Hay una historia de una niña pequeña que tenía dos manzanas. Su mamá le preguntó: «¿Me das una?». La niña le dio rápidamente un mordisco a las dos manzanas, y su mamá pensó: esta niña no quiere darme ninguna, por eso le está dando un mordisco a las dos.
Entonces la niña le extendió una manzana y dijo: «Toma, mamá, esta es la más dulce». Tener espíritu de servicio significa olvidarse de uno mismo por un momento. Es una llamada a la generosidad, porque no podemos servir de verdad si no somos generosos.
Pedro había estado pescando toda la noche y no había pescado nada. Entonces Jesús se acercó y le pidió usar su barca. Imagínate en el lugar de Pedro: estás cansado, hambriento y decepcionado, y este hombre, que es más o menos un desconocido, quiere usar tu barca para enseñar a una multitud que probablemente ni siquiera te cae bien. Pero Pedro igualmente dice que sí. Va más allá de sus propias preocupaciones para ayudar a alguien más. Después de enseñar, Jesús se vuelve hacia Pedro y le dice: «Rema mar adentro». Pedro obedece, y de repente sus redes están rebosantes de peces, y su vida cambia para siempre.
Cuando cuidamos las cosas de Dios, Él cuida las nuestras, y en ese proceso nos damos cuenta de que aquello que creíamos tan importante quizás no valía tanto. Después de aquel milagro, Pedro deja atrás todos los peces —¡precisamente lo que había buscado con tanto esfuerzo durante toda la noche!— y sigue a Jesús. Su recompensa no fueron los peces, sino un corazón nuevo. Un corazón capaz de más. Pedro pasó de preocuparse por los peces a convertirse en la roca sobre la que se edificó la Iglesia.
La recompensa de la generosidad no siempre es una red llena de peces. Y seamos honestos... lo más probable es que tampoco sea la sede de Pedro. Es otra cosa: un corazón magnánimo. Un corazón tan amplio que es capaz de llegar más lejos. Un corazón tan grande que puede expandirse para albergar una felicidad suficiente como para dar vida a todo lo que toca y a todos los que encuentra. Un corazón que refleja el de Dios. Solo los corazones generosos pueden arriesgarse por Dios. Y si no nos arriesgamos por Dios, nunca podremos hacer algo verdaderamente grande por Él.
El padre de la beata Guadalupe Ortiz de Landázuri fue encarcelado durante la Guerra Civil española y condenado a ser fusilado. Ella y su hermano, en sus últimas horas, intentaron consolarlo, pero fue él quien terminó consolándolos a ellos. Incluso ante la muerte, su padre fue generoso. Y Guadalupe, llevando consigo ese mismo espíritu, perdonó a quienes ejecutaron a su padre. Eso también es generosidad: perdonar incluso cuando no se pide perdón.
La generosidad abre nuestros corazones al amor. Estos actos de servicio no son solo para los demás. Ante todo, son para nosotros, porque los corazones que saben darse son los más felices, y Dios quiere que seamos felices.
Esta virtud no depende de cuánto tienes: depende de cuánto te das a ti mismo a los demás. No se trata solo de hacer, sino de estar dispuesto a hacerlo, de mirar a los otros y preguntarse: «¿Qué puedo ofrecer?».
A veces, eso significa dar cosas: tu almuerzo, tu tiempo, tu dinero. Otras veces, es algo más.
Es perdonar antes de que la persona siquiera lo pida. Puede verse como ofrecerle a tu hermana menor que elija primero entre las camisetas nuevas, aunque te dijeron que eligieras tú primero. Es ayudar a tu hermano con los deberes, incluso cuando nadie te ayuda con los tuyos. Es elegir encontrar excusas para las personas en lugar de juzgarlas. Es pensar bien de los demás. Para ser generosos con el corazón, también debemos serlo con los pensamientos.
En Harry Potter y las Reliquias de la Muerte, Harry esconde un calcetín en el libro que el padre de Malfoy le da a Dobby, el elfo doméstico, para engañarlo y lograr que le entregue a Dobby algo personal y así liberarlo. Fue un acto pequeño y espontáneo, y Harry no lo hizo por interés propio. Más adelante, Dobby da su vida por Harry. Ese es el efecto multiplicador de la generosidad. Siempre se multiplica.
San Josemaría solía decir que debemos ayudar a las personas de tal manera que ni siquiera se den cuenta de que las estamos ayudando. Nuestras vidas deben estar llenas de muchos momentos en los que ofrezcamos a las personas gestos del tipo «toma, este es el más dulce».
El resultado de nuestra generosidad es que nos convertimos en rocas: cimientos sólidos sobre los que Jesús puede construir, una roca de amor en la que otros pueden apoyarse. Así que quizás hoy, pregúntate: ¿Qué estoy dando? ¿Qué parte de mí mismo puedo compartir un poco más en este momento?
Porque al final, el mundo es mucho más grande que lo que te sucede a ti. Y tu corazón generoso, magnánimo y capaz está hecho para mucho más.






