Su día a día arranca temprano. La jornada en Correos —donde trabaja desde 2002— comienza a las siete de la mañana y concluye a las dos y media de la tarde. «Tanto en el reparto de cartas y paquetes como sobre la bicicleta, me doy cuenta de que todos necesitamos a personas que nos escuchen, y que lo hagan con verdadera atención», reflexiona Fernando. «Lógicamente, cuando entrego la correspondencia por las empresas o los caseríos, estoy en horario laboral; pero, a veces, los vecinos se detienen y detectas que necesitan un instante de conversación. Aprecian unos minutos de charla tranquila, aunque solo sea para desahogarse o sentirse atendidos. Una sonrisa también es algo muy reconfortante. Por eso procuro entregar las cartas con amabilidad y contagiar un poco de alegría; es un gesto bien recibido que los vecinos me han agradecido en ocasiones».
Al terminar el trabajo, la rutina se traslada al hogar: «Cuando vuelvo a casa, almuerzo y espero a mi padre, a quien atienden en un centro de día debido a su enfermedad. Por las tardes suelo cuidarlo yo, turnándome con el apoyo de mi hermana, que viene a casa algunos días, especialmente los fines de semana».
Una complicidad sobre ruedas y entre amigos
Antes de incorporarse a Correos, Fernando ejerció como chófer personal de una distinguida dama de la alta sociedad, a la que trasladaba en sus desplazamientos familiares y personales. Recuerda con humor que, salvando las distancias con la gran pantalla, aquella etapa tenía el encanto de la película "Paseando a Miss Daisy", convertida en su caso en una relación de confianza, complicidad y entrañables anécdotas.
A veces, por ejemplo, «su jefa» le pedía ideas para organizar una celebración especial o el cumpleaños de alguno de sus nietos. Fernando recuerda que en una ocasión invitó a merendar a un amigo suyo surfista que se dedicaba al diseño de tablas, y también otra en que sugirió contratar a un mago que era antiguo alumno de su colegio. Estos eventos siempre tenían éxito: «Los nietos de la señora quedaban encantados con el resultado», evoca Fernando. «En aquella casa pensaban que yo tenía muchas relaciones sociales, y era verdad, aunque es más preciso decir que eran personas muy variadas a las que conocía por acudir al centro de la Obra».
Ese mismo espíritu de encuentro se traslada a sus fines de semana, cuando suele salir en bicicleta con un grupo de amigos. «Recorremos entre 70 y 100 kilómetros por los alrededores de Bilbao, intentando variar las rutas. Cuando un ciclista se queda un poco rezagado, te percatas de que tal vez esté cansado ese día o simplemente necesite compañía. También paramos a mitad de la carrera para tomar algo; es el momento ideal para prolongar el diálogo y, sobre todo, para escuchar».

Las raíces de una vocación y el club de lectura
Fernando estudió en Gaztelueta, colegio que este año celebra su 75º aniversario y donde conoció de cerca el Opus Dei. Al terminar el bachillerato solicitó la admisión como agregado en un centro de la Obra. De aquellos años escolares recuerda el día en que desde el centro fueron a visitar a sus padres para explicarles el Opus Dei y cómo su madre le interrumpió con naturalidad para decirle que ya conocía la Obra.
«La historia se remonta a la época en que mi madre cuidaba de mi abuela en un pueblo muy pequeño, a diez kilómetros de Aguilar de Campoo (Palencia)», relata Fernando. «Por aquel entonces, llegó a la localidad un nuevo médico al que le tocó atender a mi abuela. Lo hizo con un cuidado y una profesionalidad excepcionales; incluso la trasladó al hospital de la provincia para realizarle un mejor seguimiento. A mi madre le llegó el rumor de que aquel doctor pertenecía al Opus Dei. Así que un día se lo preguntó directamente y él se lo confirmó. No hicieron falta más explicaciones».
Hoy, el vínculo con sus antiguos compañeros sigue vivo a través de otra de sus grandes aficiones. «Con antiguos alumnos de Gaztelueta impulsamos hace tiempo un club de lectura», concluye Fernando. «Nos reunimos una vez al mes para presentar el libro que hemos leído, comentarlo entre todos y disfrutar de un chupito de alguna bebida de la tierra. Es una hora de entrañable charla cultural y, de nuevo, la ocasión perfecta para escuchar».
