de Dios y Madre nuestra,
te confiamos nuestra vida y nuestra patria,
te confiamos nuestra misma comunión episcopal.
Obtennos la gracia
de vivir con fidelidad cotidiana
las palabras que tu Hijo nos ha enseñado
y que ahora, en él y con él,
dirigimos a Dios nuestro Padre.

El Santo Padre y los obispos:
Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.

El Santo Padre:
Oh Dios, que concedes a tu Iglesia
imitar a la bienaventurada Virgen María
en la contemplación de la pasión de Cristo,
otórganos, por su intercesión,
que nos configuremos cada vez más con tu Hijo unigénito
y alcancemos la plenitud de su gracia.
Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.
R/. Amén.

El Santo Padre:
Bendigamos al Señor.
R/. Demos gracias a Dios.

Santa Misa en la explanada del Santuario nacional de Šaštin

En el templo de Jerusalén, los brazos de María se extienden hacia los del anciano Simeón, que puede acoger a Jesús y reconocerlo como el Mesías enviado para la salvación de Israel. En esta escena contemplamos quién es María: es la Madre que nos da al Hijo Jesús. Por eso la amamos y la veneramos. Y el pueblo eslovaco acude con fe y devoción a este Santuario nacional de Šaštín, porque sabe que es Ella la que nos da a Jesús. En el logo de este Viaje apostólico hay un camino dibujado dentro de un corazón que está coronado por la cruz: María es el camino que nos introduce en el Corazón de Cristo, que ha dado la vida por amor a nosotros.

A la luz del Evangelio que hemos escuchado, podemos mirar a María como modelo de la fe. Y reconocemos tres características de la fe: el camino, la profecía y la compasión.

En primer lugar, la fe de María es una fe que se pone en camino. La joven de Nazaret, apenas recibido el anuncio del Ángel, «se fue rápidamente a la región montañosa» (Lc 1,39) para ir a visitar y ayudar a Isabel, su prima. No consideró un privilegio el haber sido llamada a convertirse en Madre del Salvador, no perdió la alegría sencilla de su humildad por haber recibido la visita del Ángel, no se quedó quieta contemplándose a sí misma entre las cuatro paredes de su casa. Al contrario, vivió el don recibido como una misión a cumplir, sintió la exigencia de abrir la puerta y salir de su casa, dio vida y cuerpo a la impaciencia con la que Dios quiere alcanzar a todos los hombres para salvarlos con su amor. Por eso María se puso en camino. A la comodidad de la rutina prefirió las incertidumbres del viaje; a la estabilidad de la casa, el cansancio del camino; a la seguridad de una religiosidad tranquila, el riesgo de una fe que se pone en juego, haciéndose don de amor para el otro.

También el Evangelio de hoy nos hace ver a María en camino, hacia Jerusalén, donde junto con José su esposo presenta a Jesús en el templo. Y toda su vida será un camino detrás de su Hijo, como primera discípula, hasta el Calvario, a los pies de la cruz. María camina siempre.

Así, la Virgen es modelo de la fe de este pueblo eslovaco, una fe que se pone en camino, animada siempre por una devoción sencilla y sincera, peregrinando siempre en busca del Señor. Y, caminando, ustedes vencen la tentación de una fe estática, que se contenta con cualquier rito o tradición antigua, y en cambio salen de ustedes mismos, llevan en la mochila las alegrías y los dolores, y hacen de la vida una peregrinación de amor hacia Dios y los hermanos. ¡Gracias por este testimonio! Y, por favor, sigan en camino, siempre. ¡No se detengan! Y quisiera agregar algo más. Dije: “no se detengan”, porque cuando la Iglesia se detiene, se enferma; cuando los obispos se detienen, enferman a la Iglesia; cuando los sacerdotes se detienen, enferman al pueblo de Dios.

La fe de María también es una fe profética. Con su misma vida, la joven de Nazaret es profecía de la obra de Dios en la historia, de su obrar misericordioso que invierte la lógica del mundo, elevando a los humildes y dispersando a los soberbios (cf. Lc 1,52). Ella, representante de todos los “pobres de Yahvé”, que gritan a Dios y esperan la venida del Mesías, María es la Hija de Sion anunciada por los profetas de Israel (cf. So 3,14-18), la Virgen que concebirá al Dios con nosotros, el Emmanuel (cf. Is 7,14). Como Virgen Inmaculada, María es icono de nuestra vocación. Como Ella, estamos llamados a ser santos e irreprochables en el amor (cf. Ef 1,4), siendo imagen de Cristo.

La profecía de Israel culmina en María, porque Ella lleva en el seno a Jesús, la Palabra de Dios hecha carne. Él realiza plena y definitivamente el designio de Dios. De Él, Simeón dijo a la Madre: «Este niño está puesto para que muchos caigan y se eleven en Israel, y como un signo de contradicción» (Lc 2,34).

