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Jesús, esta noche vuelvo a estar delante de Ti.

Hoy solo quiero quedarme aquí. Mirarte. Dejarme mirar.

Noviembre ha comenzado con dos días que nos invitan a mirar hacia lo que dura: la fiesta de Todos los Santos y la conmemoración de los fieles difuntos. Primero celebramos a quienes ya están Contigo en el cielo; después recordamos y rezamos por quienes han fallecido.

Las dos fechas me recuerdan algo que suelo olvidar: mi vida tiene una meta. No estoy aquí únicamente para cumplir tareas, conseguir cosas, pasarlo bien, superar dificultades y acumular experiencias. Estoy hecho para encontrarte y vivir para siempre Contigo.

Pero, Jesús, la palabra «santidad» me queda grande. Cuando pienso en los santos, imagino personas excepcionales, muy distintas de mí. Personas que aparecen en cuadros, hicieron cosas heroicas y parecían tener una fe sin dudas ni altibajos.

Sin embargo, la fiesta de Todos los Santos no celebra únicamente a quienes tienen una imagen o una fecha en el calendario. Celebra a una multitud de personas cuyos nombres nunca conoceremos. Personas que tuvieron una familia, un trabajo, amigos, cansancio, preocupaciones y defectos. Personas que aprendieron a quererte dentro de una vida aparentemente normal. Santos sin estatuas ni titulares. Santos que quizá se parecían bastante a la gente con la que me cruzo cada día.

Y sin embargo, cuando me acerco a sus vidas, me encuentro con algo inesperado. Ninguno nació con todo resuelto. Tuvieron que aprender a confiar, pedir perdón y volver a empezar. Lo que los hizo santos no fue una vida perfecta, sino dejar que Tú entraras en ella.

(Párate un momento. ¿Qué sientes al escuchar esto? ¿Ilusión, incredulidad, miedo, indiferencia? Díselo a Jesús con sinceridad.)

Y entonces esta fiesta habla de mí. Yo también puedo ser santo.

Tú quisiste recordárnoslo a través de san Josemaría y del Opus Dei: que la santidad no espera a una vida distinta, sino que se vive en medio del mundo, dentro de la vida de cada día. No necesito un horario perfecto ni unas circunstancias extraordinarias para comenzar. Me esperas en esta vida concreta, con lo bueno y lo difícil que hay en ella.

Puedo encontrarte mientras estudio o trabajo, en mi casa, con mis amigos, durante un trayecto repetido o en una tarea que nadie ve. Puedo acercarme a Ti haciendo bien lo que tengo entre manos, cuidando a las personas, levantándome después de un error y ofreciéndote lo que me cuesta. La santidad no empieza cuando desaparecen mis defectos. Empieza cuando Te dejo entrar en mi lucha. No consiste en hacer cada día algo impresionante, sino en descubrir que ningún día es insignificante cuando lo vivo Contigo.

Jesús, que no me conforme con una vida vivida a medias. Que no me conforme con pasar por los días sin preguntarme para qué ni para quién hago las cosas. Ayúdame a descubrir los caminos hacia Ti escondidos en los lugares de siempre.

Noviembre también nos invita a recordar a quienes han fallecido. Hay personas que siguen presentes aunque ya no podamos verlas. A veces vuelven a nosotros a través de una fotografía, una canción, una frase o un gesto que hemos aprendido de ellas. Algunas ausencias duelen todavía. Quizá quedaron conversaciones pendientes, palabras que no dijimos o momentos que no supimos valorar.

Esta noche quiero traer ante Ti algunos de sus nombres y sus rostros.

(Piensa en las personas fallecidas por las que quieres rezar. Recuerda algún momento vivido con ellas y preséntaselas a Jesús.)

Gracias por sus vidas y por todo lo que recibí de ellas.

El papa León XIV ha recordado que la memoria cristiana no es simple nostalgia, sino gratitud por lo que Dios ha hecho y responsabilidad ante lo que nos confía hoy. También ha explicado que nuestra esperanza no es pensar que todo saldrá bien, sino saber que Cristo ha resucitado y que ninguna oscuridad tiene la última palabra.

Ayúdame, Jesús, a recordar así. Que pensar en quienes han fallecido no me deje encerrado únicamente en lo que perdí. Que su recuerdo me enseñe a agradecer, a rezar y a aprovechar mejor el tiempo que tengo.

Recordar que mi vida terminará no le quita valor. Se lo devuelve. Como cuando viene alguien que vive lejos: de repente estoy más atento, le preparo su comida favorita, le pregunto cosas que solo podemos hablar cara a cara, le miro de otra manera. El tiempo con esa persona no es más largo, pero pesa más. Quizá noviembre puede hacer eso conmigo, si lo dejo. Ayudarme a distinguir lo urgente de lo importante. A no gastar tanta energía en comparaciones o enfados que dentro de unos años apenas recordaré. A decir «te quiero» mientras puedo hacerlo y a pedir perdón sin esperar siempre a mañana. A estar de verdad con las personas antes de que solo pueda echarlas de menos.

Si hoy fuera uno de mis últimos días, ¿qué cambiaría? ¿A quién dedicaría tiempo? ¿Qué conversación dejaría de aplazar? ¿De qué manera querría haber amado?

(Quédate un momento en silencio. Deja que estas preguntas iluminen tu vida para ayudarte a vivir con más libertad.)

Jesús, que pensar en el Cielo no me aleje de la tierra. Que me ayude a querer más este mundo en el que vivo. Los santos no se desentendieron del mundo. Precisamente porque te amaban, se tomaron en serio la vida de quienes tenían cerca. Cuidaron, trabajaron, enseñaron, curaron, escucharon, sirvieron y dejaron el mundo un poco mejor de como lo encontraron. Yo también puedo cuidar la parte del mundo que me has confiado: mi familia, mis amigos, mi estudio o mi trabajo, las personas con las que convivo y el ambiente que creo a mi alrededor.

Por poco y me olvido de pedirte por el Papa. Cuida su salud, dale fuerzas y sostenlo en su misión. Acompáñalo en su viaje a Uruguay, Argentina y Perú; que sus encuentros ayuden a muchas personas a acercarse a Ti. Ayúdanos a rezar por sus intenciones. Te pido por quienes atraviesan un duelo, por quienes están enfermos, por quienes tienen miedo a la muerte y por quienes acompañan a una persona en sus últimos días. Haznos capaces de estar cerca, incluso cuando no sepamos qué decir.

Jesús, no quiero salir de aquí con miedo a que la vida pase. Quiero salir con ganas de vivirla de verdad. Quiero caminar hacia el Cielo con los pies bien puestos en la tierra. Buscarte en cada día y empezar de nuevo todas las veces que sea necesario.

Hoy me atrevo a pedirte algo grande: hazme santo.

No en una vida imaginaria ni en unas circunstancias distintas. Hazme santo en mi vida real. En lo que se ve y en lo que nadie conoce. En mis días buenos y en aquellos en los que apenas consigo avanzar.

Enséñame a vivir mirando al cielo con los pies en lo de cada día.


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