No olvidemos esto: no se puede reducir la fe a azúcar que endulza la vida. No se puede. Jesús es signo de contradicción. Ha venido para llevar luz donde hay tinieblas, haciéndolas salir al descubierto y obligándolas a rendirse. Por eso las tinieblas luchan siempre contra Él. Quien acoge a Cristo y se abre a Él resurge, quien lo rechaza se cierra en la oscuridad y se arruina a sí mismo. Jesús les dijo a sus discípulos que no había venido a traer paz sino una espada (cf. Mt 10,34). En efecto, su Palabra, como espada de doble filo, entra en nuestra vida y separa la luz de las tinieblas, pidiéndonos que decidamos, nos dice “decide”. Ante Jesús no se puede permanecer tibio, con “el pie en dos zapatos”. No, no se puede. Acogerlo significa aceptar que Él desvele mis contradicciones, mis ídolos, las sugestiones del mal; y que sea para mí resurrección, Aquel que siempre me levanta, que me toma de la mano y me hace volver a empezar. Siempre me levanta.

Y justamente estos profetas son los que hoy también necesita Eslovaquia. Ustedes, obispos, profetas que sigan en este camino. No se trata de ser hostiles al mundo, sino “signos de contradicción” en el mundo. Cristianos que saben mostrar con su vida la belleza del Evangelio, que son tejedores de diálogo allí donde las posiciones se endurecen, que hacen resplandecer la vida fraterna allí donde a menudo en la sociedad hay división y hostilidad, que difunden el buen perfume de la acogida y de la solidaridad allí donde los egoísmos personales, los egoísmos colectivos predominan con frecuencia, que protegen y cuidan la vida donde reinan lógicas de muerte.

María, Madre del camino, se pone en camino; María, Madre de la profecía; por último, María es la Madre de la compasión. Su fe es compasiva. Aquella que se definió “la sierva del Señor” (cf. Lc 1,38) y que, con materna solicitud, se preocupó de que no faltara el vino en las bodas de Caná (cf. Jn 2,1-12), compartió con el Hijo la misión de la salvación, hasta el pie de la cruz. En ese momento, en el angustioso dolor vivido en el Calvario, Ella comprendió la profecía de Simeón: «Y a ti, una espada te traspasará el alma» (Lc 2,35). El sufrimiento del Hijo agonizante, que cargaba sobre sí los pecados y los padecimientos de la humanidad, la atravesó también a Ella. Jesús desgarrado en la carne, hombre de dolores desfigurado por el mal (cf. Is 53,3); María desgarrada en el alma, Madre compasiva que recoge nuestras lágrimas y al mismo tiempo nos consuela, señalándonos la victoria definitiva en Cristo.

Y María Dolorosa al pie de la cruz simplemente permanece. Está al pie de la cruz. No escapa, no intenta salvarse a sí misma, no usa artificios humanos y anestésicos espirituales para huir del dolor. Esta es la prueba de la compasión: permanecer al pie de la cruz. Permanecer con el rostro surcado por las lágrimas, pero con la fe de quien sabe que en su Hijo Dios transforma el dolor y vence la muerte.

Y también nosotros, mirando a la Virgen Madre Dolorosa, nos abrimos a una fe que se hace compasión, que se hace comunión de vida con el que está herido, el que sufre y el que está obligado a cargar cruces pesadas sobre sus hombros. Una fe que no se queda en lo abstracto, sino que penetra en la carne y nos hace solidarios con quien pasa necesidad. Esta fe, con el estilo de Dios, humildemente y sin clamores, alivia el dolor del mundo y riega los surcos de la historia con la salvación.

Queridos hermanos y hermanas, que el Señor siempre les conserve el asombro, les conserve la gratitud por el don de la fe. Y que María Santísima les obtenga la gracia de que vuestra fe siempre siga en camino, tenga el respiro de la profecía y sea una fe rica de compasión.


Saludo al final de la Santa Misa

Queridos hermanos y hermanas:

Ha llegado el momento de despedirme de vuestro país. En esta Eucaristía he dado gracias a Dios, que me ha permitido estar entre ustedes y concluir mi peregrinación en el abrazo devoto de vuestro pueblo, celebrando juntos la gran fiesta religiosa y nacional de la Patrona, la Virgen Dolorosa.

Queridos hermanos obispos, les agradezco de corazón la preparación y la acogida. Renuevo mi gratitud a la señora Presidenta de la República y a las autoridades civiles. Y agradezco a todos los que han colaborado de diversas maneras, sobre todo con la oración.

Los llevo en el corazón. Ďakujem všetkým! [¡Gracias a todos!]